Capítulo 2 Capítulo 1 — Ecos de instinto

Tenía siete años cuando empecé a notar que algo ya no encajaba. Al principio fue confusión. No dolor. Confusión.

Corrí hacia ellos como siempre, con las manos manchadas de tierra y una sonrisa abierta, convencida de que nada había cambiado. Vi a Kael afilar un trozo de madera con una piedra. Daren y Riven discutían en voz baja. Thian reía por algo que yo no había escuchado.

—¡Miren! —dije, alzando una pluma grande que había encontrado—. Es del ave que vive cerca del río.

Ninguno respondió de inmediato.

—Déjala ahí —dijo Kael al cabo de unos segundos, sin levantar la vista—. No es un juguete.

—Solo quería mostrártela —respondí, dando un paso más cerca.

—Siempre estás en medio, Laila. —Dijo Kael chasqueando la lengua.

Me detuve.

—No… no quería molestar. —bajé la mirada.

—Es que siempre llegas cuando estamos hablando de cosas importantes. —Thian me miró de reojo con una sonrisa algo rara y torcida.

—¿Importantes como qué? —pregunté con curiosidad y un poco de tristeza.

—Cosas que no te incumben. —Riven suspiró con fastidio.

No hubo gritos, ni insultos. Solo palabras dichas con naturalidad, como si fueran obvias, como si yo debiera haberlo sabido.

Al día siguiente volví a intentarlo. Me senté cerca mientras entrenaban, en silencio, con las piernas cruzadas, observando cada movimiento con atención, esperando que alguno me explicara algo, como antes.

—¿Por qué miras así? —preguntó Daren.

—Quiero aprender —dije—. Puedo hacerlo.

—No es un juego. —Dijo Kael negando con la cabeza.

—Nunca dije que lo fuera. —dije.

—Entonces no estés aquí —dijo Riven—. Nos distraes.

Me levanté despacio, no discutí, tampoco lloré. Caminé unos pasos y luego me detuve.

—¿Hice algo mal? —pregunté.

Nadie contestó y ese silencio fue peor que cualquier respuesta.

Los días siguientes fueron iguales, cada intento terminaba en una pared invisible. Si hablaba, molestaba; si callaba, sobraba; si me acercaba, era un estorbo; y si me iba, nadie me llamaba de vuelta.

Una tarde me armé de valor y volví a correr hacia ellos, como cuando éramos más pequeños, y abrí los brazos sin pensar, esperando que me abrazaran como antes de que cumpliera siete años y ellos diecisiete.

—No —dijo Kael dando un paso atrás.

Esa sola palabra me heló el pecho.

—¿No… qué? —pregunté, sintiendo un nudo en el pecho.

—No hagas eso —dijo Riven, serio—. Ya no somos niños.

—No tienes que abrazarnos todo el tiempo. —Dijo Daren mirando con algo de incomodidad.

—Es raro. — Dijo Thian encogiéndose de hombros.

Bajé los brazos despacio y los dejé caer a los costados del cuerpo, como si pesaran demasiado.

—Perdón —susurré.

Esa noche entendí algo, pero no supe ponerle nombre. No fue una revelación clara, sino una sensación pesada, constante, que se instaló en mi pecho. Como si el lugar que siempre había sido mío ya no existiera.

No dejé de quererlos, ni de mirarlos, pero empecé a quedarme quieta cuando antes corría, a pensar antes de hablar y a guardar mis sonrisas para cuando estaba sola.

Aprendí con el tiempo con pequeños golpes diarios, miradas esquivas, silencios prolongados y palabras dichas sin crueldad, pero sin cuidado, que ya no tenía un lugar con ellos.

Y así, sin que nadie lo declarara en voz alta, empecé a crecer al margen de ellos. Con el paso de los años, el rechazo no desapareció.

Ya no era solo silencio ni distancia; era una tensión constante, algo que vibraba cuando entraba en una habitación, cuando me sentaba cerca, cuando reía demasiado alto o callaba demasiado tiempo.

A los ocho años, todavía intentaba defender mi lugar.

—Soy su hermana —dije una vez, con la voz temblorosa.

—No digas eso. —Dijo Kael mirándome fijamente.

—¿Por qué no? —pregunté.

—Porque no lo eres. —Dijo Thian.

La frase cayó como un golpe seco. Abrí la boca, pero no salió nada.

—No tienes nuestra sangre. —Dijo Daren apretando los dientes, como si esa sola palabra doliera.

—Eso no importa —susurré.

—Para nosotros sí —intervino Riven, con el ceño fruncido—. Deja de repetirlo.

—No nos obligues a decir cosas que no queremos. —Dijo Kael dejando de mirarme.

—Yo no los estoy obligando a nada —respondí—. Solo quiero estar con ustedes.

—Eso es justamente el problema. —Dijeron los cuatro al mismo tiempo.

No supe qué quisieron decir con eso, pero desde ese día dejé de usar la palabra hermanos en voz alta.

Para ese entonces, los cuatrillizos ya habían tenido su transformación y me reconocían como su mate, pero al ser yo una niña y su hermana, sentían que estaba mal y que era un error. Por eso actuaban así conmigo, aunque en el fondo les doliera.

A los nueve años empecé a notar las miradas. No eran como antes, tampoco eran de fastidio ni de simple rechazo; eran rápidas, intensas, y se apartaban enseguida, como si quemaran.

—¿Por qué me miras así? —le pregunté a Daren una tarde.

—No te estoy mirando. —Dijo Daren apartando rápidamente la mirada.

—Sí, lo estás haciendo. —Insistí.

—No empieces. —Dijo Daren.

—No estoy empezando nada. —dije sin entender la actitud de él.

—Entonces vete —dijo él, con un tono demasiado brusco—. No tienes que estar acá.

—Siempre estuve acá. —dije.

—Ya no —respondió Riven, con la voz baja, cargada—. Ya no es lo mismo.

—¿Para quién? —pregunté—. ¿Para ustedes o para mí?

Daren no contestó. Situaciones como esa se volvieron costumbre: frases a medias, órdenes disfrazadas de consejos y límites que no entendía, pero que sentía como muros.

A los diez años, hubo un quiebre en nuestra relación que lo cambió todo.

—No eres nuestra hermana, Laila. —Dijo Thian sin pensar en cómo sonaría o cómo lo tomaría yo.

Me quedé quieta.

—Nunca lo fui, ¿no? —pregunté.

—Eso no importa. —Dijo Thian tragando saliva.

—Para mí sí. —dije.

—No lo digas más —pidió él, casi en un susurro—. Por favor.

—¿Por qué? —insistí—. ¿Qué cambia?

—Todo —Dijo Thian.

Ese día lloré sola, sin hacer ruido, con la cara hundida en la almohada, sin entender qué había hecho para merecer ese quiebre que nadie me explicaba.

A los once años, ya no me acercaba tanto. Había aprendido a medir la distancia exacta para no provocar miradas duras ni respuestas cortantes, pero incluso así, las palabras seguían cayendo.

—No te sientes ahí.

—No te metas.

—No nos sigas.

—No es tu lugar.

Una noche, cansada, los enfrenté.

—¿Por qué me tratan así? —pregunté, con la voz firme, aunque las manos me temblaban—. Díganme qué hice.

—Nada. —Dijo Kael mirándome con los ojos oscuros tensos

—Entonces, ¿por qué? —dije con enojo y frustración por no entender el comportamiento de ellos.

—Porque no sabemos qué hacer contigo —dijo Riven, de golpe.

El silencio fue inmediato y Daren giró la cabeza.

—Riven… —Dijo Daren reprochando con la mirada.

—Es la verdad —continuó Riven, con la mandíbula rígida—. No sabemos cómo mirarte, cómo hablarte, cómo tenerte cerca sin que todo se vuelva… complicado.

—¿Complicado cómo? —pregunté, con un nudo en la garganta.

—No preguntes cosas que no puedes entender. —Dijo Kael apretando los dientes.

—Tal vez sí puedo. —dije.

—No —respondió él—. Y no queremos que lo hagas.

—No es justo para vos. —Dijo Thian al final con la voz rota.

—¿Y esto sí lo es? —repliqué—. ¿Hacerme sentir que no pertenezco a ningún lado?

No obtuve respuesta, como muchas veces.

Ese fue el año en que dejé de buscar explicaciones. Algo se había quebrado del todo. Ya no esperaba abrazos ni palabras suaves; solo sobrevivía entre miradas contradictorias y frases que herían más por lo que callaban que por lo que decían.

Y mientras ellos luchaban contra una atracción que no podían nombrar, yo aprendía, sin saberlo aún, a endurecerme por dentro.

A los doce años, la loba en mi interior comenzó a despertar. No fue un murmullo; fue un rugido, lento y profundo, como si algo antiguo hubiese decidido reclamar su lugar. Era una energía libre, salvaje, indómita.

La sangre Sigma corría por mis venas: lobos sin dueño, que no se someten, que no gobiernan, que existen fuera del orden establecido. Y, al mismo tiempo, era una Omega. Lo supe sin qué nadie me lo explicará, lo entendí sin palabras. No podía renunciar a ninguna de las dos partes sin romperme por dentro.

Desde entonces, comencé a entrenar en secreto.

Cada noche, cuando la manada dormía, me internaba en el bosque. El sol había dejado su rastro en la tierra durante el día, y el aire nocturno todavía conservaba su calor. Aprendí a moverme entre sombras, a pisar sin hacer ruido, a medir distancias con el cuerpo antes que con los ojos. El bosque no era un refugio: era una prueba constante.

La tierra bajo mis pies se convirtió en mi maestra. Cada caída me enseñaba dónde estaba mi límite. Cada herida me recordaba que el error tenía consecuencias. El frío, los cortes, el cansancio… todo me moldeaba. Mi cuerpo se fortalecía, pero también mi mente. Aprendí a contener el impulso, a respirar antes de atacar, a escuchar antes de moverse.

Mientras todos seguían viéndome como una Omega dócil, yo cultivaba algo distinto. No sumisión. No obediencia. Equilibrio. La calma antes del salto. La fuerza que no necesita permiso para existir.

Con el paso de los años, la presencia de los cuatrillizos nunca dejó de acompañarme. A veces era un recuerdo suave: sus manos grandes cuando era niña, las risas, la sensación de seguridad. Otras veces era un peso incómodo en el pecho. Las miradas evitadas. Las palabras medidas. El rechazo que no siempre era explícito, pero que se sentía igual.

Había aprendido, demasiado pronto, qué sonrisas y abrazos no siempre estaban destinados a mí. Que podía estar cerca y, aun así, quedar fuera.

Mi loba lo sabía. Y no aceptaba ese lugar.

Aquella noche, el aire se sentía distinto.

Avanzaba entre los árboles, descalza, sintiendo cada raíz, cada hoja, cada vibración del suelo. La luna bañaba mi cabello blanco, haciéndolo brillar como un río de sombra. Mi respiración era controlada, profunda. La daga descansaba ligera en mi muslo, extensión natural de mi cuerpo y de mi instinto.

No necesité verlos para saber que estaban allí.

Los sentí primero. Luego aparecieron entre las sombras.

Kael, con su presencia firme, Riven, silencioso, Thian, con esa energía inquieta que nunca desaparecía del todo y Daren, tenso, observando más de lo que mostraba.

El hilo invisible que nos unía seguía ahí, intacto, más fuerte que nunca.

—No sabía que las Omegas cazaban a esta hora —dijo Kael.

—No sabía que los Alfas se escondían para mirar —respondí.

El silencio que siguió no fue vacío. Fue denso. Cargado. La loba en mi interior se movió, alerta, reconociendo algo que no quería seguir negando.

Kael avanzó un paso, lento, medido. No invadió mi espacio. No retrocedió. Nuestras miradas se encontraron y, por un instante, todo lo demás dejó de importar.

Reconocimiento, poder y algo peligroso que ninguno estaba dispuesto a nombrar.

Giré entre los árboles, ágil, precisa. Cada movimiento era control y libertad al mismo tiempo. Ya no era la niña que había sido y tampoco quería serlo.

Kael no me siguió. Se quedó donde estaba, como si supiera que cruzar ese límite todavía no era el momento.

Cerré los ojos un segundo y respiré.

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