Capítulo 6 Cicatrices y promesas

El espacio de la mesa era demasiado pequeño para un hombre como Dante Ferrara. Sentado en la silla de madera, sus rodillas casi rozaban el borde de la mesa de trabajo de Lidia, rodeada de frascos de cristal oscuro y balanzas de precisión. El vapor del café recién hecho se mezclaba con el aroma residual a sándalo y notas cítricas, creando una atmósfera densa e íntima.

Dante dio un sorbo a su taza. Sus ojos avellana se clavaron en ella por encima del borde de porcelana.

—El caballo se llamaba Imperio —comenzó, su voz desprovista, sonando casi áspera en el silencio de la tienda—. Tenía quince años. Mi abuelo insistió en que debía domarlo yo mismo para demostrar que tenía el carácter necesario para heredar el peso de la empresa. El animal era joven y estaba aterrorizado. Yo también, aunque jamás lo habría admitido. Me derribó antes de que pudiera sujetar las riendas y me pisó el hombro.

Lidia se apoyó en la encimera, cruzándose de brazos.

—Una clavícula rota duele a cualquier edad.

—El hueso sanó en dos meses —Dante dejó la taza sobre la mesa, entrelazando los dedos—. Lo que aprendí esa tarde duró para siempre: si no tienes el control absoluto de la situación, terminas aplastado. En mi familia, mostrar miedo era dudar, algo que no podíamos permitirnos. Si Lorenzo huele debilidad, ataca. Por eso construí el éxito de Ferrara Holdings a mi manera. Sin margen de error. Sin sorpresas.

Lidia observó la tensión en la mandíbula de él. Detrás de los trajes hechos a medida y la frialdad, pudo vislumbrar al adolescente al que le habían enseñado que el mundo era un campo de batalla donde los sentimientos eran una vulnerabilidad fatal.

—Y luego llegué yo —murmuró ella, sintiendo una extraña punzada en el pecho—, y te obligué a improvisar.

Dante esbozó una media sonrisa, inclinándose ligeramente hacia adelante.

—Tú eres la mayor sorpresa de mi vida, Lidia. Y la única variable que no puedo controlar.

El silencio que siguió estuvo cargado de una electricidad palpable. Lidia sintió que el calor le subía por el cuello.

—Tu turno —dijo él en voz baja—. Las rosas blancas. Y el fideicomiso.

Lidia tomó aire. El recuerdo aún escocía, pero bajo la mirada atenta de Dante, extrañamente, no sintió el impulso de esconderse.

—Hace tres años estuve comprometida. Se llamaba Marcos, era analista financiero. —Ella giró su taza entre las manos, buscando las palabras—. Mi padre había fallecido recientemente, dejando un mar de deudas a mis espaldas. L'Essence estaba al borde de la quiebra. Marcos me convenció de que la única salida era traspasar la propiedad del local a un fideicomiso controlado por su banco para reestructurar la deuda.

Dante frunció el ceño. Sus instintos corporativos se activaron de inmediato.

—Te engañó.

—Me utilizó —corrigió Lidia con amargura—. Planeaba liquidar el edificio a mis espaldas a una cadena hotelera y quedarse con una comisión millonaria por la venta. Lo descubrí una semana antes de la boda, gracias a un documento legal que dejó sobre la mesa de la cocina. Cuando lo confronté, intentó manipularme. Había llenado todo mi apartamento con rosas blancas, mis favoritas en aquel entonces, diciéndome que lo hacía por mi propio bien, para liberarme de una carga.

La expresión de Dante se endureció. La temperatura en la tienda pareció descender de golpe, mientras que el olor a cedro y pimienta negra de su colonia se volvió dominante, casi agresivo.

—¿Qué pasó con él? —preguntó Dante.

—Rompí el compromiso y logré detener la venta a tiempo. Pero el fideicomiso siguió activo, asfixiándome con intereses altísimos. Por eso no tenía opciones legales ni financieras cuando tú llegaste con la orden de expropiación. Desde aquel día, el olor a rosas blancas me da náuseas.

Dante se levantó despacio. La altura y envergadura de su cuerpo bloquearon la luz pálida que entraba por la pequeña ventana trasera. Dio un paso hacia ella, quedando tan cerca que Lidia tuvo que alzar el mentón para mirarlo a los ojos.

Levantó una mano. Por un instante, Lidia pensó que se apartaría, pero los dedos de Dante rozaron su mejilla con delicadeza. El pulgar de él acarició suavemente la línea de su mandíbula.

—Ese idiota jamás volverá a acercarse a ti —murmuró Dante. No sonó como un consuelo; sonó como una sentencia absoluta—. Nadie va a quitarte lo que es tuyo. L'Essence es de tu propiedad ahora, Lidia. Estás a salvo.

El roce de la piel de él enviaba descargas eléctricas. Lidia sabía que debía apartarse, mantener la barrera del contrato intacta, pero el ancla oscura y protectora que Dante representaba tiraba de ella con una fuerza magnética. Sus respiraciones se acompasaron. Lidia miró los labios de Dante, recordando la presión, el sabor a vino y la intensidad arrolladora del beso de la noche anterior.

Dante bajó la mirada hacia la boca de ella al mismo tiempo. Sus pupilas estaban dilatadas, traicionando el deseo que luchaba por mantener a raya.

El tintineo agudo de la campanilla de la puerta principal rompió el momento como un cristal estrellándose contra el suelo.

Ambos se separaron de golpe. Lidia parpadeó, desorientada, sintiendo un frío repentino ante la ausencia del tacto de Dante. Miró el reloj de la pared: las nueve y cuarenta y cinco. El tiempo se había agotado.

—Buenos días, ¿ya está abierto? —llamó una voz femenina desde la zona de exhibición.

—¡Un momento, enseguida salgo! —respondió Lidia, aclarándose la garganta y alisando su delantal de lino con manos temblorosas.

Dante tomó su abrigo. Su máscara de director ejecutivo volvía a estar perfectamente colocada, pero sus ojos avellana aún conservaban un rastro ardiente del secreto que acababan de compartir.

—El viernes por la noche enviaré el coche a las siete —dijo él, ajustándose los puños de la camisa blanca—. Usa el vestido que quieras, Lidia. Pero prepárate. Lorenzo estará esperando que cometamos el más mínimo error frente a la prensa.

—No lo haremos —respondió ella, levantando la barbilla, sintiendo una nueva y extraña alianza arraigándose en su pecho—. Conocemos nuestras cicatrices. No hay forma de que nos sorprenda.

Dante asintió lentamente.

—Nos vemos, mi vida —susurró él.

Y con esa última provocación, el eco de sus pasos se alejó hacia la salida, dejando la tienda con el corazón desbocado y la certeza de que el contrato que había firmado era la trampa más hermosa y letal en la que jamás había caído.

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