Capítulo 1 Prologo

Autora: Marla Montero

PRÓLOGO

La última vez que me reconocí

La primera vez que pensé que había dejado de reconocerme, estaba llorando frente a un espejo.

No había ocurrido nada extraordinario aquella noche. Nadie había muerto, nadie me había abandonado y tampoco había descubierto una traición capaz de destruir de golpe todo lo que creía saber sobre mi vida.

No.

Había ocurrido algo mucho más pequeño.

Algo tan insignificante que, si se lo hubiera contado a otra persona, probablemente habría recibido una respuesta como: «No le des tanta importancia», «Todas las parejas discuten» o «Quizá estás exagerando».

Y durante mucho tiempo yo también pensé que estaba exagerando.

Me llamo Neriah Valen, tengo veinticinco años y, hasta hace poco, habría jurado que sabía exactamente quién era.

Tenía sueños que me emocionaban, canciones que cantaba a todo pulmón cuando estaba sola, lugares que quería conocer y una lista interminable de cosas que esperaba hacer antes de cumplir treinta años.

Quería viajar sin tener que justificar cada decisión. Quería aprender cosas nuevas, trabajar en algo que me hiciera sentir orgullosa y tener una casa en la que pudiera caminar descalza sin preocuparme por el desorden.

Quería reírme hasta que me doliera el estómago.

Quería bailar aunque no supiera hacerlo bien.

Quería comprarme un vestido simplemente porque me gustaba cómo me quedaba.

Quería hablar sin ensayar las palabras en mi cabeza.

Quería enamorarme.

Y me enamoré.

Me enamoré de Ivo Bellamy cuando todavía creía que amar a alguien significaba encontrar a una persona con la que el mundo resultara un poco menos complicado.

Ivo sabía hacerme reír. Recordaba detalles que yo misma olvidaba y, durante los primeros meses, tenía una manera especial de hacerme sentir elegida.

Me escribía para saber cómo había comenzado mi día. Me llamaba cuando sabía que estaba preocupada por algo. A veces aparecía sin avisar con mi comida favorita y me abrazaba hasta que dejaba de pensar en todas las cosas que podían salir mal.

Con él conocí esa felicidad sencilla que no necesita grandes acontecimientos para existir.

Una película compartida en el sofá.

Una conversación que se alarga hasta la madrugada.

Un beso antes de despedirnos.

Una mano entrelazada con la mía mientras caminábamos por una calle cualquiera.

Yo no necesitaba que fuera perfecto.

Nunca lo necesité.

Quería que me quisiera incluso cuando estuviera cansada, cuando no supiera qué responder, cuando tuviera miedo o cuando necesitara un poco de espacio para comprender mis propios pensamientos.

Quería sentir que podía ser yo misma a su lado.

Y, al principio, eso era exactamente lo que creía tener.

Por eso no sabría decir cuándo comenzó a cambiar.

No hubo una fecha marcada en el calendario. Ninguna discusión me hizo despertar al día siguiente convertida en una mujer diferente.

Fue más lento.

Mucho más lento.

Comenzó con comentarios que parecían bromas.

—Ese vestido es demasiado llamativo, Neriah.

Después llegaron las preguntas.

—¿De verdad necesitas salir otra vez con Mirelle?

Y, más tarde, los silencios.

Esos silencios que parecían castigos, aunque Ivo nunca los llamara así.

Al principio, me molestaba.

Le explicaba que el vestido me gustaba, que salir con mi mejor amiga no significaba que lo quisiera menos y que no entendía por qué una conversación debía terminar convirtiéndose en una discusión.

Él se defendía.

Yo insistía.

Terminábamos enfadados.

Y, cuando las horas pasaban y la casa se llenaba de una tranquilidad incómoda, era yo quien se acercaba primero.

Yo quien intentaba arreglar las cosas.

Yo quien decía que quizá había elegido mal las palabras, que no había querido hacerlo sentir mal, que podíamos olvidar el asunto.

No siempre pedía perdón porque creyera haber hecho algo malo.

A veces lo hacía porque no soportaba la distancia que se instalaba entre nosotros cuando él se enfadaba.

Me convencí de que estaba siendo madura.

De que una relación requería paciencia.

De que no tenía sentido convertir cada diferencia en una batalla.

Y, poco a poco, comencé a confundir la paz con el silencio.

Dejé de utilizar algunas prendas porque sabía que no le gustaban.

Dejé de contarle ciertas cosas a Mirelle porque temía que él pensara que nuestra relación no era asunto mío.

Dejé de expresar algunas opiniones porque estaba cansada de escuchar que siempre tenía que llevar la contraria.

Dejé de insistir en los planes que quería hacer cuando notaba que a él no le entusiasmaban.

Y aprendí a observar su rostro antes de terminar una frase.

Si fruncía el ceño, cambiaba de tema.

Si suspiraba, intentaba suavizar mis palabras.

Si se quedaba callado, empezaba a preguntarme qué había hecho mal.

No ocurrió de golpe.

Eso fue lo más peligroso.

No me desperté una mañana y decidí abandonar mis sueños, mis amistades o mis preferencias.

Simplemente fui haciendo pequeñas concesiones hasta que un día miré mi vida y descubrí que casi todo lo que había elegido tenía que pasar primero por el filtro de otra persona.

Lo llamé amor.

Lo llamé compromiso.

Lo llamé crecer.

Nunca pensé en llamarlo perderme.

Porque ¿cómo podía estar perdiéndome si seguía allí?

Seguía levantándome cada mañana, trabajando, contestando mensajes y cumpliendo con mis responsabilidades. Seguía sonriendo en las fotografías y diciendo que estaba bien cuando alguien me preguntaba cómo marchaban las cosas.

Desde fuera, probablemente no había nada que pareciera especialmente preocupante.

Tenía una pareja.

Tenía un hogar.

Tenía planes para el futuro.

Tenía a alguien que, en teoría, me amaba.

¿Qué más podía necesitar?

La respuesta era tan sencilla que me avergonzaba no haberla encontrado antes.

Me necesitaba a mí.

Necesitaba volver a escuchar mis pensamientos sin interrumpirlos con la posibilidad de que Ivo estuviera en desacuerdo.

Necesitaba recordar que podía cambiar de opinión sin que eso me convirtiera en una persona difícil.

Necesitaba entender que no todas las discusiones eran culpa mía y que no tenía la obligación de solucionar cada emoción incómoda que apareciera entre nosotros.

Necesitaba recuperar a la mujer que había sido antes de aprender a hacerse pequeña para que otra persona pudiera sentirse cómoda.

Pero todavía no lo sabía.

O quizá lo sabía y tenía demasiado miedo de admitirlo.

Porque reconocer que algo no estaba bien significaba enfrentarse a una pregunta que llevaba meses evitando.

Si dejaba de esforzarme tanto para mantener nuestra relación, ¿qué quedaría de ella?

Y si un día decidía marcharme, ¿qué quedaría de mí?

Aquella noche, la pregunta me encontró frente al espejo.

Llevaba un vestido azul oscuro que ni siquiera me gustaba demasiado. Me lo había puesto porque el vestido negro que había elegido primero le parecía demasiado llamativo a Ivo.

Habíamos asistido a una cena empresarial. Él había hablado de su trabajo, de sus proyectos y de las personas importantes que esperaba impresionar.

Yo había sonreído.

Había saludado a desconocidos.

Había respondido preguntas cuando me las hicieron y guardado silencio cuando alguien decidió responder por mí.

En un momento de la noche, un hombre me preguntó qué opinaba sobre una idea relacionada con el crecimiento de la empresa.

Contesté con sinceridad.

Hablé de la importancia de cuidar a los clientes, de no perder de vista la calidad del servicio y de recordar que detrás de cada resultado había personas.

Por unos segundos me sentí bien.

Me sentí inteligente.

Me sentí escuchada.

Después Ivo hizo una broma sobre mi manera de hablar y algunos invitados se rieron.

No fue una humillación pública escandalosa.

No hubo gritos.

Nadie arrojó una copa al suelo.

Pero yo sentí que algo dentro de mí se encogía.

Y lo peor fue que terminé sonriendo también.

Como si mi propia incomodidad fuera algo que debía ocultar para que los demás no se sintieran incómodos.

Más tarde, cuando intenté explicarle a Ivo que estaba cansada, él me hizo sentir que estaba complicando las cosas.

Otra vez.

Y yo volví a callarme.

Por eso, cuando llegué a casa y me encontré frente al espejo, no pude seguir fingiendo.

Me miré a los ojos.

No sé cuánto tiempo permanecí allí.

Recuerdo la luz blanca del baño, el sonido del agua corriendo en otra habitación y mi teléfono sobre el lavabo.

Recuerdo que tenía los labios apretados y que me dolía la cabeza.

Recuerdo haber intentado sonreír.

Y recuerdo que no pude.

—¿Qué te está pasando? —le pregunté a la mujer del espejo.

Mi voz sonó tan pequeña que tuve que repetir la pregunta.

—¿Qué te está pasando, Neriah?

Entonces lloré.

Lloré por todas las veces que había querido decir algo y había terminado diciendo otra cosa.

Por las llamadas que no hice.

Por los planes que cancelé.

Por las palabras que me tragué.

Por las veces que me sentí culpable de necesitar cariño.

Por aquella versión de mí que había llegado a creer que ser una buena pareja significaba no molestar nunca, no pedir demasiado y no tener necesidades que pudieran incomodar a la persona que amaba.

Lloré porque todavía quería a Ivo.

Y porque no sabía cómo seguir queriéndolo sin continuar haciéndome daño.

No quería convertirlo en un villano. No quería borrar nuestros recuerdos ni fingir que todo lo que habíamos vivido era mentira.

Habíamos sido felices.

Yo había sido feliz con él.

Pero también estaba triste.

Y ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.

Esa noche escribí a Mirelle.

Le pregunté si podíamos vernos al día siguiente.

No le expliqué todo por mensaje. No le conté cuánto había llorado ni cuánto miedo me daba reconocer que ya no me sentía cómoda en mi propia relación.

Solo escribí que necesitaba hablar.

Ella respondió:

Claro que sí. Estoy aquí.

Cuatro palabras.

No me prometió que todo saldría bien.

No me dijo que debía terminar con Ivo.

No intentó decidir por mí.

Simplemente estuvo allí.

Y, aunque todavía no lo comprendía, aquella respuesta fue una de las primeras cosas que me hicieron recordar cómo se sentía recibir cariño sin tener que demostrar que lo merecía.

Al día siguiente hablé.

No lo hice perfectamente. No encontré respuestas para todas mis preguntas ni salí de aquella conversación convertida en una mujer completamente segura de sí misma.

Pero pronuncié algunas verdades.

Dije que tenía miedo.

Dije que me sentía perdida.

Dije que no quería seguir desapareciendo dentro de mi propia vida.

Y, por primera vez en mucho tiempo, no retiré mis palabras inmediatamente después de pronunciarlas.

No sabía qué iba a suceder con mi relación.

No sabía si Ivo sería capaz de escucharme.

No sabía si yo tendría la fuerza para sostener mis decisiones cuando llegaran los momentos difíciles.

Lo único que sabía era que no podía continuar fingiendo que no me ocurría nada.

Fue entonces cuando apareció Cassian Rooke en mi historia.

No llegó con flores.

No apareció bajo la lluvia para prometerme una vida mejor.

No me tomó de la mano y me aseguró que podía solucionar todos mis problemas.

Ni siquiera sabía que yo estaba librando una batalla silenciosa conmigo misma.

Cassian era el jefe de Ivo, un hombre acostumbrado a tomar decisiones difíciles, proteger su privacidad y mantener una distancia prudente entre su vida personal y su trabajo.

Tenía una mirada que parecía detenerse en los detalles que los demás pasaban por alto y una manera de escuchar que no necesitaba grandes demostraciones para hacerse notar.

La primera vez que me hizo una pregunta que nadie más se había atrevido a formular, no supe qué responder.

La segunda vez, intenté fingir que no me había afectado.

La tercera, comencé a preguntarme por qué me resultaba tan extraño estar delante de alguien que no parecía necesitar que yo fuera más silenciosa, más complaciente o más fácil de entender.

Pero Cassian no era una solución.

Y yo no quería convertir a otro hombre en la respuesta a una pregunta que todavía tenía que aprender a hacerme.

No quería abandonar una relación para refugiarme inmediatamente en otra.

No quería que mi libertad dependiera de que alguien más me eligiera.

Quería poder elegirme yo.

Quería descubrir quién era Neriah Valen cuando dejaba de intentar ser la mujer que todos esperaban.

Y, si algún día volvía a enamorarme, quería hacerlo desde un lugar diferente.

No desde el miedo a quedarme sola.

No desde la necesidad de que alguien me demostrara que era suficiente.

No desde la esperanza de que el amor de otra persona reparara todo lo que yo no había sabido cuidar dentro de mí.

Quería amar sin desaparecer.

Quería poder discutir sin sentir que el mundo se terminaba.

Quería decir que no y seguir siendo digna de cariño.

Quería equivocarme sin tener que convertirme en mi propia enemiga.

Quería que alguien conociera mis partes difíciles y no utilizara mis inseguridades como una forma de controlarme.

Pero, sobre todo, quería dejar de preguntarme si merecía ocupar espacio.

Porque yo también tenía derecho a estar cansada.

A cambiar de opinión.

A tener sueños que no incluyeran a nadie más.

A necesitar tiempo.

A decir la verdad incluso cuando esa verdad resultara incómoda.

A marcharme si un día comprendía que quedarme significaba traicionarme.

Y a quedarme si las cosas podían cambiar de verdad, sin renunciar a mí misma para conseguirlo.

No sabía cuánto tiempo me llevaría aprender todo aquello.

No sabía cuántas veces volvería a dudar ni cuántas noches necesitaría llorar antes de poder mirar mi reflejo sin sentir que estaba contemplando a una desconocida.

Pero había algo que empezaba a comprender.

No tenía que odiar a Ivo para reconocer mi dolor.

No tenía que enamorarme de Cassian para descubrir que existían otras maneras de relacionarse.

No tenía que convertirme en una mujer invencible para comenzar de nuevo.

Solo tenía que dejar de abandonarme cada vez que alguien se decepcionaba conmigo.

Porque aquella era mi historia.

No la historia de una mujer que necesitaba ser rescatada.

No la historia de un hombre poderoso que llegaba a enseñarle cuánto valía.

Era la historia de una mujer que había olvidado cómo escucharse y que, poco a poco, comenzaba a recuperar su propia voz.

Una mujer que tendría que aprender a distinguir entre el amor y la costumbre, entre la paciencia y la renuncia, entre el deseo de construir una vida con alguien y el miedo de descubrir quién era sin esa persona.

Una mujer que cometería errores, que tendría dudas y que no siempre tomaría la decisión correcta a la primera.

Pero que, finalmente, tendría que mirarse al espejo y decidir si estaba dispuesta a seguir viviendo una vida en la que apenas podía reconocerse.

Yo todavía no sabía cómo terminaría todo.

No sabía si el amor sería suficiente.

No sabía si Cassian llegaría a conocer las partes de mí que yo misma había dejado de mostrar.

No sabía si tendría que despedirme de la persona que había imaginado a mi lado para aprender a caminar sola.

Lo único que sabía era que había llegado el momento de regresar.

No a la mujer que fui antes de amar.

No a una versión perfecta de mí misma.

Sino a la mujer que seguía aquí, debajo del miedo, de las dudas y de todas las palabras que nunca me atreví a pronunciar.

A mí.

Y esta vez, aunque me temblaran las manos, aunque tuviera miedo de equivocarme y aunque el camino fuera mucho más difícil de lo que había imaginado, no quería volver a perderme.

Porque hay amores que nos enseñan cosas hermosas.

Hay relaciones que nos acompañan durante una etapa de la vida y otras que nos obligan a preguntarnos quiénes somos.

Hay despedidas que duelen incluso cuando sabemos que son necesarias.

Y hay encuentros que no llegan para salvarnos, sino para mostrarnos que todavía somos capaces de sentir, de elegir y de comenzar de nuevo.

Esta es la historia de uno de esos encuentros.

De una mujer que tuvo que aprender que el amor no debía costarle su propia identidad.

De un hombre que tendría que comprender que amar no significaba decidir por otra persona.

Y de una verdad que ambos descubrirían de maneras diferentes:

No puedes construir un amor verdadero con alguien a quien tienes que dejar de ser para conservarlo.

Esta es mi historia.

La historia de cómo dejé de intentar ser suficiente para todos.

La historia de cómo aprendí a escucharme.

La historia de cómo volví a mirarme al espejo sin sentir que estaba contemplando a una desconocida.

La historia de cómo, después de haberme perdido tantas veces, comencé a encontrar el camino de regreso.

La historia de cómo volví a ser yo.

Siguiente capítulo