Capítulo 1 Notas de Salida y Ruina
El aroma a jazmín puro y sándalo no era suficiente para enmascarar el olor a tinta fresca y desastre.
Lidia apoyó las manos sobre el mostrador de roble oscuro. Frente a ella, el papel con el sello del ayuntamiento parecía una broma de mal gusto. «Notificación de expropiación y desalojo». Treinta días. Ese era todo el tiempo que le quedaba antes de que L'Essence, la perfumería que había pertenecido a su familia durante tres generaciones, fuera reducida a escombros para dar paso a un complejo de oficinas.
Había luchado durante meses. Había asistido a asambleas, recogido firmas y apelado al valor histórico del edificio, pero el dinero siempre hablaba más fuerte que la historia.
La campanilla sobre la puerta de entrada tintineó, cortando el tenso silencio de la tienda.
Lidia alzó la vista, secándose las lágrimas de frustración. No esperaba clientes a esa hora de la tarde, y mucho menos a alguien que desentonara de manera tan agresiva la atmósfera cálida de la tienda.
El hombre que entró parecía haber sido esculpido a partir de los mismos rascacielos que amenazaban con destruir su vida. Llevaba un traje gris de corte impecable que se ajustaba a sus hombros anchos, sin una sola arruga. Su cabello oscuro estaba peinado con precisión, y sus ojos, de un tono avellana inusualmente frío.
Lidia notó su olor de inmediato; era un acto reflejo profesional del que no podía desprenderse. Llevaba una colonia sutil y sumamente cara. Cedro, un toque vibrante de bergamota y... ¿tensión? Era el aroma de un hombre que controlaba absolutamente todo en su entorno.
—Está cerrado —dijo Lidia—. El letrero en la puerta es bastante claro.
El hombre no se inmutó. Caminó hacia el mostrador.
—El letrero dice "Cerrado por inventario". Pero dudo mucho que esté contando frascos cuando acaba de recibir una orden de desalojo irremediable.
Lidia se tensó, sus dedos aferrándose al borde del mostrador.
—¿Quién es usted? ¿Y cómo sabe sobre eso? —
—Mi nombre es Dante Ferrara —respondió, deteniéndose a menos de un metro de ella. Su voz era grave, controlada y carente de cualquier inflexión emocional—. Soy el director ejecutivo de Ferrara Holdings. La empresa constructora que acaba de adquirir esta manzana.
El corazón de Lidia dio un vuelco en su pecho. Él era el enemigo. El hombre que había estado ignorando sus cartas, sus correos y sus súplicas durante los últimos seis meses.
—Váyase —gritó ella,—. No tiene nada que hacer aquí. Ya ganó, ¿verdad? Tiene su estúpido trozo de papel. Destruirá el trabajo de mi vida y el legado de mi madre para construir otro bloque de oficinas sin alma. No necesito que venga a regodearse.
Dante la observó en silencio durante un segundo. Lidia sintió que esos ojos avellana la diseccionaban, evaluando su postura defensiva, las manchas de aceite esencial en su bata y el fuego del desafío en su mirada. No parecía enfadado por el exabrupto; parecía intrigado.
—No he venido a regodearme, Lidia. He venido a hacer negocios.
—No tengo nada que venderle. La propiedad ya nos fue arrebatada legalmente. No hay nada más que pueda quitarme.
Dante introdujo una mano en el bolsillo interior de su chaqueta y extrajo un sobre grueso de papel manila. Lo dejó caer sobre el mostrador, justo encima de la orden de desalojo. El sonido sordo del impacto pareció resonar en toda la tienda, más fuerte que el latido en los oídos de Lidia.
—No quiero comprarle nada —dijo él, su tono volviéndose más bajo, casi confidencial—. Quiero ofrecerle una salida.
Lidia miró el sobre con desconfianza, como si temiera que fuera a estallar allí mismo.
—¿Qué es esto?
—Un contrato.
Ella soltó una risa amarga, corta y carente de humor.
—¿Para qué? ¿Para que me convierta en la perfumista oficial de los baños de su nuevo edificio corporativo?
—Para que se convierta en mi esposa.
El silencio que siguió a esa declaración fue tan absoluto que Lidia pudo escuchar el suave zumbido de la vieja nevera. Parpadeó, segura de que el estrés de las últimas semanas finalmente le había provocado una alucinación auditiva.
—¿Disculpe?
—Un matrimonio civil. Duración de un año, estrictamente confidencial en sus términos privados, pero totalmente convincente y público para la alta sociedad y la prensa financiera —explicó Dante—. Sin obligaciones conyugales de índole física. Vidas privadas separadas dentro de ciertos límites razonables para mantener las apariencias. Al finalizar los doce meses, nos divorciamos de mutuo acuerdo.
—Usted ha perdido la cabeza —susurró Lidia—. ¿Por qué diablos haría yo algo así? ¿Y por qué me elegiría a mí? Ni siquiera nos conocemos.
Dante apoyó ambas manos en el mostrador, inclinándose ligeramente hacia ella. Por primera vez, Lidia notó una grieta en su fachada de hielo; una urgencia casi imperceptible en la tensión de su mandíbula.
—La elijo precisamente porque no nos conocemos y porque es evidente que usted me desprecia. Eso garantiza que no habrá complicaciones sentimentales. Mi familia exige que me establezca para cederme el control mayoritario de Ferrara Holdings en la próxima junta directiva. Mi tío está reuniendo votos para declararme inestable por mi estilo de vida "solitario" y tomar la empresa para liquidarla y venderla por partes. Necesito una esposa intachable, ajena a mi círculo, alguien dedicada a su arte que la prensa no pueda devorar. Usted encaja a la perfección en el perfil.
—Eso sigue sin explicar por qué aceptaría yo ser parte de esta locura. Su empresa y sus problemas familiares no me importan.
Dante levantó una mano y señaló la orden de desalojo que asomaba por debajo del sobre.
—Porque si firma este documento hoy, mañana a primera hora mi empresa retirará la maquinaria pesada de esta calle. Rediseñaré los planos del complejo arquitectónico integrando este edificio. Su perfumería permanecerá intacta, a su nombre a perpetuidad, libre de impuestos y de cualquier amenaza futura.
Lidia sintió que le faltaba el aire. El olor a jazmín de repente le pareció asfixiante. Miró su tienda. Observó los estantes de madera tallados a mano por su abuelo, los frascos que contenían fórmulas secretas que llevaban décadas perfeccionándose. Todo su mundo estaba contenido en esas cuatro paredes.
—No se puede comprar a las personas, señor Ferrara.
—Todo el mundo firma contratos todos los días para sobrevivir, Lidia. Yo le estoy ofreciendo salvar su historia a cambio de un solo año de su tiempo. Es un trato justo.
Él dio un paso atrás, reajustándose la chaqueta.
—Le dejaré el contrato para que lo lea minuciosamente con su abogado si lo desea. Mi número personal está en la primera página. Tiene veinticuatro horas para decidir antes de que las excavadoras lleguen a la calle y ya no haya vuelta atrás.
Dante se dio la vuelta y caminó hacia la salida sin esperar respuesta. La campanilla volvió a tintinear con su partida, dejándola completamente sola.
Lidia miró el sobre. Sus manos temblaban ligeramente. Sabía perfectamente que era un pacto con el diablo, pero mientras el persistente aroma del cedro y la bergamota de Dante se negaba a abandonar el aire de su tienda, se dio cuenta de una verdad aterradora: a veces, venderle el alma al diablo era la única opción que te quedaba para evitar que tu mundo ardiera en el infierno.
