Capítulo 2 Capítulo 2
Daphne
Los tres días se convirtieron en una cuenta regresiva que sentía en la piel.
Cada hora que pasaba apretaba un poco más el nudo que llevaba en el pecho desde que Ethan había colgado el teléfono. Me repetía que era normal. Que las bodas eran caóticas. Que Scarlett siempre había sido dramática y que él, por educación o por costumbre, cedía. Me lo repetía mientras planchaba el vestido, mientras revisaba la lista de invitados, mientras sonreía cuando Alice me preguntaba si estaba segura.
No estaba segura.
Pero la alternativa —reconocer que llevaba años mintiéndome— daba más miedo que seguir adelante.
La mañana siguiente a la prueba de vestuario, Ethan apareció en el apartamento de Alice con flores. No eran las que me gustaban. Eran rosas blancas, las preferidas de Scarlett. Las dejó sobre la mesa con una sonrisa cansada y me besó en la frente, exactamente en el mismo sitio donde mi padre solía besarme después de un castigo, como si el gesto borrara lo anterior.
—Perdón por ayer —dijo—. Scarlett estaba hecha un mar de lágrimas. El florista se equivocó con los centros y amenazó con arruinarlo todo. Tú entiendes, ¿verdad?
Asentí. Siempre asentía.
Alice, desde la cocina, golpeó una taza con más fuerza de la necesaria. Ethan ni siquiera la miró.
Nos sentamos en el sofá. Él habló de la luna de miel, de las reservas del hotel, de lo bien que le quedaría el traje. Yo escuchaba y asentía, sintiendo cómo sus dedos dibujaban círculos distraídos en mi rodilla. El contacto era ligero, casi paternal. Nunca era urgente. Nunca era hambriento. Era exactamente lo que yo había aprendido a aceptar: suficiente para no sentirme completamente abandonada, insuficiente para sentirme deseada de verdad.
Cuando se fue, Alice se plantó frente a mí con los brazos cruzados.
—Esas flores no son para ti.
—Son solo flores, Alice.
—No. Son un recordatorio. Y tú lo sabes.
No contesté. Me limité a recoger las rosas y a ponerlas en un vaso con agua. El perfume dulzón me revolvió el estómago.
Esa noche soñé con la vara.
En el sueño tenía quince años otra vez. Estaba de rodillas en el estudio de mi padre. Scarlett lloraba en el sofá, con la cara escondida entre las manos, aunque yo había visto el destello de satisfacción en sus ojos antes de que empezara a sollozar. Mi padre hablaba con esa voz baja y peligrosa que usaba solo conmigo.
—Tu hermana se esfuerza. Tú solo sabes arruinarlo todo.
La primera embestida me sacó el aire. La segunda me hizo morder el interior de la mejilla hasta saborear sangre. Conté los golpes para no gritar. Siete. Ocho. Nueve. Cuando terminó, me dejó tirada en el suelo y le dijo a uno de los sirvientes que me llevara a mi habitación. “Sin cena. Que aprenda”.
Desperté con el corazón desbocado y las piernas tensas, como si todavía esperaran el impacto. Me toqué la parte posterior de los muslos por encima del pijama. La piel estaba lisa. Las marcas ya no se veían. Pero el cuerpo recordaba. El cuerpo siempre recordaba.
Me levanté sin hacer ruido y fui a la cocina. Alice dormía. El reloj del microondas marcaba las 3:47. Me serví un vaso de agua y me quedé mirando la oscuridad a través de la ventana. En algún lugar de la ciudad, Ethan dormía. O tal vez no. Tal vez estaba con ella. La idea ya ni siquiera me sorprendía. Solo me dejaba un vacío frío en el pecho.
Al día siguiente tuve que ir a la mansión.
Mi padre había insistido en una última cena familiar antes de la boda. “Para cerrar ciclos”, había dicho por teléfono. Alice quiso acompañarme. Le dije que no. Algunas humillaciones prefería enfrentarlas sola.
La casa olía igual: madera encerada, flores caras y esa tensión invisible que se pegaba a la piel en cuanto cruzabas la puerta. El mayordomo me recibió con la misma indiferencia de siempre. Scarlett bajó las escaleras con un vestido rojo que era casi una declaración. Me abrazó con fuerza, como si fuéramos confidents.
—Estás pálida, hermanita —susurró contra mi oído—. Los nervios, ¿verdad?
Sonreí. El gesto me dolió.
La cena fue un ejercicio de contención. Mi padre habló de negocios, de la importancia de las alianzas, de lo afortunada que era de haber encontrado a alguien como Ethan. Scarlett reía en los momentos exactos. Yo cortaba la carne en trozos cada vez más pequeños y los movía por el plato sin llevarme casi nada a la boca.
En un momento, mi padre dejó los cubiertos y me miró directamente.
—Espero que sepas comportarte el día de la boda, Daphne. No quiero sorpresas. Ya has causado suficientes problemas en esta familia.
La frase cayó entre nosotros como una piedra. Scarlett bajó los ojos, fingiendo incomodidad. Yo sentí el calor subiéndome por el cuello, la misma vergüenza antigua que me obligaba a encogerme.
—Sí, padre.
Después de la cena, mientras recogía mi abrigo, Scarlett se acercó otra vez.
—Ethan me pidió que te diera esto —dijo, y me entregó una pequeña caja de terciopelo—. Un regalo de bodas anticipado. Quiere que lo lleves el día de la ceremonia.
Abrí la caja. Dentro había unos pendientes de diamantes. Bonitos. Caros. Exactamente iguales a los que yo había señalado en una revista meses atrás y que él había descartado con un “demasiado llamativos para ti”.
Ahora eran míos.
Por intercesión de ella.
Agradecí con la voz entrenada y salí de la casa antes de que se me quebrara la compostura.
En el taxi, apreté la caja entre las manos hasta que los bordes me marcaron la piel. Lloré en silencio, con la frente apoyada contra el cristal frío. No eran lágrimas de sorpresa. Eran de agotamiento. De años enteros recogiendo migajas y llamándolas festín.
Alice me esperaba despierta. En cuanto entré, me quitó el abrigo, me puso una taza de té en las manos y se sentó frente a mí sin preguntar nada. Esperó. Yo hablé.
Le conté la cena. Las palabras de mi padre. Los pendientes. La forma en que Scarlett sonreía con la boca mientras sus ojos decían otra cosa. Alice escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, se inclinó hacia delante y me sujetó las manos.
—Mañana es el ensayo. Pasado, la boda. Si en cualquier momento quieres irte, me haces una señal y salimos. No te debo explicaciones a nadie. Tú tampoco.
Negué con la cabeza.
—Voy a casarme, Alice. Tiene que valer la pena. Tiene que significar algo.
Ella no discutió. Solo apretó mis dedos con más fuerza.
Esa noche no soñé con la vara. Soñé con el altar. Conmigo de pie, vestida de blanco, mirando a Ethan mientras él miraba a otro lado. Desperté antes del amanecer, con el corazón latiéndome en la garganta y la certeza amarga de que algo estaba a punto de romperse.
No sabía que esa certeza era la única verdad que me quedaba.
Ni que, a pocas calles de distancia, alguien revisaba una vez más el reloj, esperando el momento exacto en que yo dejara de sostener el mundo con las manos vacías.
