Capítulo 7 Una solución Inesperada
Una vez que se acomodan en la mesa del café y el camarero se retira con el pedido, es él quien rompe el hielo, apoyando los codos sobre la superficie de madera para acortar la distancia entre los dos.
—Gracias por aceptar la invitación —comienza Leo. La mira fijamente, dejando caer una sonrisa cálida que le suaviza las facciones—. De verdad quería disculparme por lo de la otra noche. Y, bueno... también moría de ganas por conocerte. Quiero demostrarte que no soy el villano que te imaginas.
—No te preocupes, esa noche yo tampoco estaba en mi mejor momento —admite Sofía, toma la taza de café mientras recuerda la tensión de aquel primer encuentro—. Además, también actué mal; te juzgué sin conocerte. Olvidemos lo que pasó y empecemos de nuevo. Cuéntame, ¿a qué te dedicas? ¿Qué hacías en la empresa?
Leo se acomoda en la silla con cierta torpeza. Su mano sube a su barbilla, frotándola con lentitud mientras evita mirarla.
—Eh... bueno, yo trabajo allí desde hace un tiempo —expresa con un ligero tartamudeo y le da vuelta a lapregunta—. El ambiente es bastante agradable, la verdad. Todos somos muy unidos... Pero cuéntame de ti, ¿qué hacías por allí?
—Fui a llevar una propuesta —explica Sofía. Su expresión se ensombrece al instante, dejando al descubierto la pesada angustia que intenta disimular mientras cruza los brazos—. Busco un inversionista. De lo contrario, mi empresa se va a tener que declarar en banca rota. Decidí intentarlo en esta compañía por ser la más grande, pero me han dicho que el CEO es un hombre sumamente arrogante.
—¡¿Eso dicen de él?! —exclama Leo. Se echa ligeramente hacia atrás, con los ojos abiertos con un asombro genuino.
—Sí, esos son los comentarios que circulan sobre el señor Bellini —asiente ella.
—Jamás imaginé que se tuviera esa imagen del CEO —Leo mantiene el tono firme, bajando la voz para darle un matiz más íntimo—. No deberías creer todo lo que escuchas, Sofía. A veces son solo rumores malintencionados.
—No suelo dar crédito a los chismes —repite Sofía, recostándose contra el respaldo—, pero con él me parece distinto. A pesar de lo enorme que es su empresa, casi nadie le conoce el rostro... A menos que sea horroroso y por eso no se atreva a mostrar la cara —bromea con picardía antes de recuperar la seriedad—. Fuera de bromas, su reputación no es buena. Temo que intente aprovecharse de mi situación, pero no me queda más opción que esperar y confiar.
—No te guíes por lo que dicen los demás —responde Leo, sosteniéndole la mirada con intensidad mientras busca su mano sobre la mesa de manera casi inconsciente—. Conócelo tú misma antes de juzgarlo.
Pasado el tiempo, ambos se despiden.
Sofía, con la esperanza renovada, sigue recorriendo la ciudad y visitando empresas; solo necesita a alguien dispuesto a tenderle la mano para salir del agujero en el que se encuentra.
Al caer la tarde, va a visitar a su padre al hospital. Verlo allí es la única motivación que la mantiene en pie.
Sofía entra a la habitación a pasos silenciosos y se acerca a la camilla.
—¡Mamá!, ¡¿cómo lo has visto?! —pregunta con un nudo en la garganta mientras toma la mano fría de su padre—. Parece mentira cómo todo puede cambiar de la noche a la mañana, estábamos tan bien y ahora…
La voz se le quiebra. Justo cuando las lágrimas amenazan con derramarse, unos golpes suaves en la puerta interrumpen la penumbra. Un desconocido trajeado da un paso al frente.
—Buenas tardes, ¿esta es la habitación del señor Jorge Bustamante?
—Sí, señor —responde ella, secándose la mejilla—. Yo soy su hija Sofía, ¿qué desea?
—Señorita Sofía Bustamante, con usted era exactamente con quien quería hablar —el hombre se aproxima a pasos calculados y le entrega una elegante carpeta—. Usted estuvo en las oficinas del señor Leonardo Bellini. Él revisó personalmente su propuesta y le pareció interesante. Sin embargo, tiene otra oferta para usted: el necesita una esposa, y está dispuesto a financiar su proyecto y cubrir sus problemas si acepta casarse con él.
Sofía se queda paralizada, sintiendo cómo el aire se le congela en los pulmones.
—¿Qué? ¡Ese hombre está completamente loco! —exclama con rabia. Sin pensarlo, le arroja el documento contra el pecho al mensajero—. Ni siquiera lo conozco… No se preocupe, yo puedo salir sola de esto, ¡no necesito que ningún hombre me compre!
—Piénselo bien, señorita, la oferta del señor Bellini, es más que generosa... —intenta presionar el enviado.
En ese instante entra un hombre gritando.
—Mis tarjetas no funcionan, ¡acabo de pasar la mayor vergüenza de mi vida!
Rodrigo, el hermano de crianza de Sofía, irrumpe en la habitación dando un portazo y agitando la billetera.
—Cálmate, Rodrigo. Estamos en un hospital y papá está delicado —le exige Sofía entre dientes.
—¡Ese viejo no es mi padre! —espeta Rodrigo, acortando la distancia—. Sé perfectamente lo que hizo. Está en todos los periódicos, nos llevó a la bancarrota por ratero.
Sofia le da una cachetada.
—No vuelvas a repetir eso. Mi padre no es ningún ratero —sentencia con la voz contenida por la indignación—. Ademas, tu llevas apellido, te crió desde niño, te dio todo y siempre dijo que somos hermanos. Le debes respeto.
Rodrigo se acaricia la mejilla ardiente con una sonrisa fría.
—Nosotros no somos hermanos, Sofía. Tú y yo no compartimos ni una gota de sangre —se acerca hasta quedar a centímetros de su rostro—. si ese viejo me crió, lo hizo lo hizo porque quiso, yo jamás se lo pedí. Y ahora que está tirado en esa cama, sé que no me va a dar nada más. Así que se acabó el teatro, no seguiré fingiendo amor familiar.
—¿Qoe pas Rodrigo? —Interviene Ines.
—¡¿Es que no has visto los periódicos, mamá?! —grita Rodrigo, fuera de sí, señalando el cuerpo inerte de Jorge—. ¡Ese viejo hizo negocios fraudulentos y nos hundió, estamos en quiebra!
—¡No vuelvas a llamarlo así! —estalla Sofía. La impotencia la ciega y vuelve a cruzarle la cara de un golpe.
Rodrigo, furioso, alza el puño dispuesto a devolvérselo, pero Inés se interpone entre los dos, empujando a su hijo hacia atrás.
—¡Cálmate, Rodrigo! Las cosas no se resuelven a golpes.
De inmediato, Inés se gira hacia el misterioso hombre del traje, intentando recuperar la compostura.
—Por favor, señor, le pido que se retire. Esto es un asunto familiar.
—Tiene toda la razón, señora —responde el enviado, manteniendo una calma inquietante. Le coloca de nuevo la carpeta de documentos a Sofía en las manos—. Léalos con detenimiento. El señor Bellini estará esperando su respuesta... Esta es la mejor salida que tiene en estos momentos.
Con un leve asentimiento, el hombre da media vuelta y desaparece por el pasillo.
El silencio que se instala en la habitación se vuelve denso, casi asfixiante. Únicamente el bip constante del monitor cardíaco de Jorge rompe la tensión.
Rodrigo lanza una última mirada llena de veneno hacia la cama y, sin decir una sola palabra, sale del cuarto haciendo retumbar el marco de la puerta.
