Capítulo 6 El precio de la osadía

IAN

El ardor en mi mejilla late al mismo ritmo que mi pulso. Alana sigue frente a mí, tensa, furiosa, pero no baja la mirada y justo eso es lo que termina de joderme.

Cualquier otra persona en este lugar habría entendido demasiado tarde que cruzarme la cara no es precisamente una buena idea. Ella también lo sabe. Lo veo en la forma en que respira, en cómo mantiene los hombros rígidos y aun así, no retrocede.

Y lo peor es que sé perfectamente por qué me golpeó. Me lo busqué, no pienso decírselo. Pero lo sé. Doy un paso hacia ella.

Alana eleva ligeramente el mentón.

—Ni se te ocurra —casi me río.

—¿Ahora das órdenes?

—Ahora te advierto —otro paso y su espalda queda cerca de la puerta.

Levanto una mano y tomo su mentón entre los dedos, obligándola a mirarme, no aprieto.No hace falta.

—Tienes muchas agallas, Alana.

—Suéltame.

—Acabas de golpearme.

—Y tú acabas de llamarme puta —silencio.

Ahí está, directo, sin adornos.Mis dedos permanecen bajo su barbilla durante un segundo más.

—No vuelvas a hacerlo —le advierto y su mirada se endurece.

—Entonces no vuelvas a darme una razón —joder.

Una sonrisa intenta abrirse paso en mi boca, pero la contengo.Esperaba una muñeca delicada de oficina. Alguien que se deshiciera en cuanto sacara los dientes. En cambio, la mujer frente a mí se plantó delante del Ruso, le clavó un tacón, lo abofeteó y después decidió hacer exactamente lo mismo conmigo.

Miro su rostro.

—No eres lo que esperaba, florecita —frunce el ceño.

—¿Florecita?

—Parecías más delicada.

—Y tú eres exactamente lo que esperaba —suelto una carcajada.

—Eso ha dolido más que la bofetada —Alana intenta apartar el rostro, pero mis dedos siguen bajo su mentón.

Entonces sus ojos bajan, solo una fracción de segundo a mi boca. La sonrisa desaparece.

Mierda.

Mi mirada hace exactamente lo mismo. Sus labios todavía están ligeramente hinchados por el beso del muelle. Estamos demasiado cerca y siento su respiración. Ella también se da cuenta, pero ninguno se mueve. Solo tendría que inclinarme un poco.

Y durante un segundo quiero hacerlo. Hasta que recuerdo verla ahí mismo, hace apenas minutos, defendiendo al viejo como si supiera quién demonios es. La mujer que tengo enfrente sigue trabajando para mi padre.

Sigue confiando en él.

Sigue siendo alguien que podría estar viviendo bajo mi techo mientras le cuenta cada movimiento que hago.Suelto su rostro y la tensión se rompe.

—Vamos —abro la puerta.

—¿A dónde?

—Fuera.

—Qué específico —la miro de reojo.

—Empiezo a arrepentirme de haberte puesto un apodo bonito.

—Yo nunca te lo pedí.

—Créeme. No hago muchas cosas porque me las pidan —regresamos al galpón.

Las conversaciones disminuyen en cuanto aparecemos.

El Ruso está apoyado contra una mesa con los brazos cruzados. La marca de la bofetada de Alana todavía se distingue sobre su mejilla y su expresión me deja claro que no se le ha olvidado nada.

Me planto frente a todos.

—Escuchen —cuervo deja lo que está haciendo y Daga ya sabe por dónde va esto.

El Ruso solo entrecierra los ojos.

—Mientras Alana esté aquí, está bajo mi responsabilidad. Nadie vuelve a ponerle una mano encima —el Ruso suelta una risa seca.

—¿Ahora tenemos reglas para ella?

—Tenemos una regla para ti —eso borra su sonrisa.

—No la tocas.

—94...

—No —el taller queda en silencio y el Ruso mira a Alana, después a mí.

Su mandíbula se mueve mientras mastica lo que realmente quiere decir y finalmente levanta ambas manos.

—Como tú quieras —no le gusta, pero obedece.

Eso es suficiente. Me giro para caminar hacia la salida y Alana viene detrás.

—No necesitabas hacer eso.

—Sí, necesitaba.

—Puedo defenderme sola —miro hacia sus tacones.

—Eso quedó bastante claro.

—Entonces no hables como si fueras responsable de mí —me detengo.

—Yo te traje aquí.

—Por tu propia voluntad.

—Exactamente.

—Eso no me convierte en tu problema.

—Demasiado tarde, florecita —su expresión promete otra bofetada y sonrío.

—Vamos a casa.


Media hora después, las puertas del ascensor privado se abren y entro primero.Alana me sigue y sé exactamente el momento en que entiende dónde demonios va a vivir. Mi departamento ocupa casi toda la planta superior. Un loft. Hormigón visto, acero oscuro. ventanales enormes y pocos muebles.

Nada que se parezca a la casa que probablemente espera del hijo del distinguido Senador Charles Cooper.

No hay decoración elegante, ni fotografías familiares, ni pasillos llenos de habitaciones. Solo espacio. Demasiado espacio y Alana gira lentamente sobre sí misma. La veo buscar algo con la mirada. Ya sé qué.

—¿Dónde está mi habitación? —dejo las llaves sobre la barra.

—Estás mirándola —me observa.

—¿Qué? —señalo alrededor.

—Esto es un loft —sus ojos van del sofá a la cocina.

Después a la cama y finalmente al baño tras la pared de cristal. Su expresión cambia poco a poco. Esto va a ser divertido.

—No —me apoyo contra la barra.

—¿No qué?

—Yo no voy a dormir ahí —señala mi cama como si estuviera acusándola de un delito.

—Perfecto —señalo el sofá.

—Puedes dormir ahí —sus ojos se abren.

—¿Yo?

—Es mi cama.

—Tu padre dijo que tenía que mudarme contigo.

—Y aquí estás.

—No dijo que tendría que dormir en un sofá.

—Entonces llamalo y quéjate —Alana se lleva ambas manos a la cintura.

—Necesito privacidad —miro alrededor.

—Mala suerte.

—Necesito una habitación.

—No tengo.

—¿Otro colchón?

—No.

—¿Algo?

—Tengo suelo —me asesina con la mirada.

—Eres insoportable.

—Y apenas llevamos unas horas comprometidos.

—Ni siquiera estamos comprometidos oficialmente todavía.

—Entonces técnicamente todavía puedes salir corriendo —el comentario consigue que guarde silencio.

Los dos sabemos que no puede.No realmente. Mi hermana, su carrera, el contrato, el viejo.Las cadenas son distintas, pero siguen siendo cadenas.

Alana vuelve a mirar la cama.

—Ni lo sueñes.

—¿Qué? —me señala.

—Jamás voy a dormir contigo —camino hacia ella y no retrocede.

Su dedo termina apoyado contra mi pecho cuando me detengo.

—Tranquila, florecita —bajo la mirada hacia su mano y después vuelvo a sus ojos—. No eres mi tipo.

Su expresión cambia inmediatamente. Indignación. Perfecto.

—¿Perdón?

—Lo que oíste.

—Curioso —elevo una ceja.

—¿Qué cosa?

—Hace menos de una hora no parecías pensar lo mismo —golpe bajo y sonrío despacio.

—Hace menos de una hora tú me besaste a mí.

—Por estrategia.

—Claro.

—Fue exactamente eso.

—Si tú lo dices —su mandíbula se tensa y se aparta.

—Voy a dormir en el sofá.

—Perfecto.

—Y vas a mantenerte lejos de mí.

—Eso va a ser complicado —Alana gira.

—¿Por qué? —señalo el loft abierto.

—Porque literalmente puedo verte desde cualquier parte de mi casa.

Su rostro se transforma cuando comprende por fin la magnitud del problema y sonrío. Esto va a ser un infierno y por alguna razón, empiezo a sospechar que quizá no me moleste tanto.

—Bienvenida a casa, florecita.

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