Capítulo 5 Un infierno

ALANA

El Ruso me observa como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo. Yo miro a Ian. Está a pocos pasos, atento, demasiado tranquilo para alguien que acaba de traerme a un lugar donde uno de sus amigos parece querer arrancarme la cabeza.

Y entonces lo entiendo. Está esperando, no sé exactamente hasta dónde piensa dejar que esto llegue, pero quiere ver qué hago.

Bien.

No pienso darle el gusto de rescatarme. El Ruso avanza otro paso.

—¿Te comió la lengua el gato, muñequita?

—No.

—Entonces dime. ¿También vas a defender a Cooper cuando no tengas un escritorio bonito detrás?

Su tono cambia de un segundo a otro. Hace apenas un momento estaba burlándose. Ahora hay algo mucho más inestable en sus ojos.

—No sé qué te hizo el senador —respondo—, pero eso no te da derecho a acercarte así.

—¿Derecho? —suelta una carcajada y da otro paso. Demasiado cerca.

—Ruso —advierte Ian desde atrás y él ni siquiera gira.

—Estoy hablando.

—Yo también —la voz de Ian cambia apenas, pero el Ruso lo ignora.

Sus dedos se cierran alrededor de mi brazo y ahí se acaba mi paciencia.

Levanto el pie y clavo el tacón con toda mi fuerza sobre su empeine.

—¡Joder! —el Ruso se dobla por reflejo y antes de que pueda pensarlo, le cruzo la cara de una bofetada.

El sonido resuena en todo el galpón y durante un segundo nadie habla. Cuervo silba desde algún punto detrás.

Y en ese momento lo se, mala idea. Muy mala idea. Los ojos del Ruso se encienden.

—Maldita hija de puta —se lanza hacia mí y no alcanzo a retroceder pero Ian aparece entre nosotros y atrapa su muñeca antes de que pueda tocarme.

—Basta —lo dice bajo y el Ruso intenta soltarse.

—¡Ella empezó!

—Y tú terminaste.

—Es una de ellos —Ian aprieta más fuerte.

—La traje yo. Si tienes un problema con ella, lo tienes conmigo —el Ruso lo mira con furia.

Durante un instante creo que también va a golpearlo y Daga se mueve discretamente desde el fondo, pero al final el Ruso aparta el brazo de un tirón y retrocede.

—Te estás ablandando, 94 —Ian ni parpadea.

—Pruébame —dice con simpleza y silencio.

El Ruso escupe hacia un lado y se marcha refunfuñando e Ian me mira.

—Camina.

—¿Perdón?

—Antes de que se le ocurra volver —no necesito que me lo repita.

Lo sigo por un pasillo estrecho hasta una habitación pequeña al fondo del taller. Hay una mesa de madera, dos sillas y una lámpara amarillenta colgando del techo. Ian cierra la puerta y me giro de inmediato.

—Sabías que podía reaccionar así.

—Sí —La respuesta me enfurece todavía más.

—¿Y aun así me trajiste aquí?

—Sí.

—¿Qué demonios te pasa? —Ian se apoya contra el borde de la mesa.

—Quería que vieras algo —suelto una carcajada seca.

—¿Que tu amigo está completamente loco? Felicidades, mensaje recibido.

—No hablo del Ruso.

—Pues deberías. Casi me golpea.

—Y no lo hizo.

—Porque tú lo detuviste en el último segundo —Ian me observa unos segundos.

—Porque hasta entonces podías defenderte sola —lo miro incrédula.

—¿Esto era una prueba?

—Llámalo como quieras.

—Eres un imbécil.

—Eso ya lo sabías —aprieto los dientes.

—Entonces explícame para qué me trajiste —la sonrisa desaparece de su rostro.

—Para que abras los ojos —Ahí está de nuevo.

—Otra vez tu padre.

—Mi padre.

—Cooper.

—Sí, Cooper —se aparta de la mesa.

—Llevas cinco años trabajando para él, ¿no?

—Sí.

—Cinco años —la forma en que lo repite me molesta.

—¿Y?

—Nada —pero su expresión dice otra cosa.

—Dilo —lo reto e Ian se acerca despacio.

—Cinco años y todavía no has visto una mierda.

—Conozco al senador.

—Conoces lo que te deja ver.

—Eso es una acusación muy conveniente viniendo de su hijo resentido —su mandíbula se tensa.

—No tienes que creerme.

—Bien, porque no lo hago.

—Tampoco tienes que creerle al Ruso.

—Me alegra que estemos de acuerdo en algo —Ian ignora el comentario.

—Solo pregúntate por qué alguien como él odia a mi padre más de lo que me odia a mí —la pregunta me frena.

No porque le crea. Porque no esperaba que la planteara así.

—El senador ha tomado decisiones difíciles durante años. Es normal que tenga enemigos.

—Claro.

—Eso no demuestra nada.

—No he dicho que lo haga —lo observo.

—Entonces ¿qué quieres de mí?

—Que dejes de repetir que es un santo cada vez que alguien abre la boca.

—No lo llamo santo.

—Poco te falta.

—Llevo cinco años trabajando a su lado. He visto lo que hace, cómo trabaja, lo que sacrifica. No voy a tirar todo eso por una acusación sin una sola prueba —Ian suelta una risa sin humor.

—Cinco años.

—Sí.

—Y crees que conoces al hombre que es ahora.

—Lo conozco mejor que cualquiera de tus amigos —Error. Lo veo en su cara.

—Ten cuidado, Alana.

—¿Con qué?

—Con creer que sabes demasiado.

—Y tú ten cuidado con asumir que todo el mundo que trabaja para tu padre es igual que él —Ian acorta la distancia entre nosotros.

—¿Por qué lo defiendes tanto?

—Porque confío en él.

—Eso no responde.

—Sí responde.

—No —otro paso.

—La gente no entrega cinco años de su vida a alguien sin esperar algo a cambio.

—Claro que espero algo. Tengo una carrera.

—Exacto.

—Eso no significa que me haya vendido —la sonrisa que aparece en sus labios no me gusta.

—¿No?

—No.

—Firmaste un contrato hace unas horas por un puesto.

—Firmé por razones que no tienes derecho a juzgar.

—Entonces explícame cuáles son.

—No te debo explicaciones.

—Claro —su voz cambia, más fría, más afilada.

Ya no está intentando convencerme, está intentando hacerme daño.

—Quizá ni siquiera necesito preguntar —frunzo el ceño.

—¿Qué se supone que significa eso? —Ian inclina ligeramente la cabeza.

—Cinco años tan cerca de Cooper, ascensos, recomendaciones. Un futuro servido en bandeja —mi estómago se revuelve.

—Mide tus palabras.

—¿Por qué?

—Porque estás hablando de cosas que no entiendes.

—Entiendo perfectamente cómo funciona el mundo del viejo—se acerca hasta quedar frente a mí.

—Dinero. Poder. Favores.

—No todos somos como tú —eso lo golpea y lo veo.

Su mirada baja por mi cuerpo y vuelve a subir.

—Tienes razón —hace una pausa—. Algunos prefieren pagar de otras formas —me quedo inmóvil.

—¿Qué acabas de decir? —Ian sonríe y es una sonrisa fea.

De esas que aparecen cuando alguien sabe que está a punto de cruzar una línea y lo hace igual.

—Quizá por eso lo defiendes tanto. Debe ser cómodo ser la puta favorita del senador—mi mano impacta contra su rostro.

No lo pienso, no le aviso, simplemente le cruzo el rostro. La cabeza de Ian gira hacia un lado y se extiende un silencio peligroso y mi respiración se detiene.

Mierda.

Ian no se mueve, la marca roja empieza a aparecer lentamente sobre su mejilla y entonces recuerdo dónde estoy. Los grafitis, la forma en que todos aquí lo miran. El Ruso retrocediendo cuando él habló. Ian gira despacio el rostro hacia mí.

Sus ojos están ocultos bajo varios mechones de cabello negro.

Mierda acabo de abofetear a 94.

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