Capítulo 6 Entre dos mundos.
El viaje comenzó como todo lo demás: perfectamente medido, cuidadosamente controlado.
En el aeropuerto, las cámaras los encontraron antes incluso de que cruzaran la primera puerta. Manos entrelazadas, sonrisas precisas, miradas bien calculadas. Todo en ellos respondía a lo esperado… y, sin embargo, algo ya no encajaba del todo.
El lugar estaba lleno. Voces superpuestas, maletas rodando, anuncios que se perdían en el murmullo constante. Pero, aun así, destacaban. No por lo que hacían, sino por la forma en que lo hacían.
Alessia caminaba a su lado con una serenidad que no coincidía con lo que llevaba dentro. El vestido en tono café profundo se ajustaba con elegancia a su figura, acompañando cada paso con una suavidad casi imperceptible. Las botas, firmes hasta las rodillas, le daban una seguridad que por dentro no terminaba de sostener. Su cabello caía suelto, en ondas naturales, enmarcando un rostro demasiado tranquilo… casi como una máscara bien aprendida.
Adrián mantenía el mismo equilibrio. Casual, pero preciso. Cada prenda parecía elegida para coincidir sin esfuerzo con ella. No había nada forzado en su apariencia, y aun así… todo encajaba demasiado bien.
Había algo en la forma en que todo encajaba que no parecía casual, como si alguien ya hubiera decidido por ellos y los hubiera colocado en el mismo cuadro sin darles opción.
Detrás, casi fuera de foco, Gabriel y el equipo de seguridad mantenían su distancia con una discreción calculada, hasta que una pausa antes de abordar —un control rápido, un respiro inesperado— interrumpió ese ritmo perfectamente construido.
Alessia soltó la mano de Adrián solo lo necesario, y en ese pequeño espacio de libertad, su mirada se desvió por primera vez hacia lo que había alrededor.
Dejó que la mirada se perdiera se perdiera un instante entre la gente común, entre historias reales que no necesitaban fingirse… y fue entonces cuando los vio.
Una pareja, a pocos metros, inclinándose el uno hacia el otro con una naturalidad que no necesitaba explicación. Sonreían sin esfuerzo, hablaban en voz baja, compartían un espacio que no estaba pensado… simplemente existía.
Algo en ella se quebró apenas al verlo, y el recuerdo de Marcos llegó sin aviso ni suavidad, no como nostalgia sino como una herida mal cerrada, hecha de palabras que nunca terminaron de decirse y de una distancia que alguien más decidió por ellos; su pecho se tensó, y antes de que pudiera detenerse, su cuerpo ya había reaccionado, acercándose a Adrián en un par de pasos casi inconscientes.
Hasta quedar demasiado cerca de él, ocultándose casi sin darse cuenta contra él, como si buscara un lugar donde sostenerse.
No fue una decisión. Fue instinto.
Adrián lo sintió antes de poder pensarlo. Un leve estremecimiento recorrió su cuerpo, sorprendido por el gesto… y aún así no se apartó. Su mano ascendió por la espalda de Alessia con calma, lenta y firme, sin dejar rastro de brusquedad. No para mostrarse. No para las cámaras. Solo para ella.
—Tranquila —susurró cerca de su oído—. Ya vamos a subir.
La voz, más baja que de costumbre, más cercana, parecía derribar cualquier distancia entre ellos. Alessia sintió cómo algo se aflojaba en su pecho, un hilo de calma que nadie más podría ofrecerle. Y por un instante breve y eterno, todo lo demás desapareció.
Alessia cerró los ojos un instante, apenas lo suficiente para recuperar el control.
Y fue entonces cuando lo entendió. Ese gesto no se sintió como parte del contrato. Y eso… era precisamente el problema.
La ciudad los recibió con luces elegantes y un aire distinto, más íntimo… más peligroso. El hotel, impecable en cada detalle, mostraba todo lo que Alessia conocía desde fuera: espacios perfectos, silencios calculados, una estética pensada para impresionar. Pero esta vez no estaba allí como parte del equipo. No estaba detrás.
Ahora era huésped. Ahora era “la pareja de Adrián”. Y ese cambio alteraba todo: cada mirada, cada gesto, cada silencio se sentía distinto, como si la ciudad misma conspirara para desdibujar los límites que hasta entonces ella había sabido controlar.
Los días siguientes transcurrieron entre compromisos, reuniones y sesiones, donde Alessia volvió a ocupar su lugar habitual… aunque ya nada era exactamente igual. Observaba, aprendía, se adaptaba, pero ya no desde la distancia segura de quien solo trabaja ahí.
Ahora formaba parte del escenario, y eso se notaba en cada detalle: en las miradas, en las dinámicas, en las modelos que se acercaban con demasiada familiaridad, en la facilidad con la que Adrián respondía, en las manos que lo tocaban como si siempre hubiera sido así. Al principio, la incomodidad fue apenas un murmullo, difusa, casi imperceptible. Pero no desapareció. Se quedó, constante, persistente, recordándole que todo había cambiado y que, en ese mundo, ella también tenía un papel que aprender a interpretar.
Una sensación que Alessia intentó ignorar, aferrándose a lo único que tenía claro: él pertenecía a ese mundo. Siempre lo había hecho.
Ella no. Su camino había sido otro, construido con esfuerzo, desde abajo, desde lo invisible. Nunca planeó formar parte de algo así, y mucho menos de algo que involucrara emociones.
Y, aun así, cada vez que veía ese contacto, esa cercanía de Adrián con otras mujeres, algo dentro de ella se tensaba. No era rabia, no del todo; era una punzada pequeña, persistente, imposible de ignorar. Bajaba la mirada. Respiraba. Intentaba recomponerse, aunque sabía que algo había cambiado, aunque solo fuera un hilo delicado, dentro de sí misma.
Y se repetía lo mismo, como un mantra que apenas lograba sostenerla: Es trabajo. Es parte del contrato. Una y otra vez, las palabras resonaban en su mente, pero poco a poco empezaron a perder sentido. Se preguntó, con una claridad que le dolía, si de verdad creía en eso o si solo se estaba engañando a sí misma.
