Capítulo 3 El teatro de los depredadores

El vestido que Dante había enviado a L'Essence, envuelto en papel de seda dentro de una caja, debía costar más que el inventario completo de la perfumería. Era una creación de alta costura en satén plateado, diseñada para convertir a quien lo usara en un trofeo de hielo.

Lidia lo dejó exactamente donde estaba.

En su lugar, abrió el viejo baúl de cedro al pie de su cama y sacó un vestido de seda color borgoña que había pertenecido a su madre. Era de líneas simples, con un escote en V que no revelaba demasiado pero dejaba la espalda sutilmente al descubierto. El corte fluido se adhería a sus curvas con una elegancia vintage que ninguna etiqueta moderna podía replicar. Se recogió el cabello oscuro en un moño bajo y deshecho, dejando algunos mechones sueltos alrededor de su rostro.

Para el toque final, eligió una de sus mezclas privadas: vainilla negra, un toque de dulzura de la cereza silvestre. Un aroma embriagador y profundo.

A las ocho en punto, el claxon discreto de un sedán negro resonó en la calle.

Lidia bajó las escaleras, tomó un abrigo negro y salió a la fría noche urbana. El chófer le abrió la puerta trasera, pero sus ojos se clavaron de inmediato en el hombre que ya la esperaba en el interior.

Dante llevaba un traje de noche oscuro, sin corbata, con los dos primeros botones de la camisa abiertos. Cuando Lidia entró y la puerta se cerró con un chasquido sordo, el espacio se volvió abrumadoramente íntimo.

Sus ojos avellana se clavaron en ella,Su mandíbula se tensó.

—Ese no es el vestido que te envié.

—No —respondió Lidia—. El tuyo me hacía parecer un maniquí de tu escaparate corporativo. Si voy a convencer a tu familia de que te has enamorado de mí, tengo que parecer una mujer que tiene voluntad propia. A los hombres como tú no les atrae la sumisión fácil.

Dante guardó silencio. La miró durante un largo segundo, y Lidia pudo sentir el peso de esa mirada como si fuera un roce físico. Finalmente, él asintió con una leve inclinación de cabeza.

—Tienes razón. Pero la próxima vez, avísame.

—Acostúmbrate, Dante. Este será un año largo.

El coche se puso en marcha, deslizándose por el asfalto mojado hacia el distrito financiero. El silencio en el vehiculo era denso, cargado por la colisión de sus dos mundos. El cedro y la bergamota de Dante chocaban contra la vainilla oscura y la cereza silvestre de Lidia.

Dante empezó a hablar, rompiendo la tensión.

—Nuestra historia oficial es la siguiente: nos conocimos hace seis meses. Entré a tu tienda buscando un regalo exclusivo para un amigo. Tú fuiste arrogante, me dijiste que mi gusto era comercial y me obligaste a sentarme durante una hora para diseñar una fragancia desde cero. Me cautivó tu insolencia y tu pasión por tu trabajo.

—Un cliché de novela barata —murmuró Lidia.

—A la junta directiva le encantan los clichés —replicó Dante—. Necesito que mi tío Lorenzo crea que estoy lo suficientemente distraído como para cometer un error.

—¿Y qué pasa si me hace preguntas sobre ti? No sé nada de tu vida.

—No necesitas saberlo. Eres una artista; estás enamorada del hombre, no del director ejecutivo. Si te pregunta algo sobre mi pasado, simplemente sonríe, tócame el brazo y cambia de tema.

Lidia asintió, sintiendo que el estómago se le encogía a medida que el coche se detenía frente a L'Orangerie, el club privado más exclusivo de la ciudad. Las puertas de caoba que estaban custodiadas por dos porteros que saludaron a Dante.

Al salir del coche, se sentía el aire frío de la noche. Antes de que Lidia pudiera dar un paso, Dante colocó su mano grande y cálida en su espalda descubierta. El contacto directo de sus dedos contra su piel la hizo dar una pequeña sacudida.

—Tranquila —murmuró él, inclinándose hacia su oído. Su aliento rozó su oreja—. El le sujetó la mano con delicadeza.

Entraron al salón principal, iluminado por candelabros de cristal, se escuchaba conversaciones en voz baja de personas que movían mucho dinero. Dante la guió hasta un comedor privado al fondo del pasillo.

Sentado a la cabecera de una larga mesa de roble, había un hombre mayor con el cabello plateado y la misma estructura facial de Dante. Lorenzo Ferrara.

—Dante —saludó Lorenzo, poniéndose de pie—. Y tú debes ser el famoso misterio que ha mantenido a mi sobrino alejado de las galas benéficas durante meses.

—Lidia Morales —Dante hizo las presentaciones, su mano aún anclada en la espalda de Lidia, presionando con un aire posesivo que a ella le costó procesar—. Lidia, mi tío, Lorenzo Ferrara.

—Un placer, señor Ferrara —Lidia forzó una sonrisa cálida, extendiendo la mano.

Lorenzo tomó su mano, pero no la soltó de inmediato. Sus ojos la evaluaron, deteniéndose en su vestido vintage y luego en la forma en que Dante se mantenía muy cerca de ella.

—Una perfumista —Lorenzo soltó una risita seca, soltando su mano—. Debo admitir que me sorprendió, señorita Morales. Dante es un hombre de números, de acero y cristal. Carece del más mínimo sentido artístico. ¿Cómo es posible que alguien que vive de los sentidos haya soportado a alguien tan... analítico?

El primer ataque. Directo a la yugular de su supuesta incompatibilidad.

Lidia sintió la tensión en la mano de Dante. Respiró hondo y dejó que la vainilla y el cedro le dieran la respuesta.

—En perfumería, señor Ferrara, las mejores fragancias no nacen de notas idénticas, sino de la tensión entre opuestos —dijo Lidia, girando el rostro ligeramente para mirar a Dante a los ojos. Se obligó a suavizar la mirada, a fingir una devoción que no sentía—. Dante aporta la estructura, la base sólida que hace que un perfume perdure. Yo aporto... la volatilidad. Nos equilibramos.

Dante la miró, y por un microsegundo, la sorpresa genuina destelló en sus ojos avellana antes de ser enmascarada por una sonrisa arrogante.

Lorenzo los observó en silencio. Levantó su copa de vino tinto y la agitó lentamente.

—Fascinante respuesta. Suenan casi como un eslogan publicitario muy bien ensayado —Lorenzo se apoyó contra el respaldo de su silla, sus ojos brillando con malicia—. Pero los negocios me han enseñado que las palabras son baratas. El lenguaje corporal, en cambio, rara vez miente.

Lorenzo señaló con la barbilla hacia ellos.

—Si están tan perdidamente enamorados como afirma ese romántico discurso... ¿por qué están más rígidos que dos estatuas? Demuéstrame que esta mujer es realmente tuya, sobrino. Bésala. Y más vale que sea un beso que me convenza de no convocar a la junta mañana mismo.

El silencio en el comedor privado se volvió absoluto.

Lidia sintió que el corazón le subía a la garganta. Dante se volvió hacia ella. La mano que reposaba en su espalda subió lentamente por su columna, acariciando la seda borgoña, hasta enredarse en su cabello oscuro. Sus rostros estaban a escasos centímetros. Pudo ver la tormenta en los ojos de él, la advertencia silenciosa, y el peligro inminente de cruzar la línea entre un contrato frío y el fuego abrasador de un contacto real.

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