Capítulo 8 Donde deja de ser estrategia.
—No quiere alargar la sesión. Está apresurando todo. Y —hizo una pausa— no le agradó que hablaras con Alessia a solas.
—Interesante —murmuró Ricardo—. Dime algo ¿se parece a cuando terminó con Aurora?
Nicolás soltó una leve exhalación.
—Sí. Esa misma tensión. Esa necesidad de control que no admite.
Ricardo no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz llevaba una decisión tomada.
—Bien. En cuanto termine la sesión, envíalo directo a vestidores. Tiene que asistir a la fiesta de Leandro Valdés, el futbolista. Y escúchame bien —su tono bajó— Alessia ya estará ahí esperándolo.
Nicolás sonrió apenas, como si ya hubiera anticipado esa reacción.
—Entendido.
No hizo falta decir más.
La sesión se cerró antes de lo previsto, sin los tiempos muertos habituales, sin bromas con el equipo ni esa facilidad con la que Adrián solía moverse entre cámaras. Todo ocurrió con una precisión inusual, casi mecánica.
—¿Cortamos aquí? —preguntó el fotógrafo, ajustando la cámara.
—Sí —respondió Adrián sin dudar—. Es suficiente.
Hubo un breve intercambio de miradas, una pausa que normalmente habría dado pie a comentarios o ajustes, pero no esta vez.
Adrián ya se estaba quitando el micrófono.
—Te paso el material en la noche —añadió alguien del equipo.
—Perfecto.
Su tono fue correcto. Profesional. Distante.
Y antes de que alguien pudiera alargar el momento, ya se estaba alejando, dejando atrás luces encendidas, indicaciones a medio cerrar y la sensación clara de que, esta vez, no era el trabajo lo que lo tenía apurado.
En cuanto el último disparo fue aprobado, el equipo de producción se movió con rapidez. Dos asistentes se acercaron de inmediato.
—Adrián, por aquí —indicó uno de ellos.
Sin discutir, sin preguntar, él los siguió.
El camerino lo recibió con luces blancas y un traje ya dispuesto sobre el perchero: elegante, moderno, perfectamente alineado con la imagen que querían proyectar esa noche.
Pantalón oscuro en un tono café profundo, camisa negra ajustada y una chaqueta estructurada en marrón sobrio que marcaba sus hombros con precisión. Las botas de cuero pulido completaban el conjunto.
Todo en él era impecable. Todo calculado.
Mientras ajustaban los últimos detalles, Nicolás apareció en la puerta.
—Ricardo quiere que estés en la fiesta de Leandro Valdés —dijo con naturalidad—. Es importante.
Adrián apenas asintió, pero sus ojos buscaron algo más.
—¿Y Alessia?
Nicolás no tardó en responder.
—Ya está ahí. Te está esperando.
Eso fue suficiente.
El cambio en su expresión fue casi imperceptible, pero estaba ahí: más enfocado, más urgente más algo que ni él mismo terminaba de reconocer.
—Entonces no perdamos tiempo —respondió Adrián, tomando su chaqueta.
La fiesta ya estaba en su punto más alto cuando Alessia llegó. Y no pasó desapercibida.
Vestía en tonos café, en una armonía casi perfecta con la imagen que, sin saberlo, también llevaría Adrián. La falda plisada se movía con ligereza en cada paso, mientras el saco entallado definía su figura con una elegancia sobria. Debajo, una blusa oscura equilibraba el conjunto, y las botas largas, por encima de la rodilla, le daban una seguridad que por dentro aún no terminaba de sentir.
Su cabello castaño caía en una media coleta elegante, con volumen en la parte superior y ondas suaves descendiendo por su espalda. Dejaba el rostro despejado, natural accesible. No era un peinado exagerado. Era ella. Y eso era precisamente lo que llamaba la atención.
Los accesorios seguían la misma línea: un collar fino en tono dorado, con un pequeño dije geométrico descansando en la base de su cuello; aretes delicados que apenas se dejaban ver, captando la luz en el momento justo; y una pulsera sutil que acompañaba el movimiento de su mano sin imponerse. Nada excesivo. Nada forzado. Todo en equilibrio. Todo peligrosamente natural.
Alessia recorrió el lugar con la mirada, asimilándolo con calma: risas que se entrelazaban, copas alzándose, conversaciones cruzadas que llenaban el aire. Era un mundo que no le pertenecía y, aun así, estaba entrando en él.
Y, en medio de todo eso, una sensación persistente se instaló en su pecho. Sutil. Inquietante. Como si algo estuviera a punto de cambiar otra vez.
Adrián saludaba con soltura a cada conocido que se cruzaba en su camino: sonrisas medidas, apretones de mano firmes, frases breves. Todo en orden. Todo en control.
Pero su atención no estaba ahí. Se deslizaba entre rostros, conversaciones y luces buscándola. Una y otra vez. Hasta que, finalmente, la encontró.
Alessia conversaba con un pequeño grupo de mujeres, esposas de algunos futbolistas. Se movía con naturalidad, escuchando, sonriendo respondiendo con una calma que, desde lejos, parecía completamente auténtica.
Y eso bastó para hacerlo detenerse un segundo. Apenas un instante antes de volver a moverse.
Terminó su conversación con rapidez —más de la necesaria— y se dirigió directamente hacia ella.
Al caminar, Adrián, al notar a una mujer que venía hacia él, fue así: sin dudar ni pensarlo demasiado, cuando estuvo lo suficientemente cerca, no pidió permiso.
Simplemente la rodeó con su brazo por la cintura, acercándola a él, y entrelazó sus dedos con los de ella en un gesto natural, pero demasiado íntimo para ser solo actuación.
Se inclinó apenas, lo suficiente para que solo ella lo escuchara.
—Te extrañé.
Alessia se tensó apenas, no por el contacto, sino por el tono.
Al alzar la mirada, notó algo más: las expresiones de las mujeres alrededor. Sonrisas cómplices. Miradas que brillaban con ese tipo de curiosidad que solo aparece cuando creen estar presenciando algo real.
Y eso la obligó a reaccionar.
—Yo también —respondió sin titubear.
Aunque su mente, en realidad, estaba completamente en blanco.
