Capítulo 2 Capitulo 2

Michelle

Los días pasaban tan rápido como un huracán. Me sentía el peor ser del mundo por no poder proteger a mi propia vida; me culpaba de todo. La gente me preguntaba qué me pasaba y yo solo decía que era una gripe que ya se me pasaría.

—Sobrina, te ves horrible. Mírate ese cabello y esas ojeras. ¿Qué te pasó? Te ves fea.

Queriendo gritarle en la cara todo lo que me estaba sucediendo, solo le sonrío y le digo:

—Es una gripe que me está quitando hasta la vida.

—Pero ponte linda. Quien te vea así pensará que perdiste un hijo o que te quitaron al marido —su carcajada y la voz de mi madre fue lo último que escuché antes de salir corriendo y cerrar la puerta detrás de mí. Aquel espejo confirmaba lo que mi tía me había dicho: me veía fea, ya no me reconocía. Había perdido tanto peso que parecía un zombi; mi piel perdió brillo y mi cara solo estaba pálida y con ojeras.

Cada vez me sentía más sola. Ya que mi esposo estaba en su trabajo, no podíamos pasar tanto tiempo juntos. Un mes de reposo fue lo que me dieron, pero no me hacía la idea de volver al lugar donde me sentaba y los antojos me hacían desesperar; donde mis bebés se movían con una impaciencia, donde el sueño me hacía aborrecer el trabajo. No quería volver a ese lugar.

Voy directamente a la ducha y el agua fría cae por mi cabello y mi espalda. Pasaron minutos donde dejé que el agua tratara de borrar todo lo que me estaba atormentando. Después de unos minutos largos, salgo y comienzo a vestirme. Maquillé un poco mis ojeras y, en el momento en que estaba peinando mi cabello, este se caía a pedazos. Las lágrimas no las pude contener; me acosté en la cama mientras salían y salían. Ya no sabía por qué lloraba, solo quería llorar hasta quedarme dormida. No sé cuántas horas o minutos pasaron; solo sé que cuando abrí mis ojos, mi esposo besaba mi frente y me decía que ya estaba en casa.

—Amor, ya estoy aquí.

Su voz era lo único que quería escuchar. Quería verlo, abrazarlo y que él me dijera cuánto me amaba.

—Te extrañé mucho, amor —pude decir al levantarme y sentir cómo mis ojos ardían.

—Qué hermosa te ves, amor. Yo también te extrañé —me besa y me abraza fuertemente, y su perfume invade mi nariz—. Hoy veremos una serie que tal vez te gustará: Stranger Things —el esfuerzo que hacía para que yo riera o me sintiera mejor era de admirar.

—Sí, corazón —fue lo único que pude decirle. Quería preguntarle más cosas, pero no quería que volviera a revivir aquel día.

—Primero vamos a comer un poco, porque no quiero que te me enfermes, ¿de acuerdo? Necesito que tú estés aquí en casita guardando el reposo por los dos. Tú mejoras, te vuelves más fuerte para cuando vuelvas al trabajo. No bajes la cabeza, al contrario: siempre en alto y recordando que eres una mujer hermosa y valiente —besa mi frente y mis lágrimas comienzan a salir.

—No llores, amor. Debemos ser fuertes, ¿vale? Yo muero por ti y tú vives por mí, ¿de acuerdo? —se levanta y va directo a la cocina a servir un poco de sopa caliente.

Al terminar de comer nos acostamos y empezamos a ver los primeros capítulos de la primera temporada; las risas y las teorías de lo que posiblemente pasaría en los otros capítulos nunca faltaron. La noche llegó rápido y cenamos comida rápida de la calle.

La mañana siguiente se había vuelto una rutina: me levantaba con un beso en la frente y el desayuno en la cama. Mi esposo ya se preparaba para salir al trabajo. Ya faltaban pocos días para mi regreso a las labores; el tiempo pasaba volando y no me sentía preparada para regresar al mismo lugar, pero el encierro me estaba volviendo loca. Ya no podía ver más estas cuatro paredes, ya no quería estar más en mi casa; eso me motivaba a salir, a volver a ver a mi amigos.

La tarde pasó rápido. A las 3:00 p. m. llegó mi esposo a casa y seguimos con nuestra rutina de la tarde. Ya habíamos llegado a la temporada dos y cada vez se hacía más intrigante. Sin darme cuenta me había dormido, y abrí mis ojos a las 7:00 a. m. del día siguiente, donde mi esposo ya hacía el desayuno.

—Buenos días, mi dormilona —me saluda mientras sigue batiendo su masa para hacer panqueques.

—Lo siento, me quedé dormida a la mitad del capítulo.

—Yo también me quedé dormido. Hoy podemos verlos, amor —me sonríe mientras comienza a colocar la masa en el sartén caliente.

—Faltan cinco días para regresar al trabajo —quería volver, pero algo en mí se resistía.

—Por fin, amor. Así ya no comeré solo. Por fin estaré contigo de nuevo, amor.

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