Capítulo 4 Todo se derrumba
Sofía va y viene por el pasillo. Cada una de sus pisadas retumba en el silencio, reflejando su desesperación, pero el ruido no logra calmar la presión en su pecho. Con las manos temblorosas, sujeta el teléfono con fuerza contra su oreja. «Tengo que averiguar qué demonios está pasando», piensa, sintiendo que el aire le falta. «¿Cómo es posible que no tengamos liquidez? Papá tiene que operarse cuanto antes. Si no se hace esa cirugía ya, se nos muere».
Marca torpemente el número de atención a clientes del primer banco. Necesita respuestas. No entiende por qué rebotaron los últimos pagos si las cuentas de la empresa siempre tienen fondos de sobra.
—Buenas tardes, habla con el Banco Central. ¿En qué le puedo colaborar? —se escucha una voz pausada al otro lado de la línea.
—Buenas tardes. Mire, necesito que me explique inmediatamente qué pasa con la cuenta corporativa Vanguardia Bustamante y Asociados. Intento hacer una transferencia urgente para una clínica y la plataforma me rebota el pago.
—Permítame un segundo en línea para verificar sus datos, señorita...
Sofía muerde su uña del dedo pulgar.
—Gracias por esperar —retoma la operadora—. Verificó en el sistema que las transacciones fueron rechazadas porque la cuenta presenta un bloqueo preventivo.
—¿Bloqueo preventivo? ¿De qué me está hablando? —exclama Sofía, alzando la voz sin poder contenerse—. ¡Nosotros manejamos sumas enormes en esa cuenta! ¿Qué es lo que está pasando?
—Lo lamento mucho, señorita, pero por políticas de seguridad no puedo darle más detalles por este medio. Las cuentas están congeladas por una irregularidad reportada desde la sede principal. Lo ideal es que se acerque a una de nuestras oficinas con la documentación de la empresa para que le den la información completa.
—¡Es que usted no entiende! —mantiene el teléfono pegado a la oreja mientras se pasa la mano por la cara—. ¡No tengo tiempo de ir a una oficina! ¡Es una emergencia médica, necesito resolver esto ya!
—De verdad lo siento, pero desde el centro de atención telefónica no puedo hacer nada más.
—¡Pero esto es absurdo! —protesta Sofía, pero al notar el tono robótico de la gerente, comprende que no sacará nada útil de ahí—. Mire, olvídelo. Gracias por nada.
Corta la llamada bruscamente. Respira hondo,intenta tranquilizarse.
En eso realiza otra llamada. El tono repica tres veces en el vacío, destrozándole los nervios. Justo cuando está por colgar, la llamada se conecta con un clic seco.
—¡Aló, padrino! —exclama Sofía sin darle tiempo a responder—. Mi papá está muy mal en el hospital central y necesitan operarlo de urgencia por un tumor cerebral. Anoche procesé los pagos, pero el banco los rechazó todos esta mañana; dicen que las cuentas están bloqueadas. Padrino, por favor, ¿qué demonios está pasando? ¿Qué es este desastre?
Un silencio denso y pesado se apaga al otro lado de la línea, erizandole la piel a Sofía. No se escuchan los ruidos habituales del bufete, solo una respiración cansada. Cuando Alejandro habla, su tono no es de angustia por la salud de su amigo, sino de una fría y distante cautela.
—Sofía... necesito hablar contigo de inmediato —dice con voz apagada—. Pero esto es sumamente grave y delicado. No es algo que se pueda discutir por teléfono.
—¡Pero mi papá se muere si no lo operan hoy! —exclama desesperada, apretando el teléfono contra la oreja—. ¡Necesito que liberen los fondos ya!
—Voy en camino —la interrumpe con firmeza cortante—. Te veo en la cafetería del hospital en media hora. No le digas nada a tu madre todavía. Espérame allí.
El clic de la llamada la deja helada. Mira la pantalla negra del celular mientras un oscuro presentimiento la envuelve: esto ya no parece un simple problema bancario, sino una emboscada.
Alejandro llega en menos de media hora. Su habitual semblante impecable luce desencajado. Tras darle a Inés un abrazo rápido le hace una seña discreta a su ahijada. Ambos caminan hacia un rincón apartado al final del pasillo.
—Sofía, hija… lo que te voy a decir no es fácil, pero tienes que ser fuerte. Tu padre hizo un pésimo negocio a nuestras espaldas y llevó a la empresa a la ruina absoluta.
El suelo parece tambalearse bajo los pies de Sofía.
—Todos estamos en quiebra —continúa él, midiendo el impacto en los ojos de la joven—. Las cuentas están congeladas por una auditoría fiscal de emergencia debido a los desvíos de capital que él autorizó. Es algo irreversible, Sofía. A menos que ocurra un milagro, la firma deja de existir esta misma semana.
—¿De qué estás hablando, padrino? ¡Eso es imposible! —replica ella, sintiendo que el pánico le oprime la garganta—. Yo misma llevo la contabilidad. Revisé los libros hace tres días y los balances estaban perfectos, las auditorías cuadraban... Además, mi papá jamás daría un paso así sin consultarme. ¡Él no me dijo nada!
—Porque te lo ocultó, Sofía —la interrumpe Alejandro, dando un paso hacia ella con mirada frustrada—. Usó cuentas puente y sociedades fantasma para financiar un proyecto de alto riesgo en el extranjero. Fue una estafa. Yo me enteré anoche, cuando saltaron las alarmas del banco y ya no se podía hacer nada. Si lo hubiera sabido antes, te aviso y evitamos este caos. Ahora... no sé qué demonios vamos a hacer. La firma lo era todo para nosotros.
Alejandro le pone una mano pesada en el hombro. El gesto pretende ser paternal, pero solo le transmite a Sofía una fría corriente de desamparo.
—Es una catástrofe, Sofía. Al igual que este maldito tumor que lo ataca de golpe. El destino se ensaña con nosotros.
—¡Algo tenemos que hacer! —exclama Sofía en un grito ahogado—. ¡Mi padre no se va a morir en una camilla por falta de fondos y tampoco voy a permitir que se pierda la empresa! Él ha sangrado cada día por esa firma, ¡no voy a ver cómo se desmorona todo en una mañana! Algo nos tenemos que inventar…
Alejandro aparta los ojos de ella y los clava en la lejanía de la ciudad. Se pasa los dedos por la barbilla, meditando cada palabra, antes de soltar un suspiro cargado de frío cinismo legal:
—La única salida realista para salvar la vida de Jorge y rescatar algo de capital es encontrar a un inversionista, o vender una participación mayoritaria de la firma a ciegas para inyectar liquidez y pagar la cirugía hoy mismo. Pero seamos honestos, Sofía... en esta quiebra técnica, ambas opciones son un suicidio. Nadie cuerdo va a poner un centavo aquí.
Se inclina hacia ella y baja la voz a un susurro conspirativo:
—El que decida invertir no debe, bajo ninguna circunstancia, conocer el verdadero desfalco en el que estamos. Tenemos que venderles un barco impecable, aunque sepamos que se está hundiendo. Es la única forma de conseguir el dinero para operar a tu padre.
Las lágrimas, contenidas por el orgullo y la rabia, terminan por desbordarse y surcar sus mejillas. El panorama es infinitamente más oscuro de lo que imaginaba: su padre al borde de la muerte, la empresa familiar en la ruina y su propio padrino proponiéndole una estafa financiera para salvar a Jorge.
