Capítulo 7 En la boca del lobo

El viernes a las seis y cincuenta de la tarde, Lidia se miró por última vez en el espejo de su habitación.

No había elegido el vestido para complacer a los inversores de Ferrara Holdings, ni para encajar en el molde de la típica esposa de la alta sociedad. Llevaba un vestido de seda color verde esmeralda que se ajustaba a su cintura y caía con fluidez hasta el suelo. Era elegante, de líneas limpias, con un escote asimétrico que dejaba al descubierto su clavícula izquierda y un hombro.

Antes de salir, tomó un pequeño frasco de cristal tallado de su tocador. No usó ninguna de las ligeras fragancias florales que solía vender en la tienda. Esta noche necesitaba peso. Aplicó unas gotas de un perfume de su colección privada en sus muñecas y detrás de las orejas: una base densa de vainilla negra y ámbar, cortada con la agudeza desafiante de la pimienta rosa. Un ancla oscura y una chispa de fuego.

A las siete en punto, un discreto mensaje en su teléfono le avisó que el coche estaba abajo.

Cuando Lidia salió al aire fresco del anochecer, un sedán negro la esperaba. La puerta trasera se abrió antes de que pudiera alcanzarla. Dante estaba dentro.

Iba vestido con un esmoquin negro cortado a la perfección, su corbatín estaba deshecho colgando a ambos lados de su cuello y el primer botón de la camisa abierto. Estaba mirando su teléfono, pero cuando Lidia entró y el aroma a vainilla negra llenó el reducido espacio del coche, él levantó la vista.

Los dedos de Dante se detuvieron sobre la pantalla. Sus ojos recorrieron la seda esmeralda, subieron por su cuello desnudo y se clavaron en sus ojos con una intensidad que hizo que a Lidia se le acelerara el corazón. El silencio en la parte trasera del vehículo se volvió denso.

—Dijiste que usara el vestido que quisiera —murmuró ella, sintiendo de pronto la necesidad de justificarse ante su mirada insondable.

Dante guardó el teléfono en el bolsillo de su chaqueta y se inclinó ligeramente hacia ella. El olor a cedro y limpieza de su piel chocó de frente con el ámbar de Lidia.

—Pareces dispuesta a conquistar el mundo entero. Estás perfecta—.

El elogio no sonó a un cumplido vacío ensayado para la prensa; sonó como una verdad que se le había escapado de los labios. Antes de que Lidia pudiera procesar el rubor que amenazaba con subir a sus mejillas, el coche se detuvo.

Habían llegado al hotel donde se celebraba la gala benéfica anual del sector inmobiliario. A través de los cristales tintados, Lidia pudo ver los destellos de las cámaras de los paparazzi agolpados tras las vallas de terciopelo.

Dante cerró los ojos un segundo, ajustando su máscara. Cuando los volvió a abrir, el hombre vulnerable de la tienda había desaparecido, reemplazado por el inquebrantable director ejecutivo.

—Recuerda —le dijo en voz baja, ofreciéndole su brazo—, no hay margen de error. Si te sientes acorralada, aprieta mi mano.

Lidia entrelazó su brazo con el de él y asintió.

Al abrirse la puerta, un mar de flashes y gritos con sus nombres los envolvió. Dante la guió con una mano firme y protectora posada en la parte baja de su espalda. El calor de su palma traspasaba la fina seda del vestido, enviando un recordatorio constante de que, en medio de aquel circo, no estaba sola.

El salón de baile era una exhibición obscena de riqueza. Candelabros de cristal, bandejas de champán y cientos de personas escudriñándolos disfrazadas de sonrisas educadas. Apenas habían dado diez pasos cuando la multitud se abrió para dar paso a un hombre mayor, de traje gris y una sonrisa que no llegaba a sus ojos grises.

—Dante, muchacho. Al fin llegas —la voz era afable, pero tenía el filo de una navaja—. Y esta debe ser la famosa Lidia.

Lidia sintió como Dante se tensaba. Era él. Lorenzo Ferrara.

—Tío Lorenzo —saludó Dante, su tono era hielo puro envuelto en cortesía—.

—Es un placer verlo de nuevo, señor Ferrara —Lidia esbozó una sonrisa educada, sosteniendo la mirada del hombre sin pestañear.

Lorenzo le tomó la mano, besando el aire sobre sus nudillos.

—El placer es mío, querida. Debo admitir que tu aparición fue… repentina. En la junta directiva nos tomó por sorpresa que nuestro imperturbable CEO tuviera un romance tan apasionado escondido en una pequeña tienda de barrio.

Era un ataque directo, diseñado para hacerla sentir pequeña. Lidia sintió que Dante iba a intervenir, pero ella se le adelantó. Suavizó su expresión y apoyó su mano libre sobre el brazo de Dante.

—El amor rara vez pide permiso para entrar en la agenda, Lorenzo —respondió Lidia con una naturalidad asombrosa—. Aunque entiendo su sorpresa. Dante es un hombre que detesta las sorpresas y no deja margen para el error. Le gusta tener el control absoluto de todo.

Lorenzo alzó una ceja, creyendo haber encontrado una grieta.

—¿Y no te asusta esa necesidad de control, Lidia? Puede ser bastante... asfixiante.

Lidia soltó una pequeña risa, acercándose un poco más al pecho de Dante.

—Al contrario. Cuando conoces las cicatrices de alguien, entiendes el porqué de su armadura. Un hombre que sabe exactamente lo que quiere es un hombre que jamás te dejará caer. Dante protege lo que es suyo con su vida, y eso me hace sentir infinitamente segura.

El silencio de Lorenzo fue el trofeo más satisfactorio que Lidia había ganado en mucho tiempo. La sonrisa del hombre mayor vaciló por una fracción de segundo antes de recuperarse. Dante la miraba fijamente desde arriba, y Lidia pudo jurar que había un genuino asombro brillante en sus ojos avellana.

—Una respuesta fascinante —concedió Lorenzo, dando un paso atrás—. Disfruten de la velada. Estaré observándolos.

Cuando Lorenzo desapareció entre la multitud, Dante soltó una respiración lenta y pesada.

—Me has dejado sin palabras —murmuró él, bajando la cabeza para que sus labios rozaran casi la oreja de Lidia—. Acabas de desarmarlo usando mis propios demonios.

—Te dije que no nos sorprendería —susurró ella, sintiendo que el corazón le latía desbocado por la cercanía.

Las primeras notas de un piano de cola llenaron el salón, marcando el inicio del baile de apertura. Dante se giró hacia ella, sus ojos oscurecidos por una emoción que el contrato no estipulaba.

—Baila conmigo, Lidia —pidió, y esta vez no era una orden para la prensa. Era una súplica de un hombre que, por primera vez en su vida, estaba dispuesto a soltar el control.

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