Capítulo 5 Explícito
TRÍO
Desperté, en mi cuerpo sentí la sensación de estar más liviano, aun bostezaba, no me quería levantar. Pero tenía que hacerlo, no era mi apartamento. Débora no estaba, creo que estaba en el baño así que empecé a llamarla.
El cuarto estaba hecho un desastre, habían retratos tirados en el piso, unas botellas rotas y parte de la bebida regada en la alfombra, parecía una escena de enfrentamiento.
Llegué a la puerta del baño, toqué dos veces, pero Débora no salía, abrí despacio y estaba vacío. Me dirigí a la cocina, quizá estaba por ahí, pero tampoco se encontraba. Regresé a la sala y en la nevera había una nota:
Puedes pedir lo que sea, solo diles que todo lo pasen a la cuenta del señor Jones, debajo de la repisa está la tarjeta, úsala para comprarte ciertas cosas para la otra salida que tendremos hoy.
¿Salida? me debatía. No podía negar que anoche me encantó haber sentido a Débora por todo mi cuerpo, aun sentía su olor en mi piel. Tampoco entendía por qué ella era así con el dinero, pero bueno no estoy haciendo nada malo, ella fue quien se ofreció para darme todo.
Tomé el teléfono del apartamento:
Por favor tráigame la orden ocho con una botella del mejor whisky que tenga.
Me empecé a duchar, la ropa que andaba ayer estaba sucia, así que cuando salí del baño me dirigí al armario del señor Jones, este sujeto tenía todo por montón, desde los zapatos, relojes, sacos, le gustaba vestir fino, no era para menos. Aveces el dinero no lo es todo, quedé pensando por un momento, porque Débora le era infiel conmigo, sé que suena feo, pero muchos harían lo mismo si estuvieran en mi lugar, los tiempos de ser tonto para Omar acabaron. Además eran mis vacaciones, luego de acá tendría que retomar mis responsabilidades así que esto sería un Break en mi vida.
Me medí unas cuantas camisas del señor Jones e irónicamente coincidíamos con las tallas, me miraba como un tipo con clase.
Tocaron a la puerta
—¿Quién?—pregunté.
—Servicio a la habitación. Orden número ocho con una botella de whisky.
—Perfecto, déjalo en la puerta y retírate—despistándolo, si alguien entraba y me miraba sabrían qué no soy el señor Jones aunque el estilo no me venía mal.
Terminé de comer, tomando en un vaso rockero un poco de whisky. Carraspeé al instante de tomarlo. ¡Si que era fuerte!
Me miré un poco en el espejo para acomodarle el cabello y ponerme unas gafas ovaladas oscuras.
Baje en el ascensor.
—¿Omar?—se sorprendía Tommy.
—Dime señor omar—le sonreía.
—¿Pero qué demonios has hecho para sacar esa ropa?—mientras tocaba mi camisa.
Saqué la tarjeta de crédito y se la enseñé.
—No puedo creerlo, ¿es en serio? ¿Cómo Débora Jones pudo hacerte caso a ti?—llevándose sus manos a la boca.
—Para que veas, tonto, no siempre debes de ser el súper sujeto para agradar a alguien—le presumía.
—Bueno, solo ten cuidado con ella, no vaya ser y su esposo se de cuenta, eso sí sería un gran problema, tu sabes que esa gente es poderosa y podría hacer cualquier cosa por celos o venganza.
—No hables locuras, tommy, más bien dime ¿qué quieres que te traiga de comer?
—Tráeme lo que sea, la verdad hoy ando en esos días que como cualquier cosa.
•
Tomé un taxi.
—llévame al mejor lugar donde vendan ropa de hombre por favor.
El tipo me quedó viendo de reojo, quizá creía que estaba loco o no sé.
—¿Quieres ropa cara?— preguntó frunciendo el ceño—creo qué hay una tienda grande cerca de acá, lo más que podemos dilatar son unos treinta minutos, ¿llevas prisa o no?
—Para nada, si hay que esperar eso para llegar lo esperaré—haciendo seña de despreocupado con mi mano.
•
—¿Cuántos años tienes de trabaja de taxista?—quise saber.
—llevo alrededor de veinte años, pero aveces te va bien y otras veces no. Esto es incierto—mientras conducía.
—¿Tienes familia?
—Sí, tengo dos hijos que están en el kínder y una que está en la preparatoria—sacando algo de la guantera—mira ellos son—me enseñaba una foto que cargaba.
—Pero si son idénticos a ti—le señalaba a los dos mejores.
—Sí, así me dicen todos—giraba a la derecha.
—Con el salario que tienes ¿te da bien para tus gastos?—volteé a verlo mientras él seguía derecho.
Se miró pensativo por un momento con su cara entristecida.
—La verdad estas últimas semanas me ha estado yendo mal con esto, el alquiler de la casa lo tenemos retrasado y el dueño nos está dando como prórroga sólo esta semana, además los gastos de la alimentación y los estudios se nos avecinan, es duro para nosotros las personas pobres, todavía la clase como tú no siente mucho lo que golpea la pobreza en el hogar.
En el fondo me sentía mal, yo sabía de lo que este sujeto hablaba, yo provenía de una familia pobre, todo lo que llegué a tener fueron por sacrificios de mis padres. Me daba cuenta que las personas se ocultaban detrás de una ropa fina, pero por dentro era otra cosa.
—Detente—le ordené.
—Aún no llegamos si.
—Espérame acá, por favor no te vayas—caminando un poco.
Mire un ATM cerca, pase la tarjeta y saqué veinte mil dólares.
—Vamos, sigue—le señalé.
•
—Llegamos—se estacionó en frente de un enorme edificio con unas letras grandes que decía:
Louis Vuitton
—Ten, toma—dándole una bolsa de papel periódico.
—¿Qué es?—quiso saber.
—No preguntes nada, solo tómalo y cuando te vayas si quieres lo abres—le indicaba.
—Muchas gracias señor—extendía su mano.
—Cuídate—me despedía.
•
Entré a la tienda, tenía una temática diferente a todas las tiendas que pude haber entrado en mi vida, en el interior habían juegos de sala con maníquies de colores, asientos colgantes de color marrón, daban la impresión que eran de madera, estantes con bolsos, zapatos, hasta maletas.
Una mujer muy elegante se me acercó.
—¿Para qué ocasión busca el atuendo?—preguntó con un acento diferente.
—En realidad no sé, pero ¿tienes algo que combine para cualquier ocasión?—la verdad No sabía los planes de Débora para hoy, tampoco me dijo dónde iríamos.
—Sígueme, tengo algo que puede gustarte.
•
Me mostró un outfit diferente a los que había usado en mi vida, zapatillas de cuero color rojo vino, pantalón rojo, una camisa floreada azul y las flores eran de colores rosada, ademas un reloj con faja fina color metal.
Entré al vestidor y me probé todo, las zapatillas me quedaban bien, el pantalón era bastante ajustado al igual que la camisa.
—Creo que falta esto—me desabrochaba los dos botones situados en el pecho.
—¿Me ves bien?
—Por supuesto que si, mírate al espejo qué guapo te ves ahora.
—Me llevaré éste sin duda.
—Perfecto, pasemos a caja—caminó a esa dirección.
•
Salí de la tienda, no sabía ni donde estaba, pero con la tarjeta de Débora creo que no había problemas si me perdía. Un auto clásico se estacionó en frente de mi, era una chica que no tenía ni la más mínima idea de quien era.
—¿Dónde va alguien tan guapo como tu?—bajó el vidrio de la ventana.
—Quería comer un poco, si gustas podemos ir a algún lugar que conozca—subí.
Era una chica bien alta, delgada, llevaba un short desgarrado y una camisa roja.
—Por lo que veo buscas diversión—hablaba mientras conducía.
—Podría ser—le subía el volumen a la música.
—¿Dónde vamos?
—Conozco un lugar muy bueno, espero te guste—acelerando.
Había un lugar de comida rápida, al parecer se especializaban en hacer hamburguesas, la chica que venía conmigo quizá era de sociedad media. Se le notaba.
—¿Qué te hizo estacionarte en frente de mi y llevarme? Podrías haber sufrido un robo e incluso un secuestro ¿no crees?—le daba un mordisco a la hamburguesa.
—Podía verte a kilómetros que no eras de acá, las personas como yo que tenemos toda una vida viviendo acá nos damos cuenta de eso en un segundo—masticaba.
—Desde que vine acá he visto cosas inusuales o quizás yo era quien no las notaba.
—¿Cómo cuales?
—Bueno, para empezar las mujeres acá son un poco más apasionadas—sonreí mientras se me escapaba un trozo de hamburguesa por la boca.
—Somos apasionadas por el calor creo, nuestra sangre es fuego. Fuego puro—carcajeaba.
—¿Cómo te llamas?
—Lucía, Lucía Montero, de Paraguay y ¿tu?
—Omar Da Silva. Soy de Brooklyn.
—Supongo que estás de vacaciones.
—Así es, estoy por unos días y pronto me iré para mi ciudad.
—¿Tan pronto?—deberías extender tu estadía ¿no crees?—sonó coqueta.
No sé por qué, pero las mujeres de acá eran diferente, sentía una enorme atracción que yo producía en ellas, cosa que en la universidad no fui muy visto. Siempre me gustó ser así, pero ahora me estaba pasando algo diferente, con las mujeres si me gustaba ser visto.
—¿Me regalarías tu número?—sacando mi celular.
—Por supuesto que si, si gustas podemos salir antes que te vayas—sugirió.
Tome su mano, acariciandola un poco. No se de donde tomaba el valor, pero si paso con Débora podría pasar con Lucía.
—Tienes manos muy suaves—la halagué.
—Gracias—acariciaba mi antebrazo.
Nos quedábamos viendo fijamente, nuestras miradas decían mucho, podía ver a través de sus ojos un gran deseo, una lujuria, una perversidad.
—Me caes muy bien, Omar, creo que pronto viajaré a Brooklyn para pasar más tiempo contigo y conocerte mejor.
—Las puertas de mi casa siempre estarán abiertas—le sonreí—¿conoces este hotel?—le mostré mi celular.
—Claro que si, ya he pasado unas cuantas veces por ahí.
—Bueno, me gustaría que me dieras un ride si no es mucha molestia.
—Con gusto, vamos—tomando su coche.
•
—Me dio gusto conocerte, Omar, cuídate y espero que me llames antes de irte a Brooklyn—lanzándome un beso al aire.
Entré a la recepción del hotel, no miré a Tommy, había una mujer de una edad más o menos de treinta.
—¿Qué pasó con Tommy?—quise saber.
—El tuvo el día libre, pero en el turno de la noche el regresará. ¿Usted es omar?—me miraba.
—Sí, así es, ¿por qué?
—Bueno, una señora llamada Débora dijo que cuando usted viniera la llamara.
Frunci el ceño, viendo al techo. No tenía idea de qué quería hablar Débora.
—Gracias, muy amable—me despedí.
Llegué a mi habitación, dejé las bolsas a un lado. Me acosté, busqué entre mis contactos a Débora para llamarla.
—Hola, ¿si? La recepcionista me dijo que te llamara en cuanto viniera, ¿a qué se debe?
—¿Te la pasaste bien? ¿compraste lo que quisiste? Para eso te dejé la tarjeta.
—Claro, compré ropa, pero déjame disculparme ya que no sabía que era tan cara.
—Eso es lo de menos, brasileño, lo importante es que compraste. Por cierto quería dejarte algo en claro.
En primer lugar, estando conmigo no trates de engañarme porque te irá muy, pero muy mal. Eres solo mío, recuerda eso ¡solo mío! En segundo lugar, cuando mi esposo venga, haz como que jamás me has visto por favor, no mezcles tus sentimientos con esto. ¿te quedó claro?
—Por mi no hay problema, tampoco quiero meterme en líos. También quería preguntarte ¿Dónde iríamos hoy? Porque la verdad compré ropa sin saber donde vamos a ir.
—Jugaremos bolos, hay un club exclusivo en donde tenemos membresía, así que a la misma hora, Señorito.
•
¡Toc toc!
Golpeaba la puerta del apartamento de Débora.
—Ya salgo—hablaba a lo lejos.
Abrió la puerta.
Esta vez traía un vaquero de cuero muy ajustado, una chaqueta café y unos tacones café claro.
—Esta vez tú conducirás—dándome las llaves del auto.
Llegamos al auto.
—¿Qué? ¿lo quedarás viendo o conducirás?—me apuraba.
—Sí, vamos sube—sacudiendo mi cabeza.
No se por qué me había quedado ido.
Salimos del hotel para llegar al club de bolos, Natasha ya estaba ahí, habían otros tipos con ella y otras mujeres. Se miraban de esos tipos ricos, era de esperarse que las amistades de estas mujeres eran así. El único pobre disfrazado de rico era yo. Intenté encajar en la conversación pero me era muy difícil, hablaban de temas que yo no dominaba mucho.
—¿Quién es tu amigo?—le preguntaron a Débora.
—Él es Omar, vive en Brooklyn—presentándome.
—Mucho gusto, Omar, soy Arnold—estrechándome la mano.
—¿A qué te dedicas?—me preguntó otro.
¡Mierdas! Tenía que inventar algo que los sorprendiera sino Débora quedaría en vergüenza, por esta vez tenía que ser un buen mentiroso.
—Soy inversionista, tengo una empresa de construcción, tengo una compañía telefónica y estoy viendo por el momento si invierto en otro tipo de negocio.
Débora sonrió, sabía que estaba mintiendo, pero lo hice bien.
El tiempo pasó y seguíamos divirtiéndonos en el grupo. Débora tomó mi mano, viniendo detrás Natasha.
—Es hora de irnos—comentó.
—¿Dónde iremos?—pregunté a paso rápido.
•
Llegamos al apartamento de Débora, Natasha entró también.
—Siéntate—me dijo Débora, queremos pedirte algo.
—Si puedo y está en mi alcance lo haré con todo gusto.
Débora y Natasha se sentaron frente a mi, se susurraban al oído, mientras se reían.
—¿Pero qué pasa?—me parecía sospechoso.
—Es que nosotras... no. Vamos dícelo tu. No. Tu—se empujaban la una a la otra.
—Queremos hacer un trío—lo dijeron en forma de coro.
Tragué grueso.
—¿Qué acaban de decir?
—Que queremos hacer un trío contigo, Omar, —decía Natasha—a menos que no quieras tenernos—se masajeaba sus senos.
—Po...por supuesto que si—tartamudeé.
—Espéranos acá entonces, iremos a vestirnos—yéndose a la otra habitación.
Me desvestí, esta vez no tenía pena, al contrario, estaba ansioso.
Débora salió primero, al instante Natasha. Ambas traían trajes, una venía de policía y la otra de enfermera.
—Hoy serás nuestro rehén—Débora decía de manera seductora.
—También serás mi paciente—decía Natasha.
Me esposaron a la cama, si, ¡me esposaron!
Débora subió a mi abdomen con un látigo, me empezó a dar en los costados, me dolía un poco, pero por alguna extraña razón generaba placer en mi, Natasha tomaba mis genitales, para luego tomarme del pene, encima estaba Débora besándome. Podía sentir como Natasha acomodaba mi pene en la vagina de Débora. Yo aún seguía esposado, no podía hacer más nada que solo sentir el placer que me estaba generando esto.
Débora soltó mis esposas.
—Vamos dame duro—poniéndose en cuatro.
Empecé a penetrarla, el sonido del choque de mi abdomen a su trasero era fuerte, ella gemía descontrolada, mientras tanto Natasha se colocó debajo de mi trasero para meterse mis genitales en su boca.
—Me toca a mi—dijo Natasha.
Débora me acomodó boca arriba, Natasha subió para introducirse mi pene. Se movía en forma circular, sus uñas las podía sentir un poco afiladas. Débora se colocó encima de mi cara poniendo su vagina en mi boca. Se movía de arriba hacia abajo, sentía el fluido por toda la boca, mientras que con mis manos tomaba su trasero. Era demasiado el placer que sentía. Del fondo de mi cuerpo emergía una euforia sin límites. Natasha empezó a gritar aún más fuerte.
—¡Me vengo, me vengo!—gritaba una y otra vez.
Sus piernas en ese instante temblaban, seguidamente Débora gritaba de la misma forma, mi cabeza estaba volando por lo que también sentí que yo me vendría pronto. Me levante rápido, saqué mi pene de la vagina de Natasha. Ellas juntaron sus caras sacando así su lengua, empezando a llenarlas de semen. Caí de rodillas en la cama, me sentía muy agotado.
—Shh, descansa, relájate—Natasha masajeaba mi espalda hasta quedar dormido.
