Capítulo 3 Un rostro cansado

Sofía se aproxima con pasos temblorosos, se inclina sobre él y lo envuelve en un abrazo desesperado. Le deja un beso en la mejilla mientras le susurra al oído:

—Estarás bien, papá... esto es pasajero. Tú eres fuerte y vas a salir de esta.

Espera en vano un parpadeo o una leve reacción. Tras besarle la frente, se gira despacio hacia su madre:

—¿Qué pasó, mamá? —articula con la voz quebrada—. Él se veía perfectamente bien al salir de la oficina…

Las lágrimas corren sin freno por sus mejillas. Al recordar la avenida oscura y las luces de los autos a máxima velocidad que casi acaban con ella, una oleada de culpa la invade.

Inés levanta la mirada con los ojos enrojecidos:

—Los médicos todavía no nos dicen nada claro —responde con voz temblorosa—. Llegó a la casa, pidió un té y una pastilla por un fuerte dolor en la cabeza. Fue cuestión de segundos... Dio dos pasos y se desplomó al suelo como un muñeco de trapo.

A Inés se le corta el habla y el cuerpo entero le tiembla. Incapaz de contener el dolor, rompe a llorar, dejando que las lágrimas le surquen las arrugas de su rostro cansado.

Con un hilo de voz, apenas audible entre los sollozos, alcanza a decir:

—Le están haciendo unos exámenes de urgencia para saber qué tiene... Solo nos queda esperar, hija. Solo nos queda esperar.

Las horas pasan lento, en un silencio cargado de angustia. Ninguna se atreve a hablar; el eco lejano del monitor cardíaco desde la habitación de Jorge les machaca los nervios mientras se aferran a la esperanza de un simple desmayo por cansancio.

De pronto, el crujido de la puerta rompe la calma. Un médico de semblante sombrío avanza hacia ellas con el historial en la mano. Su mirada presagia lo peor.

—Buenas noches. ¿Son los familiares del paciente Jorge Bustamante? —pregunta con pesar.

Inés y Sofía asienten de forma mecánica y se ponen en pie de un salto, acortando la distancia como si sus palabras fueran lo único capaz de sostenerlas.

El médico suspira levemente, ajustándose las gafas con pesadez:

—El estado del señor Jorge es sumamente crítico —sentencia, midiendo cada palabra—. Los estudios revelan la causa del colapso: un tumor cerebral agresivo y de gran tamaño que presiona zonas vitales.

Un gemido ahogado escapa de los labios de Inés, pero el doctor continúa:

—Debemos intervenir quirúrgicamente para extirpar la masa lo antes posible; cada hora cuenta. Si no operamos de inmediato, los daños neurológicos serán irreversibles. Su vida pende de un hilo y cualquier complicación podría ser fatal.

El diagnóstico cae sobre ellas como una losa de concreto. Inés suelta un quejido roto mientras busca a ciegas el cuerpo de su hija. Sofía la rodea con los brazos, uniendo sus cuerpos para protegerse del golpe.

—¡¿Un tumor?! —repiten al unísono entre sollozos—. ¿Cómo es posible? ¡Si él estaba bien!

El pánico las nubla por completo. Sin embargo, en medio del torbellino, Sofía siente una fría descarga de adrenalina. Mira a su madre: Inés tiembla sin control, al borde de una crisis de ansiedad.

«Alguien tiene que hacerse cargo», piensa Sofía, tragándose el nudo de lágrimas. «Mamá no va a poder con esto».

Respirando profundo ese aire impregnado de desinfectante, guía con ternura a su madre de vuelta al mueble y le sostiene el rostro entre las manos:

—Quédate aquí, mamá. Voy a resolver esto —le susurra con firmeza, besando su frente empapada en sudor frío.

Girándose hacia el cirujano, la fragilidad de Sofía se evapora para dar paso a la mujer decidida acostumbrada a lidiar con crisis. Toma al médico del antebrazo y lo dirige sutilmente hacia el pasillo exterior.

—Acompáñeme afuera, doctor —pide en voz baja, asegurándose de cerrar la puerta—. Necesito que me explique todo sin rodeos: opciones, costos y el procedimiento. Mi madre no puede absorber más impactos. A partir de este momento, todo lo tratará directamente conmigo.

El neurocirujano le muestra los estudios en el cubículo y detalla el desastre: un tumor de alto riesgo, vasos comprometidos y la urgencia de intervenir para salvar a Jorge. Sin parpadear ante las cifras exorbitantes, Sofía saca sus tarjetas y firma cada pagaré. No le importa el dinero ni el bufete; solo le importa su padre.

Al volver a la sala, abraza a Inés, quien tiembla en el mueble.

—Ya hice los pagos, mamá. Lo van a operar. Confía en mí —le susurra, sintiendo una efímera paz.

La noche transcurre entre café frío y monitores.

Al amanecer, las enfermeras preparan a Jorge y el camillero aguarda. Todo está listo para ingresar a quirófano. De pronto, la puerta se abre de golpe. Entra el neurocirujano, pero su rostro inexpresivo le contrae el estómago a Sofía.

—Señorita Bustamante, hablemos afuera, por favor —pide.

En el pasillo, la postura del médico muta a la de un frío burócrata:

—Tenemos un contratiempo. Los pagos de anoche no se hicieron efectivos. Las cuentas de su firma jurídica están bajo una orden de retención preventiva.

Sofía palidece. Un pinchazo helado le recorre la nuca.

—¡Es imposible! Yo misma deslicé las tarjetas. Mi padre se está muriendo, ¡ingrésenlo ya! Mañana resuelvo el problema con el banco.

—La política de la clínica es inflexible en cirugías complejas —sentencia el doctor con frialdad—. Sin la garantía del pago procesado, no se autoriza el ingreso a quirófano. Tengo las manos atadas, lo siento  mucho señorita.

Sofia se derrumba sin saber que hacer.


El hombre observa a Sofía alejarse a paso rápido hasta que su silueta desaparece al fondo del pasillo. En cuanto se queda solo, saca el teléfono del bolsillo y contempla la fotografía del fondo de pantalla.

«Te he vuelto a encontrar. Después de tantos años, por fin he vuelto a verte», piensa el hombre, mientras una sonrisa cargada de una extraña mezcla de alegría y nostalgia se dibuja en sus labios.

Sin dudarlo un segundo, llama a su asistente, quien responde de inmediato al otro lado de la línea.

—Señor Bellini, dígame.

—Necesito un trabajo minucioso. Ahora mismo —ordena Bellini, borrando la sonrisa y recuperando su habitual tono tajante.

—Entendido, señor. ¿De quién se trata?

—Sofía Bustamante —responde Bellini—. Quiero un informe completo sobre su situación actual. Averigua quién está exactamente en el hospital y qué tipo de enfermedad padece. Además, investiga si tiene algún problema, sea personal o económico, y si está casada. Lo quiero todo... y con absoluta discreción.

—¿Analizo solo el estado financiero actual o busco antecedentes? —pregunta el asistente.

—Quiero todo ¿comprende? todo —sentencia Bellini, apretando el teléfono con firmeza—. Todo lo que ha vivido en los últimos años: empleos, parejas, movimientos bancarios y cualquier punto vulnerable. No dejes un solo cabo suelto.

—Me pongo a trabajar en ello de inmediato. Le tendré los primeros datos en un par de horas.

—Que sean una hora —lo interrumpe Bellini antes de colgar—. Si tiene problemas, quiero ser yo quien tenga la solución en la mano.

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