
Cicatrices de Cristal
Juliana Torra · En curso · 93.2k Palabras
Introducción
Por si el dolor no fuera suficiente, Jean, el hombre que prometió amarla en las buenas y en las malas, la abandonó en su peor momento, dejándola rota y en la miseria.
Los días de oscuridad parecieron eternas, hasta que su mejor amiga la arrastra a una fiesta con la promesa de hacerla olvidar.
Entre música de Lady Gaga, Bruno Mars y una conexión inesperada, un hombre imponente y misterioso logra lo imposible: hacer que el corazón marchito de Michelle vuelva a latir con fuerza. En un impulso desesperado por aferrarse a la vida, ella se lanza a sus brazos y lo besa.
Lo que Michelle no imagina es que ese "extraño" no apareció en su vida por casualidad, ni que posee el poder y los secretos suficientes para cambiar su destino para siempre. Y justo cuando ella empieza a sanar, Jean regresa arrepentido, dispuesto a reclamar lo que dejó ir.
Entre el fantasma de su pasado y la peligrosa tentación de un nuevo amor... ¿podrá Michelle proteger su corazón antes de que vuelva a romperse en mil pedazos?
Capítulo 1
prólogo
Dicen que el dolor tiene un límite, pero la noche que el monitor del hospital se quedó en silencio, entendí que la desesperación es infinita.
En esa fría sala no solo se apagara la vida de mis bebés; esa noche también murió la mujer que solía ser.
Por si el abismo no fuera lo suficientemente profundo, Jean —el hombre que juró amarme en las buenas y en las malas— no pudo soportar el peso de mi luto.
Cuando más necesité sus manos para sostener las mías, me dio la espalda, dejándome rota, vacía y en la absoluta miseria.
Cuatro meses de sombra pasaron como una eternidad.
Cuatro meses donde respirar dolía y cada amanecer era una condena.
Hasta que una noche, mi mejor amiga se negó a dejarme hundir más y me arrastró fuera de mi encierro.
Entre el retumbo de la música, luces parpadeantes y risas ajenas, ocurrió lo impensable. Un hombre imponente, de mirada misteriosa y aura dominante, cruzó su camino con el mío.
En un segundo de pura desesperación por aferrarme a algo real, me lancé a sus brazos y lo besé.
Fue un instante impulsivo, pero suficiente para hacer que mi corazón marchito volviera a latir.
Lo que no imaginaba era que aquel extraño no llegó a mi vida por casualidad, ni que guardaba los secretos y el poder para cambiar mi destino para siempre.
Y justo cuando la sanación parecía posible, el pasado volvió a tocar a mi puerta: Jean regresa arrepentido, dispuesto a reclamar lo que abandonó.
Atrapada entre el fantasma del hombre que destruyó mi mundo y la peligrosa tentación de este nuevo amor... ¿podré proteger los pedazos de mi corazón antes de que vuelvan a destruirse?
Capítulo 1.
Michelle.
—Salven a mis bebés, por favor.
El grito nació de mis entrañas, pero sonó como un soplido sordo.
Sentía la vida drenarse, una gota caliente a la vez, manchando las sábanas blancas del hospital.
—Acuéstate en la camilla —ordenó una voz sin rostro.
—Por favor, mis hijos... sálvalos.
Me aferré a las barandas de metal frío. Tenía los ojos pesados, nublados por el pánico.
Le rogué a Dios en silencio que no me dejara sola en ese vacío, pero Dios parecía haber abandonado la guardia esa noche.
—Ya no hay nada que hacer. Sus bebés ya no tienen latidos.
Las palabras del doctor cayeron como bloques de cemento sobre mi pecho.
Entré en shock.
Mis hijos.
Mi único motivo para levantarme cada mañana.
Los había perdido.
Sentí un desgarro helado por dentro cuando aquellas manos de látex comenzaron a arrancar de forma violenta la vida que había albergado en mi vientre.
—En menos de treinta minutos expulsará la placenta —habló el médico de espaldas, con la frialdad de quien llena un informe burocrático—. Te quedarás tres días. Estás perdiendo demasiada sangre, pediré una transfusión.
Me dejaron sola.
Mirando el reloj de pared, tiritando de frío sobre la cuerina de la camilla, me pregunté: «¿Por qué yo, Dios?». Me inyectaron tranquilizantes en la muñeca y el tiempo se volvió borroso.
Pasaron las horas.
Los doctores se olvidaron de mí en un rincón oscuro, como si fuera un mueble viejo.
Con las últimas fuerzas que me quedaban, arrastrando el soporte del suero, caminé por los pasillos buscando un baño.
No aguantaba más.
—¿Dónde estabas? ¿Por qué te escondías? —me reclamó una enfermera al verme tambalear.
—Siempre estuve donde me dejaron... —susurré. Mi voz era un hilo de arena.
—¿Te colocaron la sangre que pidió el médico?
—Solo un suero. Me dejaron allá botada como un perro.
El suelo pareció moverse.
Quise ir al baño, pero solo conseguí vaciar más sangre sobre las baldosas.
Al ver el charco, la enfermera palideció.
—Esto es un milagro, tenemos que internarte ahora.
Llegaron tres doctoras corriendo. Me subieron a una camilla a la fuerza y empezaron a clavar agujas con anestesia.
Ojalá existiera una sustancia capaz de anestesiar el corazón y la mente para así no pensar más, que la vida me forzó a perder lo que más amé.
—Cuenta hasta diez y pasará el dolor.
—Aquí vamos de nuevo... Uno, dos, tres, cuatro... —las palabras se me enredaban en la lengua—, cinco... seis... ya no siento nada... siete... me fui.
Cuando abrí los ojos, el murmullo a mi alrededor repetía la palabra "milagro". Yo no entendía nada.
Solo vi el rostro deshecho de mi madre.
Lloraba con los hombros caídos.
—Mamá... —intenté levantarme, pero tenía los brazos amarrados a la camilla.
—No te muevas, no lo hagas más difícil, por favor —pidió una enfermera con una lástima que me revolvió el estómago—. Ya sufriste mucho, niña. Solo descansa y déjalo ir.
Más tarde, en una habitación privada, el médico le explicó a mi madre que me había quedado apenas un 7% de sangre en el cuerpo.
Estaba viva por pura terquedad de mi organismo.
Los dos días siguientes pasaron entre la niebla del sedante y el dolor punzante en mis brazos, negros de tantos pinchazos fallidos.
Eran las marcas de cómo la muerte me había reclamado y se había ido con las manos llenas.
El día del alta llegó. Salí al estacionamiento del brazo de mi madre, con un mareo espantoso que me revolvía el estómago.
Allí estaba mi esposo, Jean, charlando con sus mejores amigos.
Al vernos, se acercaron con rostros solemnes.
—Lo siento tanto, nena. Espero que te mejores pronto —dijo uno de ellos.
Forcé una sonrisa que me dolió en el alma.
Las palabras no me salían; mis lágrimas hablaban por mí.
Al llegar a casa, el regreso a la realidad fue un golpe seco. Acostarme en la misma cama donde semanas atrás sentía las pataditas de mis gemelos hacía que respirar doliera.
Sin embargo, al caer la noche, el ambiente se tiñó de una calidez reconfortante.
La sopa caliente que me preparó mi madre me recordó que no estaba sola; los abrazos apretados de mi hermano me hicieron sentir a salvo; la voz firme de mi padre me dio la esperanza de una nueva oportunidad.
Y los besos de Jean.
Jean me besó la frente con tanta ternura que casi logré convencerme de que todo había sido una pesadilla mal vivida.
"Pronto saldremos de esto, mi amor", me susurró al oído antes de levantarse a tomar una ducha.
Últimos capítulos
#92 Capítulo 92 Agradecimiento.
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Última actualización: 8/12/2026#86 Capítulo 86 Capítulo 86.
Última actualización: 8/12/2026#85 Capítulo 85 Capítulo 85.
Última actualización: 8/12/2026#84 Capítulo 84 Capítulo 84.
Última actualización: 8/12/2026#83 Capítulo 83 Capítulo 83.
Última actualización: 8/24/2026
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