
Confesión Oscura
Eren · En curso · 98.9k Palabras
Introducción
Capítulo 1
La lluvia no caía: se estrellaba.
Caía con la furia de alguien que quería borrar el mundo, golpeando los cristales de la iglesia de San Miguel como si intentara entrar a la fuerza. El viento aullaba entre las torres y hacía vibrar las viejas veletas de hierro. Eran las dos y diecisiete de la madrugada cuando Erika llegó.
Llevaba el vestido negro que él le había obligado a ponerse esa misma tarde. Ahora estaba empapado, adherido a su piel como una segunda capa de humillación. El tejido fino marcaba cada curva de su cuerpo delgado: la cintura estrecha, el leve arco de las caderas, el pecho que subía y bajaba con respiraciones entrecortadas. El cabello oscuro, antes peinado con esmero, le caía en mechones húmedos sobre la cara y el cuello. El labio inferior le sangraba en un hilo fino y constante. El ojo izquierdo ya empezaba a hincharse, rodeado de un moretón que prometía ponerse violeta en pocas horas. Temblaba tanto que los dientes le chocaban.
Había caminado casi cuarenta minutos bajo la tormenta. No tenía paraguas. No tenía teléfono. No tenía a nadie.
La iglesia estaba en penumbra. Solo una luz tenue se filtraba por una de las ventanas laterales de la sacristía. Erika subió los tres escalones de piedra resbaladiza y golpeó la puerta lateral con el puño cerrado. Una vez. Dos. Tres. El sonido se perdió en el estruendo de la lluvia. Golpeó de nuevo, más fuerte, hasta que los nudillos le dolieron.
La puerta se abrió.
Owen no llevaba el alzacuellos. La sotana negra le caía recta desde los hombros anchos hasta casi los tobillos, pero la tela no lograba ocultar del todo lo que había debajo. Era demasiado alto. Un metro noventa de hombre que llenaba el marco de la puerta como si hubiera nacido para ocupar espacio. El cabello oscuro, húmedo en las puntas, le caía un poco sobre la frente. La mandíbula era dura, marcada, y los ojos… los ojos eran de un gris tan oscuro que en la penumbra parecían negros. No había sorpresa en ellos. Solo una evaluación fría, inmediata, casi animal.
—¿Qué necesitas? —preguntó. La voz era grave, baja, sin la suavidad que la gente esperaba de un sacerdote a esas horas.
Erika abrió la boca. Solo salió un sonido roto, a medio camino entre un sollozo y una disculpa.
Owen bajó la mirada. Recorrió el vestido empapado, el temblor de sus manos, el moretón, la sangre en el labio. No preguntó si estaba bien. No preguntó qué había pasado. Simplemente dio un paso atrás y abrió la puerta del todo.
—Entra.
Ella dudó un segundo. Solo un segundo. Luego cruzó el umbral. El olor a incienso viejo, a cera y a madera húmeda la envolvió. Detrás de ella, Owen cerró la puerta. El cerrojo sonó con un clic metálico, definitivo. Como si hubiera sellado algo más que una entrada.
La sacristía estaba en semioscuridad. Una única lámpara de escritorio iluminaba una mesa llena de misales y un vaso con agua a medio beber. Owen no la llevó hacia el altar. La guió con una mano firme —pero no brusca— hacia un banco de madera oscura que había junto a la pared. La hizo sentarse. Ella se dejó caer, las piernas temblándole tanto que apenas sostenía el peso.
Él desapareció unos segundos y regresó con una manta gruesa de lana. La puso sobre los hombros de ella con un movimiento preciso, casi clínico. Luego se arrodilló frente a ella. Incluso arrodillado, su presencia era aplastante. La diferencia de tamaño era absurda: ella, un metro sesenta y dos, delgada, curva en los lugares justos pero frágil; él, un muro de hombre que olía a lluvia y a algo más oscuro, algo que no pertenecía a una iglesia.
—Dime quién te hizo esto.
La voz no tenía prisa. Tampoco tenía piedad.
Erika negó con la cabeza. Las lágrimas le resbalaban mezcladas con el agua de la lluvia. Intentó hablar y la voz le salió ronca, rota.
—No… no importa. Solo necesito un lugar donde no me encuentre esta noche. Por favor. Solo esta noche. Mañana me iré. No le diré a nadie que me dejó entrar. Juro que—
—Silencio.
La palabra no fue gritada. Fue dicha en un tono bajo, absoluto, que cortó el aire. Erika cerró la boca al instante. El silencio que siguió fue más pesado que la lluvia afuera.
Owen la miró. Realmente la miró. Sus ojos recorrieron el moretón, el labio partido, el temblor de sus manos bajo la manta. Luego subió hasta su cara. Había algo en esa mirada que no era solo compasión. Era reconocimiento. Como si hubiera visto ese tipo de rotura antes. Como si la conociera desde dentro.
—Vas a quedarte —dijo finalmente—. Nadie te va a tocar mientras estés bajo este techo.
Hizo una pausa. La mandíbula se le tensó.
—Pero vas a decirme el nombre. No ahora. Más tarde. Cuando dejes de temblar.
Ella no respondió. Solo se encogió un poco más bajo la manta, como si pudiera desaparecer dentro de ella. Owen se levantó. El movimiento fue fluido, poderoso. La sotana se movió con él y, por un segundo, la tela se pegó a su torso y reveló la línea dura de los músculos del pecho y el abdomen. Erika apartó la mirada, avergonzada de haberlo notado incluso en ese estado.
Él se alejó unos pasos, abrió un armario y sacó una camiseta negra grande y un pantalón de chándal. Los dejó sobre el banco a su lado.
—Cámbiate. Estás empapada. Vas a enfermarte.
Erika miró la ropa. Luego lo miró a él.
—No… no puedo. No tengo… no traje nada.
—No te pedí que trajeras nada —respondió él, seco—. Te dije que te cambiaras. La puerta de la sacristía se cierra con llave desde dentro. Nadie va a entrar. Yo estaré fuera.
Se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta detrás de sí. El clic del pestillo volvió a sonar. Erika se quedó sola.
Durante un largo minuto no se movió. Luego, con dedos torpes y temblorosos, se quitó el vestido empapado. La tela cayó al suelo con un sonido húmedo. Se quedó en ropa interior —un conjunto negro sencillo que él le había obligado a ponerse— y se miró las marcas. Había moretones en los brazos. Uno más grande en la cadera. La costilla izquierda le dolía cada vez que respiraba hondo. Se puso la camiseta de Owen. Le quedaba enorme. Le llegaba casi a mitad de muslo. El pantalón tuvo que ajustárselo dos veces. Olía a él, a jabón neutro, a madera y a algo metálico, casi a hierro.
Cuando terminó, golpeó suavemente la puerta. Owen abrió de inmediato, como si hubiera estado esperando exactamente ese sonido. Entró. La miró de arriba abajo. La camiseta negra le tragaba el cuerpo, pero no lograba ocultar del todo las curvas debajo. Tampoco ocultaba el temblor.
—Siéntate —ordenó otra vez.
Ella obedeció. Él se sentó en el banco de enfrente, dejando un espacio deliberado entre ambos. Cruzó los brazos. Las mangas de la sotana subieron un poco y, por primera vez, Erika vio la piel de sus antebrazos: cicatrices pálidas y largas, y tinta negra que se perdía bajo la tela. Tatuajes. No de cruces ni de santos. Algo más oscuro. Algo que no pertenecía a un sacerdote.
Owen no intentó esconderlos.
—¿Cómo te llamas?
—Erika.
—Solo Erika.
—Erika… no importa el apellido.
Él asintió una sola vez, como si hubiera aceptado esa respuesta por ahora.
—¿Tienes a alguien a quien llamar? Familia. Amigos. Alguien que no sea él.
Ella negó con la cabeza. La vergüenza le quemó la garganta.
—No. Él… se encargó de eso. De que no tuviera a nadie.
Owen no dijo “lo siento”. No ofreció palabras vacías. Solo la miró con esa intensidad quieta que hacía que el aire se volviera más denso.
—Entonces te quedas aquí. Hay una habitación en la casa parroquial. Pequeña, limpia y solo tiene una llave, nadie más tiene copia. —Hizo una pausa. —Mañana hablamos de lo demás. De qué vas a hacer. De si quieres ir a la policía. De si quieres desaparecer. Pero esta noche… esta noche solo duerme y no te preocupes nadie te tocará.
Erika lo miró. Por primera vez desde que entró, realmente lo miró. El tamaño de él. La forma en que la sotana no lograba suavizar la dureza de su cuerpo. La cicatriz fina que le cruzaba una ceja. Los tatuajes que asomaban. La calma peligrosa de su voz.
—¿Por qué me está ayudando? —susurró—. Usted no me conoce.
Owen inclinó un poco la cabeza. Una sonrisa mínima, casi invisible, curvó una esquina de su boca. No era una sonrisa amable.
—Porque sé lo que es llegar a una puerta a las dos de la mañana con la cara rota y sin saber y sin poder ir a ningún otro lugar. —La miró fijamente. —Y porque no soy el tipo de hombre que deja a alguien como tú sola en la lluvia.
Ella no entendió del todo lo que había detrás de esas palabras. Solo sintió el peso de ellas. Como una promesa. Como una amenaza. Como ambas cosas a la vez.
Owen se levantó.
—Ven. Te llevo a la habitación.
Erika se puso de pie. Las piernas todavía le temblaban. Él no le ofreció el brazo. Simplemente caminó delante de ella, abriendo puertas, encendiendo luces tenues, guiándola por un pasillo estrecho hasta una habitación pequeña al final de la casa parroquial. Una cama individual. Una silla. Una ventana con rejas. Una puerta con llave.
Él le entregó la llave en la palma de la mano. Sus dedos rozaron los de ella. La diferencia de tamaño era ridícula: su mano casi podía envolver la de ella por completo.
—Cierra con llave cuando entre. Yo estaré en la sacristía el resto de la noche. Si necesitas algo… cualquier cosa… golpeas la pared. Te oiré.
Erika asintió. Entró. Él se quedó en el umbral un segundo más, mirándola con esa expresión que no lograba descifrar: parte protección, parte posesión, parte algo mucho más oscuro que aún no tenía nombre.
—Buenas noches, Erika.
—Buenas noches… Padre.
Owen no corrigió el título. Solo cerró la puerta con suavidad. Ella escuchó sus pasos alejarse. Luego el silencio.
Se sentó en el borde de la cama, todavía envuelta en la camiseta que olía a él. El temblor no se iba. Pero por primera vez en meses, no era solo miedo lo que sentía.
Había algo más.
Algo que se parecía peligrosamente a alivio.
Y debajo de ese alivio, una corriente fría, inquietante, que le decía que la puerta que acababa de cruzar no se abriría hacia atrás con la misma facilidad.
Afuera, la lluvia seguía cayendo.
Y en la sacristía, Owen se quitó la sotana.
Debajo, el cuerpo era exactamente lo que la tela había intentado ocultar: músculos definidos, cicatrices largas y pálidas que cruzaban el pecho y el costado, tatuajes negros que subían por los brazos y se perdían en los hombros. Marcas de otra vida. Marcas de la prisión. Marcas de lo que había sido antes de aprender a rezar con la misma boca con la que antes había amenazado.
Se sentó en la silla frente a la ventana, mirando hacia el pasillo que llevaba a la habitación de ella.
No iba a dormir.
No esta noche.
Tenía a una mujer rota bajo su techo.
Y por primera vez en mucho tiempo, algo dentro de él, algo que creía haber enterrado bajo la sotana y las oraciones, se había despertado.
No era caridad.
No era compasión.
Era la misma necesidad oscura que lo había llevado a la cárcel años atrás.
La necesidad de poseer.
De proteger a cualquier precio.
De no dejar ir.
Owen sonrió en la penumbra, solo, con los dientes apenas visibles.
Erika creía que había encontrado un refugio.
Todavía no sabía que había encontrado algo mucho más peligroso.
Había encontrado a un hombre que ya había decidido que era suya.
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Está a su lado.
Reclamada por El Multimillonario
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