
Cuenta de sangre
Dayana Alejandra Zamora Estrada · En curso · 66.4k Palabras
Introducción
Sometida a un compromiso sin amor y obligada a sacrificar su libertad, Sofía enfrentó la prueba más difícil de su vida al convertirse en madre en medio de la tormenta. Pero el destino no la quebró; la transformó.
Seis años después, Sofía regresa. Ya no es la joven obediente que cedió ante el chantaje y la necesidad: ahora es una estratega implacable, respaldada por su carácter de acero y la fuerza incansable que le da su hijo. Ha vuelto para saldar cuentas, desenmascarar el pasado y recuperar, todo lo que le fue arrebatado.
Capítulo 1
Es una noche fría, pesada, de esas en las que el silencio en la calle casi parece una amenaza. Ni un alma a la vista. Entre las sombras viene caminando Sofía: rubia, de piel clara, una abogada de esas a las que todos llaman «exitosa». Pero bajo la luz amarillenta de los faroles, sus ojos claros no brillan; están apagados, fijos en el asfalto mojado, como si el mundo entero le quitara las ganas de vivir. Tiene el rostro duro, rendido, con una mueca de puro desprecio hacia todo y hacia todos.
El viento le muerde hasta los huesos, atravesándole sin piedad el abrigo pesado, pero a ella no le importa. Ese frío no es nuevo: es el mismo ambiente helado en el que se crió, la matriz exacta donde le enseñaron a congelar el corazón para volverse la fiera implacable que es hoy en los tribunales. ¿Pero de qué le sirve tanta victoria? Cada triunfo le pesa como un castigo. Intenta reírse de su propia suerte, de su ruina, pero lo que le sale del pecho es un gruñido, un lamento ahogado... un grito que no logra soltar.
Y justo ahí, cuando cree que la noche no puede ponerse más oscura, un destello casi imperceptible la frena en seco. El corazón le da un vuelco violento. Sin pedir permiso, una fuerza invisible la arrastra de golpe hacia ese recuerdo… el único que se ha jurado jamás volver a tocar.
Ve la biblioteca de su padre, que jamás fue un refugio; era más bien un templo helado, lleno de expectativas aplastantes donde la calidez simplemente no tenía espacio. Se ve a sí misma aquella tarde, con solo quince años, entrando mientras sostiene entre las manos su mayor tesoro: un montón de hojas con bocetos de vestidos, ese talento que en la escuela no paran de aplaudirle.
Lleva el corazón a mil, movida por la inocente ilusión de sacarle una sonrisa a su padre, y le extiende los dibujos. Su padre, como una sombra inalcanzable, ni siquiera hace el intento de estirar la mano o mirar el arte que su hija le entrega con tanto amor. Solo se le queda viendo con una frialdad tan calculadora que duele más que cualquier grito. En ese preciso segundo, Sofía entiende que no hay nada en el mundo capaz de conmoverlo, y siente cómo algo muy dentro de ella se quiebra en un silencio desgarrador.
Sin inmutarse, con una voz helada que corta el aire de la habitación, las palabras de su padre caen sobre ella como una condena de la que jamás podrá escapar.
—Espero que te quede claro que un Bustamante no se dedica a dibujar, Sofía. Un Bustamante no vive de garabatos sin pies ni cabeza. El derecho, ser abogada, es la columna vertebral de esta familia, y a ti te toca ser la mejor de tu generación.
Esas palabras cayeron sobre ella como una condena a muerte, convirtiendo cada uno de sus sueños en simple basura a los ojos de su padre. Con una resignación que le desgarraba el alma, escondió las manos tras la espalda y arrugó las hojas hasta hacerlas una bola deforme, aplastando de un golpe la esencia de quien solía ser. Fue ahí donde nació esa sonrisa sumisa y vacía que terminaría amarrada a ella hasta la adultez.
De vuelta al presente, la biblioteca se borró de golpe, pero el dolor seguía ahí, intacto, ardiéndole en las lágrimas frías que le corrían por la cara. Acorralada por un cansancio viejo que no la dejaba respirar, se frenó en el borde de la calle. Ante sus ojos nublados, el rugido de los motores y el encandilamiento de los faros se convirtieron en una tentación callada pero poderosa para apagar, de una vez por todas, el infierno de su cabeza.
De repente, el ruido del mundo se extinguió. Su mente se quedó en blanco total, un vacío anestésico que devoró el miedo y la rabia. Su cara perdió cualquier gesto, quitándose encima la máscara de la abogada brillante, la sumisión a la familia y cualquier rastro de humanidad. Se quedó ahí, tiesa, hecha una sombra más de la madrugada; está parada justo en la frontera entre la acera y la avenida. Sin medir nada, levantó el pie para dar el paso fatal. «Va a ser rápido, ni lo voy a sentir», fue el último que pensó.
Pero justo en ese instante, antes de que el asfalto se la trague, siente unos dedos apretar la muñeca con una fuerza brutal, jalandola hacia atrás.
Sofía abre los ojos de golpe, totalmente desorientada, y se ve de frente con un desconocido que no la suelta. Es un tipo imponente, ridículamente atractivo, de facciones talladas, piel clara y una mirada tan oscura y profunda que la deja sin aliento, completamente hipnotizada por unos segundos.
El tiempo parece congelarse entre los dos, hasta que la vibración de su voz la trae de vuelta a la realidad.
—Disculpe, señorita, ¿está bien? ¿Pero qué demonios pensaba hacer? —pregunta él. Tiene un tono bajo, grave, que viene acompañado de un suspiro de puro alivio.
Sofía no puede pronunciar palabra. Se encuentra muy cerca, envuelta en su calor y a la distancia perfecta para observar cada detalle de la cara.
—Señorita... ¿me escucha? —insiste, moviéndola con delicadeza para hacerla reaccionar.
—Eh... sí, sí. Estoy bien, gracias —balbucea ella, sacudiendo la cabeza.
Es en este instante cuando cae en cuenta de lo pegados que están. El pánico la sacude por completo y se aparta de él con un empujón brusco.
—¡Suélteme! ¿Con qué derecho me toca? —reclama Sofía, con la respiración cortada y los ojos echando chispas de pura rabia.
—¡Uy, perdón! De verdad, disculpe —se apresura a decir él, dando un paso atrás con las manos arriba—. No quise asustarla, es que... se iba directo a la avenida. Los autos pasan volando por acá y usted ni miró, parecía ida, en otro planeta... Me pegué un susto bárbaro.
—¡Usted no sabe nada! —lo corta ella con la voz hecha un hilo, incapaz de admitir la locura que iba a cometer— ¿Cómo se le ocurre que me voy a tirar a los autos? ¿Está loco o qué? ¿Acaso no sabe quién soy yo? —espeta con rabia—. Soy Sofía Bustamante, la gerente general de Vanguardia Bustamante y Asociados. ¿De verdad piensa que yo haría una estupidez así?
Se hace un silencio pesado. Sigue, pero esta vez con un tono de voz que se le va bajando, lento, casi arrastrado:
—Mi vida es perfecta…
Lo dice para convencerlo, pero más que nada para convencerse a sí misma de que no se está echa pedazos.
—Bueno, perdone, señorita. Fue mi error —responde el hombre, mirándola con una sonrisita de lado —. ¿Sabe qué? Olvidemos el malentendido y arranquemos de cero, ¿le va? Me llamo…
Mientras suelta la frase, da un paso hacia ella, acortando el espacio de una forma tan íntima, que por un segundo a Sofía se le corta el aire pensando que va a besarla.
Últimos capítulos
#58 Capítulo 58 El colapso del tablero
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Última actualización: 10/11/2026#56 Capítulo 56 Alianzas en la penumbra
Última actualización: 10/11/2026#55 Capítulo 55 El precio del silencio
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Última actualización: 10/7/2026#51 Capítulo 51 Plan B
Última actualización: 10/6/2026#50 Capítulo 50 Todo se descubre
Última actualización: 10/5/2026#49 Capítulo 49 Se quitó la máscara
Última actualización: 10/3/2026
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