Capítulo 6 6
―Eso fue innecesario.
Rhys apoyó una mano en el marco de su puerta.
―Fue honesto.
―Honesto habría sido decir que escuchaste parte de la discusión. Lo otro fue presumir.
―No estaba presumiendo.
―Rhys.
―Está bien. Un poco.
Lo miré durante dos segundos que se sintieron más largos porque sus ojos seguían en mi boca.
―Buenas noches.
―Buenas noches, vecina.
Cerré la puerta.
Me quedé detrás de ella con el tenedor de plástico todavía en la mano.
Ridículo.
Mi apartamento estaba lleno de cajas, curry frío y flores de un hombre con quien había compartido tres años. Aun así, lo único que tenía demasiado presente era la voz del hombre de enfrente diciéndome que sabía cómo me veía en su cama.
Abrí el cajón de la cocina con más fuerza de la necesaria.
Vacío.
Claro.
Todavía no había desempacado cubiertos.
Miré el tenedor.
―Te odio.
Desde el otro lado de la pared llegó una risa.
Me congelé.
Golpeé una vez.
―¡Deja de escuchar!
―¡Deja de hablarle a los cubiertos!
Tuve que morderme el labio para no reírme.
Al día siguiente salí temprano.
Muy temprano.
Siete menos cuarto.
La estrategia era simple: evitar ascensores compartidos, comentarios sobre camas y vecinos con reflejos de paramédico.
Abrí la puerta.
Rhys estaba agachado frente a la suya, atándose una bota.
Levantó la cabeza.
―Esto empieza a parecer persecución.
―Yo vivo aquí.
―Yo también. Qué coincidencia.
Vestía el uniforme azul oscuro otra vez. Tenía el cabello todavía húmedo y una taza térmica entre las piernas.
―¿Turno?
―Doce horas.
―Eso debería ser ilegal.
―A veces son más.
―Eso sí debería ser ilegal.
Se puso de pie.
―¿Trabajo?
―También.
Miró mi bolso y después mi cara.
―¿Dormiste?
―Perfectamente.
―Mientes fatal.
―Y tú haces demasiadas preguntas antes de las siete.
Tomé el camino hacia el ascensor.
Rhys caminó detrás.
―Prometo comportarme.
―Tu definición de comportarte necesita supervisión.
―Podrías supervisarme.
Pulsé el botón.
―Eso fue coqueteo.
―Observación laboral.
―No trabajamos juntos.
―Una pena.
Las puertas se abrieron.
Entré primero.
Rhys se quedó afuera.
Lo miré.
―¿Qué haces?
―Cumplo el tratado. Ascensor compartido parece zona de riesgo.
―No seas dramático.
―Ayer terminaste contra mi pecho.
―Porque el ascensor se movió.
―Dato técnico.
Presioné el botón para mantener las puertas abiertas.
―Entra.
Rhys sonrió.
―¿Me estás invitando?
―Al ascensor.
―Voy a recordar la aclaración.
Entró.
Esta vez había una mujer con un perro diminuto dentro. El animal nos miró con el desprecio de quien paga renta.
Rhys bajó la voz.
―Creo que no le agrado.
―Tiene buen juicio.
―A ti sí te agrado.
―No confundas tolerancia con afecto.
―Anoche tampoco sonó convincente.
Lo pisé.
―Accidente.
―Claro.
La mujer del perro nos miró.
Yo sonreí con dignidad.
Rhys miró el techo.
Cuando llegamos al vestíbulo, mi teléfono vibró.
Evan.
“¿Podemos cenar mañana? Solo hablar.”
Guardé el teléfono.
Rhys lo vio.
No preguntó.
Eso me molestó por una razón absurda.
―Puedes decirlo.
―¿Qué cosa?
―Lo que estás pensando.
―Estoy pensando que necesito café.
―Mentiroso.
―Miento mejor que tú.
Salimos del edificio.
La mañana estaba fría y húmeda. Yo debía caminar tres calles hasta el metro. Rhys iba hacia una motocicleta estacionada junto a la acera.
Me detuve.
―No.
Él miró la moto.
―Sí.
―Eres paramédico y conduces eso.
―También cruzo calles.
―Las motocicletas son una pésima idea.
―¿Te preocupa mi seguridad?
―Me preocupa que alguien tenga que recoger tus órganos del pavimento.
―Eso sonó bastante específico.
―Trabajo con planos. Me gustan las cosas completas.
Rhys se acercó.
―¿Incluyéndome?
Retrocedí medio paso.
Él se detuvo al instante.
Otra vez.
Ese maldito detalle.
―Tengo que irme ―dije.
―Dalia.
―¿Qué?
―Tu metro está cerrado.
―¿Cómo sabes?
Señaló una alerta en la pantalla de su teléfono.
―Problema de señalización. Lo vi al salir.
Saqué el mío.
Ahí estaba.
―Perfecto.
―Puedo llevarte.
Miré la motocicleta.
Después a él.
―Prefiero llegar tarde.
―Mentira.
―Prefiero conservar mis huesos.
―Tengo casco extra.
―Qué reconfortante.
Rhys abrió el compartimento trasero y sacó uno negro.
―No.
―De acuerdo.
Guardó el casco.
Eso fue todo.
Ni insistencia. Ni “vamos, no pasa nada”. Ni decisión tomada por mí.
Miré la hora.
Mi directora esperaba al equipo en veinte minutos.
―Espera.
Rhys se giró.
―¿Sí?
―Dame el casco.
Su sonrisa apareció despacio.
―Qué rápido cambian las políticas públicas.
―Una palabra más y tomo un taxi.
Me entregó el casco.
―Tienes que sujetarte.
―Ya sé cómo funciona una motocicleta.
―Me alegra.
―No sonrías.
―No estoy sonriendo.
―Lo estás haciendo con toda la cara.
Subí detrás de él.
La cercanía fue inmediata.
Mis rodillas quedaron a ambos lados de sus caderas.
Terrible diseño.
―Sujétate ―dijo.
Puse las manos sobre sus hombros.
Rhys giró un poco la cabeza.
―Eso no alcanza.
―Conduce despacio.
―Dalia.
―Rhys.
―Si freno, sales volando.
―Qué imagen tan tranquilizadora.
Tomó una de mis manos y la llevó a su cintura.
Solo un segundo.
Después soltó.
―Así.
Tragué saliva.
Puse la otra alrededor de él.
Su abdomen se tensó bajo mis manos.
Mala información para tener.
―¿Lista?
―No.
―Perfecto.
Arrancó.
La primera cuadra la pasé rígida.
En la segunda, un taxi se cruzó demasiado y apreté los brazos alrededor de Rhys.
Lo sentí reír.
―Ni una palabra.
―No dije nada.
―Lo sentí.
―Eso abre preguntas interesantes.
Le pellizqué el costado.
―Concentra tu atención en no matarnos.
Llegamos al estudio doce minutos después.
Rhys estacionó.
Bajé demasiado rápido y mi pierna chocó con la suya.
Su mano apareció en mi cintura.
Otra vez.
Esta vez no la retiró porque yo tampoco dije nada.
Me quité el casco.
Quedamos cerca.
Demasiado.
―Gracias ―dije.
―De nada.
Sus dedos seguían en mi cintura.
―Rhys.
―Dime que la quite.
Abrí la boca.
No salió nada.
Su pulgar rozó apenas el borde de mi camisa.
Un movimiento pequeño.
Mi respiración cambió.
―Tengo que trabajar.
―Eso no responde.
―Sabes que esto es mala idea.
―También sé que estás mirando mi boca otra vez.
―Tú empezaste.
―Probablemente.
Me aparté antes de hacer algo peor.
Le devolví el casco.
―Nos vemos.
A las once, Evan volvió a escribir.
“Solo una cena. Si después sigues queriendo que esto termine, dejaré de insistir.”
Leí el mensaje dos veces.
Respondí después de comer.
“Una hora. Mañana.”
Su “gracias” llegó enseguida.
A las ocho regresé al edificio con hambre y la espalda destrozada.
Rhys estaba sentado en el suelo del pasillo, rodeado de piezas de un mueble.
―Dime que eso no es una mesa.
―Era una mesa hace cuarenta minutos.
―Ahora parece evidencia.
Levantó un tornillo.
―Sobran seis.
―Eso debería preocuparte.
―Me preocupa más que te estés riendo de mí.
Saqué mis llaves.
Mi teléfono vibró.
Evan.
“Reservé a las siete.”
Rhys alcanzó a ver el nombre antes de que apagara la pantalla.
Su expresión cambió.
―¿Vas a verlo?
―Vamos a hablar.
―Entiendo.
―No pongas esa cara.
―Tengo una sola.
―Mentira.
Se puso de pie.
Yo intenté meter la llave en la cerradura y fallé.
Rhys se acercó.
Demasiado.
―Dalia.
―¿Qué?
―Si mañana vuelves con Evan, dímelo.
Giré hacia él.
―¿Para qué?
Rhys sostuvo mi mirada.
―Porque necesito saber si la próxima vez que quieras besarme tengo que apartarme.
