Capítulo 1 La caída

ALANA

Después de cinco años trabajando para el senador Charles Cooper, creo que conozco todas las versiones de este hombre. La impecable frente a las cámaras, la del jefe exigente que revisa un discurso tres veces antes de aprobarlo. Por eso, cuando la puerta de su despacho se estrella contra la pared, lo primero que me sorprende no es el hombre que entra. Es la expresión del senador.

—¿Qué demonios haces aquí, Ian? —nunca le he escuchado hablar así.

El recién llegado cruza el umbral arrastrando los pies, como si irrumpir en el despacho de uno de los senadores más importantes del país fuera una visita cualquiera. Lleva una chaqueta de cuero negra, jeans rotos y los nudillos de la mano derecha cubiertos de sangre. Tiene un corte en el pómulo, cabello negro revuelto, ojos aparentemente oscuros y una sonrisa diseñada para provocar problemas.

—Vine a visitarte, papá.

Ah.

Ian Cooper.

Sabía que el senador tenía un hijo problemático. La prensa suele llamarlo rebelde, conflictivo o, cuando quieren ser amables, «un joven incomprendido». Aunque no me parece que ese sea el caso.

Ian desvía los ojos hacia mí y me recorre de arriba abajo sin el menor disimulo.

—Vaya... veo que tienes un juguete nuevo en la oficina.

—Cuida tu maldita boca —vuelvo a mirar al senador.

La sonrisa impecable de hace unos segundos ha desaparecido. Antes de que pueda procesarlo, su teléfono vibra sobre el escritorio y lee la pantalla.

Su rostro cambia.

—¿Qué mierda hiciste ahora? —Ian se encoge de hombros.

—¿Ya te vinieron con el chisme?—el senador Cooper se acerca a la ventana, aparta apenas la cortina y maldice entre dientes.

—Los periodistas están abajo. Todo el edificio está rodeado —mi estómago se contrae.

Me acerco al escritorio y tomo el teléfono que el senador dejo sobre él. La noticia ya está circulando: pelea en un club, fotografías borrosas, Ian rodeado de hombres vinculados a una banda.

Una pelea puede explicarse. Esas imágenes, en plena campaña, no.

—Si sales así, confirmas cada titular que están preparando —digo antes de poder evitarlo e Ian me mira con una ceja levantada.

—¿Y tú eres?

—Alana —responde el senador Cooper por mí—. Mi asistente.

—Ah. La famosa Alana —Cooper señala sus manos.

—Alana, trae el botiquín. Cúrale eso.

—¿Yo?

—Ahora.

Obedezco. Llevo cinco años trabajando para este hombre y jamás lo he visto perder el control así. Charles Cooper es una de las razones por las que elegí esta carrera. Sigo su trayectoria desde la universidad. He visto cómo convierte crisis imposibles en oportunidades y cómo sostiene una sala entera con una sola frase.

Confío en él. O al menos siempre lo he hecho. Regreso con el botiquín y me arrodillo junto a Ian. Él observa mis movimientos con una diversión irritante.

—No muerdo, muñeca. Al menos no si no me lo piden.

—Quédese quieto, joven Ian —su sonrisa se ensancha.

—¿«Joven Ian»? Joder. Qué bien educada te tiene el viejo.

Tomo su mano y la aparta por reflejo, pero unos segundos después me permite sujetarla. Sus nudillos están destrozados. Cuando el antiséptico toca la piel abierta, ni siquiera parpadea.

—Debió golpear a alguien muchas veces —murmuro.

—Se lo ganó.

—Eso suele decir la gente que termina saliendo en las noticias.

—Y eso suele decir la gente que cree todo lo que el viejo vende frente a una cámara —levanto la mirada y su expresión ha cambiado. Ya no está jugando—. Lástima que no sepas con qué clase de basura estás trabajando.

—Su padre es un gran hombre —Ian suelta una risa sin humor.

—Mi padre es un...

—Suficiente —el senador corta la frase antes de que termine.

Por una fracción de segundo, Ian lo mira con algo diferente al desprecio, más profundo, más viejo, más complejo. Un odio demasiado grande para haber nacido de una simple pelea familiar.

—Las fotos ya están en todas partes —murmura el senador mientras camina por el despacho—. Van a decir que mi hijo lidera criminales.

—Que digan lo que quieran.

—Claro. A ti nunca te importa lo que destruyes —Ian sonríe despacio.

—Hay cosas que merecen ser destruidas —el silencio que sigue me pone la piel de gallina y Cooper se detiene.

Conozco esa quietud. La he visto durante negociaciones, debates, crisis de campaña. Es el instante exacto en que deja de reaccionar y empieza a construir una salida.

—Tengo una solución —Ian pierde parte de su sonrisa y yo cierro el botiquín—.No vamos a negar la pelea —continúa—. Vamos a cambiar lo que significa. Ian no será un pandillero fuera de control. Será un hombre que reaccionó cuando alguien importante para él estuvo en peligro.

Mi cabeza empieza a seguir la estrategia por instinto. Cambiar el motivo, humanizarlo. Desviar la conversación. Podría funcionar.

—Y necesitamos demostrar que acaba de sentar cabeza —añade e Ian entrecierra los ojos.

—¿De qué demonios hablas?

—Mañana anunciaremos tu compromiso —parpadeo.

¿Compromiso?

Durante un segundo absurdo intento recordar si existe alguna novia que el equipo haya mantenido fuera de prensa. Cooper gira la cabeza hacia mí y entiendo antes de que hable.

No.

—Alana es la persona perfecta —dice—. Intachable, profesional, conocida por el equipo y completamente ajena a tus escándalos. La historia será sencilla: llevan tiempo manteniendo la relación en privado.

—Señor...

—Ustedes dos van a casarse.

Mi cabeza, por pura costumbre, intenta encontrar los agujeros de la estrategia incluso mientras todo mi cuerpo grita que esto es una locura. No existen fotografías previas. Nadie nos ha visto juntos. Tendríamos que construir una cronología, preparar respuestas, controlar a la prensa...

Y entonces recuerdo la parte más importante. Yo ni siquiera he aceptado.

Ian se pone de pie de golpe.

—Estás demente, viejo.

—Ian.

—Prefiero que me metan en una celda antes que prestarme para tu puto circo —el senador no discute solo abre un cajón.

Saca una fotografía y la desliza sobre el escritorio e Ian se queda inmóvil. Desde donde estoy alcanzo a distinguir a una niña junto a él, ambos con helados en las manos. Ian está sonriendo.

No la sonrisa arrogante que me ha dedicado desde que entró. Una real.

—¿Incluso si eso significa que dejas de verla? —pregunta Cooper y la temperatura del despacho parece caer.

—No la metas en esto.

—Luna necesita estabilidad. Cuidados. Y sabes perfectamente quién autoriza muchas de las decisiones que la rodean —Ian da un paso hacia él.

—Hijo de puta.

—Cuida tu lenguaje.

—Es tu hija.

—Precisamente. Y estoy pensando en lo que le conviene.

No hay una amenaza directa en sus palabras. Podría explicarlo como una medida desesperada de un padre frente a un hijo fuera de control. Aun así, algo en mi estómago se retuerce.

—Cumple durante un año —continúa Cooper—. Haz esto bien y no habrá ninguna razón para alterar tu relación con Luna.

Ian baja los ojos hacia la fotografía y sus manos se cierran, la venda blanca comienza a mancharse de rojo otra vez. Por primera vez desde que entra al despacho, desaparecen la burla, el cinismo y la violencia.

Lo que queda es miedo. Miedo de verdad.

Entonces Ian levanta la mirada y la clava en mí. Hace unos minutos me observaba como si apenas fuera otra pieza del despacho de su padre. Ahora me mira de una forma completamente distinta.

Como si Cooper acabara de ponerme un arma en la mano.

—Tú decides, Ian —dice el senador.

Y por primera vez en cinco años, miro al senador Charles Cooper sin saber exactamente a quién tengo delante.

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