Capítulo 1 El hombre del altar

El hombre del altar

El velo me asfixiaba.

No era por el encaje de seda. Era por la mentira que sostenía.

Avancé por la nave central de la Catedral de Veridia con los dedos enterrados en el ramo de rosas blancas. Demasiado perfectas. Demasiado limpias. Parecían flores para un entierro. Conté cada paso sobre el mármol para no pensar en Mateo. Para no recordar el sabor a café y a pánico de nuestro último beso en el distrito portuario. Para olvidar el sonido del disparo que lo ejecutó en los acantilados.

El órgano de la iglesia rugía. Incienso. Cera quemada. El roce violento del satén contra mis rodillas. Me habían tirado el pelo hacia atrás con tanta fuerza que me dolían las sienes. Pero el verdadero dolor lo tenía debajo de las costillas.

A mi lado, mi padre caminaba con la mirada fija al frente. Sus hombros caídos apestaban a derrota. El contrato que firmó tres noches atrás no era un acuerdo comercial. Era una condena de sangre. Y las deudas de sangre con El Consorcio no se pagan con dinero. Se pagan con una hija vestida de novia.

Recordé la fotografía sobre la mesa de la oficina notarial. Adrián Moreira. El heredero de la portada de las revistas. El filántropo, el tipo que sonreía, el hermano que no se manchaba las manos de rojo. Mi padre me lo había jurado: «Adrián es el bueno, Isadora. Con él estarás a salvo».

El bueno. El cebo.

Al final del pasillo, bajo el arco de piedra negra, el novio esperaba de espaldas.

Era alto. De hombros anchos. El traje oscuro parecía hecho a medida para un cuerpo que no pedía permiso para ocupar el espacio. Había una quietud de piedra en su nuca. La arrogancia salvaje de quien sabe que el mundo entero va a alinearse a sus pies.

Miré a la segunda fila. Mi hermana Emilia me observaba con los ojos desorbitados y el vestido demasiado grande. Mi madre rezaba en silencio, pálida como un cadáver.

Mi padre me soltó la mano. Sus dedos temblaron antes de dejarme ir. Cumplió su parte. Me entregó al lobo.

Me paré al lado del hombre que iba a adueñarse de mi vida y giré la cabeza.

El aire se congeló en mis pulmones.

No era Adrián.

Era el otro.

Dante Moreira.

El monstruo a la sombra del apellido. El verdugo de la familia. El hombre que había apretado el gatillo contra el pecho de Mateo.

Lo reconocí al instante por la cicatriz fina que le partía la ceja izquierda. Por la mandíbula tensa, dura como el hierro. Por los ojos. Eran dos pozos oscuros, pacientes, fijos en mí. No me miraba como a una desconocida. Me miraba como si ya me hubiera tenido desnuda en su cama y solo estuviera esperando que yo lo aceptara.

El ramo me tembló en las manos. El pánico me subió por la garganta en una ola de fuego.

—No… —el susurro se me rompió en los labios.

Hice el amago de retroceder, pero a ambos lados del pasillo, hombres con trajes oscuros y las manos apoyadas en la cintura cerraron el paso. Nadie se movió. Nadie respiró.

Dante inclinó apenas la cabeza. Su voz me alcanzó, baja, letal, directa al oído.

—Di que sí, Isadora.

Mi nombre en su boca no sonó a boda. Sonó a veredicto.

Pensé en Mateo en el descampado de los acantilados. En su pecho destrozado. En el mensaje sin firma que nos llegó al día siguiente: Esto pasa cuando tocas lo que le pertenece a los Moreira. Dante Moreira había bajado el arma aquella noche. Y ahora me exigía un juramento de fidelidad.

—Este no es el trato —le dije entre dientes, sosteniéndole la mirada con todo el odio que pude reunir.

Él ni siquiera parpadeó.

—El contrato dice un Moreira. Nunca especificaron cuál. Firma esto, o tu hermana Emilia pasará la noche en el muelle con los cobradores. Tú decides.

El chantaje me golpeó la cara. Miré a Emilia. Era una niña. No iba a dejar que la destruyeran.

El sacerdote empezó a recitar los votos en un latín monótono. Las palabras caían sobre mí como paladas de tierra en una fosa. ¿Aceptas…? Aceptar era comprar la vida de mi hermana. Negarme era firmar la sentencia de muerte de toda mi familia.

Dante estiró la mano. No esperaba que yo la tomara; la atrapó.

Sus dedos estaban calientes, secos y asquerosamente seguros. Su pulgar presionó la base de mi mano, midiendo los latidos desbocados de mi pulso. Me deslizó un anillo de oro negro, pesado y grueso. Un grillete.

Llegó mi turno. La iglesia entera se quedó en un silencio sepulcral.

Miré a Dante. En sus ojos no había deseo, había una posesión absoluta y anticipada. Él ya había decidido cómo iba a doblegarme. Ya había calculado cuántas noches tardaría mi orgullo en romperse.

—Sí —dije. La palabra me supo a sangre y metal.

Él respondió de inmediato. Su «sí» fue una sola sílaba grave que vibró en las paredes de piedra y se me clavó detrás de los ojos.

El sacerdote nos declaró marido y mujer. Hubo aplausos educados y falsos. Mi padre bajó la cabeza, incapaz de mirarme.

Dante no me besó en los labios. Se inclinó hacia mi oreja, rozando el borde de mi velo con la boca. Su aliento olía a sándalo y a peligro.

—No compré una esposa, Isadora —susurró, tan bajo que me erizó la piel—. Compré una prisionera para mi cama.

Los dedos se me abrieron. El ramo de rosas blancas cayó al suelo. Uno de sus zapatos de cuero italiano aplastó los pétalos contra el mármol.

Me agarró de la cintura con una fuerza implacable, obligándome a girar hacia la salida antes de que mis rodillas cedieran. El calor de su palma atravesó la tela del vestido, marcándome la piel como un hierro al rojo vivo.

Salimos a la luz cegadora de Veridia. El auto negro nos esperaba con la puerta abierta. Adrián no estaba por ningún lado. El hermano bueno había sido solo la carnada.

Dante me empujó al interior del vehículo. Su mano se demoró un segundo de más en la curva de mi espalda, justo donde terminaba el escote. Una promesa silenciosa de lo que vendría después.

La puerta se cerró con un golpe seco. El mundo exterior desapareció tras los vidrios polarizados. Quedamos atrapados en el aroma a cuero y en un silencio asfixiante. Su pierna se presionó contra la mía de manera deliberada.

Me arranqué el velo con dedos torpes. Lo miré de perfil. Él seguía observándome de reojo, disfrutando de mi desesperación. Su mirada recorrió mi cuello y se detuvo en mi boca.

—Esta noche vas a aprender la primera regla de mi casa —sentenció.

Apreté el anillo contra mi piel hasta que me dolió el hueso.

—¿Cuál?

Dante se volvió por completo hacia mí. En sus ojos oscuros brilló un hambre antigua, un fuego frío que me heló la sangre.

—A pedirme perdón —hizo una pausa letal mientras el auto aceleraba hacia los acantilados—. Con la boca abierta.

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