Capítulo 4 La boca del lobo
La boca del lobo
La habitación miserable de Estación Central olía a café rancio y a la humedad filtrada por las grietas del techo. Eran las seis de la mañana. Frente a mí, sobre la cama deshecha, había una pequeña maleta de mano con lo poco que me quedaba en el mundo: tres mudas de ropa ordinaria, el diario financiero donde anotaba los movimientos de las navieras de Alfred y el frasco de somníferos vacío que había encontrado en la mesa de noche de mi madre.
Tomé el frasco de plástico entre mis dedos temblorosos. Al cerrarlo en mi puño, el eco de su última noche regresó, perforándome los tímpanos con la crueldad de un disparo.
«Mírate, Ignacia», me había dicho Elena esa madrugada, con las pupilas dilatadas y la piel tan pálida como la ceniza. Su mano, fría y sudorosa, se había aferrado a mi muñeca con una fuerza de ultratumba. «Mírate las manos. Tienes la misma sangre noble de tu padre, pero él prefirió el plomo antes que ver cómo ese infeliz de Alfred Smith le arrebataba las empresas, las cuentas, nuestra dignidad. No dejes que Smith gane. Si tienes que arrastrarte por el lodo para enterrarle un cuchillo en la espalda, hazlo. Júramelo, Ignacia. Júramelo por la memoria de Mauricio».
Pocas horas después, sus ojos se habían cerrado para siempre, dejándome el legado del odio como única herencia.
—Se lo juré, mamá —susurró mi voz en el silencio del cuarto.
Guardé el frasco en el fondo del bolso y cerré la cremallera de un tirón. Alfred creía que me había acorralado al pronunciar mi verdadero nombre en la suite del club. Pensaba que la amenaza de revelar los supuestos fraudes corporativos de mi padre me arrodillaría por puro miedo. Qué poco me conocía. El miedo había muerto el día que enterré a mis dos padres en una fosa económica bajo la lluvia de Santiago. Lo que me movía ahora no era el temor a la verdad; era la oportunidad perfecta.
Él quería meterme en su búnker. Quería sacarme del espacio controlado del Elíseo y encerrarme en su ático privado para desmantelar mi resistencia sin testigos. Pensaba que jugar en su propio terreno lo hacía invencible.
No entendía que, al abrirme las puertas de su santuario privado, me estaba entregando las llaves del cofre donde guardaba sus secretos más oscuros.
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El segundero del reloj de mi teléfono marcó las 7:59 AM cuando el ascensor privado se detuvo con un tintineo electrónico en el último piso del exclusivo edificio de Las Condes.
Las puertas de metal pulido se deslizaron suavemente, revelando el búnker de Alfred Smith. El ático era una obra maestra de la arquitectura minimalista y brutalista: paredes de hormigón visto, inmensos ventanales de suelo a techo que ofrecían una vista panorámica y vertiginosa de la cordillera de los Andes, y suelos de madera de ébano oscura que reflejaban la luz grisácea de la mañana santiaguina. No había calidez en este lugar. Era un templo diseñado por y para el control absoluto.
Di un paso al frente. El peso de la tarjeta negra que sostenía en mi mano parecía quemarme los dedos. Las puertas del ascensor se cerraron a mi espalda, sellando mi salida.
—Un minuto antes de la hora. Puntual, como una buena Saavedra —la voz barítona de Alfred rompió el silencio del lugar de manera imprevista.
Estaba sentado en un taburete alto junto a una isla de cocina de mármol negro, vistiendo únicamente unos pantalones de sastre oscuros y una camiseta blanca de algodón que se ajustaba a sus hombros anchos y atléticos. Tenía una taza de café humeante entre las manos. Sin el traje de tres piezas y sin las luces carmesí del club, su belleza aristocrática resultaba aún más intimidante y real. Sus ojos azules me recorrieron de inmediato, evaluando mi ropa desgastada y la pequeña maleta que cargaba a mi lado.
Dejé la maleta en el suelo y caminé hacia él, manteniendo mi barbilla sutilmente elevada, pero permitiendo que mis hombros adoptaran esa postura dócil que él tanto disfrutaba quebrar.
—No iba a dejar que llamara a la policía, Amo —dije, forzando un tono sumiso que ocultaba la tormenta que llevaba por dentro.
Alfred dejó la taza sobre el mármol con un golpe seco. Se levantó y se acercó a mí con esa parsimonia felina que me helaba la sangre. Cada uno de sus pasos parecía devorar la distancia y el oxígeno de la habitación. Se detuvo a escasos centímetros de mí. Su altura me obligaba a reclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada.
—Olvídate de la policía, Ignacia —susurró, deslizando un dedo largo por la línea de mi cuello, justo en el lugar donde anoche el collar de cuero me había dejado una sutil marca rosada—. Los dos sabemos que no estás aquí por miedo a la ley. Estás aquí porque no podías resistirte a la oportunidad de estar cerca del hombre que destruyó a tu familia. Viniste a buscar mi punto débil.
Mi corazón dio un vuelco salvaje. La precisión de sus palabras me golpeó como un impacto físico, pero mantuve los ojos fijos en los suyos, implacable.
—Vine a cumplir con mi parte del trato. Usted manda aquí dentro. Mi cuerpo es suyo, ¿no es lo que quería?
—Quiero tu capitulación absoluta —corrigió él, y sus ojos se encendieron con esa peligrosa chispa de sadismo elegante—. No me sirve una actuación ensayada de camarera rota. Quiero que obedecer dejes de ser una estrategia en tu cabeza y se convierta en tu única realidad. Y para eso, necesitamos desmantelar todo lo que te conecta con tu antiguo nombre.
Antes de que pudiera procesar sus palabras, Alfred me tomó del brazo con un agarre firme y me guio a través de un pasillo iluminado por luces empotradas hasta una habitación contigua.
Al cruzar el umbral, me di cuenta de que estábamos en su dormitorio principal. La cama King-size de sábanas grises presidía el espacio, pero lo que llamó mi atención fue una inmensa chimenea de piedra que ya estaba encendida, crepitando con fuerza en una de las esquinas.
Alfred tomó mi maleta de mano —que él mismo había traído en su otra mano sin que yo lo notara— y la arrojó sobre la alfombra. La abrió de un tirón. Con una frialdad espeluznante, sacó mis pocas prendas de ropa, mis anotaciones financieras sobre sus empresas y, finalmente, el diario de mi padre.
—¿Qué hace? —el pánico real tiñó mi voz cuando lo vi avanzar hacia el fuego con el diario de Mauricio Saavedra entre las manos.
—Limpiar el terreno —sentenció él, mirándome de reojo—. Mientras cargues con estos fantasmas, solo serás una espía barata jugando a la sumisa. Si de verdad quieres entrar en mi cama y en mi vida, tienes que nacer de nuevo en este ático. Como mi propiedad.
—¡No! ¡Ahí están las pruebas de lo que le hizo a mi padre! —grité, olvidándome por completo de la sumisión, dando un paso salvaje hacia él para arrebatarle el cuaderno.
Alfred se giró a una velocidad asombrosa. Su mano libre se estrelló contra mi pecho, empujándome con firmeza hacia atrás hasta que mi espalda impactó contra una de las columnas de hormigón de la habitación. Me contuvo allí, aprisionándome con el peso de su propio cuerpo, mientras con la otra mano arrojaba el diario y mis ropas directamente al corazón de las llamas de la chimenea.
El papel crujió de inmediato, devorado por el fuego. El diario de mi padre, el último lazo físico con mi venganza, se convirtió en cenizas en cuestión de segundos ante mis ojos desorbitados.
—¡Eres un monstruo! —le espeté, sintiendo que las lágrimas de rabia e impotencia finalmente desbordaban mis ojos, rodando calientes por mis mejillas. Intenté golpearle el pecho con los puños, pero él atrapó mis dos muñecas con una sola mano, inmovilizándolas por encima de mi cabeza contra el hormigón.
Alfred me presionó aún más contra la estructura. Podía sentir la dureza de sus muslos contra los míos y los latidos frenéticos de su corazón golpeando con una violencia similar a la mía. Su rostro descendió hasta que su boca quedó a milímetros de mi oreja.
—Llora todo lo que quieras, Ignacia Saavedra —susurró, y su voz barítona vibró directamente en mi cráneo—. Grita, ódiame, golpéame si puedes. Pero mira tu propio cuerpo. Mira lo que pasa cada vez que te pongo las manos encima.
Bajé la mirada instintivamente. A pesar de la rabia ciega, a pesar del dolor de ver el diario de mi padre arder en la chimenea, mi respiración era un jadeo entrecortado. Mis pezones se marcaban con violencia a través de la tela de mi blusa delgada y un calor traicionero y pesado comenzaba a irradiarse desde mi vientre bajo, empapando mi intimidad. Mi propio cuerpo estaba reaccionando a su dominación, traicionando mi mente antes de que el plan siquiera hubiera comenzado.
Alfred lo notó. Deslizó su mano libre por mi cintura, presionando su palma contra mi vientre bajo, sintiendo los espasmos involuntarios de mis músculos. Su risa baja fue un látigo de humillación pura.
—Tu mente me jura venganza, pero tu carne ya me pertenece —murmuró, obligándome a mirarlo a los ojos—. Anoche te puse un collar en el club, pero hoy te voy a apretar la regla en mi propia cama hasta que me confieses por qué tiemblas de verdad cuando te toco. Desnúdate, Nesta. Tu primera lección de obediencia absoluta comienza ahora mismo.
