Capítulo 4 NEGOCIANDO CON EL DEPREDADOR DE LA PLANTA 60.

El ascensor se detuvo con una suavidad que costaba más que mi educación universitaria. Las puertas se abrieron hacia un vestíbulo que parecía la galería de arte moderno de un excéntrico millonario. Todo era mármol negro, cristal y acero. Detrás de un escritorio curvo había un secretario que tenía más pinta de francotirador ruso que de recepcionista.

El tipo me miró de arriba abajo, frunció el ceño como si mi presencia ofendiera su sentido de la estética y señaló con la cabeza hacia unas inmensas puertas dobles de roble macizo al final del pasillo.

Tragué saliva, apreté mi cuaderno contra el pecho como si fuera un escudo antibalas y caminé. Mis zapatillas manchadas de café chirriaban ligeramente contra el suelo pulido. Cada paso resonaba, anunciando mi inminente ejecución corporativa.

Al llegar, las puertas se abrieron solas. Sensores de movimiento. Por supuesto.

La oficina de Alexander Sterling era obscena. Tenía el tamaño de un campo de fútbol pequeño, con paredes de cristal que ofrecían una vista panorámica de la metrópolis. Había sofás de cuero que parecían costar un riñón y medio, estanterías llenas de libros antiguos y, en el centro, un escritorio de caoba maciza tan grande que podías aterrizar un helicóptero en él.

Pero lo único que captó mi atención fue el hombre de pie frente al inmenso ventanal, dándome la espalda, mirando la ciudad como si estuviera planeando conquistarla antes del almuerzo.

Me quedé en el umbral, sin saber si toser, saludar militarmente o tirarme al suelo y hacerme el muerto.

—Cierra la puerta —dijo Alexander. No había gritado, ni siquiera había levantado la voz, pero la orden resonó en mi cabeza con una autoridad absoluta que hizo que mis manos obedecieran antes de que mi cerebro lo procesara. Empujé la madera y el pestillo hizo un "clic" que sonó increíblemente definitivo.

Se giró lentamente. Se había quitado la chaqueta del traje y se había arremangado la camisa blanca hasta los codos, revelando unos antebrazos surcados por venas y tatuajes oscuros que se perdían bajo la tela. Su corbata estaba ligeramente aflojada. Parecía menos CEO y más... mercenario de alta costura.

Ese olor a cedro y tormenta eléctrica inundó la habitación, volviéndose tan espeso que casi sentí que podía morderlo.

—Siéntate —ordenó, señalando una de las sillas de cuero frente a su escritorio.

Mis piernas, traicioneras y cobardes, acataron la orden al instante. Me dejé caer en la silla, apoyé las manos sobre mis rodillas e intenté poner mi mejor "cara de empleado proactivo".

—Señor Sterling, antes de que diga nada —comencé, atropellándome con mis propias palabras—, sé que mi rendimiento en el último trimestre fue solo del 85% respecto a la métrica esperada, pero la base de datos de los servidores se cayó dos veces y...

Alexander cruzó la inmensa habitación con tres zancadas depredadoras y apoyó ambas manos sobre el escritorio, inclinándose hacia mí. Sus ojos grises, con ese perturbador anillo dorado brillando en el iris, me escanearon de una forma tan intensa que sentí que me estaba desnudando el alma (y la cuenta bancaria).

—¿De qué demonios estás hablando? —Su voz era un ronco murmullo que vibraba en el silencio.

—Del... ¿del informe de rendimiento? —parpadeé, confundido—. ¿No me llamó para despedirme por lo de la alfombra? Si es por el café, en serio, tengo un quitamanchas en casa que hace milagros.

Alexander cerró los ojos por un segundo y soltó un suspiro largo y pesado por la nariz, como si estuviera lidiando con un cachorro particularmente estúpido. Cuando volvió a abrirlos, la irritación se mezclaba con una fascinación genuina.

—¿Despedirte? —Repitió la palabra como si fuera un concepto alienígena—. ¿Crees que te he traído a mi territorio, frente a todo mi piso, para despedirte?

—Bueno, las políticas de Recursos Humanos dictan que los despidos se hagan en privado, pero supongo que a su nivel las reglas son más... flexibles.

—No voy a despedirte, Leo —dijo mi nombre. La forma en que las tres letras salieron de sus labios, arrastradas y pesadas, me dio un escalofrío inexplicable—. A partir de este momento, ya no trabajas en análisis financiero. Estás transferido.

Me quedé mudo. Mi cerebro procesó la información con la lentitud de una conexión a internet de los años noventa.

—¿Transferido? —repetí—. ¿A dónde? ¿A contabilidad? Señor, soy malísimo con los impuestos, una vez casi meto a mi madre en la cárcel por una deducción mal hecha.

Alexander soltó un pequeño sonido desde el fondo de su pecho. No era una risa. Era un gruñido. Un maldito gruñido bajo y gutural que me vibró en la boca del estómago. Rodeó el escritorio con pasos lentos y se detuvo justo a mi lado. Mi espacio personal acababa de ser violentamente invadido por casi dos metros de testosterona billonaria.

—Trabajarás aquí. Para mí —dijo, apoyando una mano en el respaldo de mi silla. Su calor irradiaba a través de mi camiseta—. Serás mi Asistente Ejecutivo Personal. Tu escritorio estará ahí —señaló un espacio a pocos metros de su propia mesa, dentro de la misma inmensa oficina—. No te alejarás de esta planta sin mi permiso. No almorzarás en la cafetería del sótano rodeado de Alphas sin control. Y bajo ninguna circunstancia volverás a ese sucio cubículo de la planta 42.

Parpadeé. Una, dos, tres veces.

—Un segundo. ¿Asistente Ejecutivo Personal? —Mi lado financiero, siempre buscando el truco en la letra pequeña, despertó de golpe—. ¿Qué implica eso exactamente? Porque yo no lavo ropa, mi planchado es un peligro público y me niego a pasear perros, por muy lujosos que sean.

Alexander me miró, completamente atónito. Su mandíbula se tensó. Parecía estar haciendo un esfuerzo sobrehumano por no agarrarme por los hombros y sacudirme.

—Implicará organizar mi agenda directa, asistir a las juntas directivas a mi lado y, primordialmente, permanecer a la vista —Su voz bajó otra octava, volviéndose peligrosamente suave—. Necesito saber dónde estás. Necesito... olerte.

Fruncí el ceño, completamente consternado.

—¿Olererme? —Me eché hacia atrás, ofendido—. Oiga, ya le dije que uso jabón barato. Si este es un requisito del puesto, la empresa va a tener que financiar mi cambio a un gel de ducha de diseñador.

El magnate soltó un gruñido exasperado. Sin previo aviso, levantó la mano y, con dos dedos largos y firmes, tocó el lateral de mi cuello, justo sobre mi pulso.

Me quedé paralizado. Su tacto quemaba. Su pulgar rozó suavemente la piel donde la vena latía desbocada. Era un gesto posesivo, íntimo e increíblemente aterrador.

—Tu olor es perfecto —susurró, inclinándose hasta que sus labios casi rozaron mi oreja—. No dejes que nadie más se acerque a tu cuello. ¿Entendido?

Tragué saliva, sintiendo que el aire me faltaba. Mi mente buscaba desesperadamente una explicación lógica para esto. Claro, pensé. Cláusula de confidencialidad extrema. Teme que la competencia me implante micrófonos en el cuello o algo así. Los billonarios son paranoicos.

—Entendido —logré croar, aclarándome la garganta e intentando recuperar mi dignidad corporativa—. Cero tocamientos de cuello en horario laboral. Anotado. Ahora, respecto al salario... Si voy a lidiar con su nivel de microgestión, espero al menos un aumento del cuarenta por ciento y seguro dental completo.

Alexander Sterling, el lobo más temido de la ciudad, retiró la mano de mi cuello y me miró fijamente. Por un segundo, creí ver una sonrisa real cruzando su rostro de mármol.

—El doble de tu salario actual —sentenció—. Tarjeta corporativa ilimitada y chófer privado desde tu casa hasta la empresa. Empiezas ahora.

Me quedé mirando sus ojos dorados, pensando que acababa de hacer el negocio de mi vida. Si tan solo hubiera sabido que la letra pequeña de este contrato incluía feromonas, celos animales y un romance que me volaría la cabeza, me habría tirado por la ventana del piso 60 allí mismo.

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