Capítulo 3 El veredicto de la piel

El veredicto de la piel

El contacto de mi pecho desnudo contra la rigidez de su camisa negra me quemaba. Alfred me sostenía firmemente de la argolla de acero de mi collar, obligándome a mirarlo desde una distancia tan ridícula que podía ver el reflejo de mi propia debilidad en el azul glaciar de sus ojos. No me moví. No respiré. Me obligué a congelar las facciones de mi rostro, recordándome que cada centímetro de mi piel debía ser una fortaleza inexpugnable.

Pero el cuerpo no entiende de venganzas; entiende de estímulos. Y el calor que emanaba de él estaba empezando a jugarme en contra.

—Tu mente puede seguir construyendo muros, Nesta —susurró él, su aliento rozando mis labios con una lentitud exasperante—, pero tu pulso está desbocado. Puedo sentirlo aquí mismo, latiendo contra el cuero.

Dio un tirón suave pero firme hacia abajo, obligándome a inclinar el torso sobre mis rodillas, desestabilizándome. Tuve que apoyar las palmas de las manos en la alfombra para no caer de bruces. Alfred se levantó, soltando la argolla, y caminó hacia una mesa lateral donde reposaba una pequeña caja de madera lacada en negro. La abrió con movimientos ceremoniales, meticulosos. El tintineo de metales ligeros me hizo tragar saliva a duras penas. El collar apretaba mi garganta con cada movimiento.

—En este juego, las mentiras no se castigan con gritos, ni con ira —dijo, dándome la espalda, su voz resonando en la suite con la frialdad de un juez dictando sentencia—. Se castigan con sobreestimulación. Tu mente me ocultó tu procedencia, me ocultó tus verdaderos motivos. Por lo tanto, le quitaremos el control a tu mente. Dejaremos que tu cuerpo hable por ti.

Cuando se giró, traía en la mano dos pinzas de acero pulido conectadas por una delicada cadena de plata, y un pesado látigo de hilos de cuero fino, un flogger. El corazón me dio un vuelco salvaje. El pánico, el verdadero pánico físico, intentó abrirse paso a través de mi máscara de frialdad. Mi padre se había pegado un tiro para escapar de la ruina que este hombre le había provocado; yo no iba a quebrarme por un maldito trozo de cuero.

—Ponte de pie —ordenó.

Me levanté despacio. Mis piernas temblaban ligeramente, pero me obligué a enderezar la columna. Estar completamente desnuda frente a él, portando solo el collar que él mismo me había hecho abrochar, me hacía sentir despojada de toda dignidad humana. Era exactamente lo que él buscaba.

—Camina hacia la cruz. Apoya tus manos en los agarres superiores. No voy a atarte. Quiero ver si tu fuerza de voluntad es tan grande como tu arrogancia para mantenerte en esa posición por elección propia.

Caminé hacia la estructura de madera oscura. Mis pies descalzos se hundían en la felpa. Al llegar, levanté los brazos y sujeté las empuñaduras de cuero que colgaban de los brazos de la cruz de San Andrés. Apoyé la frente contra la madera fría, cerrando los ojos.

«Por ti, papá. Por la ruina. Por la humillación», me repetí mentalmente, como un mantra oscuro.

Sentí sus pasos aproximarse por detrás. El aire acondicionado del lugar impactó en mi espalda desnuda, pero un segundo después, el calor de la presencia de Alfred anuló el frío. Sus dedos rozaron la piel de mis hombros, descendiendo por mi columna vertebral en una línea perfecta que me hizo contener el aliento. Fue una caricia suave, casi protectora, que contrastaba brutalmente con lo que sabía que vendría.

—La primera lección, Nesta, es que el dolor y el placer viajan por la misma autopista nerviosa —su voz estaba justo al lado de mi oído, su pecho rozando ligeramente mi trasero—. Al principio, tu mente intentará resistirse. Recordarás por qué me odias... o por qué estás aquí. Pero luego, la endorfina ganará. Y cuando llores o supliques, sabré la verdad.

El primer golpe del flogger no fue doloroso; fue un estallido sordo que abarcó desde mis hombros hasta la mitad de mi espalda. Los hilos de cuero blando se envolvieron en mi piel con un siseo. Solté un jadeo involuntario, apretando los agarres de la cruz.

—Uno —contó él en un susurro—. Eso fue por la falsificación de tus papeles.

Un segundo después, cayó el segundo impacto. Esta vez más abajo, cruzando mis lumbares. El calor comenzó a irradiarse por toda mi espalda. La piel empezó a punzar, tiñéndose de un rojo vivo.

—Dos. Por jugar a la camarera invisible.

Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. No iba a darle el gusto de escucharme gemir. No iba a suplicar. El odio me mantenía anclada a la madera. Alfred continuó, manteniendo un ritmo metódico, casi musical. Cada golpe del látigo elevaba la temperatura de mi cuerpo. La adrenalina recorría mis venas a una velocidad vertiginosa.

Sorprendentemente, el dolor empezó a mutar; el cerebro, inundado de sustancias químicas para bloquear el sufrimiento, empezó a enviar señales confusas a mi pelvis.

Un calor denso y pesado comenzó a acumularse entre mis muslos. Mi propia biología me estaba traicionando. Sentí la humedad nacer en mi intimidad, una respuesta fisiológica grotesca ante el castigo del hombre que más odiaba en la tierra.

—Diez —pronunció Alfred, deteniéndose. Su respiración se había vuelto un poco más pesada.

Escuché el sonido del látigo al ser depositado en la mesa. Esperé el alivio, pero lo que vino a continuación fue peor. Alfred se pegó completamente a mi espalda. Sus manos, grandes y firmes, bajaron por mis caderas, obligándome a arquear más la espalda, exponiendo mi trasero y mi zona más íntima hacia él.

—Estás temblando, Nesta —murmuró, y su mano derecha se deslizó hacia el frente, buscando la humedad entre mis piernas. Cuando sus dedos rozaron mis labios vaginales, empapados y calientes, solté un gemido ahogado que no pude contener—. Oh, miren esto... La pequeña mentirosa está ardiendo. Tu mente me odia, pero tu cuerpo me suplica que te tome aquí mismo.

—No... —logré articular, con la voz rota por la humillación y el deseo involuntario que me consumía—. Es solo... una reacción física. No significa nada.

—Lo significa todo en mi mundo —replicó él con una rigurosidad implacable.

Se apartó un paso. El frío del ambiente volvió a golpearme, haciéndome jadear. Tomó las pinzas de acero que había dejado reservadas.

—Vamos a asegurar que esa respuesta física no se apague —dijo. Su tono ya no era divertido; era puramente dominante—. Date la vuelta. Mírame.

Me solté de los amarres de la cruz y me giró lentamente, apoyando mi espalda herida y caliente contra la madera. Alfred estaba allí, con las pinzas metálicas entre los dedos. Se agachó frente a mí, quedando a la altura de mi pecho. Mis pezones estaban erectos, duros por el frío y la excitación de los azotes.

Con una precisión quirúrgica, colocó la primera pinza en mi pezón izquierdo. El mordisco del metal frío y dentado me hizo soltar un grito ahogado. El dolor fue agudo, localizado, punzante.

Inmediatamente después, colocó la segunda pinza en el derecho. La cadena de plata que las unía quedó colgando entre mis senos, oscilando con el ritmo acelerado de mi respiración.

—Cada vez que intentes mentirme, Nesta, recordarás este peso —dijo Alfred, levantándose y tomándome de la barbilla con una fuerza que me obligó a ponerme de puntillas—. Tu castigo erótico ha terminado por hoy en el club. Pero tu entrenamiento acaba de empezar.

Me soltó y caminó hacia su chaqueta de esmoquin, extrayendo del bolsillo interior una tarjeta de plástico negro brillante con un chip dorado. Regresó y la deslizó entre mis dedos temblorosos.

—Esa es la llave de mi ático privado en Las Condes —sentenció, mirándome con una fijeza que me desarmó por completo—. Mañana por la mañana, dejarás tu empleo en este club. Te mudarás a mi residencia. Serás mi sumisa de tiempo completo, sin pantallas, sin supervisor, sin público. Solo tú, yo y tus secretos. Si no estás allí a las ocho de la mañana, la policía recibirá un informe anónimo con tu verdadero nombre y la lista de fraudes corporativos que cometió tu difunto padre antes de suicidarse.

El aire se extinguió por completo en mis pulmones. La tarjeta negra se sentía tan pesada como una lápida en mi mano.

Alfred sabía quién era yo. O al menos, sabía lo suficiente como para destruir el poco honor que le quedaba al nombre de mi padre.

—Tienes menos de doce horas para decidir, Ignacia Saavedra —susurró a mi oído, utilizando mi verdadero nombre por primera vez, enviando una onda de choque directiva a mi cerebro—. Ven a mi cama a buscar tu venganza... o quédate en la calle a ver cómo termino de enterrar el cadáver de tu familia.

Se dio la vuelta, tomó su vaso de whisky y salió de la suite, dejándome sola, desnuda, con los pezones aprisionados por el metal y el nombre de mi padre sangrando en la penumbra.

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