Capítulo 1 prólogo

prólogo

Tras perder a sus bebés de tres meses en una fría sala de hospital, Michelle deseó que su propia vida terminara.

Por si el dolor no fuera suficiente, Jean, el hombre que prometió amarla en las buenas y en las malas, la abandonó en su peor momento, dejándola rota y en la miseria.

Cuatro meses de oscuridad parecieron eternos, hasta que su mejor amiga la arrastra a una fiesta con la promesa de hacerla olvidar.

Entre música de Lady Gaga, Bruno Mars y una conexión inesperada, un hombre imponente y misterioso logra lo imposible: hacer que el corazón marchito de Michelle vuelva a latir con fuerza.

En un impulso desesperado por aferrarse a la vida, ella se lanza a sus brazos y lo besa.

Lo que Michelle no imagina es que ese "extraño" no apareció en su vida por casualidad, ni que posee el poder y los secretos suficientes para cambiar su destino para siempre.

Y justo cuando ella empieza a sanar, Jean regresa arrepentido, dispuesto a reclamar lo que dejó ir.

Entre el fantasma de su pasado y la peligrosa tentación de un nuevo amor... ¿podrá Michelle proteger su corazón antes de que vuelva a romperse en mil pedazos?

Capítulo 1: Cuando perdí mi vida

Michelle

—Salven a mis bebés, por favor —el grito y el desespero en mi voz cada vez eran más cortos. Sentía cómo mi vida se iba desvaneciendo en cada gota de sangre que caía de mi cuerpo.

—Acuéstate en la camilla.

—Por favor, mis hijos... sálvalos —el llanto se hacía más profundo y sentía que ya no podía más. Mis ojos se querían cerrar, pero, aferrándome a las barandas de la camilla, le pedía a Dios que no me dejara sola sin mis hijos.

—Ya no hay nada que hacer, sus bebés ya no tienen latidos. Hay que sacarlos antes de que sigas perdiendo más sangre —aquellas palabras del doctor me hicieron caer en shock. Mis hijos, mi único motivo para levantarme y salir adelante, los acababa de perder. Siento cómo la sangre sale disparada de mi cuerpo cuando aquellas manos empiezan a arrancar la vida que había dentro de mí—. En menos de treinta minutos usted misma expulsará la placenta. Te quedarás tres días aquí, estás perdiendo mucha sangre, pediré una transfusión.

Estando en aquella camilla, llorando y aferrándome a la poca tela que queda en mi piel, mi pregunto: «¿Por qué me haces esto, Dios? ¿Por qué yo?». Me llevan a un cuarto de espera donde inyectan un suero en mi muñeca y aplican tranquilizantes. Mirando a cada rato el reloj de pared y entre dormida, seguía preguntándome el porqué. Pasan las horas y los doctores se olvidan de mí; con las últimas fuerzas que tenía, me levanto de aquel sillón y camino por esos pasillos buscando un baño.

—¿Dónde estabas? ¿Por qué te escondías?

—Siempre estuve donde me dejaron —recuerdo que les dije con la poca voz que tenía.

—¿Te colocaron la sangre que pidió el médico?

—Solo un suero y me dejaron allá botada como un perro —no podía sostenerme más de pie. Quería orinar, pero solo conseguí botar más sangre.

—Esto es un milagro, tenemos que internarte ahora.

Recuerdo que llegaron tres doctoras y mi acostaron en una camilla, colocándome varias anestesias para que no sintiera dolor. Ojalá eso también funcionara para el dolor que siento en mi corazón.

—Cuenta hasta diez y pasará el dolor.

—Aquí vamos de nuevo... Uno, dos, tres, cuatro... —siento que las palabras salen enredadas—, cinco... —mis ojos comienzan a cerrarse—, seis... ya no siento nada... siete... me fui.

Al abrir mis ojos nuevamente, decían que yo era un milagro y no sabía el porqué; nadie me decía nada, hasta que la cara de mi madre llorando me indicó que nada estaba bien.

—Mamá... —intento levantarme pero estaba amarrada a la camilla.

—No puedes levantarte, no lo hagas difícil, por favor. Ya sufriste mucho, niña, solo descansa y déjalo ir —decía la enfermera con una tristeza o tal vez lástima disfrazada de tristeza.

Me pasan a una habitación donde mi madre me decía que descansara, que todo estaría bien, que mañana sería un mejor día, pero para mí ya no habría mejores días. Perdí lo que más deseaba en mi vida: mis bebés, mis gemelos. Al llegar a las diez de la mañana, un doctor llama a mi madre y le comenta que solo me había quedado un 7% de sangre, no tenía nada de glóbulos rojos ni blancos; estaba viva de milagro. Seguían sedándome ya que no comía y solo lloraba; los morados en mis brazos de tanto suero eran la muestra de cómo la muerte me reclamaba.

Los dos días pasaron rápido y la salida del hospital llegó. El mareo y las ganas de vomitar siempre estaban allí. Al salir a la calle del brazo de mi madre, veo a mi esposo, Jean, charlando con sus mejores amigos, quienes venían a acompañarnos en este dolor.

—Lo siento tanto, espero que te mejores pronto, nena.

Yo solo podía forzarme a sonreír. Las palabras no salían, solo las lágrimas eran la manera de decir cómo estaba. Llegamos a casa, y acostarme en la misma cama donde sentí que perdía a mis hijos hacía que mi vida doliera más. La noche llegó rápido y probaba la comida después de unas cuantas horas; la sopa caliente de mi madre me decía que no estaba sola, los abrazos de mi hermano me hacían sentir en casa, la voz de mi padre me transmitía que tenía una oportunidad nueva de vivir y los besos de mi esposo me hacían sentir que solo era una pesadilla mal vivida y que pronto íbamos a salir de esto.

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