Capítulo 3 Los nuevos en el pueblo

Iba tan sumamente nerviosa en su lujoso auto que el trayecto se me hizo eterno. Estaba sentada al lado de un chico que parecía sacado directamente de la portada de una revista de modelos juveniles, con sus facciones perfectas y una seguridad desbordante. Durante todo el camino, él se portó como un caballero; era tan amable que intentaba sacarme conversación a cada momento para romper el hielo, preguntándome sobre mis gustos o mis estudios. Sin embargo, mis respuestas eran cortas y tajantes porque, como ya era costumbre en mí, no soy para nada buena manteniendo conversaciones con otras personas y el pánico social me dominaba por completo.

Cuando por fin vi la fachada de mi humilde casa a través del parabrisas, quise salir corriendo de inmediato para terminar con esa incómoda situación, ya que sentía de forma interna que mi cara estaba completamente roja como un tomate. Me sentía sofocada por su cercanía y por el lujoso entorno, así que, en un arranque de desesperación por escapar, intenté quitarme el cinturón de seguridad a toda prisa, pero los nervios me traicionaron y no pude destrabar el mecanismo del anclaje.

—Deja, yo te ayudo con eso… —dijo él con suavidad, inclinando su cuerpo hacia mi asiento.

En ese instante, mi cara se prendió en un fuego abrasador de puro calor cuando siento que su rostro está peligrosamente muy cerca del mío, tanto que podía sentir su respiración cálida rozando mi mejilla. Con un movimiento ágil de sus dedos, presionó el botón rojo. —Listo.

“No, no, no… esto no puede estar pasándome a mí”, repetía mi mente en un grito silencioso.

Sus ojos eran tan hermosos y profundos que me costaba desviar la mirada, y sus labios… los estaba viendo detenidamente con absoluta fascinación, y cómo no hacerlo si en ese preciso momento se encontraban a tan solo unos milímetros de distancia de los míos. Mi corazón se enloquece por completo y late desbocado en mi pecho cuando él sonríe con un toque de diversión, viéndome fijamente a los ojos.

—Buenas noches —susurró con una voz melodiosa.

No sé exactamente en qué momento logré reaccionar y salí de su auto; todo fue como un borrón confuso. Solo recuerdo que me quedé completamente paralizada en la acera, sin capacidad de reaccionar en lo absoluto, justo después de que él se inclinara un poco más y besara mi mejilla a modo de despedida. Mis padres, al verme parada afuera de la casa en la oscuridad, inmóvil como una estatua y sin moverme de mi lugar, salieron preocupados. Me llevaron con cuidado hacia dentro de la vivienda y me dejaron tranquila en mi habitación cuando les dije, con un hilo de voz, que estaba sumamente cansada por la jornada y que no tenía nada de hambre para cenar.

Me tiré en la cama boca arriba, mirando el techo a oscuras. “¿Qué demonios fue eso?”, me preguntaba una y otra vez, tocando la zona donde sus labios habían rozado mi piel.

Al día siguiente, la cruda realidad me golpeó temprano. Hoy debía ir a clases, otra vez. “¡Que gran emoción!”, pensé con todo el sarcasmo del mundo mientras me levantaba de la cama. En realidad, no quería ir en lo absoluto, ya que sabía perfectamente que eso significaría enfrentarme a otro año escolar siendo la inexistente chica de la que todos se burlan y a la que todos molestan cuando quieren divertirse un rato; ojalá y algún día encuentren a otro estudiante a quien fastidiar y me dejen en paz. Sujeto con fuerza las correas de mi mochila, y como siempre, uso mi ropa más decente y limpia, aunque fuera vieja. Llevaba mi cabello rebelde y liso recogido en un moño improvisado para que no me estorbara, y por supuesto, mis lentes bien puestos, sí, tengo miopía severa y los necesito obligatoriamente para ver el pizarrón.

Al cruzar la entrada principal de la escuela, noté un alboroto inusual. —¿Quién es él?... ¿Ya lo viste? —los murmullos apresurados de los estudiantes me hicieron ver hacia atrás con curiosidad.

Al ver a Damián caminando por el pasillo central, nuevamente mi cuerpo entero se paraliza por el impacto. Ayer en la noche tuve la oportunidad de verlo más de cerca en la penumbra, pero hoy que es de día y la luz del sol lo ilumina por completo… me doy cuenta de lo increíblemente atractivo que es. “¡Maldición, es demasiado lindo!”, admití para mis adentros. Estaba tan sumamente distraída viéndolo caminar que no me di cuenta de mi entorno, ni de que las chicas plásticas que siempre me molestan venían directo hacia mí con malas intenciones. Solo logré reaccionar cuando sentí un fuerte y brusco empujón en la espalda; perdí el equilibrio por completo, caí de rodillas al suelo y mis libros y cuadernos se esparcieron frente a mí por todo el pasillo mientras ellas los pisoteaban sin piedad al pasar.

Todos a mi alrededor se reían a carcajadas de mi desgracia, pero yo me moría de la vergüenza colectiva porque seguramente él había visto toda la patética escena. Al levantar lentamente mi cabeza con timidez, lo vi; estaba de pie exactamente frente a mis ojos, mirándome desde su altura. Esperé tontamente que me ayudara, pero su expresión era dura y distante, completamente diferente a la de la noche anterior.

—Quítate de mi camino —soltó con frialdad.

Sus palabras me cayeron como un balde de agua helada en pleno invierno, destrozando la pequeña ilusión que se había formado en mi pecho. Rápidamente, me hice a un lado arrastrándome por el suelo y él pasó caminando por encima de mis cosas como si fueran basura. Sentada en el piso, me quedé observando mis pertenencias maltratadas mientras los demás estudiantes se marchaban a sus aulas, dejándome completamente sola en el pasillo, mientras mis lágrimas ruedan por mis mejillas nuevamente de pura impotencia.

Debido a la humillación, me perdí la primera clase de la mañana ya que me encerré en el baño por un largo rato, llorando en silencio hasta que pudiera calmarme y limpiar mi uniforme. Para muchos jóvenes, venir a clases es algo maravilloso ya que se reúnen con sus amigos de siempre y salen con sus parejas tomados de la mano después de clases, pero yo no lo veo así; más bien siento que este lugar es mi propio infierno en vida.

Con la cabeza totalmente cabizbaja entré al salón para la siguiente clase, intentando no llamar la atención. Siempre estaba sola en el aula; nadie quería ser mi compañero de asientos ni compartir el banco conmigo ya que los populares habían esparcido el falso rumor de que tenía piojos, “cosa que, obviamente, no es cierta”. Estaba tan sumamente sumergida en mis propios pensamientos y en la monótona voz del profesor que no vi quién había entrado de último al salón de clases; solo presté verdadera atención al mundo real cuando sentí que alguien se sentaba pesadamente a mi lado.

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