Capítulo 4 El sabor del peligro
IAN
La princesita acaba de besarme delante de treinta cámaras y, por una puta fracción de segundo, consigue dejarme sin saber qué hacer.
Eso me molesta más de lo que debería.
Los flashes siguen explotando a nuestro alrededor cuando Alana se aparta apenas de mi boca. Tiene las mejillas encendidas y respira tan rápido como yo, aunque intenta recuperar esa expresión controlada que usa para todo y no le sale.
Bien.
Al menos no soy el único al que el plan acaba de tomar por sorpresa.
—Súbete —le digo.
—¿Qué? —las voces de los periodistas se acercan.
—¡Cooper, mira aquí!
—¿Es tu novia? —Alana gira hacia ellos.
Mala idea. Si abre la boca ahora, estamos jodidos. Todavía no tenemos una historia. Ni fechas. ni respuestas preparadas. Solo una fotografía bastante convincente.
La tomo del brazo.
—Si empiezan a preguntar, vamos a contradecirnos en menos de treinta segundos —su expresión cambia y lo entiende.
Interesante.
—Súbete —repito mientras me pongo el casco y esta vez no protesta.
Se monta detrás de mí y rodea mi cintura con los brazos justo cuando los primeros periodistas alcanzan el muelle y arranco. La moto sale disparada y Alana se pega a mi espalda.
—¡Estás loco!
—Eso ya me lo dijiste —una camioneta de prensa intenta seguirnos cuando salimos a la avenida y sonrío.
Ahora están en mi terreno.
Acelero entre dos vehículos, giro por una calle lateral y abandono las avenidas principales antes de que puedan acercarse demasiado y Alana aprieta los brazos alrededor de mí.
—¡Más despacio! —grita e Ignoro la orden.
Entro por un callejón estrecho que una camioneta jamás podría cruzar sin arrancarse los retrovisores y el ruido de la ciudad cambia poco a poco. Menos bocinas, menos luces. Los edificios de cristal quedan atrás y aparecen almacenes cerrados, talleres, paredes cubiertas de grafitis y estructuras que nadie mira dos veces después de que cae el sol.
Por el espejo veo que la camioneta ya no está. Pero no regreso a casa y Alana tarda un poco en darse cuenta.
En una pared enorme aparece un número pintado en rojo.
Siento cómo sus brazos se tensan alrededor de mi cintura y seguimos avanzando.Otro grafiti.
94. Esta vez sé que lo ha visto.
Bien.
El viejo quiere meterla en mi vida como si esto fuera simplemente mudarse a un loft, ponerse vestidos bonitos y sonreír delante de cámaras. Si va a defender a Cooper mientras vive bajo mi techo, primero va a conocer la parte del mundo que él prefiere fingir que no existe.
Doblo hacia el acceso de una antigua fábrica y atravieso el patio y me detengo frente a una pared. Apago el motor y Alana se baja inmediatamente.
—¿Dónde estamos? —Me quito el casco.
—Llegamos —Mira a su alrededor.
—Este no es tu departamento.
—Muy observadora.
—Ian —su tono ya no suena irritado y suena alerta.
Las luces del taller apenas iluminan el galpón cuando tres figuras salen de entre las sombras y Alana se queda quieta. Daga aparece primero. Detrás vienen Cuervo y el Ruso.
Tres hombres tatuados, ropa gastada y caras que no aparecerían precisamente en un anuncio de campaña. Espero que retroceda, que pida irse. Que los mire con el mismo desprecio con el que me miró a mí en el despacho.
Pero no lo hace.
Tiene miedo. Lo veo en la rigidez de sus hombros, pero se obliga a quedarse donde está.
—¿Qué es este lugar? —pregunta y camino hacia ella.
—Mi verdadero hogar —sus ojos vuelven al enorme 94 pintado sobre una de las columnas.
Luego me mira, pero no pregunta. Todavía.
—Aquí tu traje de oficina y los discursos del viejo no valen una mierda, princesita —el Ruso se acerca arrastrando los pies.
Tiene una botella de cerveza en una mano y esa expresión de quien lleva demasiado tiempo buscando una razón para empezar un problema.
Entonces ve a Alana. Se detiene y sus ojos se entrecierran.
—Espera —mierda. La reconoce—. Yo a esta la conozco —. Alana lo observa con cautela.
—¿Nos conocemos? —el Ruso suelta una carcajada seca.
—A ti no. A tu cara —da un paso hacia ella.
—Eres la asistente del hijo de puta del senador —la palabra cambia algo en él.
Su mandíbula se endurece y la botella desaparece de su mano cuando la deja sobre una mesa con demasiada fuerza Ya no está jugando. Conozco esa mirada.
—Ruso —advierto pero no me escucha.
—¿Tienes idea de cuánta gente terminó pagando para que tu jefe pudiera seguir saliendo limpio en televisión? —Alana frunce el ceño.
—No sé de qué estás hablando.
—Claro que no —se ríe otra vez.
—Los perros de Cooper nunca saben nada.
—El senador ha tomado decisiones que afectan a mucha gente —responde ella, recuperando poco a poco su voz de oficina—. Que tu no estes de acuerdo con ellas no significa que haya hecho algo ilegal.
Cuervo suelta un silbido bajo y Daga me mira de reojo y yo no aparto los ojos de Alana. Así que incluso aquí piensa defenderlo.
El Ruso se acerca más.
—¿Ilegal? —su sonrisa desaparece.
—Qué palabra tan bonita —Alana sostiene su mirada.
—Si tienes una acusación concreta, házla —eso sí me sorprende.
El Ruso también parece no esperarlo. Durante un segundo se queda completamente quieto y después sonríe.
Mal.
—Tienes cojones.
—Tengo poca paciencia —el Ruso se ríe fuerte.
—Joder, 94. ¿De dónde coño sacaste a esta? —Alana gira ligeramente la cabeza hacia mí cuando escucha el número.
Ahí está, acaba de juntas las piezas. Primero los grafitis. Ahora él. La pregunta aparece en su cara aunque no la formule.
¿Qué significa 94?
El Ruso vuelve a mirarla.
—Mírala. Limpia. Perfecta. Defendiendo al viejo como si de verdad creyera toda esa mierda.
—Porque lo conozco —dice Alana y el Ruso deja de reír.
—No —su voz baja de golpe—. Conoces lo que él quiere que conozcas —Alana abre la boca para responder, pero algo cambia en su expresión.
Solo un segundo, una duda pequeña. Confusión. La veo y me gusta demasiado.
—¿Qué perdiste? —pregunta de pronto y el Ruso inclina la cabeza.
—¿Qué?
—Dijiste que mucha gente pagó por culpa del senador. ¿Qué perdiste tú? —el taller queda en silencio.
Mierda.
Eso no me lo esperaba y tampoco el Ruso. Su expresión se vacía por completo.
—Más de lo que tú podrías entender —Alana no baja la mirada.
—Entonces explícame.
El Ruso avanza y esta vez intervengo con un paso casi imperceptible. No para detenerlo todavía, sino para estar cerca. Yo quería que hablara. Quería que Alana escuchara,pero conozco al Ruso. Sé exactamente cuánto tarda en pasar de una conversación a romperle la cara a alguien.
—Ruso —repito y él levanta una mano sin mirarme.
—Tranquilo —eso nunca significa nada bueno viniendo de él.
Se planta delante de Alana. Demasiado cerca y ella se tensa, pero no retrocede.
—Cooper destruye cosas —murmura el Ruso—. Después deja que otros limpien la sangre mientras él sonríe para las cámaras.
La mirada de Alana vacila y esta vez sí lo veo claramente. No cree en él. Pero la certeza con la que llegó hasta aquí acaba de recibir su primera grieta y el Ruso también la nota. Sonríe y luego me mira, conozco esa expresión.
Problemas.
—94, esto es una puta genialidad.
—Ruso —ignora la advertencia y vuelve a mirar a Alana.
—Dame cinco minutos con ella, 94.
