Capítulo 3 Número
VACACIONES
El frío invierno congelaba mi cuerpo, me sentía agotado de hacer varias escalas. No era partidario de hacer esto, pero era un regalo de mis padres, no podía despreciarlos. Además quizá sería una nueva experiencia, conocería un poco, no me vendrían mal unas vacaciones. Pronto entraba a trabajar y antes quería relajarme un poco.
Me encontraba rumbo a Miami, Florida. Mis padres me habían dado un boleto y una estadía en un hotel por cinco días. El clima estaba desgarrador, al parecer este año estaba más frío que el anterior. Estaba sentado a diez mil metros de altura. Si. Nunca había viajado en aviones y no me gustaba la idea, solo recuerdo todas aquellas películas que miré que terminaban mal, no quería ser un caso más, a lo mejor solo exageraba.
A mi lado llevaba un tipo de unos cuarenta años, se la pasaba escribiendo cosas en una libreta que llevaba. No entendía a su letra, me daba un aspecto Árabe por su vestimenta. Delante iba una mujer pelirroja con un gato de mascota, lo iba acariciando, podía escuchar su ronroneo. Solo deseaba sentir cuando este avión aterrizara, la idea loca que se dañaría no se me quitaba de la cabeza.
Pasó la azafata con una bandeja.
—Señorita, disculpe, necesito que me haga un favor—le hice de seña con mi mano.
—¿En que le puedo servir, joven?
—¿Podría darme una pastilla para dormir?
—Por supuesto, en un momento se la traigo ¿algo más que desee?—me respondía con mucha amabilidad.
—Solamente.
Bien, con esa pastilla no voy a sentir el viaje y ojalá me despierte ya llegando al aeropuerto. Me levanté del asiento y me fui a la parte trasera del avión, necesitaba ir al baño. Intenté abrir pero estaba ocupado. Me quedé de brazos cruzados esperando que saliera el tipo que estaba dentro, cosa que me llevo mucho tiempo.
—¿Será que está dormido?—me debatía.
Ya no aguantaba más, sentía que estaba reventándome por orinar. Golpeé un poco la puerta. Pasaron unos segundos y no escuchaba ninguna respuesta por lo que decidí golpear más fuerte.
—Un momento—se escuchaba del otro lado, era una voz vieja.
Abrieron la puerta.
—Lo siento jovencito, me había quedado dormido por un instante—un anciano hacía gracia.
—Pierda cuidado—le sonreí, por dentro ya no aguantaba ni un segundo más.
Empecé a orinar, a medida que iba haciéndolo hacía un gesto de satisfacción, era un peso grande que me quitaba. Abroché mi pantalón, me lavé las manos, había un pequeño espejo, mi cara se miraba cansada y con un poco de ojeras, tomé un poco de agua y me eché en la cara, arreglé un poco mi cabello y salí.
Al lado de mi asiento estaba la azafata con la bandeja.
—Estuve buscándolo, joven.
—Sí, me disculpa, pero estaba en el baño.
—Acá tiene—me daba un par de pastillas con un vaso de agua.
—Muchas gracias—lo agradecí asintiendo.
—Permiso—le dije al tipo que llevaba a mi lado.
Tomé las pastillas y en cuestión de minutos sentí como mis párpados se sentían pesados cayendo poco a poco hasta quedarme profundamente dormido.
•
—Pasajeros del vuelo ochocientos doce, favor abrocharse el cinturón de seguridad, iremos descendiendo poco a poco en unos minutos—se escuchaba por los parlantes.
Me removía en mi asiento haciendo pequeños ruidos al momento de estirarme un poco, parece que ya estábamos llegando a Miami, la azafata llegó para indicarnos como usaríamos el cinturón y que arriba de nosotros había un compartimiento con un instrumento para respirar por si a alguien le faltaba la respiración.
Sentí como el avión comenzó a descender, crucé mis dedos pidiendo que todo saliera bien.
—¿Estás bien?—me preguntaba el tipo que llevaba al lado, no se le entendía bien, parece que no dominaba mucho mi idioma.
—Lo estoy, lo qué pasa es que nunca había viajado en avión—asentí.
El tipo solo puso sus labios en una sola línea, a lo mejor no entendió nada de lo que le dije.
Por la ventanilla podía ver las luces de la ciudad, los grandes edificios y estadios de béisbol, ya casi entrábamos a la pista de aterrizaje. Pude sentir el contacto que hicieron las llantas con el pavimento de la pista. Respiré profundo, había llegado bien.
Empezamos salir poco a poco del avión, llegué al aeropuerto, esperé por mis maletas y comencé a salir. No conocía nada de esta ciudad, ni siquiera sabía donde quedaba el hotel. Podía ver que algunas personas que venían en el avión estaban esperando sus familiares, en cambio yo iba solo sin saber mi rumbo. Había un cafetín pequeño, andaba un poco de hambre.
Observé el menú y quise pedir un Panini de pollo con un café.
Me senté en una mesa que tenía vista hacia fuera, las personas pasaban de una dirección a otra. El café me estaba cayendo bien, me sentía un poco más caliente.
Me levanté y me acerqué al sujeto que atendida.
—¿Conoces esta dirección?—le enseñaba la del hotel en el que me hospedaría.
—De hecho no está muy largo de acá—me dijo.
—Lo qué pasa que no soy de acá, no me quiero perder—le comentan.
—Puedes salir acá a la salida, a mano derecha podrás tomar un taxi, le das la dirección y él te llevara, acá la seguridad es muy buena, no tengas miedo, creo que lo más que puedes gastar serán unos veinticinco dólares—me indicó a detalle de lo que tendría que hacer.
—Muchas gracias—dejándole el dinero y una propina encima de la mesa.
Tomé las maletas y empecé a caminar en dirección de la salida. Miré que en mi celular habían unos cuantos mensajes de mi mamá y papá preguntando si había llegado bien. Pensé llamarlos hasta que estuviera en el hotel, la carga de mi celular estaban en tres por ciento así que en cualquier momento se apagaría.
Había un sujeto de piernas cruzadas, con un abrigo grande, utilizaba una boina negra y un cigarrillo en su mano mientras expulsaba humo.
Me acerqué a él.
—Discúlpame, ¿puedes llevarme a una dirección?—fruncí el ceño.
—Enséñame—extendió su mano.
—Mira, es acá, especialmente en el hotel—le señalé.
—Vamos—apagaba su cigarrillo.
•
Paseábamos por las calles de Miami, habían casinos, discotecas, ferias, el ambiente acá era muy diferente al de mi ciudad, se miraban personas caminando por las aceras de short paseando a sus perros, otros andaban en patines. La vida acá tenía un aspecto de vida nocturna.
—¿De donde eres?—preguntó el sujeto que conducía.
—Soy de Borough, Brooklyn.
—¡Oh! Tuve familia ahí, ¿qué te trajo a esta ciudad?
—Recién me gradué y mis padres me dieron de obsequio una estadía en el Hotel donde vamos.
—Bueno, disfruta estos días acá, solo no te metas en problema, las personas acá son un poco jodidas cuando se trata de problemas.
—Lo tendré en cuenta—asentí.
—Si quieres diversión de... tu sabes una noche de pasión te recomiendo que vayas a la discoteca que queda cerca de acá—me mostraba una dirección.
—Será bueno—tosí un poco.
—Por cierto ¿Qué estudiaste?
—Criminalista.
—¿Por qué estudiaste eso? ¿Quieres andar en medio de conflictos?—se reía.
—Pues es una historia muy larga, pero en resumidas cuentas me gusta investigar, soy bueno en eso y me gustaría ayudar a hacer justicia con aquellas familias que ha sufrido por alguien.
—Mira, ya casi llegamos.
Estábamos detenidos en unos semáforos cuando a nuestro lado se estacionó un Lamborghini murciélago amarillo, con dos rubias adelante, tenían música a todo volumen, una de ellas volteó hacia nosotros. Se levantó la camisa mostrando sus senos, medio tocándolos con sus manos. Luego el semáforo se puso en verde y arrancaron con gran velocidad, se podía escuchar el poder de ese motor.
—¡Pero qué mierdas!—carcajeé.
—A eso me refería con lo que te dije—señalaba en dirección al coche de las chicas—bienvenido a Miami.
Creo que estos días serían muy entretenidos, era algo nuevo para mi, siempre fui un tipo prudente y bastante reservado.
—Por cierto, ¿cómo te llamas? —le pregunté al conductor.
—Bruce, me llamo Bruce. ¿Tu como te llamas?
—Omar, un gusto haberte conocido, Bruce, me has caído bien—me bajaba del taxi cuando le dejaba el dinero.
•
Tomé mis maletas y me dirigí a la recepción, había un hombre con apariencia asiática, estaba mirando fijamente a la computadora.
—Buenas noches, tengo una habitación reservada a nombre de Omar Da Silva—ponía mis maletas una encima de otra.
—Bienvenido, deme un momento y busco en el sistema—mientras tecleaba.
Quedé viendo el lugar, era lujoso, entraban personas de buen vestir, mujeres elegantes con bolsos de cuero y lentes oscuros. Una de ellas llegó a la recepción.
—Tommy, ¿recibiste el encargo que debía de llegar por la mañana?—le hablaba al recepcionista.
Era una mujer muy hermosa, llevaba un vestido de lentejuelas negras, Moña alta y unos lentes rojo vino.
—Acá está, señora Jones—le entregaba un paquete.
La mujer elegante me quedaba viendo de los pies a la cabeza en un lapso muy corto, luego bajó sus lentes de forma que solo sus ojos sobresalían. Extendió su mano para saludarme.
—Mucho gusto, Débora. Débora Jones.
—O...Omar. Omar Da Silva—tartamudeé.
—¿Da Silva? ¿Eres Brasileño?—se sorprendía.
—Por parte de mi madre lo soy—rascaba mi nuca.
—Entiendo, espero podamos vernos nuevamente, Omar—tomando el paquete para luego irse.
—No te ilusiones con esa mujer, querido viajero—me decía el recepcionista.
—¿Quién es ella?—quise saber
—Ella es la esposa del reconocido abogado Jones de Manhattan, es muy adinerada y créeme que jamás se fijaría en ti.
—Solo pregunta, Tommy, ¿asi es que te llamas?
—Sí, así me llamo, puedes venir acá para cualquier duda. Ah, mira ya te encontré, tu habitación es la quinientos doce—dándome las llaves.
Tomé las maletas pesadas y comencé a caminar rumbo a un ascensor que estaba cerca. Habían varios botones, sinceramente no le entendía, pero iba entrando un señor.
—¿Entrará o se quedará?—me hacía seña con su mano.
—Voy al quinientos doce, ¿me podría ayudar?—puse mi cara de afligido.
—Claro, ven, de hecho yo voy a un piso antes que el tuyo.
Empezamos a subir.
—En el próximo nivel te quedas tú, cuídate, muchacho.
Perfecto, era solo un nivel, no creo que pasaría de viaje.
El asensor indicó el siguiente nivel en un botón en verde con un pitido. Bien creo que es este, salí y miré un pasillo lleno de puertas con un número en el centro. Busqué y busqué hasta que encontré la puerta.
Quinientos doce.
Entré, todo estaba ordenado. En la cama había un arreglo con las sábanas, había una nevera pequeña junto a la cabecera de la cama. Puse mis maletas en la alfombra. Había una nota pequeña encima de la nevera:
¡feliz noche!
Me desvestí para darme un baño, me sentía cansado del viaje, me quedé por un buen rato bajo la ducha, cerré mis ojos y me daba pequeños masajes en mi cabeza. Deseaba solo descansar. Salí del baño desnudo, mi cuerpo goteaba, me gustaba secarme con el aire. Me senté a la orilla de la cama, abrí la nevera pequeña. Había una botella de champán, no perdía nada con probar. Busqué en unos cajones un saca corchos, intenté, pero no podía, cuando repentinamente empezó a expulsar mucha espuma la cual derramé una parte en la cama. Perfecto, tendría que quitar las colchas y sábanas de la cama. Bebí de la misma botella, lo admito, se sentía bien pero también sentía como mi cabeza comenzaba a volar, mi vista estaba un poco dilatada quedándome dormido.
•
Sonó mi celular, eran llamadas de mamá. ¡Por Dios! Se me había olvidado decirle que ya vine, esa botella me embriagó que pase por alto. Regresé la llamada
—¿Mamá? Disculpa, desde ayer llegué por la noche, no te llamé porque vine muy cansado, literalmente solo vine a caer desplomado en la cama.
—Pues me tenías preocupada, pero lo bueno es que llegaste bien. Recuerda, solo diviértete.
—Ok, mamá, iré a desayunar.
Colgué
Me dolía un poco la cabeza, pero también tenía hambre. Creo que tendría que bajar hacia donde Tommy para preguntarle donde encuentro comida acá.
•
—Buen día, Tommy, tengo una pregunta.
—¿Dime?
—Tengo hambre, pero no sé donde puedo encontrar acá—me sobana mi estómago.
—hay servicio a la habitación, ¿no viste el menú?
—Lo siento, pero ayer me dormí y hoy que levanté no le puse mente a eso.
Pasó Débora con un traje largo, era un traje de baño.
—¿Dónde va ella?—le señalé.
—Seguro va al bar que está en medio de la piscina, no me digas que...
—Creo que tendré que conocer esa piscina—le sonreí graciosamente.
Empecé a seguir a Débora, a una distancia prudente, no quería que me mirara de esos tipos que vigilan a las mujeres como pervertidos. Llegué a la piscina, habían muchas mujeres en trajes de baño, unas andaban solas y otras con sus novios, tipos que presumían sus cuerpos bien trabajados. Yo tenía lo mío, pero no me gustaba lucirme, siempre trataba de pasar desapercibido por las personas.
Débora estába sentada en el bar, el problema era que el bar estaba en medio de la piscina, además yo no traía ropa para bañarme. No tengo otra opción que quitarme la camisa.
—Sírveme un trago—me dirigí al bartender sentándome al lado de Débora—no tomaba, pero lo haría solo para estar al mismo ambiente de ella.
—Omar, buen día—me saludaba mientras se tomaba un coco con una pajilla.
—Es un buen día ¿no te parece?—quise meterle platica.
—Así es, ¿vienes solo?
—Sí, ando solo y me iré en unos días, me gustaría conocer bien Miami, pero como es mi primera vez no me gustaría perderme— me hacía el tonto.
—Si quieres podemos ir mañana a una fiesta, lo único que tengo que pasar por una amiga, ¿no hay problema si ella va?
—No, más bien lo veo bien, así puedo tener más amistades—cosa que yo era un poco tímido.
—¿Qué edad tienes, Omar?
—Tengo veintiocho años y ¿tu?—mirándola fijamente, esta mujer tenía una forma coqueta de verme.
—Tengo cuarenta años.
¡Mierda!, se miraba de menos, de hecho tiene mejor cuerpo que muchas de mi edad. Débora era una mujer con clase, pero con su mirada me daba a entender muchas cosas.
—¿Qué te trajo acá?—elevando sus manos.
—Solo estoy vacacionando, luego de esto me iré a mi ciudad.
—Con mucha más razón tienes que disfrutar al máximo—me sugería—eres joven como para pasar encerrado en tu habitación.
—S...si, eso creo—¡mierda! esta mujer me ponía un poco nervioso.
—Bueno, me tengo que ir, al rato tengo cita para mis uñas así que te veo luego, Omar.
—Espera, yo también tengo que irme, si quieres puedo acompañarte—me armé de valor.
Caminábamos hablando de cosas personales, podía notar que todos me quedaban viendo cuando pasaba Débora, bueno de hecho era a ella que miraban. Era lógico, era súper hermosa. Subimos unas escaleras, había un pasillo más grande donde me quedaban y las puertas eran diferentes, creo que era por lo que ahí se hospedan personas de estatus social más alto.
—Tengo calor, esas escaleras me llenaron de calor—mientras se quitaba ese vestido medio transparente quedando en hilo.
¡Dios! Mi corazón se aceleró más de lo normal, mis manos estaban un poco temblorosa, pero no podía mostrarle nerviosismo a esta mujer.
Llegamos a la puerta de su habiatacion.
Se le cayeron las llaves al abrir y bajó a recogerlas, su trasero apuntaba en mi dirección, era un trasero en forma de corazón. Al instante pude sentir moverseme algo acá abajo.
—Lo siento, algunas veces soy un poco tonta—sonreía.
—Pierde cuidado, eso me pasa seguido.
—Espera un momento—dirigiéndose dentro de su apartamento—Toma—dándome una nota, era su número—te veo mañana por la noche—cerrando la puerta.
