Capítulo 2 El precio de la rendición
El sobre de papel manila pesaba como un bloque de plomo.
Lidia permaneció inmóvil durante largos minutos, escuchando la lluvia que comenzaba a repicar contra los cristales de la tienda. El olor a bergamota y cedro de Dante aún flotaba en el aire, denso e invasivo, compitiendo con la dulzura del jazmín.
Con los dedos ligeramente temblorosos, rompió el sello de cera y extrajo el documento.
Treinta páginas de jerga legal redactadas por los abogados más despiadados de la ciudad. Lidia se apoyó contra la barra del mostrador y comenzó a leer, buscando la letra pequeña, la trampa oculta que justificara la extravagante oferta de Ferrara.
Cláusula primera: Duración del vínculo matrimonial. Doce meses exactos a partir de la firma civil.
Cláusula tercera: De la cohabitación. Se establece la residencia compartida en la propiedad de Ferrara durante los fines de semana y eventos de representación social.
Cláusula quinta: Convivencia e intimidad. «El presente acuerdo no conlleva consumación ni obligación de índole afectiva o física entre las partes. Cualquier acercamiento de naturaleza privada quedará estrictamente supeditado al consentimiento explícito y mutuo...»
Lidia dejó escapar una respiración entrecortada. Dante no mentía. El contrato era, en esencia, un acuerdo comercial frío y calculado.
Cláusula novena: Restitución de bien inmueble. La titularidad del edificio donde opera L'Essence será traspasada de manera irrevocable a Lidia Morales, anulando cualquier proceso de expropiación o demolición.
Un año de su vida. Un año fingiendo ser la devota prometida y posterior esposa de un hombre que controlaba millones con un chasquido de dedos. ¿El precio? La salvación definitiva del legado de su familia.
Esa noche, Lidia no durmió.
Se la pasó vagando en su tienda, acariciando las viejas estanterías de caoba, limpiando el polvo de los alambiques de cobre y repasando con la yema de los dedos las fórmulas manuscritas que su madre había dejado inacabadas. A las cuatro de la mañana, un mensaje de texto de su abogado confirmó lo que ya sabía: la orden de desalojo era firme. La apelación judicial había sido desestimada esa misma tarde por presiones del ayuntamiento. No había margen de maniobra. Sin el milagro de Ferrara, en menos de veinticuatro horas la maquinaria pesada empezaría a derribar la fachada de la perfumería.
A las ocho de la mañana, el sol se filtró entre la niebla, iluminando los frascos de cristal que destellaban como joyas.
Lidia tomó un bolígrafo, se quitó el delantal de trabajo y se vistió con su mejor traje de chaqueta verde esmeralda. No iba a rendirse; iba a negociar.
La sede central de Ferrara Holdings era un rascacielos de cuarenta plantas hecho de cristal pulido y acero negro que parecía devorar el cielo de la ciudad.
Cuando Lidia cruzó el vestíbulo de mármol blanco, sintió una opresión inmediata en el pecho. Aquí no había lugar para los aromas complejos de la naturaleza; todo olía a aire acondicionado filtrado, cera para suelos y al desinfectante industrial de la alta sociedad. Era un mundo diferente para ella.
—¿Señorita Morales? —una recepcionista de aspecto impecable y sonrisa ensayada la abordó antes de que pudiera acercarse al mostrador—. El señor Ferrara la está esperando en el último piso. Por aquí, por favor.
El ascensor privado subió a una velocidad vertiginosa que le revolvió el estómago. Durante los cuarenta segundos que tardó en llegar al piso ejecutivo, Lidia practicó su respiración, intentando mantener la compostura.
Las puertas se abrieron directamente a una oficina panorámica con vistas espectaculares a toda la metrópolis. Detrás de un escritorio, Dante Ferrara firmaba unos documentos. Llevaba una camisa blanca impecable con las mangas ligeramente remangadas hasta los antebrazos, revelando un reloj absurdamente costoso.
Al verla entrar, dejó la pluma sobre la mesa y se levantó.
—Ha tardado veintidós horas —dijo él. Su voz grave resonó en la amplitud de la estancia. Sus ojos avellana la examinaron de arriba abajo, deteniéndose en la firmeza de su postura—. Empezaba a pensar que prefería ver su tienda convertida en grava.
—No me gusta que me presionen, señor Ferrara —respondió Lidia, avanzando a pasos firmes hasta quedar frente a su escritorio.
Sacó el contrato y lo deslizó sobre su escritorio. Dante bajó la mirada hacia el papel.
—¿Lo ha leído su abogado?
—No necesito a un abogado para saber que este contrato está diseñado para protegerlo a usted en un noventa por ciento y a mí solo en lo indispensable —dijo ella, cruzándose de brazos—. Sé exactamente lo que busca: una fachada impecable para convencer a su junta directiva y ganar la guerra de poder contra su tío.
—Y usted obtiene su perfumería intacta —repuso Dante con total frialdad, dando un paso alrededor del escritorio hasta quedar a solo un par de palmos de ella. El aroma a cedro y bergamota la envolvió de nuevo, sofocante y adictivo—. Es un beneficio mutuo.
Lidia sostuvo su mirada sin pestañear. Podía sentir el calor que emanaba de él, la abrumadora presencia física de un hombre acostumbrado a someter a cualquiera a su voluntad. Pero ella no pensaba dejarse doblegar.
—Firmaré el contrato, Dante —dijo ella, pronunciando su nombre por primera vez, notando cómo la mandíbula de él se tensaba ligeramente—. Firmaré y seré la esposa perfecta frente a la prensa, los inversores y su familia. Pero no lo haré según sus únicas reglas.
Dante arqueó una ceja, intrigado.
—¿Ah, sí? ¿Y cuáles son sus condiciones, Lidia?
—Una cláusula adicional —repuso ella, sacando un bolígrafo de su bolso y colocándolo junto al documento—. La firma del traspaso definitivo de la propiedad de L'Essence a mi nombre no se realizará al cabo del año. Se firmará hoy mismo, antes de que yo ponga un solo pie en el registro civil para casarme con usted. Si el terreno no es mío antes del matrimonio, el trato se rompe.
Dante la observó en profundo silencio. Durante unos segundos interminables, la tensión en la oficina se volvió casi palpable. Finalmente, una sombra de lo que parecía una sonrisa casi imperceptible cruzó los labios de Dante.
—Tiene agallas, perfumista —murmuró él, dando un paso más hacia ella hasta que la distancia entre ambos se redujo a escasos centímetros—. De acuerdo. Modificaré la cláusula ahora mismo. Pero a cambio, mi exigencia también aumenta.
Lidia sintió un cosquilleo en la nuca.
—¿Qué exigencia?
Dante se inclinó ligeramente hacia su oído, y su aliento tibio rozó la piel sensible de su cuello, haciendo que a Lidia se le erizara el vello de los brazos.
—Esta noche hay una cena con la junta directiva y mi tío —susurró él con voz rasgada—. Y necesito que empiece a demostrar lo perdidamente enamorada que está de mí.
