Capítulo 2 No le queda otra opción
El corazón de Sofía da un vuelco tremendo, pero reacciona a tiempo y le pone la palma de la mano con firmeza en el pecho, frenándolo en seco.
—¿Qué le pasa? Ya veo por dónde viene todo esto... es una treta barata para ligar en plena calle —sentencia, mirándolo por encima del hombro con puro orgullo—. Pero conmigo se equivoca. Yo no soy como esas mujercitas que andan por ahí regalándose a cuanto hombre se les cruza en el camino.
Lo esquiva con paso firme y le da la espalda, alejándose a toda prisa por la acera. Va hecha una furia; le molesta horrores que el hombre sea tan engreído, pero le da más rabia todavía darse cuenta de que, a pesar de todo, el pulso se le acelera de forma ridícula.
El hombre, fascinado por el carácter y la belleza de Sofía, empieza a seguirla con un paso tranquilo pero firme. Claramente no es de los que se dan por vencidos tan fácil.
—Por favor, señorita, de verdad me gustaría que olvidemos este malentendido. No quiero que se lleve una mala imagen de mí —insiste, alcanzándola hasta volver a tomarla del brazo con delicadeza.
Sofía se zafa de un jalón y se gira de golpe con los ojos echando fuego.
—¿Qué derecho tiene para tocarme? Por favor, déjeme en paz. No tengo el más mínimo interés en conocerlo —sentencia.
Se da vuelta dispuesta a perderse en la noche. Le cuesta admitirlo, pero el tipo es guapísimo; solo que ahora mismo su mente es un caos absoluto y lo último que necesita es a un desconocido arrogante siguiéndole los pasos.
Acelera el paso, casi corriendo mientras busca un taxi con la mirada. Él la sigue a un par de metros, prudente pero constante, buscando la menor oportunidad para acercarse.
Justo en ese instante de pura tensión, el teléfono de Sofía empieza a sonar en su cartera. Lo saca con rapidez y atiende sin pensarlo dos veces: “esa llamada puede ser la forma de librarse de aquel hombre” piensa.
—¿Aló? ¿Quién habla? —pregunta con la voz todavía un poco agitada, tratando de sonar autoritaria mientras apresura el paso.
—Sofía... ay, Sofía... —Al otro lado solo se escucha una respiración agitada y un sollozo desgarrador que la interferencia no logra tapar. Nadie más en el mundo llora con ese dolor.
—Mamá, ¿qué pasa? ¿Estás bien? Apenas te escucho. ¿Pasó algo en casa? —pregunta con desesperación. Un nudo frío le aprieta el estómago; el tono desvalido de su madre no es normal.
—Estamos en el hospital, tu padre… tu padre… —dice entre sollozos. La voz quebrada de la mujer desborda una angustia tan profunda que casi no puede articular las palabras.
—Mamá, cálmate. Ya voy para allá, mándame la dirección… Todo va a estar bien, así que tranquilízate. Mándame la ubicación, por favor, que voy saliendo —cuelga el teléfono de golpe, con el pulso acelerado, y empieza a buscar un taxi con la mirada. Precisamente ese día su carro se ha quedado en el taller.
—Te puedo llevar —ofrece el hombre. Se mantiene cerca y, aunque no ha escuchado la conversación, es evidente que ella está al borde de un ataque de pánico.
—¿Cómo cree que me voy a ir con usted? No lo conozco. Además, este es un asunto que a usted no le importa —expresa con voz temblorosa.
Sofía se aleja casi corriendo por la acera. Intenta desesperadamente llamar a un taxi, pero nadie contesta, y los pocos que pasan por la avenida van ocupados. La desesperación la invade: necesita llegar al hospital ya y saber qué le ha pasado a su padre.
Al ver unas luces acercarse, saca la mano con urgencia y, para su sorpresa, el vehículo se detiene frente a ella.
—¡Por fin! No es un taxi, pero me puede ayudar—exclama con un tremendo alivio.
Sin embargo, la sensación de paz se evapora en un segundo cuando la ventanilla baja y descubre que el conductor es el mismo hombre de hace unos minutos.
—¡Te puedo llevar a donde necesites ir! —insiste él, asomándose por la ventana con una sonrisa de sutil picardía—. Estoy a tu completa disposición, solo tienes que subir y decirme a dónde.
—No se preocupe, yo me arreglo sola —responde de inmediato, aunque el temblor en su voz y la mirada angustiada que lanza a la calle desierta lo dicen todo.
El hombre se toma un segundo, mirándola fijamente, y deja de sonreír. Su tono se vuelve serio y extrañamente protector:
—Mire, señorita Bustamante... sé que no confía en mí y tiene toda la razón. Pero sé reconocer una emergencia cuando la veo. Está oscuro, no hay taxis cerca y usted necesita llegar a donde sea que vaya. Súbase, no le voy a hacer nada. Luego, si quiere, me demanda.
Sofía mira la pantalla de su teléfono; sigue sin recibir respuesta de la central de taxis. Está completamente abrumada por todo lo que está pasando. No le queda otra opción que aceptar lo que el hombre le está proponiendo. La urgencia por saber de su padre termina por vencer su orgullo. Sin más opciones y con el corazón en la garganta, abre la puerta del copiloto y se sube de mala gana.
—Al Hospital Central, por favor. Busque la ruta en el mapa si no se la sabe —pide, intentando mantener su fachada autoritaria mientras se abrocha el cinturón con dedos temblorosos.
El hombre no dice nada. La mira fijamente con un brillo indescifrable que le eriza la piel. Con un simple cabeceo de confirmación, enciende el auto y arranca a toda velocidad por la avenida.
Durante el trayecto, el silencio se apodera del auto. Él nota la angustia de la mujer, por lo que prefiere no importunar, después de todo su comienzo está mal.
Sofía apoya la frente en el vidrio frío, viendo cómo las luces se borran entre la velocidad y las lágrimas. Aprieta las manos hasta blanquearse los nudillos, devorada por la culpa. «¿Y si la vida la está castigando por haber querido rendirse minutos antes?», se pregunta, con el pecho oprimido por la angustia.
El auto frena frente a la entrada de emergencias y, antes de que termine de detenerse, Sofía ya tiene la mano en la manilla.
—Gracias, señor. —dijo en un susurro apenas audible.
Baja corriendo sin mirar atrás, dejando al misterioso conductor solo en la entrada.
Al cruzar el umbral, corre por los pasillos hasta dar con la habitación. Al abrir la puerta, el aire se le congela en los pulmones: su padre, el roble imponente y máxima autoridad de su vida, yace postrado en la cama, pálido e inmóvil.
