Capítulo 3 RECURSOS HUMANOS NO CUBRE ATAQUES DE LOBOS BILLONARIOS.

El silencio en el piso 42 era tan pesado que amenazaba con reventarme los tímpanos. Nadie tecleaba, nadie respiraba y estoy casi seguro de que la fotocopiadora abortó su trabajo por puro instinto de supervivencia.

Alexander Sterling dio otro paso hacia mi cubículo. Su mirada seguía clavada en mí, escudriñando cada centímetro de mi rostro como si estuviera intentando resolver una ecuación matemática imposible. Con cada centímetro que acortaba la distancia, ese olor abrumador a cedro y tormenta eléctrica se volvía más denso, hasta el punto en que me sentí ligeramente intoxicado.

A mi lado, Max parecía estar sufriendo una especie de colapso biológico. Se había encogido tanto contra la pared divisoria que casi se fusionaba con el corcho y los post-its.

—Señor Sterling —dijo uno de los asistentes que venía con él, un tipo alto de traje gris que sudaba a mares—. La junta directiva está esperando en la sala dos. Los accionistas de Tokio están en la línea...

Alexander levantó una mano, apenar un milímetro, y el asistente cerró la boca con un chasquido audible, retrocediendo como si le hubieran apuntado con un arma.

El CEO llegó al borde de mi escritorio. De cerca, era aún más intimidante. Su traje no tenía ni una sola arruga, y juro que sus ojos, que en las revistas se veían grises, ahora tenían unos anillos dorados vibrando alrededor de la pupila. Se inclinó hacia adelante, apoyando ambas manos sobre el laminado barato de mi mesa. La madera crujió bajo su peso.

Yo me pegué al respaldo de mi silla con rueditas. Mi instinto de oficinista precarizado me gritaba que estaba a punto de ser despedido de la forma más humillante posible.

—Eh... si es por el informe de proyecciones del trimestre pasado, juro que lo envié a tiempo —solté, intentando mantener la voz estable—. Y lo de la alfombra fue un accidente. Limpiaré el café, no hay problema. Traeré un cepillo de dientes si hace falta.

Alexander no respondió a mis disculpas corporativas. En su lugar, inclinó la cabeza, acercando su rostro peligrosamente a mi cuello. Tomó una inspiración profunda, lenta y sonora, llenando sus pulmones de aire a centímetros de mi yugular.

Me quedé tieso. ¿Qué demonios estaba haciendo? ¿Me estaba olfateando?

—Mío —murmuró. Fue una palabra áspera, profunda, pronunciada casi en un gruñido que vibró directamente en mi pecho.

Parpadeé, completamente descolocado.

—¿Suyo? —repetí, frunciendo el ceño—. Bueno, técnicamente mi contrato dice que mi fuerza laboral pertenece a Sterling Enterprises de nueve a cinco, pero legalmente no soy propiedad de la empresa, señor. Todavía existe la abolición de la esclavitud, incluso para los analistas junior.

El anillo dorado en sus ojos se intensificó. Me miró con una mezcla de frustración animal y una extraña fascinación. Parecía genuinamente desconcertado por el hecho de que yo le estuviera contestando en lugar de, no sé, tirarme al suelo a besarle los zapatos como el resto de la planta.

—No estás usando supresores —dijo, bajando la voz a un susurro que solo yo (y probablemente Max, que temblaba a mi derecha) pudimos escuchar. Su tono era acusatorio, pero al mismo tiempo sonaba ridículamente ronco—. Hueles a... sol. A vainilla y a tierra seca. Es enloquecedor.

—Oiga, uso gel de ducha marca blanca del supermercado, no me venga con poesía barata para justificar que me está invadiendo el espacio personal —Me crucé de brazos, intentando ignorar el hecho de que mi corazón latía a mil por hora—. Si quiere despedirme, hágalo ya, pero no me critique el desodorante.

El asistente de traje gris soltó un pequeño jadeo de horror ante mi insolencia. Max se cubrió la cara con las manos, murmurando lo que parecía ser una oración en latín.

Pero Alexander no gritó. No llamó a seguridad. De hecho, la comisura de sus labios se curvó hacia arriba en lo que podría considerarse una micro-sonrisa depredadora. Era la expresión de un tipo inmensamente rico que acaba de encontrar un juguete nuevo que no viene con manual de instrucciones.

Se enderezó en toda su imponente altura, ajustándose los puños de la camisa con una calma aterradora.

—A mi oficina. Planta 60. Ahora.

No fue una invitación. Fue una orden absoluta que resonó en el aire como un latigazo. Vi a tres analistas en los cubículos vecinos ponerse de pie involuntariamente ante el tono de su voz, pero yo solo fruncí el ceño.

—Tengo que terminar unas hojas de Excel para...

—Ahora —repitió. Se dio la media vuelta y caminó hacia los ascensores ejecutivos. Sus asistentes trotaron tras él como patitos asustados. Las puertas de cristal se cerraron y, en el instante en que el ascensor empezó a subir, la oficina entera pareció exhalar al mismo tiempo.

El ruido volvió de golpe. Murmullos frenéticos, teléfonos sonando, teclados volando.

Max agarró los reposabrazos de mi silla y me giró violentamente para quedar frente a él. Estaba pálido como un papel y sus ojos estaban desorbitados.

—¡¿Estás demente?! —chilló, sacudiéndome—. ¡Casi te arranca la garganta! ¡Casi nos arranca la garganta a todos!

—¡Oye, suéltame! —Me zafé de su agarre, arreglándome el cuello de la camisa—. El tipo es un lunático micromanagement. Vino hasta aquí abajo solo para olfatearme y despedirme en persona. Es obvio que Recursos Humanos se le queda corto.

—¿Despedirte? ¡Leo, por el amor de la Diosa Luna, despierta! —Max me agarró por las mejillas y me obligó a mirarlo—. ¡Te acaba de marcar con la mirada! ¡Un Alpha, el Alpha dominante de toda la costa este, acaba de decir frente a todo el piso que eres "suyo"!

—¡Claro que dijo que soy suyo, soy su empleado! —Grité, frustrado por lo ridículo de la conversación—. Mira, Max, no entiendo tus bromas raras de hoy. No sé qué es un Alpha ni qué fumaste antes de entrar, pero si no subo a la planta 60 me voy a quedar en la calle. Y créeme, no quiero volver a vivir con mi madre.

Agarré mi cuaderno de notas, un bolígrafo masticado que me daba suerte y me levanté.

Caminé por el pasillo hacia el ascensor privado que nadie excepto los directivos usaba. Podía sentir las miradas clavadas en mi nuca. Algunos me miraban con lástima, otros con pura y dura envidia, lo cual era absurdo. Iban a echarme a patadas.

Apreté el botón de llamada. Las puertas se abrieron, revelando un interior de caoba y espejos que costaba más que la casa de mi familia. Pulsé el botón con el número 60.

Mientras el ascensor subía suavemente hacia el ático de cristal del billonario, me pasé las manos por el pelo, intentando armar un discurso coherente. Le diría que era un trabajador duro, que necesitaba el dinero y que, si dejaba de olfatearme el cuello en público, estaba dispuesto a hacer horas extras gratis.

El ascensor emitió un suave ding. Las puertas se deslizaron en silencio.

Di un paso al frente y entré en la guarida del lobo, completamente ignorante de que, a partir de ese momento, mi vida como el "soltero heterosexual de finanzas" había dejado de existir.

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