
¡Bro, ¿Dónde están las chicas?!
RYUU D. BLACK · En curso · 138.6k Palabras
Introducción
Leo Navarro es un tipo normal con una racha terrible en el amor. Después de llorar por su último fracaso amoroso, un deseo desesperado lo transporta a un universo paralelo. Todo parece igual: los mismos rascacielos, el mismo café malo por las mañanas, los mismos autos... pero falta el 50% de la población. No hay ni una sola mujer.
Por si fuera poco, resulta que en este mundo los hombres se dividen en Alphas, Betas y Omegas, y los grandes magnates de la ciudad esconden un secreto peludo y colmilludo. Leo, siendo completamente ajeno a este mundo, termina trabajando para Alexander Sterling: el CEO más temido, rico e inalcanzable de la ciudad.
Alexander es un Alpha dominante acostumbrado a tener todo bajo control, pero cuando el despistado de Leo entra a su oficina tratándolo como a un "compa de cervezas", el instinto del lobo se desata: ha encontrado a su pareja predestinada.
¿Podrá un hetero empedernido sobrevivir a las tácticas de seducción de un billonario posesivo? ¿O descubrirá que el verdadero amor no siempre viene en el empaque que él esperaba?
Capítulo 1
Valeria me dejó por un mensaje de texto. Ni siquiera un audio, ni una triste nota de voz llorando para darme algo de dignidad. Fue un simple y devastador: "Leo, eres un gran chico, pero no siento la chispa. Pd: no te comas la tarta que dejamos en la nevera, es de mi hermana".
Y así, damas y caballeros, se rompía mi corazón por quinta vez en lo que iba del año.
Eran las dos de la madrugada y yo me encontraba sentado en el capó de mi viejo auto, estacionado en el mirador de la montaña que domina la ciudad. Abajo, los rascacielos y las avenidas brillaban, indiferentes a mi miseria. Había subido hasta aquí buscando aire, perspectiva o, no sé, tal vez esperaba que una ráfaga de viento dramática se llevara mi dolor. Spoiler: el viento solo me despeinó y me trajo el olor a basura del contenedor cercano.
No lo entiendo. De verdad que no. Soy un tipo decente. Me baño todos los días, tengo un trabajo estable en finanzas que apenas me da para vivir, abro las puertas a las damas y jamás, léase bien, jamás envío fotos no solicitadas. Amo a las mujeres. Me encantan. Sus risas, su forma de caminar, cómo huelen a vainilla o a flores raras que no sé nombrar. Todo mi plan de vida giraba en torno a encontrar a "la indicada", casarme, tener dos hijos, un perro y una hipoteca que me mantuviera estresado hasta los sesenta.
Pero, aparentemente, el universo me odiaba.
Di un trago a la cerveza caliente que había comprado en una gasolinera y miré hacia el cielo despejado.
—¡Es el colmo! —grité a la nada, levantando los brazos como un lunático—. ¡Solo pido una! ¡Una sola mujer que no me cambie por su entrenador personal o que no descubra de repente que necesita "encontrarse a sí misma" en la India!
El eco de mi voz rebotó contra los árboles. Un grillo cantó, burlándose de mí.
—¡Estoy harto! —continué, ya con la voz quebrada y una lágrima patética asomándose—. ¡Si hay alguien allá arriba, escúchame! ¡Llévame a un lugar donde pueda encontrar el amor verdadero! ¡Un lugar donde alguien me mire y diga: "Ahí está el hombre de mi vida"! ¡Lo exijo!
Justo en ese milisegundo, una luz brillante cruzó el cielo nocturno. Una estrella fugaz. Grande, rápida y ridículamente oportuna.
Me quedé congelado con la botella a medio camino de mi boca. Pestañeé un par de veces, sintiéndome repentinamente estúpido. Las películas te enseñan que cuando pides un deseo a una estrella, debes hacerlo con los ojos cerrados y el corazón lleno de esperanza. Yo lo había hecho gritando, borracho y amenazando a la galaxia.
—Genial —murmuré, frotándome la cara—. Ahora el universo me está trolleando.
Derrotado, bajé del capó, entré al auto y conduje de regreso a mi departamento. Tiré las llaves sobre la mesa de la cocina, ignoré olímpicamente el desorden del salón y me dejé caer en la cama vestido. Cerré los ojos, deseando que al día siguiente el dolor en el pecho fuera un poco más soportable.
El sonido del despertador me taladró el cráneo a las siete de la mañana en punto.
Me incorporé de golpe. Un error garrafal. El dolor de cabeza me recordó que mezclar despecho con cerveza barata no era una buena idea. Miré a mi alrededor. Mi habitación estaba exactamente igual que la noche anterior: la misma ropa apilada en la silla, el mismo póster de mi banda favorita torcido en la pared, el mismo olor a encierro.
Todo en orden. Mi berrinche místico en la montaña no me había teletransportado a un reino mágico de hadas madrinas. Gracias a Dios. Lo último que necesitaba era tener que luchar contra un dragón con resaca.
Me di una ducha rápida, me puse unos jeans limpios y una camiseta negra, y salí a la calle. Necesitaba café. No ese líquido aguado que salía de mi cafetera, sino uno de verdad. El objetivo del día era simple: ir a la cafetería de la esquina, coquetear un poco con Camila —la barista de sonrisa encantadora que siempre me regalaba galletas— para subir mi maltrecho ego, y luego arrastrarme hasta la oficina.
Caminé las dos calles que me separaban del local. La ciudad rugía con su tráfico matutino habitual. Coches tocando el claxon, gente corriendo con maletines, el olor a asfalto y tubo de escape.
Empujé la puerta de cristal de la cafetería El Grano Dorado y la campanilla sonó.
—¡Buenos días, Cami! —dije en voz alta, frotándome las manos mientras caminaba hacia el mostrador, mirando mis propios zapatos—. Necesito un milagro en forma de expreso doble, por favor. Y tal vez una de tus sonrisas compasivas.
—No soy Cami, amigo, pero te puedo preparar ese expreso doble si prometes no pedirme que te sonría.
Levanté la vista de golpe. La voz era grave, ronca y resonaba en el pecho.
Detrás de la máquina de café no estaba Camila con su delantal floreado. En su lugar, había un tipo de casi un metro noventa, con los brazos tatuados y unos bíceps que amenazaban con rasgar las mangas de su polo negro. Me estaba mirando fijamente, limpiando una taza con una lentitud que me puso extrañamente nervioso. Sus ojos, de un marrón demasiado intenso, me escudriñaron de arriba abajo.
—Ah... eh... lo siento —tartamudeé, retrocediendo un paso—. Pensé que Camila estaba en este turno. ¿Cambió de horario?
El tipo enarcó una ceja.
—¿Camila? —preguntó, apoyando ambas manos en el mostrador e inclinándose hacia mí. De repente, el aire se sintió pesado. Olía a café tostado, sí, pero también a algo más... como a bosque húmedo y tierra—. No conozco a ninguna Camila, amigo. Llevo siendo el dueño de este local cinco años. Solo trabajamos hombres aquí.
—Oh. Claro. Mi error —forcé una risa seca, sintiendo que me ardían las orejas—. Debí confundirme de cafetería.
—No pasa nada —dijo, y su tono se suavizó. Una pequeña sonrisa ladeada apareció en su rostro, revelando unos dientes extrañamente afilados—. ¿Qué más vas a querer con ese café? Te ves un poco perdido. Si necesitas que alguien te ubique... estoy a tu disposición.
La forma en que dijo eso último, bajando un poco el tono de voz, hizo que se me erizaran los vellos de la nuca. ¿Me estaba coqueteando? No, imposible. Yo no emitía esa vibra. Debía ser la falta de cafeína alterando mis sentidos.
—Solo el café. Para llevar. Rápido —solté, poniendo un billete sobre la barra.
Mientras esperaba, me giré para mirar el resto del local, buscando refugio visual. Fue entonces cuando la primera alarma real sonó en mi cabeza.
El lugar estaba lleno. Había hombres de traje leyendo el periódico, grupos de universitarios riendo en las esquinas, un par de ancianos jugando ajedrez junto a la ventana. Ni una sola mujer.
Tomé mi vaso de cartón, murmuré un "gracias" apresurado y salí a la calle casi corriendo. El sol ya estaba alto. Me detuve en la esquina y empecé a observar a la gente pasar.
Pasó un oficinista hablando por teléfono. Luego un ciclista. Luego un grupo de adolescentes con mochilas. Después dos hombres empujando un cochecito de bebé.
Esperé. Cinco minutos. Diez minutos.
Veinte hombres. Cincuenta. Cien.
Giré en redondo, escaneando las paradas de autobús, las vitrinas de las tiendas, los taxis. Entré en pánico y saqué mi teléfono. Abrí Instagram. Solo tipos haciendo pesas, fotos de comida, memes de fútbol y más tipos. Entré a mi galería de fotos, buscando las fotos de Valeria. Las imágenes estaban ahí, pero en lugar de su rostro, había un espacio en blanco borroso, como si la realidad misma estuviera censurando su existencia.
Se me cayó el café al suelo. El líquido oscuro salpicó mis zapatillas, pero no me importó.
Mi corazón latía tan fuerte que amenazaba con romperme las costillas. Mi ciudad seguía aquí. Mis calles, mis edificios, mi cielo. Pero faltaba algo. Faltaba la mitad de todo.
—Bro... —susurré al viento, completamente horrorizado—. ¿Dónde están las chicas?
Últimos capítulos
#115 Capítulo 115 ¡BRO, AQUÍ ESTÁN LOS CHICOS!: EL ÚLTIMO CONSEJO.
Última actualización: 8/24/2026#114 Capítulo 114 ¡BRO, AQUÍ ESTÁN LOS CHICOS!: EL BALANCE GENERAL.
Última actualización: 8/24/2026#113 Capítulo 113 LA GENÉTICA DEL SARCASMO.
Última actualización: 8/23/2026#112 Capítulo 112 LA TORRE MÁS ALTA.
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Última actualización: 8/21/2026#109 Capítulo 109 EL TRONO DEL PEREZOSO.
Última actualización: 8/20/2026#108 Capítulo 108 EL TERROR FINANCIERO LLEVA TRAJE A MEDIDA.
Última actualización: 8/20/2026#107 Capítulo 107 REDESCUBRIENDO EL PARAÍSO Y EL PROTOCOLO DE EMERGENCIA PAÑAL.
Última actualización: 8/19/2026#106 Capítulo 106 EL LOBO DE WALL STREET, LOS OSITOS AMARILLOS Y UN SABOTAJE CORPORATIVO.
Última actualización: 8/19/2026
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