Capítulo 2 El filo de la sospecha

El filo de la sospecha

El aire helado de la madrugada de Santiago me azotó la cara en cuanto crucé la salida de servicio del Elíseo. No me detuve hasta llegar a la esquina, donde mis piernas finalmente cedieron. Me apoyé contra la pared de ladrillos de un edificio antiguo, respirando a bocanadas, sintiendo el eco de las palabras de Alfred Smith retumbar en mis oídos como ráfagas de ametralladora.

«Sé perfectamente que ninguna chica de los suburbios tiene una cicatriz de vacuna BCG idéntica a la que exigen las clínicas privadas del sector oriente...»

Maldita sea. Maldito sea su ojo clínico, su obsesión enfermiza por el detalle y el control.

Había pasado meses diseñando la coartada perfecta. Había ensuciado mis manos, cambiado mi ropa, alterado mi forma de hablar y de caminar. Había borrado a Ignacia Saavedra de cada registro superficial para convertirme en Nesta, una mujer invisible, rota y manejable. Pero no había pensado en mi propia piel. En esa pequeña marca circular en mi hombro izquierdo, el sello de nacimiento de los niños nacidos en la opulencia de la Clínica Alemana. Un detalle insignificante para cualquiera, pero una pista evidente para un tiburón corporativo que cazaba incongruencias para vivir.

No volví a mi habitación en toda la noche. Me quedé en vela en un café veinticuatro horas de la Alameda, consumiendo tazas de café negro que me sabían a pura bilis. La computadora portátil temblaba bajo mis dedos mientras repasaba mis notas.

El pánico inicial comenzó a mutar en algo más frío. Más letal.

Alfred no me había entregado a la policía. No le había dicho al supervisor del club que me despidiera ni me había amenazado con llamar a la seguridad. Al contrario. Me había dado una orden directa: «Mañana estarás aquí a la misma hora, pero arrodillada en esa alfombra, esperando mis órdenes».

Él no estaba asustado; estaba intrigado. Para un hombre que lo tenía todo, que manejaba los hilos de la economía y que se aburría soberanamente con la sumisión ensayada de las mujeres que pagaba, yo me había convertido en un acertijo. Un juguete con un secreto. Y el sadismo de Alfred Smith no se alimentaba de cuerpos dóciles, sino de voluntades complejas que romper.

—Quieres jugar, Alfred —susurré contra el borde de la taza de porcelana, viendo mi reflejo ojeroso en el líquido oscuro—. Quieres ver qué hay detrás de la máscara. Te lo voy a mostrar, pero te va a costar el imperio.

Si él quería una sumisa que ocultara un misterio, yo le daría la actuación de su vida. Usaría su propia curiosidad como la soga para ahorcarlo. Aprendería su maldito idioma de cuerdas, límites y sumisión no como una esclava, sino como un soldado que se infiltra en las líneas enemigas con una granada oculta bajo la lengua.

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A las once de la noche del día siguiente, el pasillo de la suite principal del Elíseo se sentía aún más claustrofóbico.

Esta vez no llevaba la bandeja de plata ni el uniforme de camarera. Llevaba una bata de seda negra que el supervisor me había entregado en el vestidor, tras informarme escuetamente que el señor Smith había reservado mi exclusividad para la noche entera. Debajo de la seda, estaba completamente desnuda. La sensación del aire acondicionado rozando mi piel descubierta me hacía sentir peligrosamente expuesta, pero obligué a mis talones a mantenerse firmes sobre la alfombra.

Me detuve frente a la puerta número cuatro. Mis manos sudaban. Cerré los ojos e invoqué la imagen de mi padre, el sonido del disparo en su despacho, el olor a tierra húmeda del cementerio el día anterior. El odio regresó a mi torrente sanguíneo como un disparo de adrenalina pura, congelando cualquier rastro de miedo.

Empujé la puerta.

La habitación estaba en penumbra, iluminada únicamente por dos lámparas de pie que proyectaban sombras alargadas en las paredes de terciopelo. Alfred estaba de pie junto a un mueble bar de madera noble, sirviéndose un trago. Ya no vestía el esmoquin de la noche anterior; llevaba unos pantalones de sastre oscuros y una camisa negra de seda con los primeros tres botones desabrochados. Su silueta recortada contra la luz baja infundía un respeto casi animal.

No dijo nada. Escuchó el clic de la puerta al cerrarse y bebió un sorbo de su vaso, dándome la espalda.

Recordé su orden. Arrodillada en esa alfombra.

Caminé hacia el centro de la habitación, justo donde la estructura de suspensión de acero pulido colgaba del techo como una jaula abierta. Me dejé caer de rodillas despacio, permitiendo que la bata de seda se abriera ligeramente a la altura de mis muslos. Junté las manos sobre mi regazo, bajé la cabeza y fijé la mirada en el suelo. El pulso me tronaba en los oídos.

Pasaron dos minutos de un silencio sepulcral. El tic-tac de un reloj de pared parecía marcar la cuenta regresiva de mi propia cordura.

Finalmente, escuché sus pasos de cuero pesado aproximarse. Se detuvo justo frente a mí. Desde mi posición, solo podía ver sus zapatos perfectamente lustrados y el dobladillo de sus pantalones. El aroma a madera, tabaco y un deje de colonia cara me invadió, nublándome los sentidos.

—Buenísima postura, Nesta —dijo su voz barítona, arrastrando mi nombre falso con una ironía implacable—. Casi haces que me crea el papel.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, pero mantuve la barbilla pegada al pecho.

—No es un papel, Amo —mentí, forzando un leve temblor en mi voz—. Estoy aquí porque usted lo ordenó.

Alfred soltó una risa baja, un sonido oscuro que se me clavó en la boca del estómago. De pronto, sentí sus dedos fríos y ásperos enredarse con fuerza en mi cabello, en la base de la nuca. El tirón no fue brutal, pero sí lo suficientemente firme como para obligarme a levantar el rostro hacia él.

Me encontré directamente con sus ojos azul zafiro. No había calidez en ellos, solo una fijeza analítica que me helaba la sangre. Su rostro estaba a centímetros del mío. Pude notar la línea dura de su mandíbula y la tensión de sus labios.

—Mientes tan bien que casi resulta un insulto a mi inteligencia —susurró, ensanchando su agarre en mi pelo—. Una chica de los suburbios que necesita este trabajo para comer no me miraría con el odio asesino que brilló en tus ojos ayer. Ni tendría esa espalda perfecta, sin una sola marca de sol de trabajo pesado. ¿Quién eres, Nesta? ¿Qué buscas en mi club?

La presión en mi cuero cabelludo aumentó. El dolor físico era real, pero el dolor del orgullo herido era peor. Deseé escupirle la verdad, gritarle el apellido Saavedra en la cara y ver si la culpa alteraba sus facciones. Pero me contuve. El plan estaba primero.

—Solo soy alguien que lo perdió todo, señor —dije, sosteniendo la mirada con una mezcla calculada de sumisión y desafío—. Alguien que descubrió que el único lugar donde los hombres como usted bajan la guardia es en una habitación como esta. Si quiere castigarme por mentir... hágalo. Pero no me pida que le cuente mi historia. Mi cuerpo le pertenece mientras esté en esta suite. Mi mente no.

Los ojos de Alfred se entrecerraron. Por un instante, la sorpresa cruzó sus facciones, reemplazada de inmediato por una chispa de pura excitación depredadora. Había mordido el anzuelo de nuevo.

Le gustaba el desafío. Le fascinaba la presa que mostraba los dientes antes de ser domada.

—¿Tu cuerpo me pertenece? —repitió, su voz descendiendo a un susurro peligroso, casi íntimo. Su mano libre se deslizó por mi cuello, rozando mi clavícula con una lentitud tortuosa que me hizo tensar cada músculo—. Una declaración muy atrevida para alguien que ni siquiera conoce las reglas de este juego.

Soltó mi cabello de golpe, haciéndome tambalear un poco hacia adelante. Se enderezó, mirándome desde su imponente altura.

—Quítate la bata —ordenó con frialdad corporativa, como si estuviera pidiendo un informe de mercado.

Mi corazón se detuvo. Sabía a lo que venía, me había preparado mentalmente para la desnudez, pero la crudeza de su tono me golpeó como un balde de agua fría. Mis manos ascendieron lentamente hacia el lazo de la bata. Deshice el nudo con dedos torpes. Dejé que la seda resbalara por mis hombros, cayendo al suelo y dejándome completamente expuesta bajo la luz cenital de la suite.

Alfred no pestañeó. Su mirada recorrió centímetro a centímetro mi anatomía con una parsimonia exasperante. Se detuvo en la cicatriz de mi hombro izquierdo, luego bajó por la curva de mis senos, mi cintura estrecha y la línea de mis caderas. No había lujuria vulgar en sus ojos; era la mirada de un tasador examinando una pieza de arte de procedencia dudosa.

Se dio la vuelta y caminó hacia la cruz de San Andrés de madera oscura que presidía el fondo de la estancia. Tomó algo de un estante adyacente y regresó hacia mí.

Cuando vi lo que traía en la mano, un nudo de pánico genuino se me instaló en la garganta. Era un collar de cuero negro grueso, rematado con una argolla de acero pulido en el centro. Un lazo de sumisión absoluta. El símbolo de que, una vez puesto, tus derechos individuales quedaban suspendidos bajo su techo.

—La primera regla de esta habitación, Nesta, es la verdad absoluta a través de las acciones —dijo Alfred, arrodillándose frente a mí para quedar a mi altura. Abrió el collar—. No me importan tus mentiras verbales. Tu cuerpo me dirá exactamente quién eres. Si tiemblas, sabré que tienes miedo. Si te excitas, sabré que me deseas. Si te resistes, romperé esa resistencia.

Acercó el cuero a mi garganta. El frío del material me erizó la piel.

—Colócate el collar tú misma —ordenó, ofreciéndomelo—. Ponlo alrededor de tu cuello y abróchalo. Demuéstrame qué tan dispuesta estás a destruirte por lo que sea que viniste a buscar.

Miré el cuero negro. Ponerse ese collar voluntariamente era el acto de rendición supremo. Era firmar un contrato en blanco con el verdugo de mi familia. Mis dedos temblaron mientras se extendían para tomar el objeto. El odio hacia el hombre que tenía en frente se mezcló con una oleada de humillación tan intensa que me costó respirar. Pero la voz de mi madre regresó, nítida: «Entra a su cama para destruirlo».

Tomé el collar. Lo llevé a mi cuello, sintiendo el peso del acero de la argolla golpear contra mi esternón. Con las manos temblorosas por la rabia contenida, busqué la hebilla en la parte posterior de mi nuca y lo ajusté hasta que quedó ceñido a mi piel, limitando ligeramente mi capacidad de tragar.

—Ya está... Amo —susurró mi voz, cargada de un veneno que apenas pude disimular.

Alfred sonrió de verdad por primera vez. Una sonrisa hermosa, perfecta y completamente letal. Estiró la mano y enganchó sus dedos largos directamente en la argolla de acero de mi cuello, tirando de mí hacia adelante con un movimiento seco, obligando a mi pecho desnudo a impactar directamente contra la rigidez de su camisa negra.

Pude sentir los latidos pesados de su corazón y el calor abrasador de su piel a través de la tela. Su aliento cálido golpeó mis labios cuando habló, su tono cargado de una promesa que me hizo estremecer hasta la médula.

—Felicidades, Nesta. Acabas de entrar al infierno. Ahora, vamos a ver cuánto tardas en quemarte.

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