Capítulo 2 EL APOCALIPSIS DE LA TESTOSTERONA
Me quedé mirando el charco de café en mis zapatillas durante lo que parecieron horas. Mi cerebro, en un intento desesperado por no colapsar, empezó a buscar las explicaciones más lógicas posibles.
Opción A: Estaba en coma. El golpe en la cabeza que nunca me di al bajar del auto me tenía postrado en una cama de hospital, soñando estupideces.
Opción B: Era una cámara oculta. Uno de esos programas de internet donde le pagan a toda una ciudad para volverte loco.
Opción C: Me había vuelto loco.
Decidí apostar por la opción B. Era la menos aterradora.
Con las manos temblando ligeramente, saqué mi teléfono del bolsillo y abrí Tinder. Las redes sociales no mienten. Si había mujeres en el mundo, estarían ahí, subiendo fotos frente al espejo del baño.
Deslicé la pantalla.
Carlos, 28 años. A 2 kilómetros. Foto de un tipo sin camisa en el gimnasio.
Deslicé a la izquierda.
Felipe, 24 años. A 5 kilómetros. Foto con un perro. Su biografía decía: "Omega hogareño, busco Alpha proveedor que no le tenga miedo al compromiso. No juegos".
Deslicé a la izquierda.
Marcos, 30 años. "Beta buscando pasar el rato. No ofrezco mordida".
—¿Proveedor de qué? ¿De internet? ¿Y qué demonios es una mordida? —murmuré para mí mismo, sintiendo que hiperventilaba—. Hackearon los servidores. Tienen que haber sido los rusos. O los chinos. Una conspiración global para destruir la moral heterosexual.
Cerré la aplicación de golpe, guardé el teléfono y me obligué a respirar. Inhala. Exhala. Tienes facturas que pagar, Leo. Apocalipsis o no, si no me presentaba a trabajar en Sterling Enterprises, mi casero me iba a echar a la calle, y sospecho que vivir bajo un puente sin mujeres es igual de triste que vivir bajo un puente con ellas.
Caminé las cinco cuadras hasta el imponente rascacielos de cristal negro donde trabajaba como asistente en el departamento de análisis financiero. Al cruzar las puertas giratorias, el aire acondicionado me golpeó el rostro. Todo lucía exactamente igual: el suelo de mármol reluciente, los ascensores de alta velocidad, la enorme "S" plateada en la pared.
Pero en la recepción, donde normalmente estaba Susan —una señora encantadora que siempre me guardaba caramelos de menta—, había un tipo enorme con barba de leñador tecleando furiosamente en el ordenador.
Tragué saliva y caminé directo a los ascensores con la cabeza gacha, rezando para no cruzar mirada con nadie.
Llegué al piso 42. Mi cubículo seguía ahí, en la misma esquina aburrida de siempre. Me dejé caer en mi silla de rodos, apoyé la frente contra el escritorio frío y cerré los ojos.
—Amigo, tienes cara de haber sido atropellado por un camión de basura, y luego el camión dio marcha atrás para rematarte.
Levanté la cabeza de golpe. Apoyado contra la pared de mi cubículo estaba Max. Llevaba el cabello teñido de un lila pálido, un traje gris entallado que desafiaba las leyes de la física y, como siempre, un café helado del tamaño de su cabeza. Max era mi único amigo real en la oficina. Un tipo ácido, brillante y con un don natural para el chisme.
—Max —suspiré, sintiendo un alivio inmenso al ver una cara conocida—. Gracias a Dios estás aquí. Dime que tú también lo ves.
—¿Ver qué? ¿La mancha de café que tienes en los pantalones? Sí, es trágica. Deberías ir al baño antes de que el jefe de planta te vea y le dé un aneurisma por romper el código de vestimenta.
—¡No! ¡A las mujeres, Max! —Me puse de pie de un salto y lo tomé por los hombros. Max abrió los ojos de par en par, casi derramando su bebida—. ¿Dónde están? En la calle, en el metro, ¡en recepción! ¿Qué le pasó a Susan? ¿Hubo un virus? ¿Una abducción alienígena selectiva?
Max me miró fijamente durante un largo segundo. Lentamente, apartó mis manos de su traje impecable y me escaneó de arriba abajo. Arrugó la nariz de una forma extraña, como si estuviera olfateando el aire a mi alrededor.
—A ver, frena el tren del drama, Leo. ¿De qué demonios estás hablando? ¿Qué es una mujer? ¿Es la nueva marca de supresores que estás tomando? Porque, cariño, no te están funcionando. Apestas a angustia y a cerveza barata.
Me quedé de piedra.
—¿Qué es... una mujer? —repetí, sintiendo que el piso se movía—. Max, ¿me estás jodiendo? Mitad de la población mundial. Cromosomas XX. Pechos. Voz aguda. ¡Las que nos dan a luz!
Max soltó una carcajada seca.
—Definitivamente perdiste la cabeza. O un Alpha te rechazó tan fuerte anoche que te reinició el cerebro. Los Omegas dan a luz, genio. Es biología básica. Deberías ir a la enfermería a que te den unos bloqueadores antes de que empieces a soltar feromonas de tristeza por todo el pasillo. Es patético.
Me dejé caer en la silla, completamente mudo. ¿Alphas? ¿Omegas? ¿Feromonas? ¿Qué idioma estaba hablando? Estaba a punto de exigirle que dejara de usar términos de fanfics de internet cuando, de repente, la oficina entera se sumió en un silencio sepulcral.
El ruido constante de los teclados, los teléfonos sonando y las impresoras trabajando se apagó como si alguien hubiera tirado del cable de la corriente.
El aire cambió. Literalmente. La temperatura pareció bajar cinco grados de golpe y un olor pesado, denso e increíblemente penetrante inundó el ambiente. Olía a bosque después de la lluvia, a madera de cedro y a algo metálico, como electricidad estática antes de una tormenta. Era un olor tan intenso que me dio un ligero mareo.
—¿Alguien rompió un frasco de colonia barata en los ductos de ventilación? —susurré, tapándome la nariz.
Max palideció. Ni siquiera me miró. Inclinó la cabeza hacia abajo, exponiendo ligeramente su cuello en un gesto que me pareció ridículamente sumiso, y retrocedió un paso.
—Cállate, idiota —siseó entre dientes, sin mover los labios—. Es él.
Giré la cabeza hacia los ascensores ejecutivos de cristal. Las puertas se abrieron con un suave ding y el aire pareció volverse aún más espeso.
Alexander Sterling. El dueño del imperio. El CEO intocable que normalmente no pisaba el piso de los simples mortales.
Era más alto de lo que recordaba en las fotos de la revista Forbes. Superaba el metro noventa con facilidad, vestido con un traje de tres piezas negro a medida que parecía esculpido directamente sobre su cuerpo. Caminaba con una elegancia depredadora, pasos largos y silenciosos. Su rostro era una máscara de hielo tallada en mármol: mandíbula afilada, cabello oscuro perfectamente peinado hacia atrás y unos ojos grises que parecían taladrar el alma de cualquiera que se atreviera a mirarlo.
La gente a su alrededor literalmente se encogía. Los tipos más ruidosos del departamento de ventas ahora miraban al suelo, mudos.
Alexander avanzaba hacia la sala de juntas, flanqueado por dos asistentes que trotaban para seguirle el ritmo. Todo iba bien. Solo tenía que pasar de largo.
Pero entonces, se detuvo.
En medio del pasillo. Exactamente frente a mi cubículo.
Vi cómo su pecho se expandía lentamente mientras tomaba una gran bocanada de aire. Arrugó el ceño. Giró la cabeza con una lentitud escalofriante y sus ojos grises escanearon la sala hasta clavarse directamente en los míos.
Juro que vi un destello dorado en sus pupilas.
Se quedó allí, completamente inmóvil, mirándome como si yo fuera la última botella de agua en un desierto ardiente. Su mirada era tan intensa, tan absurdamente posesiva y pesada, que sentí un escalofrío recorrer mi columna vertebral.
Genial, pensé, sintiendo una gota de sudor frío en la nuca. Se dio cuenta de que derramé café en la alfombra y ahora me va a despedir frente a todos.
Tratando de salvar mi trabajo, hice lo único que se me ocurrió. Le esbocé una sonrisa nerviosa, levanté la mano y le di un torpe y patético saludo.
—Eh... buenos días, jefe. Bonito traje.
Max soltó un quejido ahogado a mi lado. Alexander no pestañeó. Simplemente dio un paso hacia mí, y el ambiente en la oficina se tensó hasta el punto de ruptura.
