Capítulo 4 Mi juguete
Al ver de reojo el banco contiguo, me quedé completamente sin respiración al descubrirlo. Sentado exactamente a mi lado estaba Damián, de la misma manera que había ocurrido la noche anterior en el vestíbulo de la mansión, pero esta vez se encontraba a una distancia mucho más cercana y asfixiante. Fiel a su desconcertante actitud, me ignora por completo de manera deliberada y mantiene su vista fija al frente, concentrado en las explicaciones del profesor que dictaba la materia. Me llamó profundamente la atención notar que él no tenía sobre la mesa ningún cuaderno, hoja o bolígrafo para tomar nota de los deberes que el docente dejaría de tarea para la próxima semana.
La clase finalmente había finalizado tras un largo y tenso periodo de silencio. Como ya era mi costumbre para evitar las miradas pesadas de mis compañeros, siempre espero pacientemente en mi asiento a que todos salgan del salón de clases antes de moverme, porque soy sumamente lenta para anotar los últimos apuntes en mis cuadernos. Estaba tan sumergida en guardar mis lápices con cuidado que, sin darme cuenta de la hora, el aula se había quedado en un silencio absoluto; ya todos los estudiantes se habían ido a sus respectivos hogares.
—Una vida tras otra —susurró una voz profunda detrás de mí.
Giro rápidamente la cabeza, asustada por el repentino ruido, cuando escucho su voz resonar en las paredes vacías. Todo este tiempo, desde que sonó el timbre de salida, él estuvo de pie detrás de mí de una forma casi fantasmal. Confundida y con el corazón acelerado, decidí ignorar por completo el sentido de lo que acababa de decir, ya que tal vez pensó en voz alta o simplemente creyó que yo era otra persona de su círculo social. Recogí mis pertenencias a toda prisa e intenté caminar hacia la salida para escapar de la tensión.
—Elizabeth —soltó de repente, provocando que detenga mi andanza en seco justo antes de cruzar el umbral cuando dice mi nombre con total seguridad. Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿Cómo demonios sabe mi nombre si nunca antes nos habíamos presentado formalmente? Con un tono de voz más suave, añadió—: ¿Es tu nombre, verdad?
Muevo mis ojos con evidente nerviosismo por todo el lugar, tratando de procesar lo que estaba ocurriendo. ¿Qué demonios estaba diciendo este misterioso chico y qué quería de mí después de haberme humillado por la mañana en el pasillo principal?
—Perdón… yo… creo sinceramente que te equivocaste de chica —tartamudeé, sintiéndome pequeña bajo su intensa mirada.
Quise salir de prisa del aula para dar por terminada la incómoda conversación, pero él se adelantó con agilidad y me tomó firmemente de la muñeca para impedir que me marchara.
—No me equivoqué de persona, Elizabeth —aseguró mientras ladea una sonrisa cálida y sumamente encantadora, un gesto tan tierno y diferente a su frialdad previa que terminó descolocándome por completo—. Lamento mucho lo que sucedió esta mañana en el pasillo, no debí reaccionar de esa manera tan dura. Si quieres, puedo compensártelo invitándote a una salida formal después de clases para conocernos mejor.
“No, no, no… aquí hay algo más que no estoy logrando ver”, me advertí a mí misma en un grito interno de pura supervivencia.
Salir lastimada otra vez por confiar ciegamente en las personas no es lo que quería para mi futuro; mi experiencia me dictaba que, siempre que alguien popular o atractivo se acerca a mí de la nada, es únicamente para lastimarme, burlarse o jugarme una cruel broma pesada frente a toda la escuela. Eso era algo que no iba a permitir bajo ninguna circunstancia; ya he sufrido lo suficiente en mi corta vida como para volver a caer en una trampa armada. Así que, acumulando el valor que no sabía que tenía, lo alejé bruscamente de mí soltándome de su agarre y salí a grandes zancadas del salón de clases sin mirar atrás. Mi corazón estaba completamente loco y desbocado dentro de mi pecho porque, siendo realistas, el que un chico tan apuesto te haga una proposición como esa en mitad de un aula vacía es algo extraordinario que definitivamente no sucede todos los días.
Al salir del edificio escolar tras el horario de clases, caminé directo a la parada con la intención fija de subirse al autobús de siempre, pero me detuve en seco cuando vi a un grupo de chicos conflictivos de mi curso que parecían estar esperándome en los asientos del transporte para hacerme una de sus habituales bromas pesadas. Intimidada por su presencia y no queriendo soportar otra humillación pública, decidí que no quería entrar al vehículo bajo ninguna circunstancia y dejé deliberadamente que mi transporte se fuera de largo, perdiéndose a lo lejos por la avenida principal. Maldigo por dentro mi pésima suerte mientras me abrazaba a mí misma para protegerme del frío, pero reacciono sumamente asustada cuando escucho el fuerte sonido de un claxon aproximarse rápidamente hacia la acera donde yo estaba parada.
Al levantar la mirada, vi que la ventanilla del conductor descendía lentamente. —¿Te llevo a tu casa? —preguntó Damián desde el interior de su auto.
Sujeto mis libros con fuerza contra mi pecho, casi usándolos como un escudo protector, mientras pienso desesperadamente en las opciones de transporte que tengo disponibles para volver a salvo, las cuales son sumamente pocas por cierto a esta hora de la tarde. Mi sentido común me gritaba que confiar en alguien como él no es lo que debo hacer bajo ninguna circunstancia, principalmente porque es un completo extraño del cual desconozco sus verdaderas intenciones. Pero él no deja de mirarme fijamente con esa sombría mirada tan penetrante, complementada por esa aura tenebrosa y dominante que lo rodea por completo y que parece paralizar mi fuerza de voluntad. Terminé subiendo al auto en un silencio sepulcral, guiada por el temor a quedarme sola en la calle.
El viaje transcurrió en una calma tensa y extraña. Solo cuando divisé las calles conocidas de mi vecindario y llegué finalmente a las cercanías de casa me sentí a salvo del peligro, pero me alteré de forma extrema cuando vi con terror que él no se detuvo en la acera correspondiente; al contrario, aceleró el motor de manera brusca cuando estábamos muy cerca de mi puerta para luego alejarnos por completo de mi casa a toda velocidad, adentrándose en sectores desconocidos de la ciudad.
—¡Oye! ¿Qué estás haciendo? —le reclamé con pánico en la voz.
—Te vas a divertir hoy, Elizabeth. En serio que lo necesitas después de todo lo que pasas —respondió él sin apartar los ojos del camino.
—¡No, para el auto ahora mismo! —le grité con desesperación, pero él simplemente me ignora y sigue su camino a gran velocidad.
Así que, llevada por el pánico absoluto y sin pensar detenidamente en las graves consecuencias físicas, intenté abrir la puerta para arrojarme del auto en movimiento con tal de escapar de él. Pero Damián se dio cuenta de mis peligrosas intenciones en el acto, estiró su brazo derecho con fuerza y me detuvo bruscamente contra el asiento para evitar que saltara.
—¡Déjame en paz! ¡Suéltame! —le chillé con todas mis fuerzas.
Ante mi violenta reacción, él detuvo el auto por completo en una calle solitaria con un frenazo seco. Así que, aprovechando el momento, me bajé del vehículo de inmediato y caminé a toda prisa por la acera ignorándolo por completo, con la intención de regresar a mi hogar a pie. De pronto, sentí unas pisadas rápidas detrás de mí; él me sujeta fuertemente del brazo para frenar mi avance y, cubriendo mi boca por completo con su mano para apagar mis gritos de auxilio, me llevó por la fuerza hacia la penumbra de un callejón oscuro y apartado. El miedo más puro e irracional me invade por completo el cuerpo cuando veo sus ojos directamente en la oscuridad; eran azules en un principio, pero de pronto se transformaron en un tono de un rojo tan intenso y brillante que me quedé sin aliento, comprendiendo que estaba ante algo sobrenatural. Desesperada, quería gritar por ayuda, pero su agarre era implacable.
Él se inclinó hacia mi oído, y con una voz extrañamente profunda y posesiva que me heló la sangre, sentenció: —No te vas a escapar de mí, eres mi mujer te guste o no.
