Capítulo 6 Buscando un respiro
Durante los días siguientes, Sofía se dedica a visitar a cada empresa de la ciudad, pero todo esfuerzo resulta inútil. La noticia sobre la quiebra de Vanguardia Bustamante y Asociados ya corre como pólvora en los medios; nadie quiere arriesgar un solo centavo en su proyecto, por brillante o lucrativo que parezca. La puerta se le cierra en la cara una y otra vez.
Con el agua al cuello y la esperanza hecha pedazos, decide jugarse su última carta. Se encamina hacia Synergy-Innove, la corporación más influyente y temida del sector, dirigida por Leonardo Bellini, un hombre de carácter despiadado y poder absoluto.
Se detiene frente al imponente rascacielos. Siente que el pulso se le acelera y la respiración le quema en la garganta.
—Aquí estoy, Synergy-Innove… Solo espero que el CEO me reciba. Todos dicen que es un amargado y encontrarse con él es imposible, pero debo intentarlo—se murmura a sí misma, contemplando la frialdad de la fachada.
Al dar el primer paso hacia la entrada, cegada por la angustia, tropieza de frente con un hombre de aspecto corriente.
—¿Es que acaso no mira por dónde camina? ¡Casi me arruina estos documentos! —estalla ella con la voz al borde del colapso, mientras intenta ordenar las hojas que se le soltaron, tiene las manos temblorosas por los nervios y la agitación.
Al alzar la vista y reconocer al hombre, la frustración contenida se le desborda en furia:
—¿Otra vez usted? ¿Me está persiguiendo o qué?
—¿Perdón? Yo no diría que la sigo, considerando que trabajo aquí —replica él, señalando el imponente edificio con una sonrisa sutil—. La verdadera pregunta es: ¿usted me está buscando a mí?
—¿Trabajas aquí? De limpieza, me imagino —se burla ella con amargura, acorralada por el estrés—. Con esa facha dudo que ocupes un puesto de importancia.Y no se confunda: no lo estoy buscando. No quiero tener ni el menor contacto con usted.
Lo remata con una mirada despectiva y le da la espalda, avanzando a tropezones hacia la entrada.
Pero al rozar la fría manilla de la puerta de vidrio, se congela de golpe. El pecho le sube y le baja a un ritmo descontrolado.
«¿Qué demonios me pasa?», se recrimina en silencio, sintiendo que un nudo en la garganta la asfixia, aprieta las manos. «Yo no soy así. Por más que se me esté cayendo el mundo a pedazos, no tengo derecho a desquitarme con un desconocido».
Tragándose el orgullo y respirando hondo para calmarse, da media vuelta y regresa sobre sus pasos hacia el hombre.
—Disculpe, señor. No debí tratarlo así —admite con un hilo de voz, dejando ver la devastación y el arrepentimiento que la consumen—. Desde que nos cruzamos... usted solo ha intentado ser amable y yo respondo con groserías. Perdone, no estoy en mi mejor momento.
—No se preocupe, señorita. Todos tenemos días difíciles —responde él, extendiéndole la mano con serenidad—. Me llamo Leo. Aunque, si de verdad quiere que la disculpe, tiene que mostrar un poco de sinceridad —agrega con una sonrisa pícara.
—Tiene usted razón, pero en estos momentos estoy un poco apurada —aclara Sofía. Le estrecha la mano con frialdad y la suelta de inmediato, sin espacio para distracciones—. Necesito ver al señor Bellini con urgencia. Mi vida entera depende de esta reunión.
—¿El señor Bellini? —pregunta él con asombro—. Tengo entendido que no recibe a nadie sin cita previa, y... no creo que usted la tenga, ¿o sí?
—No, no tengo cita, pero no me queda más opción que esperar a que me escuche —expresa Sofía. Con manos temblorosas, saca una tarjeta de su bolso y se la entrega—: Ahí está mi número. Si llega a necesitar una abogada, me puede llamar; con gusto le ayudaré.
Se despide con un gesto apresurado y entra a toda prisa en el edificio. Al cruzar el vestíbulo, ubica de inmediato el mostrador de recepción.
—Buenas tardes, disculpe la molestia... Necesito ver al señor Bellini, por favor.
—El señor Bellini acaba de retirarse, debió cruzarse con él en la entrada —informa la recepcionista sin despegar la mirada del monitor—. ¿Tiene alguna cita agendada?
—Lamentablemente no —espeta Sofía, sintiendo cómo el pánico le oprime el pecho—. Sin embargo, vengo a presentarle una propuesta crucial. Por favor, infórmele; solo requiero de cinco minutos…
—Como le acabo de indicar, el señor Bellini no se encuentra en las instalaciones —interrumpe la recepcionista con tono tajante—. Además, resulta imposible atenderla sin una cita previa. Debe agendarla a través de los canales correspondientes, siguiendo el protocolo como todos los que requieren hablar con nuestro CEO.
Sintiendo cómo se desmorona su última esperanza, Sofía contiene la respiración por unos segundos, cierra los ojos.
—Comprendo. ¿Sería tan amable de hacerle llegar este sobre junto con mi tarjeta? Regresaré en otro momento, también me indica como se agenda la cita.
Deja la carpeta sobre el mostrador y se registra para poder agendar la cita.
Le indica que la pueden atender en un mes aproximadamente.
Con la sensación de estar perdiendo el tiempo, y con la angustia de que a su padre le queda poco tiempo. Da media vuelta para salir cuando, de pronto, su teléfono empieza a vibrar en su bolso. Revisa la pantalla: es un número desconocido. Contesta atropelladamente mientras avanza con el corazón desbocado hacia la salida.
—¿Aló? ¿Con quién hablo?
—Soy yo —responde una voz pausada al otro lado de la línea.
Sofía alza la mirada y se frena en seco. A solo unos metros, junto a las puertas de cristal, Leo la observa fijamente con el teléfono en el oído y una enigmática sonrisa.
—¿Ya se desocupó? —pregunta él con tono comprensivo—. ¿Me permite invitarla a un café? Le servirá para despejarse un poco. Todos los problemas tienen solución, y siempre es mejor pensar con la mente despejada.
Sin articular palabra, Sofía deja escapar un largo suspiro de alivio y le dedica una sonrisa tímida. Asiente en silencio mientras guarda el celular en el bolso.
«Con este infierno encima, necesito despejar la cabeza aunque sea diez minutos», piensa mientras se dirige a donde está, solo está buscando un respiro en medio de la tormenta. «Además, le he hablado de muy mala manera y él solo ha sido amable. No merece que me desquite con él, después de todo, solo ha tenido una buena intención».
Lo observa durante unos segundos, detallando la calma que transmite su postura en medio del caos que lleva dentro.
