Capítulo 8 Relatos
RELATOS
Desperté animado por la gran oportunidad que tenía, pues por eso había estudiado criminalista, era lo que me apasionaba. No esperaba las horas de poder ir a la estación. Me puse una camisa holgada, de color blanca, un short azul de mezclilla y unos converse blancos con líneas riko y azul en la parte de la suela. Necesitaba ordenar un poco mi ropero, quería regalar la mayor parte de ropa que ya no me quedaba a los más necesitados de mi vecindario, quizá ellos sí la necesitaban más, ademas algo que sí me gustó de las vacaciones fue el cambiar la forma de vestir, me daba un mejor aspecto.
Subí el volumen de los parlantes que tenía en mi cuarto, tanto así que los retratos que tenía en la mesa comenzaron a vibrar.
Abrí la ventana para que el cuarto se ventilara un poco, en el momento en que abrí la ventana me fijé hacia la casa de la señora Antonia, pero no la miraba, no se por qué pero le estaba guardando cariño a ella, aun no entiendo como una señora que no es de malos sentimientos vive sola, tampoco sé qué pasó con su esposo, no sé si se separó o qué.
Bajé a la sala a buscar una escoba y una pala.
Mamá estaba en el sofá viendo noticias.
—Qué gusto verte tan contento, mi detective—se metía una cuchara a la boca.
—Aún no lo soy, mamá—la corregí.
—Oye, ya lo eres. Dentro de poco comenzarás, no falta nada—siguió comiendo.
—Mamá, ¿sabes dónde está la escoba y la pala? Necesito recoger un poco de suciedad que tengo en el cuarto, pero no la encuentro.
—Creo que está en la lavandería, detrás de los muebles viejos de tu padre.
—Por cierto, ¿el dónde está?
—Esta en el súper mercado, está tan animado que dijo que hoy haría una cena en donde invitaría a tus abuelos.
—Mis abuelos... he andado haciendo de todo que olvidé visitarlos, pero lo tendré que hacer en un momento libre, quizá en el trabajo den algún día libre para aprovechar—caminando hacia la lavandería.
Llegando al cuarto estaba Sparky, al parecer me había destrozado una camisa que había dejado encima de la cama.
—Por Dios, Sparky, tu ni viejo cambias—quitándole los restos de la camisa de sus colmillos.
Empecé a sacar toda la ropa de mi ropero, habían camisas que me traían buenos recuerdos, así como también momentos vergonzosos. Tenía una camisa en donde habíamos puesto todos los nombres de los que estudiamos juntos en el ultimo año. Creo que hay ciertas camisas que me las quedaré por el valor histórico que tienen para mi.
En una caja empaqué todo quedándome con unas cuantas camisas y pantalones. Tenía que ir a comprar nueva ropa, dentro de poco entraría a trabajar y debía de lucir bien.
Empecé a barrer, debajo de la cama había un objeto, brillaba atrayéndolo hacia mi por medio de la escoba. Era un broche de corazón. Era el broche de corazón que me había dado a Pilar cuando estaba en el kínder, recuerdo que yo le había dado un broche de media luna, fue el amor de mi vida cuando estaba pequeño y como son las cosas que al final quedó con Cris.
Por cierto, ¿cómo le estará yendo a Cris?—me cuestioné.
Él estaba súper largo, creo que no sería mala idea llamarlo un día de estos para preguntarle qué ha hecho de su vida, él siempre fue mi mejor amigo. Hoy ya era un adulto y las amistades eran lo menos que tenía en mi vida, quizá debería de salir un poco o quizá no. No se, aveces me pasa que soy indeciso, pero definitivamente tenía que hablar con alguien.
Salí de mi cuarto llevando en brazos la caja con todas mis pertenencias que ya no utilizaría. Las coloqué en el piso, me senté en el desayunador.
—Mamá, ¿será que me puedas regalar un emparedado de esos qué haces que llevan carne encima con ese queso derretido?—sonaba mi mentón.
—Tendrás que esperar un poco, sabes que eso lleva su tiempo—dirigiéndose a la cocina.
—No tengo prisa, puedes tomar todo el tiempo que quieras—revisaba mi celular.
Mamá empezaba a preparar el emparedado, los sartenes humeaban, se miraba la facilidad con que preparaba las cosas.
Entré al WhatsApp para saludar a Tommy.
—Hola, Tommy, ¿Qué cuentas?
Check en azul. Escribiendo...
—Mi hermano, pues acá, tú sabes aguantando a estos estupidos del hotel ¿tu qué haces?
—S punto de comer, casual me estaba acordando de ti, para que veas que yo sí no olvido a mis amistades.
—Pues eso pensé, que ya te habías olvidado de mi.
—Para nada, lo qué pasa es que he estado bastante ocupado y ya entraré a trabajar.
—¿Ya no andas buscando Sugar Mommy?—me envió caritas sonriendo.
—¡Ni me recuerdes eso! Vieras el momento chistoso que pase ayer por la noche.
—¿Qué pasó?
—Ayer vinieron dos tipos todos de negro, tú sabes con aspectos de mafiosos y todavía venían en un auto blindado. Preguntaron por mi, estaba preocupado, me acordé de tus palabras con el señor Jones, pensé que eran sus mafioso, creí que quedaría sin mis genitales.
—¿Y quienes eran?—envió una cara sorprendida.
—Eran personas de mi nuevo trabajo—esta vez envié varias caritas sonriendo.
—Sí que eres, Omar.
—Hablando de ese señor, ¿has visto a Débora?
—Débora ya se consiguió otro amante. ¿te vas a poner celoso?
—¡Estás loco! Yo solo preguntaba, la última vez que salí con una chica estaba ella en el mismo restaurante y le pasó tirando la copa de vino en la camisa, ella se disculpó, pero los dos sabemos cómo es ella.
—¿En serio eso hizo?
—Sí, esa mujer está media loca de la cabeza—carita sin expresiones.
—Listo, Omar, cuidado te quemas que está muy caliente, apenas lo acabo de sacar del microondas—colocaba el plato en el desayunador, este humeaba.
—¿Oye, Tommy?
—¿Ajá?
—Mira, para que te dé hambre—le tomaba una foto al emparedado.
—Eres un maldito—cara enojada.
—Bueno, te dejo hermano, hablamos en otra ocasión, tengo muchas cosas que hacer hoy. Cuidate
Degustaba del emparedado de mamá, sentía el picor por toda las paredes de mi boca.
Salí de casa dirigiéndome a casa de la señora Isabella, ella se caracterizaba por ser hospitalaria en el vecindario, llevaba conmigo la caja de mis viejas pertenencias. El vecindario no era el mismo cuando estuve pequeño, los tejados eran viejos y habían algunas casas nuevas. Un balón había golpeado mis piernas, volteé a ver y eran unos niños jugando, puse la caja en el suelo.
—Apuesto que no pueden quitarmela—hacía mis cuantas jugadas. Me di cuenta que la resistencia no era la misma en mi cuerpo, quizá tenía que retomar las sesiones en el Gimnasio.
Seguí caminando hasta llegar a cada de la señora Isabella.
En su jardín habían unas bancas, estaban unos tipo adultos jugando ajedrez con un cigarrillo en su mano, mientras habían otros que estaban de pie.
—Disculpen, amigos, pero ¿se encuentra la señora Isabella?—sostenía la caja.
Uno de los que estaban de pie me quedó viendo de forma extraña, no entendía por qué.
—¿Para qué la quieres?—preguntó de malas ganas.
—Oye, tranquilo, solo vengo a dejar esta caja con unas pertenencias mías que quiero que las regale.
—Deja tranquilo al joven, Kai,—expresó uno de los tipos que estaba jugando mientras lanzaba el humo en dirección mía—pasa chico, ella se encuentra detrás de la casa.
Rodeé la casa hasta llegar al patio trasero.
—Señora Isabella, la estaba buscando—la caja tapaba mi cara.
—¿Quién eres, hijo?
—Soy Omar, vivo a unas cuantas cuadras de acá, pero le traje esta caja, lleva ropa que ya no utilizo, pero quería que tuviera un mejor fin y usted es la persona indicada para eso, he sabido que usted es hospitalaria con las personas callejeras—poniéndola a un lado.
—Qué buen gesto, será de mucha utilidad, ¿no te gustaría quedarte a almorzar?
—En otra ocasión me gustaría quedarme a almorzar, pero hoy estoy un poco ocupado, pero se lo agradezco mucho—saliendo de su casa.
Recordé que tenía un trabajo pendiente donde la señora Antonia, caminaba más rápido. Sabía que gran parte del día la pasaría ahí, ya que mañana no creía tener tiempo para nada, mañana era el día en donde tenía esa visita a la estación.
Abrí la puerta de su cerca, habían alrededor de cuatro gatos en la entrada, dos eran de color negro, uno gris y el otro marrón. Uno de ellos se me acercó a mi pies y comenzó a pasar su cola de un lado a otro, se le notaban los pelos de su espalda erizos. Lo tome acercándolo a mi cara, hacía un ruido extraño. Me lo acerqué aún más y sentía vibraciones que provenían como de su garganta.
—Ella se llama media luna, parece que le agradas mucho, por eso esta ronroneando—salía la señora Antonia de su casa.
—¿Ese sonido extraño es el ronroneo?—sonreí mientras lo tenía en mis brazos.
—Sí y lo hacen cuando una persona les agrada, deberías de llevarte uno a casa, ¿no crees?
Sonreí mucho.
—La verdad me lo llevaría, pero creo que con Sparky no se llevaría bien que digamos.
La señora les hizo una seña con su mano e inmediatamente los gatos la comenzaron a seguirla, supongo que los años que ha pasado con ellos y la atención que les brinda hace que ellos sean obedientes. La seguí y nos detuvimos en un cuadro que estaba en la sala frente al comedor. Era un hombre de buen porte y al lado estaba la señora Antonia, en la foto del miraba joven.
—¿Quién es el hombre que está con usted?—quise saber.
—Es mi esposo—se miró un poco ida.
—¿Qué pasó con el?—levanté mis manos, acercándome a la pintura para verla con más detalles.
—Cuando termines de hacer el trabajo nos sentaremos a platicar sobre el, es una larga historia, iré a preparar un té, con este calor te caerá bien.
Busqué la caja de herramientas para cambiar el repuesto que había comprado, ciertos gatos estaban cerca de mi, me vigilaban, a lo mejor estos gatos eran los ojos de la señora Antonia, no entendía como su nieto era tan malo como ella si tan solo es una anciana, pero también pensé que si mamá no me ha dicho nada de ella, yo también la hubiera ignorado y eso que somos vecinos.
Terminé de reparar la regadera, me dirigí a la sala de estar, tome la escoba y empecé a limpiar los rincones llenos de telarañas, la casa de la señora Antonia era muy grande, habían paredes en donde la mitad era de concreto y la otra mitad era de madera. Se notaba mucho el descuido incluso noté ciertas grietas y goteras que tenía en el tejado. Llevaba más de tres horas limpiando la casa y haciendo uno que otra reparación pequeña hasta que terminé.
¡Uf!, qué cansado me siento; secaba mi sudor, sentado en la mesa de piedra que estaba bajo un árbol.
La señora Antonia se acercó con una tetera, una charola y unos bocadillos. Se sentó a mi lado y empezó a servir té.
—Te agradezco mucho por lo que acabas de hacer, la casa nunca había lucido así durante años.
—Fue un placer ayudarle, era algo que se debía de hacer y si dentro de mis posibilidades estaba poder ayudarla lo haría—tome la taza para soplarla un poco.
—También he estado pensando que quizás con el dinero que me dan de mi pensión podría pagarle a una doméstica un medio tiempo para que me ayude con las cosas de la casa—repartía los bocadillos.
—Eso sería muy buena idea, usted ya no es para que ande de arriba para abajo, podría incluso caerse o fracturarse algún hueso y eso sería trágico, ademas tendría con quien pasarla el resto del día. Yo le recomiendo que mejor haga eso—yo hablaba con un poco de comida en la boca.
—Por cierto, querías escuchar que había pasado con mi esposo ¿no?
—Así es—me acomodé mejor, quería escuchar que había pasado con ese señor.
—Bien, todo empezó hace unos cuarenta años atrás. Marck y yo éramos una pareja de enamorados felices, hacíamos viajes a otras ciudades, él era apostador y le encantaba jugar en los casinos, a mi me gustaba verlo feliz cada vez que giraba la ruleta y ganaba, tu sabes éramos esa pareja aventurada, no creas que por mi edad no conozco de esas cosas. Marck era un sujeto culto, además del juego le gustaban las fiestas, el alcohol y la buena vida, tenía un poco de todo, pero no era una mala persona. Recuerdo que una noche llegamos a un casino de las vegas, había un grupo en una mesa de tipos con vestimentas caras, se notaba que eran mafiosos, sin embargo Marck y yo entramos al casino, él estaba atento a esa mesa. Yo le sugerí que no se le ocurriera jugar en esa mesa, eran tipos peligrosos, pero él estaba empeñado a que ganaría y solo eso importaría. Teníamos un fondo de ahorros en donde todo lo que Marck ganaba lo depositaba ahí, con eso teníamos para poder sobrevivir el resto de nuestras vidas, pero él era un poco ambicioso, lo cual lo cegó. Llagamos a la mesa, pidió entrar al juego y lo aceptaron. Yo estaba a su lado observando cómo se desarrollaba todo, llegaban unas mujeres del casino a dejarles tragos a estos sujetos. A medida que empezó el juego, Marck en los primeros intentos arrasó con todos ellos, iba ganando, los tipos estaban un poco disgustado, pero yo seguía apoyándolo. El tiempo pasaba y a él no le estaba yendo mal. Le comenté que era suficiente, que ya había ganado bastante, pero el no me escuchaba, solo me decía que esperara un poco más. Uno de los tipo tomó su sombrero, lo colocó en su asiento, poniéndose de pie. Lo señaló y lo sentenció que él tenía que terminar la jugada, si el trataba de irse le irá muy mal.
Marck siguió jugando, pero esta vez empezaba a perder más y más, ya no le estaba quedando nada. Estaba desesperado, se le notaba, yo le masajeaba el hombro. Insistía que nos fuéramos, no sé, pero yo presentía algo malo con todo esto. Llegó un punto muerto en qué Marck no tenía nada que apostar, lo único que tenía era nuestra casa. Uno de los tipos le preguntó qué tenía para apostar, Marck sacó un documento. Eran los documentos legales de la casa. Era todo lo que teníamos, el sujeto sacó una fuerte cantidad de dinero compensando el valor de nuestra casa. Los dados rodaron, recuerdo que cerré mis ojos, no quería ver qué pasaría. Hasta que escuché los fuertes gritos de alegría de Marck. Había ganado. Yo, obviamente respiré profundo. La jugada había terminado, nos fuimos al coche, él me dijo que iríamos a celebrar. A unos dos kilómetros del casino nos interceptaron dos vehículos, uno se atravesó delante de nosotros y el otro nos acorraló por detrás. Bajaron los mismos tipos del casino, Marck intentó dialogar con ellos, pero fue en vano, los tipos estaban furiosos. Uno de ellos venía desde atrás con mucha ira gritándole que hizo trampa, sacó una pistola, le apuntó a la cabeza y tiró del gatillo. El cuerpo cayó a mi lado ensangrentado, se llevaron el dinero dejándome así los documentos de la casa. Fue duro haber visto esa imagen, desde ese tiempo no puedo olvidar ese sonido y es por eso que yo le guardo mucho amor a esta casa, es lo único que quedó del esfuerzo de Marck y mío.
