Capítulo 4 Fuego cruzado y vainilla

El tiempo pareció suspenderse en el frío comedor de L'Orangerie.

Dante no dudó. Sus dedos, que hasta ese momento habían descansado con falsa soltura en el cabello oscuro de Lidia, ejercieron una presión firme pero sorprendentemente delicada, inclinando el rostro de ella hacia arriba. La advertencia en sus ojos avellana se desvaneció, siendo devorada por una intensidad oscura y abrasadora que le robó el aliento.

—Sígueme la corriente —susurró él contra sus labios, una orden que fue apenas una vibración en el aire.

Y entonces, la besó.

Lidia había anticipado un roce calculado, un choque de bocas torpe y teatral diseñado puramente para satisfacer el morbo de Lorenzo. Pero en el instante en que los labios de Dante capturaron los suyos, toda coreografía se hizo añicos.

Él no la besó como un hombre que firma un contrato; la besó como un hombre que reclama un territorio. Sus labios eran cálidos, exigentes, poseedores de una autoridad que la desarmó por completo. Lidia soltó un pequeño jadeo de sorpresa, y Dante aprovechó el momento para profundizar el beso, acortando el milímetro de distancia que quedaba entre sus cuerpos.

El impacto sensorial fue vertiginoso. La vainilla negra y la cereza silvestre de Lidia colisionaron frontalmente con el cedro amaderado y la bergamota de Dante, creando en el espacio entre ambos una fragancia nueva, densa y cargada de electricidad, sabía a vino tinto caro.

Casi por instinto, Lidia levantó las manos y se aferró a la chaqueta oscura de Dante. Podía sentir el latido rítmico y acelerado del corazón de él bajo la tela de la camisa abierta. Por un segundo, el mundo exterior desapareció. No existía la junta directiva, ni la amenaza de demolición, ni la mirada depredadora de Lorenzo. Solo existía el peso de la mano de Dante en su nuca y el calor que se irradiaba desde su pecho hasta el vientre de Lidia.

Un carraspeo áspero rompió la magia, devolviéndolos de golpe a la realidad.

Dante se separó lentamente, como si le costara un esfuerzo físico romper el contacto. Sus respiraciones estaban ligeramente agitadas, y cuando él la miró, Lidia vio que la compostura de hielo del director ejecutivo tenía una grieta. Sus ojos avellana estaban dilatados.

Lidia, con el pulso latiéndole en los oídos y los labios enrojecidos, giró el rostro hacia la mesa, intentando estabilizar su respiración.

Lorenzo Ferrara ya no sonreía con malicia. Observaba a la pareja con los ojos entrecerrados, golpeando rítmicamente el cristal de su copa con el dedo índice.

—Debo admitir, sobrino, que eres mejor actor de lo que pensaba. O eso, o realmente has perdido la cabeza por esta mujer —dijo el anciano, su tono carente de la burla anterior, reemplazado por una frialdad calculadora—. Muy bien. Tienen mi beneficio de la duda por esta noche.

Dante, recuperando su máscara de imperturbabilidad en una fracción de segundo, retiró la mano del cabello de Lidia y se reacomodó en su silla, aunque mantuvo su pierna pegada a la de ella bajo el mantel.

—No necesito tu beneficio de la duda, Lorenzo. Solo necesito que dejes de conspirar en mi contra y aceptes que mi vida personal no es asunto tuyo.

—Todo lo que afecta a las acciones de Ferrara Holdings es asunto mío —replicó Lorenzo, recostándose en su silla—. Ya que están tan seguros de su vínculo, asumo que no tendrán problema en hacer su debut oficial frente a los inversores. Este viernes es la Gala Anual de Beneficencia de la constructora en el Museo de Arte Contemporáneo. Asistirá toda la prensa financiera y la alta sociedad.

Lorenzo clavó sus ojos en Lidia.

—Espero que tengas un vestido a la altura, señorita Morales. Los tiburones de la prensa no se conforman con un beso; buscarán hasta el último secreto de su pasado para intentar despedazarlos. Bienvenidos al juego.

El resto de la cena transcurrió en una guerra fría de sutilezas. Lidia comió poco, concentrada en mantener su postura y responder con elegancia y agudeza a las trampas verbales que Lorenzo le tendía sobre su falso romance de seis meses con Dante.

Cuando finalmente abandonaron L'Orangerie pasada la medianoche, el aire helado de la calle fue un alivio para los pulmones de Lidia.

El trayecto en el sedán negro fue muy distinto al de ida. El silencio ya no era defensivo; era denso, abrumado por el fantasma del beso que aún latía entre ellos.

—Estuviste impecable —dijo Dante de pronto, su voz rompió el silencio del vehículo—. Mi tío es un paranoico profesional, y lograste desestabilizarlo. Eso requiere talento.

—Tú tampoco te quedaste atrás —respondió Lidia, mirando por la ventanilla. Sus dedos trazaban patrones invisibles sobre su regazo—. Aunque ese beso... fue excesivo.

—Era necesario. Lorenzo estaba buscando debilidad. Le dimos exactamente lo que pidió.

—No estaba en las cláusulas —replicó ella, girando el rostro para mirarlo.

—Lo añadiré mañana mismo como anexo: Demostraciones de afecto en situaciones de alto riesgo corporativo —respondió él, con un tono neutro que no lograba ocultar un matiz de ironía.

El coche redujo la velocidad hasta detenerse frente a la fachada de L'Essence. La calle estaba desierta y bañada por la luz ámbar de las farolas.

El chófer abrió la puerta de Lidia. Ella tomó su abrigo, dispuesta a salir y olvidar la locura de la noche, pero la mano de Dante atrapó su muñeca con suavidad antes de que pudiera levantarse. El tacto de su piel contra la de ella envió una descarga eléctrica directa a su espina dorsal.

—Un trato es un trato, Lidia.

Dante soltó su muñeca, abrió un pequeño compartimento en el panel central de los asientos traseros y extrajo una caja plana de terciopelo azul marino. Se la tendió.

Lidia tomó la caja con ambas manos. Pesaba. Al abrir el broche dorado, el olor a papel viejo y a lavanda seca inundó el vehículo, opacando por un segundo sus propios perfumes. En el interior descansaban tres cuadernos de tapas de cuero gastadas, atados con una cinta negra.

Eran los diarios perdidos de su madre. La obra inacabada que había buscado desde que tenía quince años.

Las lágrimas amenazaron con asomar a sus ojos, pero Lidia parpadeó rápidamente, negándose a mostrarse vulnerable. Levantó la vista hacia Dante, quien la observaba con una expresión indescifrable, una mezcla de respeto y una curiosidad voraz.

—Gracias —logró decir en un susurro.

—Nos vemos el viernes, Lidia —respondió Dante—. Descansa. Prepárate para la guerra. Porque después de esta noche, mi tío no se detendrá hasta encontrar nuestra fisura. Y si descubren que esto es falso, ambos lo perderemos todo.

Lidia asintió, apretó la caja contra su pecho y salió del coche. Mientras el sedán de Dante desaparecía en la neblina nocturna de la ciudad, ella supo que el verdadero peligro no era que Lorenzo Ferrara descubriera que el romance era una farsa.

El verdadero peligro era lo real que se había sentido besar a su peor enemigo.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo