Capítulo 7 Contrato

EL CONTRATO

Respira profundo, respira profundo, si ya una vez lo hiciste lo harás nuevamente—trataba de tranquilizarme—no sé, pero parece que aún no había superado mi miedo a las alturas.

Saqué mis audífonos que guardaba en un bolso de mano, entre a mi lista de Spotify, quizá la música me despejaba un poco.

FREEDOM—KYGO, ZAK ABEL

Cerré mis ojos y me recosté cómodamente al asiento. Estaba haciendo memoria de todo lo que había pasado en mis vacaciones, sonreí al acordarme en los apuros que había pasado. La gente de este mundo esta loca, pensé en mi mente.

La azafata pasó a mi lado, le toqué su mano.

—Señorita, ¿podría darme una pastilla para dormir?—quitándome un audífono.

—En un momento se la traigo—me sonrió.

Era la solución más sencilla, así no tendría que esperar todo este tiempo para llegar a casa.

Sentí como me agitaban el hombro derecho, abrí mis ojos entre dormido y despierto, achiqué los ojos tratando de distinguir, la imagen era borrosa, aclarándose. Era la azafata despertándome.

—Joven, el vuelo ha terminado, ya llegamos a la ciudad de Brooklyn.

Me sacudí un poco, quitándome la pereza que tenía a flor de piel.

—Muchas gracias—levantando mi mano en forma de adiós.

Bajé las escaleras del avión, busqué mis maletas. Empecé a caminar al aeropuerto, me sentía cansado, siempre que tomaba esas pastillas para dormir me despertaba con el cuero un tanto adormecido, esa reacción dilataba en pasar.

Las personas iban y otras venían con su maletas de rodada. Las enormes filas se hacían notar.

Al fondo estaba mamá esperándome junto a papá, tenían una pancarta de bienvenido. Mis padres... solo me había ido por unos días y ellos sentían como si me había ido por años, era comprensible, soy su único hijo y creo que así es él sentimiento de los padres, agradecía la atención que tenían hacía mi aún siendo mayor.

—Hola, mamá—abrazándola—hola, papá—palmeando su espalda—qué gusto me da verlos nuevamente.

A Mamá se le habían salido unas lágrimas.

—¿Qué pasa, mamá? ¿por qué lloras?—tomando sus dos manos.

—No pasa nada, hijo, solo que el sentimiento de una madre a su hijo es muy enorme, tan sólo estoy feliz que pudiste regresar sano y salvo.

Papá me abrazó fuerte.

—Vamos a casa, Omar, debe de venir cansado del viaje ¿no crees?—sugería papá sacando las llaves de su camioneta.

Mi padre me ayudó con las maletas llevándolas a la cajuela de la camioneta.

Nos dirigimos hacia la casa, mientras íbamos en el camino podía distinguir la diferencia de aquella ciudad a esta, esta era más calma, era otro ambiente, es el lugar donde he crecido y en un futuro me gustaría pasar mis últimos años también. Me sentía de nuevo en casa, con las personas que acostumbraba ver. Después de todo siempre me hizo falta, creo que eso es algo que tenemos los humanos. Por más lujos que tengamos a nuestro alrededor nuestro corazón está en el lugar en donde nacimos, creamos un vínculo fuerte con el.

Llegamos al vecindario, por lo general siempre en la noche en las acera se juntaban los amigos conversando de todo, detrás de la ventana podía ver cómo carcajeaban. Vinieron a mi mente cuando estaba pequeño y caminaba en bicicleta por todas estas calles, quizá por eso es que tenía algunas pequeñas cicatrices en mis rodillas.

Me bajé de la camioneta para abrir la cochera.

—Me puedes dar las llaves de la casa—le hice seña a mi papá.

—Atrápalas —lanzándomelas.

Forcejeé un poco con la cerradura, siempre la puerta principal de casa debías de hacer un truco para que pudiera abrir. Inmediatamente Sparky saltó a mi pecho, por poco me lanza al piso. Aun tenía fuerzas, se le notaban los años encima.

—Mi pequeño amigo, me hiciste mucha falta—acariciaba su pelaje del cuello.

Creo que todos en algún momento creamos lazos tan fuerte como sea posible con una mascota, en este caso gran parte de mi niñez la había compartido con Sparky, sería duro para mi el llegar a perderlo, por eso le daba todo el cariño posible.

—Parece que Sparky te extrañó mucho—decía mamá tomando una bolsa de la camioneta.

—Con razón todos estos días no ladró mucho—reía papá trayendo mis maletas.

—Todos ustedes me hicieron falta, mi casa, el vecindario.

—Supongo que traes hambre, te conozco muy bien, por eso preparé algo rico para cenar—mamá se dirigía a la cocina.

Subí las escaleras, mi padre venía detrás, abrimos la puerta de mi habitación, todo estaba muy ordenado.

—Parece que mamá hizo limpieza—dije acomodando mis maletas—la mayor parte del tiempo casi no ordenaba mi cuarto.

—Bajemos, la comida se enfriará—papa me apretaba mi hombro.

—¿Quién dará gracias por los alimentos?—preguntaba mamá con su cuchillo en mano.

—Lo haré yo—levantaba la mano papá.

—Estuvo muy rico, mamá, siempre me he preguntado cómo haces esa salsa que le untamos a la carne, en ningún otro lado la he probado.

—Es un secreto de los Da Silva—guiñaba un ojo.

—Creo que me tendré que ir a dormir, me siento bastante cansado, mañana será otro día para que hablemos sobre el viaje—dirigiéndome a mi habitación.

Entré a mi cuarto, me quité los zapatos, desabroché mi pantalón para quedarme en ropa interior. Mientras estaba acostado llevé mis manos detrás de mi nuca, respiré profundo, era bueno estar de nuevo en casa.

Sentía algo helado por mi cara, fruncí el ceño estirando mis manos tratando de quitar lo que encontrara, escuché una respiración muy rápida, abrí mis ojos y era Sparky lamiendo mi cara.

—¿Por qué haces esto?—renegana, quería seguir durmiendo, pero qué más da.

Bajé a la sala, escuchaba música a un volumen agradable, era sin duda los gustos de mi madre.

Pasé por la cocina, pero ella no estaba ahí. Papá tampoco estaba. Me asomé por la ventana de la sala hacia el jardín y mamá ahí estaba. De sombrero blanco, tenía unos guantes, unas botas de cuero y una tijera de podar.

—Buenos días, mamá—le saludé desde la puerta levantando mi mano.

—Buenos días, Omar, ¿Cómo te sientes?

—Todo bien, madre—me acerqué.

El sol estaba radiante, sentía cómo quemaba intensamente mi piel, pero a esa hora no me vendría mal.

—¿Quieres que te ayude?

—Está bien, pero deberías de buscar algo que ponerte, el sol está muy fuerte—sugería.

—Tranquila, por hoy quiero broncearme un poco.

—Iré a hacer el desayuno entonces.

Empecé a cortar el césped, me quité la camisa, el sudor corría por mi frente, tomando como toalla mi propia camisa.

—Omar Da Silva, un gusto verte—deteniéndose un auto frente al patio.

Volteé a ver, pero no sabía quién era, solo sabía que era una mujer de cabello negro y lentes oscuros.

—Un gusto para mi también, pero ¿con quien tengo el gusto?

—El tiempo pasa y tu no cambias—sonreía.

Asentí un poco confundido, ella hablaba y no sabía a qué se refería.

—Soy Abie, ¿no me recuerdas? Estudiamos en el kínder.

—¿Dijiste Abie? ¿La niña que tenía una lonchera de arcoíris?

—Con ella misma estás hablando.

Me levanté, puse mis tijeras en el suelo, en mi pecho aun tenía restos de grama que había salpicado.

—Me da gusto verte, Abie— extendí mi mano para saludarla.

—Qué cambiado estás—me saludaba sin salirse del auto.

—¿y Cómo te está yendo?—quise saber.

—Pues estoy trabajando en un bufete de abogados, así que cuando necesites ayuda con algún problema puedes llamarme—sonreía—¿y a ti? Recuerdo que eras uno de los mejores en clases, seguro te está yendo mejor.

—Pues por el momento he estado en casa ayudando a mis padres con sus cosas, pero lo más seguro es que dentro de poco empezaré a trabajar también.

—Seguro que si—acomodaba sus gafas.

—Me alegro que te esté yendo bien y por supuesto que tendré en cuenta tu ayuda.

—Bueno, nos seguiremos viendo luego, ya tengo que ir a la empresa, pero me dio gusto haberte saludado—arrancando el coche.

—¿Quién era esa muchacha del coche?—mama servía la comida.

—Era Abie mamá, ¿la recuerdas cuando me ibas a dejar al kínder? Era la niña que se sentaba adelante y caminaba con una lonchera de arcoíris.

—¿En serio? Como crecen los niños, bueno también el mío creció rápido—reía.

—Así es, mamá, a mi también me parece mentira como nos envejecemos—masticaba.

—Por cierto, nuestra vecina ha estado con un problema en la regadera, quizás tú puedas ayudarle, ella ya está de edad avanzada y no hay nadie que le ayude con eso—untaba mantequilla en el pan.

—Claro, mamá, solo termino de tomarme esto, me cambio y me voy.

¡Toc toc!

—Señora Antonia, soy Omar, su vecino—golpeaba su puerta.

No tenía ninguna respuesta, esperando un poco más.

—¿Hay alguien en casa?—elevé mi voz.

La puerta se abrió. Detrás estaba la señora Antonia, tenía cabello blanco corto y unas arrugas en su cara.

—¿En que puedo ayudarle joven?

—Soy, Omar, su vecino. Mamá me comentó que tenía dañada la regadera, vengo a repararsela.

—Pasa adelante, hijo, te guiaré donde queda.

Seguí a la señora Antonia a paso lento, su casa estaba un poco sucia, en rincones habían telarañas. Se me vino a la mente que quizás la señora Antonia necesitaba más ayuda con su casa, era una persona que se le dificultaban hacer las cosas, pasamos una sala y habían varios gatos, hasta llegar donde estaba el daño.

—Es acá, si necesitas herramientas creo que en la bodega hay, de ese pasillo giras a la derecha hasta llegar al fondo—me señalaba.

—No se preocupe—asentí.

—Toma, te preparé algo—dándome una taza de café con galletas de mantequilla.

—Muchas gracias—poniéndolas en una mesa.

Terminé el trabajo para luego sentarnos en la mesa que tenía en el patio trasero.

—Cuando tenga alguna dificultad no dude en avisarme, yo con gusto vendré a ayudarle, por cierto creo que pronto deberá de comprar un repuesto, el trabajo que hice esta bien, pero no durará mucho, si quiere yo puedo buscárselo también—sorbía el café.

—Muchas gracias, hijo, tenía mucho tiempo con ese problema y no lo podía solucionar. ¿te gustaría cenar una noche de estas?

—Por supuesto que si, solo dígame cuándo y yo vendré, también me gustaría ayudarle con la limpieza de su casa si me permite.

—Chicos como tú hay pocos, tengo un nieto que por más que le pedí que me ayudara no lo hizo, él ha estado en malos pasos y temo a que le pase algo, él es muy joven y no piensa bien, me gustaría que cuando me visites quizá tú le puedes hablar, de que entre ustedes los jóvenes se entienden mejor.

—Está bien, haré mi esfuerzo, pero no prometo nada, usted sabe que a esa edad los consejos no llegan.

—¿Mamá? ¿Papá?—pregunté al entrar a la sala.

No había nadie, quizá salieron a comprar algo. Entré a mi cuarto para bañarme, necesitaba ir por las compras de la señora Antonia.

Busqué la parada de autobuses, no quedaba muy largo de mi casa. Había un hombre alto de saco cargando un maletín hablando por celular.

—¡Mas te vale hacerme caso zorra, para eso te mantengo!—gritaba.

Yo venía detrás de él por lo que cuando me miró se calló de freno. Se escuchaba feo tratar a una mujer así, yo era hombre pero no compartía eso de dominar a una mujer por dinero. Pienso que todos tenemos los mismos derechos, pero veo que no todas las personas somos iguales, creo que la manera en que me criaron influía mucho en la manera de pensar.

Tomé el autobús para ir al centro comercial.

Las tiendas estaban muy llenas, parecía que la gente se estaba preparando para celebrar algo en especial. Nunca me gustaba las concentraciones masivas, sentía que me asfixiaba, en caminar entre las personas para mi era sofocante, habían momentos en que me pasaban empujando o golpeando con algún objeto que llevaban, pero tenía que aguantar porque si no era yo quien hacía esto nadie más lo haría por la señora Antonia.

—¿Señora Antonia?—le gritaba desde afuera.

Ella salió con un vestido amarillo.

—Acá tienes todo lo que se iba a comprar para dejar la reparación fija, mañana vendré para hacerte el trabajo completo.

—¿Cuánto te debo por hacerme el favor?

—No se preocupe, no es nada, lo hice con todo gusto—despidiéndome.

Crucé la cerca que dividía nuestros terrenos para ir a mi casa, me encontraba muerto de hambre, el ajetreo de ir por esas compras me había cansado.

—¿Dónde estuvieron ustedes dos?—pregunté secándome la cara.

—Fuimos por unas compras, nos pareció haberte visto por el centro comercial, pero le dije a tu padre que estaba loco, no podría ser Omar.

—En realidad era yo.

—Te lo dije, tú nunca crees en mi—dijo papá.

—¿Qué hacías allá?—quiso saber mamá.

—Andaba comprándole unas repuestos con los cuales trabajaré mañana en casa de la señora Antonia, creo que debo de ayudarle a esa señora, ahora que entré a su casa pude notar que está un poco abandonada, hay que limpiarla por dentro, ademas tiene un nieto que al parecer es un patan con ella.

—Qué buen gesto, hijo—mamá alborotaba mi cabello.

Golpearon a la puerta.

—Yo iré—deteniendo a papá.

—Buenas noches, ¿usted es Omar Da Silva?

—Así es, soy yo, ¿en qué puedo servirles, señores?

Eran dos tipos de saco negro, gafas negras, al frente tenían un auto blindado rojo vino. Traían un sobre, me daban mala espina, daban una impresión peligrosa. Tragué grueso, volteee a ver a mis padres, ellos seguían comiendo. Lo primero que pensé es que seguro el señor Jones se había dado cuenta que yo era el amante de su esposa y mandó a matones por mi, Tommy tenía razón.

—Mis padres no tienen nada que ver, llévenme a mi—levanté mis manos.

—¿De qué habla?—se extrañaba uno de ellos frunciendo el ceño.

—Somos del departamento de inteligencia, nuestro superior nos mandó a esta dirección para darte este sobre—decía el otro sujeto.

—¿Departamento de inteligencia?—me extrañé tomando el sobre.

—Así es, supongo que en ese sobre deben de estar las respuestas que buscas ahorita—se retiraban los dos tipos.

Cerré la puerta dando mi última mirada hacia ellos.

—¿Quiénes eran esos sujetos y que buscaban?—hablaba mi padre.

—No lo sé, solo me dijeron que eran del departamento de inteligencia y me dieron este sobre.

Entré a mi habitación, me senté en la mesa de noche, encendí mi lámpara para ver qué traía este sobre. Rompí el borde superior, sacando otro papel que tenía en el interior:

Estimado señor, Omar Da Silva, el departamento central de inteligencia de los Estados Unidos le notifica que hemos estudiado su caso, sus calificaciones han sido los estándares que requerimos y el historial que posee cumple con los requisitos de la vacante solicitada. Por este medio le hacemos saber que se presente a la estación de Brooklyn en dos días para brindarle mayores detalles. Sin más que agregar, felicidades por formar parte de este gremio de investigadores.

¡Saludos Cordiales!

—¡Mamá, papá!—gritaba saltando desde mi habitación.

Se escuchaban los pasos apresurados de ellos subiendo las escaleras.

—¿Qué te pasó, Omar?—mama tomándose el pecho asustada.

—¡Me aceptaron, mamá, me aceptaron!—los abrazaba.

—¿De qué hablas hijo?—preguntaba papá.

—La central del país me aceptó como investigador ¿puedes creerlo?—emocionado le daba la carta.

Mamá lloró un poco, tanbien vi a papá escapársele una lagrima.

—¡Felicidades, mi campeón!—me abrazan los dos, incluso Sparky llegó a saltar a mi espalda, era una noche llena de felicidad para la familia.

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