Capítulo 1 Capítulo 1
El sonido de la notificación del correo electrónico en mi teléfono resonó en el silencio de mi cubículo como el tictac de una bomba de tiempo. Eran las siete de la noche de un viernes, y mientras el resto de la planta ejecutiva recogía sus abrigos con la ligereza de quien sabe que le espera un fin de semana de descanso, yo seguía ahí, con los ojos ardiendo frente al monitor, repasando por centésima vez las cifras del balance financiero que había tardado tres semanas en pulir.
Tres años. Tres malditos años dejando los ojos, las horas de sueño y la paciencia en esta empresa. Tres años soportando que los jefes de departamento se apropiaran de mis ideas, de mis informes y de mis desvelos.
Y el resultado oficial estaba publicado en la intranet desde las dos de la tarde: el nuevo puesto de dirección de proyectos no era para mí. Se lo habían entregado a Mauricio, un tipo que apenas llevaba seis meses en la firma, cuyo único mérito real era ser el sobrino del vicepresidente de operaciones y cuyo conocimiento de la ingeniería de campo se limitaba a saber cómo ajustar el nudo de su corbata italiana.
Un suspiro cargado de amargura escapó de mi garganta. Apreté el puente de la nariz, intentando contener el nudo caliente que amenazaba con cerrarme la garganta. La frustración no era solo tristeza; era una rabia sorda, densa, que me quemaba por dentro.
—Todavía sigues aquí, Valerie —dijo Camila, asomándose por el borde de mi cubículo con su bolso de mano colgando del hombro y una expresión de genuina lástima que odié al instante—. Cierra el ordenador. Ningún balance merece que te mates un viernes por la noche. Menos después de... bueno, ya sabes lo de hoy.
—Voy a terminar esto y me marcho, Cami —mentí, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos—. No te preocupes por mí. Pásala bien en la cena.
—Si cambias de opinión, el bar de la esquina sigue abierto. Un buen trago es lo único que cura esta clase de traiciones corporativas. —Me regaló un apretón solidario en el hombro antes de alejarse por el pasillo alfombrado.
El eco de sus tacones se fue apagando hasta que la planta quedó completamente silenciosa. El aire acondicionado zumbaba con un monótono murmullo metálico. Miré de nuevo la pantalla, luego el documento impreso, y sentí que las paredes del cubículo se estrechaban hasta ahogarme. No iba a seguir mirando números. No hoy.
Apagué el equipo con un movimiento brusco, tomé mi abrigo del respaldo de la silla y salí a trompicones del edificio, como si el simple hecho de respirar ese aire de oficina me estuviera envenenando la sangre.
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El Blue Velvet no era el tipo de lugar que solía frecuentar. Era un bar clandestino y sofisticado, escondido en un callejón del distrito financiero, donde la iluminación era penumbrosa, la música de jazz sonaba a un volumen que permitía pensar sin gritar, y los tragos costaban lo equivalente a la mitad de mi alquiler semanal. No me importó. Puse mi tarjeta sobre la barra y pedí lo primero que el cantinero sugirió que tuviera suficiente graduación alcohólica para borrar al menos temporalmente el apellido de los directivos de mi mente.
El primer trago quemó mi garganta, dejándome un rastro cálido y amargo. El segundo empezó a adormecer la punzada constante en mi sien. Para el tercero, el mundo comenzó a girar en un plano mucho más amable, donde los organigramas de la empresa y la cara de suficiencia de Mauricio se desvanecían entre notas de saxofón y luces ámbar.
—Un scotch. Solo —escuché decir a mi lado.
La voz era profunda, áspera, con un matiz de cansancio que resonó de una forma extrañamente familiar en el aire. Giré ligeramente la cabeza.
El hombre sentado en el taburete contiguo no encajaba con la clientela habitual de ejecutivos estirados que solían llenar el local. Llevaba una camisa blanca de alta gama, pero se había quitado la corbata y desabotonado los dos primeros botones, dejando al descubierto una garganta fuerte y una piel ligeramente tostada. Tenía una melena espesa, de un tono cobrizo e intenso —un rojo profundo que encendía reflejos dorados bajo la luz tenue del local—, y unos hombros anchos que se tensaban con una rigidez impropia de alguien que ha venido a relajarse. Su mandíbula estaba marcada, angulosa, sombreada por una barba de un par de días que le daba un aire peligrosamente salvaje. No parecía un empleado de oficina cualquiera; parecía un depredador en descanso, alguien que cargaba con el peso del mundo sobre los hombros y al que le importaba muy poco a quién tuviera que barrer del camino para conseguir lo que quería.
Y, en ese momento, mi filtro social, ese que había cultivado con esmero durante veintitrés años de prudencia y profesionalismo, decidió romperse en mil pedazos gracias al alcohol y a una frustración acumulada que ya no cabía en mi pecho.
—¿Problemas con los números o con la familia? —le solté de la nada, apoyando un codo en la barra y mirándolo fijamente a los ojos, que eran de un tono ámbar tan oscuro que parecían casi negros.
El pelirrojo se quedó helado con el vaso de cristal a medio camino de los labios. Giró lentamente el rostro hacia mí. Sus ojos recorrieron mi cabello rubio, suelto y algo desordenado por el viento de la calle, deteniéndose en el brillo desafiante que seguro cruzaba mi mirada.
—¿Disculpa? —su voz bajó de tono, volviéndose un ronroneo grave que me recorrió la espina dorsal con un escalofrío inesperado.
—Lo que oíste —bufé, tomando otro sorbo de mi vaso con total desfachatez—. Tienes esa cara. La típica cara de los hombres que creen que pueden controlar absolutamente todo en su maldito tablero de ajedrez hasta que la realidad les explota en la cara. Apuesto a que trabajas en corporativo. ¿Me equivoco?
