Capítulo 6 Mis reglas
«Lo siento mucho, pero no puedo quedarme por la noche a dormir en su propiedad, mis padres son muy estrictos con esas cosas y definitivamente no me dejarían hacerlo», le respondí a través de un mensaje de texto, tratando de mantener una distancia prudente y definitiva.
Casi de inmediato, la pantalla de mi teléfono celular se iluminó con la respuesta de la elegante mujer: «La casa es sumamente grande así que no hay ningún problema de espacio, además solo es una noche, por favor, piénsalo con calma. Sé perfectamente que eres una buena chica y eres, de hecho, en la primera persona en la que confiamos plenamente para dejar a nuestra pequeña; por eso mismo te lo pido como un favor especial. Piénsalo bien estos días y me das una respuesta definitiva en dos días».
Para mí, internamente, no había absolutamente nada que pensar o analizar con respecto a esa tentadora pero peligrosa oferta de empleo. No iba a aceptar, de ninguna manera, mucho menos después de lo que pasó en el callejón oscuro con ese chico tan siniestro y desequilibrado. El solo hecho de pensar en la aterradora idea de pasar una noche completa bajo el mismo techo que él me altera los nervios y me causa un profundo terror psicológico; un sujeto con esas extrañas habilidades y esa mirada perturbadora puede llegar a hacer cualquier cosa en la intimidad de su hogar y nadie vendría a salvarme. Así que mi mente repetía una y otra vez: no, no, no. Definitivamente mi respuesta es un rotundo y absoluto no.
Al día siguiente por la mañana, llegué a las instalaciones de la escuela con los ánimos por los suelos y una pesadez enorme en el cuerpo, ya que en el fondo de mi alma lo único que quería era darme la vuelta y regresarme corriendo a casa, porque sabía perfectamente el infierno de burlas que me esperaba en los pasillos. De la nada, justo antes de cruzar el umbral de la entrada principal de la escuela, siento un fuerte y violento golpe seco en mi hombro que me desestabilizó por completo, provocando que dejara caer mi mochila directamente al suelo. El intenso y punzante dolor que comenzó a irradiar por todo mi brazo izquierdo me obligó a agacharme mientras intentaba ver qué había pasado exactamente.
—¡¡Touchdown!! —gritó uno de los deportistas populares con una voz cargada de burla descarada.
Al escuchar el grito, todos los estudiantes que se encontraban alrededor comenzaron a reírse a carcajadas de mi torpeza, mientras entraban en tropel a las clases. Uno de ellos pasó por mi lado pateando mis pertenencias para recoger el pesado balón de fútbol americano con el que me acababan de golpear intencionalmente por la espalda. “¿Por qué me hacen esto? ¿Qué les he hecho yo para merecer este trato?”, me preguntaba en silencio mientras contenía las lágrimas de frustración.
Debido a que el dolor se volvió insoportable y apenas podía mover la articulación, tuve que ir directamente a la enfermería del plantel. La enfermera de turno me revisó de mala gana y me dio un analgésico genérico para aminorar el dolor, mientras me dice de forma fría que debo tener mucho más cuidado y fijarme por dónde camino a la próxima vez; la burda excusa de que me había golpeado accidentalmente con el marco de una puerta no me la creyó por supuesto, pero a ella en realidad no le importó en absoluto si mentía o no, simplemente quería deshacerse de mí para seguir con sus asuntos.
Saliendo de la enfermería un poco más calmada, caminé por el desolado pasillo lateral cuando, de repente, escuché unos extraños ruidos ahogados y risitas provenir directamente del interior de los baños. Al comenzar a caminar rápido para alejarme lo más posible de ese lugar inapropiado, me congelé en mi sitio; pude ver con total claridad que el mismo loco que me había acorralado el día anterior y me reclamó como suya, sale de los baños de chicas besándose apasionadamente con una de las porristas más cotizadas del instituto. En un segundo, nuestras miradas se cruzaron en el pasillo, pero él actuó como si yo no existiera o como si no me hubiera visto jamás; con total descaro, sujeta el trasero de la chica con fuerza y la mete nuevamente a los baños para continuar con lo suyo. Sin embargo, a los pocos instantes, ella salió corriendo hacia el pasillo en una especie de juego coqueto para que él la siguiera, pero Damián no lo hizo.
Al ver que él salía del baño y venía caminando con paso firme hacia donde yo estaba, el pánico me dominó y quise huir a toda prisa, pero en mi prisa choqué torpemente contra un chico alto del equipo de fútbol que iba pasando con una bandeja de comida en las manos. Este, sumamente molesto, me empujó con brusquedad hacia atrás, haciendo que cayera de espaldas al suelo y que el golpe previo de la pelota regresara con más fuerza al impactar contra el frío pavimento.
—No puede ser… ¡Eres una estúpida! ¡Mira, ya manchaste mi chaqueta nueva con el kétchup de mi comida! —bramó el estudiante, mirándome con una furia desmedida.
Me quedé tirada en el piso, paralizada por el dolor y el miedo, viendo que el enorme chico cerraba los puños y venía directo hacia mí con la clara intención de golpearme como castigo por su ropa. Cerré los ojos esperando el impacto, pero de la nada ya no tenía su amenazante imagen frente a mí, sino la imponente espalda de alguien más que se había interpuerto en el último segundo. De pronto, al abrir los ojos con incredulidad, vi al chico que quiso golpearme arrodillado en una rodilla sobre el suelo; estaba completamente incrédula de lo que estaba viendo en ese pasillo. Damián tenía sujeto su puño con una fuerza descomunal y le hizo una llave de sumisión en el brazo que lo hizo quejarse y gemir de puro dolor.
—Ella me pertenece a mí, ¿entiendes? —sentenció Damián con una voz que heló la sangre de todos los presentes—. Solo yo tengo el derecho de tocarla o hacerle algo.
—Sí, amigo… lo siento, suéltame ¡ah!… —suplicó el deportista con el rostro pálido.
El chico cae pesadamente al suelo cuando Damián finalmente lo suelta con desprecio. Se levanta enseguida del piso, sacudiéndose el uniforme, y murmuró entre dientes que sabía perfectamente que Damián era un tipo extraño por los retorcidos gustos que tenía al fijarse en alguien como yo. Pero Damián, ignorando los murmullos de los estudiantes que se habían agrupado a observar, aclaró con firmeza ante todos que desde ahora… yo, sería oficialmente su juguete nuevo, por lo que el chico agresor se va rápidamente del pasillo sin decir nada más para evitar buscarse problemas mayores.
Cuando Damián vuelve su fría vista hacia mí, me sujeto con fuerza de su mano, pero no puedo evitar quejarme en voz alta por la extrema brusquedad que utiliza al levantarme del suelo de un solo tirón.
—Te lo dije claramente ayer, Elizabeth: nadie en esta escuela debe atreverse a tocarte —me reclamó en un susurro áspero, sus ojos brillando con esa intensidad peligrosa.
—¿Qué? Pero si yo no hice nada, ellos me empujaron… —intenté defenderme con voz temblorosa, asustada por su cercanía.
Él se inclinó un poco, rompiendo mi espacio personal, y con un tono de voz amenazante que no dejaba espacio a las dudas, sentenció antes de dar la vuelta: —Te veo el fin de semana en mi casa, porque irás y te quedarás a dormir allí como dijo mi madre, o en verdad lo vas a lamentar el resto de tu vida.
