Capítulo 8 Entre la danza y la penumbra

Lidia deslizó su mano sobre la mano de Dante, permitiendo que él la guiara hacia el centro de la pista de baile. Decenas de miradas inquisidoras se posaron sobre ellos, acompañadas por el murmullo de la alta sociedad y el destello distante de algún fotógrafo de la prensa que intentaba captar una toma desde los márgenes del salón.

Dante rodeó la cintura de Lidia con un brazo firme, atrayéndola hacia su cuerpo con una fluidez natural. Lidia apoyó su mano derecha sobre el hombro de él, sintiendo bajo la tela fina de la chaqueta la dureza de su postura y la leve irregularidad de la clavícula que alguna vez se rompió. El contacto envió una chispa directa a su pecho.

Comenzaron a moverse al ritmo pausado del piano de cola. Dante guiaba con una precisión impecable, pero no había la rigidez calculadora que Lidia esperaba; sus pasos eran seguros, envolventes, dictados por una elegancia instintiva.

—Aprendes rápido, Lidia —murmuró Dante, inclinando la cabeza. Su aliento cálido rozó la piel de la mejilla de ella, haciendo que un escalofrío recorriera su espalda.

—No fue una actuación —respondió Lidia en voz baja, alzando la vista—. Solo usé la verdad que me diste en la tienda. Lorenzo quería ver a una mujer sometida o a una impostora; le mostré a alguien que conoce a su aliado.

Dante la miró con una intensidad renovada, apretando ligeramente el agarre en su cintura para acortar el poco espacio que aún los separaba. En el centro de la pista, envueltos por la seda verde esmeralda y el esmoquin oscuro, la mezcla de sus aromas se volvió sofocante: la densidad oscura de la vainilla y el ámbar de Lidia chocando contra el peso sobrio del cedro y la bergamota de Dante.

—Por un momento —confesó Dante, su voz grave bajando a un susurro casi inaudible para que solo ella pudiera escucharlo—, me hiciste olvidar el contrato, a Lorenzo y a los inversores. Parecía aterradoramente real.

Las palabras de Dante quedaron flotando en el aire entre ellos. Lidia sintió que la respiración se le atascaba en la garganta. La barrera profesional que ambos habían jurado mantener comenzaba a desmoronarse, dejando al descubierto una atracción latente que ni las cláusulas más estrictas podían regular.

Mientras la pieza musical llegaba a su clímax, Lidia notó a lo lejos, entre la multitud de invitados, a Lorenzo Ferrara. El hombre mayor sostenía una copa de cristal y los observaba con la mirada fija, desprovista de la falsa amabilidad de antes. Había perdido el primer asalto, pero su postura rígida delataba que ya estaba planificando el siguiente movimiento.

—Nos está mirando —susurró Lidia, manteniendo la calma sin romper el ritmo del baile.

—Que mire —replicó Dante sin desviarle la atención a ella ni un segundo—. Lorenzo está acostumbrado a jugar con el miedo de la gente. Cree que si presiona lo suficiente, nos quebraremos. No sabe que esta noche me diste más terreno del que él podrá quitarme jamás.

La música concluyó con una última nota sostenida del piano. La pista estalló en aplausos educados. Dante mantuvo su mano en la cintura de Lidia un par de segundos más de lo necesario antes de soltarla despacio, permitiendo que sus dedos rozaran la seda de su vestido en un gesto cargado de una intimidad no ensayada.

Sin darle tiempo a los periodistas ni a los socios de la empresa a interceptarlos, Dante entrelazó sus dedos con los de Lidia y la condujo lejos del centro del salón, atravesando unas altas puertas de cristal que daban a una terraza privada.

El aire fresco de la noche los recibió de golpe, disipando el calor sofocante del interior. La metrópoli se extendía a lo lejos como un mar de luces doradas y plateadas bajo el cielo nocturno.

Lidia se acercó a la balaustrada de piedra, apoyando las manos sobre el borde frío para estabilizar el acelerado pulso de su corazón. Dante se colocó justo a su lado, cubriéndola del viento con la envergadura de sus hombros.

—Estuviste brillante allí dentro —dijo él, rompiendo el silencio. Su tono ya no tenía la máscara del CEO; era la voz del hombre que había compartido su café en la tienda.

—Era la única forma de frenarlo —respondió Lidia, girándose un poco hacia él—. Pero sabes que Lorenzo no se detendrá. Esto solo fue un sondeo. Va a buscar los papeles del fideicomiso de mi tienda o intentará presionar a los bancos.

Dante dio un paso más hacia ella, reduciendo la distancia hasta que la seda de su vestido rozó la tela de su traje. Levantó una mano y, con una lentitud calculada, apartó un mechón de cabello oscuro del cuello desnudo de Lidia, dejando sus dedos apoyados con delicadeza sobre su piel cálida.

—Que intente lo que quiera —murmuró Dante, clavando sus ojos en los labios de ella—. Ningún banco, ningún abogado y ningún familiar va a tocar L'Essence ni a interponerse entre nosotros. Mientras estés a mi lado, Lidia, no hay nada en este mundo que pueda quitarme.

Lidia sostuvo la mirada de Dante, sintiendo cómo el ancla pesada de la que hablaba su madre en los diarios terminaba de asentarse en su pecho, sujetándola a él con una fuerza a la que ya no quería resistirse.

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