Capítulo 42 El mar que no borra los nombres

Los primeros días junto al acantilado tuvieron el sabor salado de una tregua que ninguno de los dos se atrevía a llamar paz.

La casa de madera crujía con el viento que subía desde el mar. Por las noches el oleaje golpeaba las rocas con un ritmo constante, casi hipnótico, y por las mañanas la niebla...

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