Capítulo 2 2

Desperté con la desagradable sensación de que alguien golpeaba la puerta.

Me incorporé de golpe en la cama, con el corazón latiendo a mil por hora y los músculos tensos, lista para huir por la ventana trasera si era necesario. Sin embargo, al mirar a mi alrededor, tardé unos segundos en asimilar la realidad; el techo de madera rústica reemplazaba el yeso blanco e impecable de mi antiguo departamento en la gran ciudad. Poco a poco, mi respiración se fue normalizando al comprender que no era la policía, ni un periodista sediento de exclusivas, ni un emisario de mi exprometido. Solo era el viento de la montaña, que sacudía con fuerza una rama vieja contra el techo.

Me dejé caer otra vez sobre la almohada con un gemido de frustración y busqué el teléfono celular para revisar la hora. El reloj marcaba las diez y cuarenta y tres de la mañana. Solté un bufido de desaprobación; era mi primer día oficial como fugitiva y ya me había permitido el lujo de dormir casi hasta el mediodía.

Me obligué a levantarme antes de que la calidez de las mantas me convenciera de quedarme cinco minutos más. Tras una ducha rápida, me até el cabello en un rodete desprolijo y me dispuse a preparar un café cargado para espantar la bruma de mi mente.

Mientras esperaba que el agua hirviera en la cocina, abrí la ventana de par en par. El aire fresco y puro de la montaña invadió el ambiente al instante, trayendo consigo el aroma húmedo de los pinos y la tierra mojada. A plena luz del día, la vista de Valle Escondido era todavía más espectacular de lo que había imaginado la noche anterior; las montañas se alzaban imponentes alrededor del valle, como si quisieran ocultar este rincón del mapa del resto del mundo.

Un golpe seco y metálico rompió la paz de manera abrupta.

Luego de un breve intervalo, se escuchó otro golpe igual de potente, seguido por un tercero que pareció hacer vibrar los cristales de mi ventana. Fruncí el ceño, intrigada y un poco molesta por la interrupción. Con la taza de café humeante entre mis manos, salí dispuesta a investigar el origen del alboroto.

El sonido provenía directamente del jardín de la cabaña contigua. Allí, dándome la espalda, un hombre se encontraba partiendo troncos sobre un bloque de madera maciza. Era alto, de hombros notablemente anchos y vestía una camisa de gabardina verde oliva con las mangas remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos firmes. Tenía los primeros botones desabrochados, dejando ver un poco de su pecho bronceado por el sol. Su cabello, de un tono rubio oscuro y rebelde, parecía haber perdido cualquier batalla contra el viento de la mañana y caía despeinado sobre su nuca. El movimiento con el que elevaba el hacha por encima de su cabeza era fluido y preciso; era alguien que sabía exactamente lo que hacía.

Justo cuando me disponía a regresar al interior para ignorarlo, el hombre clavó el hacha con fuerza en el tronco, descargó el peso del cuerpo sobre el mango y giró sobre sus talones.

Fue entonces cuando lo vi con claridad y no pude evitar contener la respiración por una milésima de segundo. Qué injusticia del destino. El tipo tenía facciones ridículamente atractivas: una mandíbula marcada, ojos claros que contrastaban con su piel dorada y una expresión que desbordaba seguridad. Para colmo de males, parecía ser plenamente consciente del efecto que causaba. En cuanto nuestras miradas se cruzaron en la distancia, las comisuras de sus labios se curvaron en una sonrisa pícara y perezosa, de esas que parecen decir a gritos que sabe exactamente que lo estabas observando.

Sostuve su mirada y le devolví una expresión de absoluta neutralidad. No pensaba regalarle la más mínima muestra de timidez o de interés.

—Buenos días, vecina —saludó él en voz alta, arrastrando las palabras con un tono grave, rústico y sumamente modulado, que resultaba demasiado agradable para mi gusto.

—Depende para quién —respondí a la defensiva, entornando los ojos mientras daba un sorbo lento a mi café para ganar tiempo.

La sonrisa del rubio se ensanchó apenas un milímetro, revelando un hoyuelo casi imperceptible en una de sus mejillas.

—Vaya, ya veo que no eres de las que habla antes de terminar su primera taza de café —comentó con tono burlón.

Bajé la vista hacia mis manos y luego volví a mirarlo, fastidiada por su perspicacia.

—¿Siempre tienes que hacer tanto escándalo para conseguir un poco de leña? —inquirí con sarcasmo, cruzándome de brazos.

—¿Y tú siempre te despiertas a estas horas de la tarde? —devolvió él de inmediato, arqueando una ceja con ademán inquisitivo.

Le sostuve la mirada durante un tenso segundo, preguntándome internamente cómo era posible que llevara menos de doce horas en este pueblo y ya estuviera discutiendo con un completo desconocido sobre la cerca.

—Son las once menos cuarto de la mañana —aclaré de manera cortante, marcando cada sílaba.

—Exactamente, casi el mediodía —replicó él con una risa suave y ronca que me crispó los nervios—. Lamento si te desperté, de verdad.

La falsedad de su disculpa era tan obvia que resultaba casi insultante; la mirada divertida con la que me recorría de arriba abajo dejaba claro que disfrutaba enormemente de la situación.

—No te preocupes —respondí con una falsa sonrisa de cortesía, elevando un poco la voz—. De todos modos, el tronco de madera parecía estar ganando la batalla, así que decidí salir por si necesitabas que llamara a emergencias.

El hombre soltó una carcajada limpia y sonora, visiblemente sorprendido por mi réplica.

—Voy a tomar eso como un cumplido a mi perseverancia —admitió, dando un paso hacia la cerca divisoria que apenas nos separaba.

—No lo era en absoluto.

—Qué lástima. Me agradaste más durante los primeros tres segundos de silencio —dijo con picardía, apoyando una de sus manos en el poste de madera—. Por cierto, soy...

Antes de que pudiera pronunciar su nombre, mi celular vibró con insistencia dentro del bolsillo de mi pantalón, interrumpiendo la conversación. Saqué el dispositivo por puro reflejo y miré la pantalla.

Cazador: ¿Sobreviviste a tu primer despertar en el paraíso, Luna?

Una sonrisa genuina se dibujó en mi rostro de manera automática al leer el mensaje. Al levantar de nuevo la vista, me di cuenta de que mi vecino me estaba observando fijamente, analizando el repentino cambio en mi expresión con una curiosidad que me puso alerta. El brillo divertido de sus ojos claros se había transformado en algo más agudo, casi analítico.

—¿Quién era? —preguntó de pronto, arqueando una ceja—. Debe ser alguien muy importante para lograr que pases de querer asesinarme con la mirada a sonreírle de esa forma a una pantalla.

Guardé el teléfono a toda prisa en mi bolsillo y retrocedí un paso.

—¿Y a ti qué te importa? —respondí de manera cortante, dándole la espalda sin esperar una réplica.

Entré a la cabaña y cerré la puerta de golpe, sintiendo una extraña agitación en el pecho. Por alguna razón, ya tenía la certeza de que mi nueva vida tranquila en la montaña se iba a complicar mucho más rápido de lo que esperaba.

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