Capítulo 5 Nueva estrategia

La luz pálida del amanecer se filtró por las persianas de la habitación de Lidia, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. No había dormido un solo minuto.

Sentada en el suelo de madera, envuelta en una manta de lana, Lidia acariciaba las páginas amarillentas del primer cuaderno. La caligrafía apresurada de su madre llenaba los márgenes con tachones, fórmulas y observaciones. El olor a lavanda seca impregnaba cada hoja, un eco del pasado que le oprimía la garganta.

Se detuvo en una anotación en la última página del segundo diario. Estaba subrayada con tinta roja:

«Una fragancia perdurable no es un matrimonio pacífico. Es una guerra fría. Las notas de salida quieren evaporarse, ser libres y efímeras. Necesitan un ancla, una nota de fondo densa, oscura y pesada que las obligue a quedarse en la piel. Sin el ancla, el perfume desaparece. Sin la volatilidad, el perfume aburre».

Lidia cerró los ojos y, de forma involuntaria, las yemas de sus dedos rozaron sus propios labios. Todavía podía sentir la presión, la exigencia cálida en la boca de Dante y el sabor a vino tinto. Él era exactamente eso: un ancla pesada, oscura y abrumadora. Y ella, al igual que sus notas florales, estaba luchando para no dejarse arrastrar hacia el fondo.

A las nueve en punto, Lidia bajó a la tienda. El café cargado no era suficiente para disipar el cansancio, pero la rutina de abrir los postigos y alinear los probadores en el mostrador le devolvió cierta sensación de normalidad.

La campanilla de la puerta sonó con brusquedad.

Lidia se giró, esperando al repartidor de envases de cristal, pero el aire de la tienda cambió instantáneamente. El cedro y la bergamota barrieron los delicados aromas florales de L'Essence.

Dante Ferrara cerró la puerta tras de sí. Llevaba un abrigo largo de lana oscura sobre un traje gris marengo, pero esta vez no llevaba corbata. Su cabello, habitualmente impecable, lucía ligeramente desordenado. No tenía el aspecto del magnate inquebrantable de la noche anterior; parecía un hombre que tampoco había pegado ojo.

En lugar de un saludo cordial, Dante arrojó una gruesa carpeta sobre el mostrador de roble.

—Lorenzo no pierde el tiempo —dijo él, su voz grave resonando en la tienda vacía.

Lidia miró la carpeta y luego a él.

—Buenos días. ¿Qué es eso?

—Tu vida entera —respondió Dante, quitándose el abrigo, moviéndose por el espacio de ella con una confianza exasperante—. A las seis de la mañana, mi jefe de seguridad interceptó tres solicitudes de información sobre ti. Lorenzo ha contratado a una firma de investigadores privados. Están escarbando en tus registros bancarios, tus deudas comerciales, el historial de tu familia... todo.

Lidia sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima de la calle.

—¿Pueden hacer eso? Es ilegal.

—En mi mundo, la palabra "ilegal" solo significa que cuesta un poco más de dinero —Dante apoyó las manos en el mostrador e inclinó su cuerpo hacia ella, acortando la distancia. Sus ojos avellana estaban inyectados en una leve fatiga—. No van a encontrar nada que invalide el contrato, porque nuestros abogados lo blindaron. Pero buscan otra cosa. Buscan inconsistencias.

—¿Inconsistencias en qué?

—En nosotros —Dante la miró con una intensidad que la inmovilizó—. Un hombre y una mujer que llevan seis meses profundamente enamorados conocen los demonios del otro. Si en la gala del viernes los periodistas o mi tío te hacen preguntas y respondes como la dueña de un negocio que acaba de conocer a su inversor, nos harán pedazos.

Lidia tragó saliva. Abrió la carpeta. Dentro había perfiles detallados, árboles genealógicos y cronologías. La mitad de los documentos eran sobre ella. La otra mitad, sobre Dante.

—¿Quieres que memorice tu currículum? —preguntó ella, frunciendo el ceño.

—Quiero que memorices mis cicatrices —corrigió él en un susurro bajo—. El currículum se lo sabe cualquier accionista. Tienes que saber que odio los eventos públicos sociales, que me rompió la clavícula un caballo a los quince años y que detesto el sabor de la canela. Y yo necesito saber por qué la perfumería no está a tu nombre, sino a nombre de un fideicomiso, y quién fue el hombre que te rompió el corazón hace tres años para que no hayas vuelto a salir con nadie.

Lidia cerró la carpeta de golpe. El sonido fue como un disparo.

—Esa información no es asunto tuyo.

—Ahora lo es —replicó Dante, sin retroceder un milímetro—. Ayer me desafiaste con el vestido, y tenías razón. Fuiste tú misma y funcionó. Pero Lorenzo es un depredador buscando una gota de sangre. Si te pregunta sobre mi madre, o sobre mi infancia, y dudas un segundo, lo perderemos todo. Tu tienda incluida.

El silencio volvió a adueñarse de la perfumería. Lidia sostuvo su mirada desafiante, sintiendo la fricción constante entre ellos.

Lentamente, Lidia soltó el aire retenido en sus pulmones y apartó la carpeta a un lado.

—Si vamos a hacer esto, no será leyendo un expediente redactado por tus espías corporativos —dijo ella, rodeando el mostrador.

Caminó hasta la pequeña máquina de espresso de la rebotica, encendió el interruptor y tomó dos tazas de porcelana. Dante la observó, sus ojos siguiendo cada uno de sus movimientos con una atención devoradora.

—¿Entonces cómo sugieres que lo hagamos? —preguntó él.

—Como las personas normales, Dante. Hablando —Lidia le tendió una de las tazas humeantes. Sus dedos se rozaron al pasar el recipiente, un breve contacto que encendió un rastro de pólvora en la piel de ambos—. Tienes cuarenta y cinco minutos antes de que abra la tienda. Siéntate. Y más vale que empieces explicándome lo de la clavícula rota, porque yo te contaré por qué odio el olor a rosas blancas.

Dante miró la taza, luego sus ojos viajaron a los labios de Lidia, donde el recuerdo de la noche anterior aún vibraba en el aire. Lentamente, la tensión en sus hombros pareció aflojarse. Una sonrisa casi imperceptible curvó la comisura de su boca.

—Cuarenta y cinco minutos —murmuró Dante, tomando asiento en el taburete de madera, dejando que el aroma a café y vainilla lo envolviera—. Soy todo tuyo, Lidia.

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