
DONDE VUELVO A SER YO
Marlin Lorenzo · En curso · 50.6k Palabras
Introducción
Él no llegó para rescatarla, sino para enseñarle que el amor también puede escuchar.
Pero, antes de elegir a otro hombre, Neriah tendrá que tomar la decisión más importante de su vida: dejar de abandonarse para que los demás se queden.
Donde vuelvo a ser yo, de Marla Montero.
Capítulo 1
Autora: Marla Montero
PRÓLOGO
La última vez que me reconocí
La primera vez que pensé que había dejado de reconocerme, estaba llorando frente a un espejo.
No había ocurrido nada extraordinario aquella noche. Nadie había muerto, nadie me había abandonado y tampoco había descubierto una traición capaz de destruir de golpe todo lo que creía saber sobre mi vida.
No.
Había ocurrido algo mucho más pequeño.
Algo tan insignificante que, si se lo hubiera contado a otra persona, probablemente habría recibido una respuesta como: «No le des tanta importancia», «Todas las parejas discuten» o «Quizá estás exagerando».
Y durante mucho tiempo yo también pensé que estaba exagerando.
Me llamo Neriah Valen, tengo veinticinco años y, hasta hace poco, habría jurado que sabía exactamente quién era.
Tenía sueños que me emocionaban, canciones que cantaba a todo pulmón cuando estaba sola, lugares que quería conocer y una lista interminable de cosas que esperaba hacer antes de cumplir treinta años.
Quería viajar sin tener que justificar cada decisión. Quería aprender cosas nuevas, trabajar en algo que me hiciera sentir orgullosa y tener una casa en la que pudiera caminar descalza sin preocuparme por el desorden.
Quería reírme hasta que me doliera el estómago.
Quería bailar aunque no supiera hacerlo bien.
Quería comprarme un vestido simplemente porque me gustaba cómo me quedaba.
Quería hablar sin ensayar las palabras en mi cabeza.
Quería enamorarme.
Y me enamoré.
Me enamoré de Ivo Bellamy cuando todavía creía que amar a alguien significaba encontrar a una persona con la que el mundo resultara un poco menos complicado.
Ivo sabía hacerme reír. Recordaba detalles que yo misma olvidaba y, durante los primeros meses, tenía una manera especial de hacerme sentir elegida.
Me escribía para saber cómo había comenzado mi día. Me llamaba cuando sabía que estaba preocupada por algo. A veces aparecía sin avisar con mi comida favorita y me abrazaba hasta que dejaba de pensar en todas las cosas que podían salir mal.
Con él conocí esa felicidad sencilla que no necesita grandes acontecimientos para existir.
Una película compartida en el sofá.
Una conversación que se alarga hasta la madrugada.
Un beso antes de despedirnos.
Una mano entrelazada con la mía mientras caminábamos por una calle cualquiera.
Yo no necesitaba que fuera perfecto.
Nunca lo necesité.
Quería que me quisiera incluso cuando estuviera cansada, cuando no supiera qué responder, cuando tuviera miedo o cuando necesitara un poco de espacio para comprender mis propios pensamientos.
Quería sentir que podía ser yo misma a su lado.
Y, al principio, eso era exactamente lo que creía tener.
Por eso no sabría decir cuándo comenzó a cambiar.
No hubo una fecha marcada en el calendario. Ninguna discusión me hizo despertar al día siguiente convertida en una mujer diferente.
Fue más lento.
Mucho más lento.
Comenzó con comentarios que parecían bromas.
—Ese vestido es demasiado llamativo, Neriah.
Después llegaron las preguntas.
—¿De verdad necesitas salir otra vez con Mirelle?
Y, más tarde, los silencios.
Esos silencios que parecían castigos, aunque Ivo nunca los llamara así.
Al principio, me molestaba.
Le explicaba que el vestido me gustaba, que salir con mi mejor amiga no significaba que lo quisiera menos y que no entendía por qué una conversación debía terminar convirtiéndose en una discusión.
Él se defendía.
Yo insistía.
Terminábamos enfadados.
Y, cuando las horas pasaban y la casa se llenaba de una tranquilidad incómoda, era yo quien se acercaba primero.
Yo quien intentaba arreglar las cosas.
Yo quien decía que quizá había elegido mal las palabras, que no había querido hacerlo sentir mal, que podíamos olvidar el asunto.
No siempre pedía perdón porque creyera haber hecho algo malo.
A veces lo hacía porque no soportaba la distancia que se instalaba entre nosotros cuando él se enfadaba.
Me convencí de que estaba siendo madura.
De que una relación requería paciencia.
De que no tenía sentido convertir cada diferencia en una batalla.
Y, poco a poco, comencé a confundir la paz con el silencio.
Dejé de utilizar algunas prendas porque sabía que no le gustaban.
Dejé de contarle ciertas cosas a Mirelle porque temía que él pensara que nuestra relación no era asunto mío.
Dejé de expresar algunas opiniones porque estaba cansada de escuchar que siempre tenía que llevar la contraria.
Dejé de insistir en los planes que quería hacer cuando notaba que a él no le entusiasmaban.
Y aprendí a observar su rostro antes de terminar una frase.
Si fruncía el ceño, cambiaba de tema.
Si suspiraba, intentaba suavizar mis palabras.
Si se quedaba callado, empezaba a preguntarme qué había hecho mal.
No ocurrió de golpe.
Eso fue lo más peligroso.
No me desperté una mañana y decidí abandonar mis sueños, mis amistades o mis preferencias.
Simplemente fui haciendo pequeñas concesiones hasta que un día miré mi vida y descubrí que casi todo lo que había elegido tenía que pasar primero por el filtro de otra persona.
Lo llamé amor.
Lo llamé compromiso.
Lo llamé crecer.
Nunca pensé en llamarlo perderme.
Porque ¿cómo podía estar perdiéndome si seguía allí?
Seguía levantándome cada mañana, trabajando, contestando mensajes y cumpliendo con mis responsabilidades. Seguía sonriendo en las fotografías y diciendo que estaba bien cuando alguien me preguntaba cómo marchaban las cosas.
Desde fuera, probablemente no había nada que pareciera especialmente preocupante.
Tenía una pareja.
Tenía un hogar.
Tenía planes para el futuro.
Tenía a alguien que, en teoría, me amaba.
¿Qué más podía necesitar?
La respuesta era tan sencilla que me avergonzaba no haberla encontrado antes.
Me necesitaba a mí.
Necesitaba volver a escuchar mis pensamientos sin interrumpirlos con la posibilidad de que Ivo estuviera en desacuerdo.
Necesitaba recordar que podía cambiar de opinión sin que eso me convirtiera en una persona difícil.
Necesitaba entender que no todas las discusiones eran culpa mía y que no tenía la obligación de solucionar cada emoción incómoda que apareciera entre nosotros.
Necesitaba recuperar a la mujer que había sido antes de aprender a hacerse pequeña para que otra persona pudiera sentirse cómoda.
Pero todavía no lo sabía.
O quizá lo sabía y tenía demasiado miedo de admitirlo.
Porque reconocer que algo no estaba bien significaba enfrentarse a una pregunta que llevaba meses evitando.
Si dejaba de esforzarme tanto para mantener nuestra relación, ¿qué quedaría de ella?
Y si un día decidía marcharme, ¿qué quedaría de mí?
Aquella noche, la pregunta me encontró frente al espejo.
Llevaba un vestido azul oscuro que ni siquiera me gustaba demasiado. Me lo había puesto porque el vestido negro que había elegido primero le parecía demasiado llamativo a Ivo.
Habíamos asistido a una cena empresarial. Él había hablado de su trabajo, de sus proyectos y de las personas importantes que esperaba impresionar.
Yo había sonreído.
Había saludado a desconocidos.
Había respondido preguntas cuando me las hicieron y guardado silencio cuando alguien decidió responder por mí.
En un momento de la noche, un hombre me preguntó qué opinaba sobre una idea relacionada con el crecimiento de la empresa.
Contesté con sinceridad.
Hablé de la importancia de cuidar a los clientes, de no perder de vista la calidad del servicio y de recordar que detrás de cada resultado había personas.
Por unos segundos me sentí bien.
Me sentí inteligente.
Me sentí escuchada.
Después Ivo hizo una broma sobre mi manera de hablar y algunos invitados se rieron.
No fue una humillación pública escandalosa.
No hubo gritos.
Nadie arrojó una copa al suelo.
Pero yo sentí que algo dentro de mí se encogía.
Y lo peor fue que terminé sonriendo también.
Como si mi propia incomodidad fuera algo que debía ocultar para que los demás no se sintieran incómodos.
Más tarde, cuando intenté explicarle a Ivo que estaba cansada, él me hizo sentir que estaba complicando las cosas.
Otra vez.
Y yo volví a callarme.
Por eso, cuando llegué a casa y me encontré frente al espejo, no pude seguir fingiendo.
Me miré a los ojos.
No sé cuánto tiempo permanecí allí.
Recuerdo la luz blanca del baño, el sonido del agua corriendo en otra habitación y mi teléfono sobre el lavabo.
Recuerdo que tenía los labios apretados y que me dolía la cabeza.
Recuerdo haber intentado sonreír.
Y recuerdo que no pude.
—¿Qué te está pasando? —le pregunté a la mujer del espejo.
Mi voz sonó tan pequeña que tuve que repetir la pregunta.
—¿Qué te está pasando, Neriah?
Entonces lloré.
Lloré por todas las veces que había querido decir algo y había terminado diciendo otra cosa.
Por las llamadas que no hice.
Por los planes que cancelé.
Por las palabras que me tragué.
Por las veces que me sentí culpable de necesitar cariño.
Por aquella versión de mí que había llegado a creer que ser una buena pareja significaba no molestar nunca, no pedir demasiado y no tener necesidades que pudieran incomodar a la persona que amaba.
Lloré porque todavía quería a Ivo.
Y porque no sabía cómo seguir queriéndolo sin continuar haciéndome daño.
No quería convertirlo en un villano. No quería borrar nuestros recuerdos ni fingir que todo lo que habíamos vivido era mentira.
Habíamos sido felices.
Yo había sido feliz con él.
Pero también estaba triste.
Y ambas cosas podían ser ciertas al mismo tiempo.
Esa noche escribí a Mirelle.
Le pregunté si podíamos vernos al día siguiente.
No le expliqué todo por mensaje. No le conté cuánto había llorado ni cuánto miedo me daba reconocer que ya no me sentía cómoda en mi propia relación.
Solo escribí que necesitaba hablar.
Ella respondió:
Claro que sí. Estoy aquí.
Cuatro palabras.
No me prometió que todo saldría bien.
No me dijo que debía terminar con Ivo.
No intentó decidir por mí.
Simplemente estuvo allí.
Y, aunque todavía no lo comprendía, aquella respuesta fue una de las primeras cosas que me hicieron recordar cómo se sentía recibir cariño sin tener que demostrar que lo merecía.
Al día siguiente hablé.
No lo hice perfectamente. No encontré respuestas para todas mis preguntas ni salí de aquella conversación convertida en una mujer completamente segura de sí misma.
Pero pronuncié algunas verdades.
Dije que tenía miedo.
Dije que me sentía perdida.
Dije que no quería seguir desapareciendo dentro de mi propia vida.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no retiré mis palabras inmediatamente después de pronunciarlas.
No sabía qué iba a suceder con mi relación.
No sabía si Ivo sería capaz de escucharme.
No sabía si yo tendría la fuerza para sostener mis decisiones cuando llegaran los momentos difíciles.
Lo único que sabía era que no podía continuar fingiendo que no me ocurría nada.
Fue entonces cuando apareció Cassian Rooke en mi historia.
No llegó con flores.
No apareció bajo la lluvia para prometerme una vida mejor.
No me tomó de la mano y me aseguró que podía solucionar todos mis problemas.
Ni siquiera sabía que yo estaba librando una batalla silenciosa conmigo misma.
Cassian era el jefe de Ivo, un hombre acostumbrado a tomar decisiones difíciles, proteger su privacidad y mantener una distancia prudente entre su vida personal y su trabajo.
Tenía una mirada que parecía detenerse en los detalles que los demás pasaban por alto y una manera de escuchar que no necesitaba grandes demostraciones para hacerse notar.
La primera vez que me hizo una pregunta que nadie más se había atrevido a formular, no supe qué responder.
La segunda vez, intenté fingir que no me había afectado.
La tercera, comencé a preguntarme por qué me resultaba tan extraño estar delante de alguien que no parecía necesitar que yo fuera más silenciosa, más complaciente o más fácil de entender.
Pero Cassian no era una solución.
Y yo no quería convertir a otro hombre en la respuesta a una pregunta que todavía tenía que aprender a hacerme.
No quería abandonar una relación para refugiarme inmediatamente en otra.
No quería que mi libertad dependiera de que alguien más me eligiera.
Quería poder elegirme yo.
Quería descubrir quién era Neriah Valen cuando dejaba de intentar ser la mujer que todos esperaban.
Y, si algún día volvía a enamorarme, quería hacerlo desde un lugar diferente.
No desde el miedo a quedarme sola.
No desde la necesidad de que alguien me demostrara que era suficiente.
No desde la esperanza de que el amor de otra persona reparara todo lo que yo no había sabido cuidar dentro de mí.
Quería amar sin desaparecer.
Quería poder discutir sin sentir que el mundo se terminaba.
Quería decir que no y seguir siendo digna de cariño.
Quería equivocarme sin tener que convertirme en mi propia enemiga.
Quería que alguien conociera mis partes difíciles y no utilizara mis inseguridades como una forma de controlarme.
Pero, sobre todo, quería dejar de preguntarme si merecía ocupar espacio.
Porque yo también tenía derecho a estar cansada.
A cambiar de opinión.
A tener sueños que no incluyeran a nadie más.
A necesitar tiempo.
A decir la verdad incluso cuando esa verdad resultara incómoda.
A marcharme si un día comprendía que quedarme significaba traicionarme.
Y a quedarme si las cosas podían cambiar de verdad, sin renunciar a mí misma para conseguirlo.
No sabía cuánto tiempo me llevaría aprender todo aquello.
No sabía cuántas veces volvería a dudar ni cuántas noches necesitaría llorar antes de poder mirar mi reflejo sin sentir que estaba contemplando a una desconocida.
Pero había algo que empezaba a comprender.
No tenía que odiar a Ivo para reconocer mi dolor.
No tenía que enamorarme de Cassian para descubrir que existían otras maneras de relacionarse.
No tenía que convertirme en una mujer invencible para comenzar de nuevo.
Solo tenía que dejar de abandonarme cada vez que alguien se decepcionaba conmigo.
Porque aquella era mi historia.
No la historia de una mujer que necesitaba ser rescatada.
No la historia de un hombre poderoso que llegaba a enseñarle cuánto valía.
Era la historia de una mujer que había olvidado cómo escucharse y que, poco a poco, comenzaba a recuperar su propia voz.
Una mujer que tendría que aprender a distinguir entre el amor y la costumbre, entre la paciencia y la renuncia, entre el deseo de construir una vida con alguien y el miedo de descubrir quién era sin esa persona.
Una mujer que cometería errores, que tendría dudas y que no siempre tomaría la decisión correcta a la primera.
Pero que, finalmente, tendría que mirarse al espejo y decidir si estaba dispuesta a seguir viviendo una vida en la que apenas podía reconocerse.
Yo todavía no sabía cómo terminaría todo.
No sabía si el amor sería suficiente.
No sabía si Cassian llegaría a conocer las partes de mí que yo misma había dejado de mostrar.
No sabía si tendría que despedirme de la persona que había imaginado a mi lado para aprender a caminar sola.
Lo único que sabía era que había llegado el momento de regresar.
No a la mujer que fui antes de amar.
No a una versión perfecta de mí misma.
Sino a la mujer que seguía aquí, debajo del miedo, de las dudas y de todas las palabras que nunca me atreví a pronunciar.
A mí.
Y esta vez, aunque me temblaran las manos, aunque tuviera miedo de equivocarme y aunque el camino fuera mucho más difícil de lo que había imaginado, no quería volver a perderme.
Porque hay amores que nos enseñan cosas hermosas.
Hay relaciones que nos acompañan durante una etapa de la vida y otras que nos obligan a preguntarnos quiénes somos.
Hay despedidas que duelen incluso cuando sabemos que son necesarias.
Y hay encuentros que no llegan para salvarnos, sino para mostrarnos que todavía somos capaces de sentir, de elegir y de comenzar de nuevo.
Esta es la historia de uno de esos encuentros.
De una mujer que tuvo que aprender que el amor no debía costarle su propia identidad.
De un hombre que tendría que comprender que amar no significaba decidir por otra persona.
Y de una verdad que ambos descubrirían de maneras diferentes:
No puedes construir un amor verdadero con alguien a quien tienes que dejar de ser para conservarlo.
Esta es mi historia.
La historia de cómo dejé de intentar ser suficiente para todos.
La historia de cómo aprendí a escucharme.
La historia de cómo volví a mirarme al espejo sin sentir que estaba contemplando a una desconocida.
La historia de cómo, después de haberme perdido tantas veces, comencé a encontrar el camino de regreso.
La historia de cómo volví a ser yo.
Últimos capítulos
#22 Capítulo 22 Un mensaje de la autora: detrás de esta historia, también estoy yo. 🥀🖋️
Última actualización: 10/27/2026#21 Capítulo 21 La voz que ya no pidió permiso
Última actualización: 10/27/2026#20 Capítulo 20 Cuando el pasado llamó a la puerta
Última actualización: 10/27/2026#19 Capítulo 19 La mujer que estaba aprendiendo a quedarse
Última actualización: 10/27/2026#18 Capítulo 18 El día en que dejó de perseguir respuestas
Última actualización: 10/27/2026#17 Capítulo 17 UNA PROMESA NO ES UN CAMBIO
Última actualización: 10/27/2026#16 Capítulo 16 EL PRECIO DE NO VOLVER A CALLAR
Última actualización: 10/27/2026#15 Capítulo 15 El lugar donde empieza algo nuevo
Última actualización: 10/27/2026#14 Capítulo 14 La distancia entre nosotros
Última actualización: 10/27/2026#13 Capítulo 13 Bajo la lluvia, sin máscaras
Última actualización: 10/27/2026
Te podría gustar 😍
Tocada por el Velo - Trilogía de la Diosa Indomable - Libro 1
—Mírala... nuestra diosa de rodillas, tomando a dos de nosotros mientras los demás esperamos nuestro turno. Eso es devoción.
Hace nueve años, Sahiyra corrió al bosque y nunca regresó. Todos decían que debería haber muerto, las bestias salvajes no perdonan a las niñas pequeñas. Pero no la mataron. La criaron.
Ahora, a los diecinueve años, vive descalza, sin ataduras y completamente indomable. Caza con lobos, habla con cuervos y calma a las bestias heridas con solo un toque de sus manos brillantes.
No sabe nada de jerarquías, registros o las brutales políticas de harén de los clanes de bestias.
No tiene idea de que es la primera hembra nacida Myrren en doscientos años. O que su poder supera incluso el nivel divino más alto.
Cuando se topa con un grupo de caza de diez machos cambiaformas peligrosamente desatados... todo cambia.
Ellos lo sienten. Esa rara energía pulsando bajo su piel. Ese aura a la que sus bestias no pueden resistirse.
Algo sagrado. Algo intocable. Algo que los mismos dioses están observando.
Y si no tiene cuidado... su necesidad de ella se volverá salvaje. Pero Sahiyra no es una cosa frágil. Ella es la naturaleza. Ella es la Elegida. Y nació para romper el sistema.
🔥 Harén inverso
🐺 Cambiaformas bestiales
✨ Elegida/Diosa en ascenso
🌕 Profecía divina + vínculo primitivo
🩸 Magia salvaje, rituales de apareamiento, dominancia suave
💋 Heroína indomable con sangre de diosa
Actualizaciones DIARIAS
¡Entra. Sé reclamado. ¡Deja que el Velo te elija!
Mírame
Antonella, por su parte, es maestra de escuela primaria. Lleva seis años casada con Bruno, un hombre violento y humillante que la somete física y psicológicamente. No la ama; para él, Antonella es poco más que una empleada. Aunque ella no está enamorada, soporta el matrimonio por miedo y por el deseo de que las cosas mejoren algún día.
El destino los cruza en un bar karaoke. Diego llega allí empujado por su mejor amigo, buscando un respiro a su rutina. Antonella asiste gracias a su mejor amiga, directora del colegio, aprovechando la ausencia temporal de su esposo. Comparten mesa sin conocerse, hasta que una emergencia obliga a sus amigos a marcharse juntos, dejándolos solos. Entre canciones, copas y una conexión inesperada, se besan y terminan pasando la noche en un motel. Ninguno revela estar casado; ambos creen que ha sido un encuentro fugaz.
El reencuentro llega durante una reunión de padres, cuando descubren que Diego es el padre de uno de los alumnos de Antonella. Deciden mantener una relación estrictamente profesional, pero el deseo y los sentimientos los superan, arrastrándolos a una relación clandestina que desafía sus vidas y sus límites.
Prohibido enamorarse
El juego de Chase
Arrasado por la vida, Adrian T. Larsen, el poderoso imán empresarial, se ha convertido en un hombre con el que nadie quería cruzarse. Su corazón muerto solo está lleno de oscuridad, por lo que no sabe lo que es la bondad y siente un intenso odio por la palabra: amor.
Y luego viene el juego.
Un juego de ignorar al despiadado playboy que Sofía juega con sus amigos en un club los sábados por la noche. Las reglas eran simples: ignora al multimillonario, hiere su ego y sal. Pero no sabía que salir de las garras de un tigre herido no era algo fácil de hacer. Especialmente cuando el infame hombre de negocios Adrian Larsen estaba en juego aquí.
El destino los une cuando sus caminos chocan entre sí más de lo que Sofia esperaba, cuando el poderoso multimillonario irrumpe en su vida, las chispas y el deseo comienzan a poner a prueba su resistencia. Pero tiene que alejarlo y mantener su corazón cerrado para mantener a ambos a salvo de las peligrosas sombras de su pasado. El oscuro pasado que siempre estuvo al acecho.
¿Pero puede hacerlo cuando el diablo ya ha puesto sus ojos en ella? Ha jugado un juego y ahora tiene que enfrentarse a las consecuencias.
Porque cuando se burlan de un depredador, se supone que lo persigue...
El enigma del millonario
"¿Eres virgen?" preguntó Ayden, y Arya casi escupió su bebida.
"Quiero decir, ¿cuenta si he usado un vibrador?", respondió ella mientras notaba cómo Ayden trataba de tragar con fuerza su agua.
"¿Cuántas parejas sexuales has tenido?", preguntó Ayden con seriedad.
"Bueno, solo he tenido un par de consoladores. Resulta que los de látex son muy resistentes", respondió ella sonriendo.
Ayden se levantó molesto y rompió el buen humor de la habitación. "Esto no es un puto juego, señorita Arya", dijo amenazante el millonario. "Lárgate".
"No, espera, estaba bromeando", trató de aclarar Arya.
"He dicho que te largues, ¡fuera!" puntualizó Ayden cada palabra y golpeó la mesa.
Arya, que veía su única oportunidad destrozada, se arrepintió de haber bromeado como lo hizo. Nunca pensó que tendría tales consecuencias. Caminó desolada hacia la salida sin esperar nada, sin saber qué hacer ni a quién recurrir.
Mientras intentaba detener un taxi, un Aston Martin de color oscuro se detuvo delante de ella. Era Ayden Emory. "Sube", le pidió, pero ella lo ignoró.
"¿Eres siempre tan testaruda? Sube o no hay trato", insistió Ayden.
La esperanza de que no todo hubiera terminado se apoderó de ella, y subió al lujoso coche del millonario.
Durmiendo con el Enemigo
Dominado por la sed de venganza Derek decide enamorar a la asesina de su hermano para después casarse con ella y destruirla junto con su familia orquestando la peor de las mentiras. Lo que Derek no se imagina es que el verdadero enemigo es otro y que Ava Hoffman, su odiada esposa, es una persona inocente en toda esta historia.
¿Qué pasará cuando Ava descubra que el hombre que duerme a su lado es su mayor enemigo? …¿Será Derek capaz de cumplir con su venganza o terminará enamorado de la asesina de su propio hermano?... Derek entenderá que el amor no lo perdona todo, mucho menos cuando lo utilizan para hacer daño y destruir.
Seduciendo a mi Luna con Miel
Y no cualquier tipo de venganza.
Para ello necesitaba dejar atrás quién y qué era para forjar un nuevo lobo, uno más letal. Alguien que sería temido y cuyo nombre pasaría a la historia de la raza como el único que libró a las manadas del continente americano del maldito traidor: Alfa Bastian Crow.
Él le quitó su vida y sus sueños. Él le quitaría hasta su jodida alma y luego iría al mismísimo infierno para asegurarse de que ahí Bastian Crow continuara con un castigo eterno.
Reinelle solo sabía una cosa: Sobreviviría y regresaría a casa junto a su hija sin importar qué era lo que tuviera que hacer… o en qué se tuviera que convertir.
Soportaría torturas, derramaría sangre y no tendría piedad de sus enemigos.
Si el precio de sus libertades era matar unos cuantos lobos… bueno, ella no estaba en desacuerdo.
Ella lo ve como una bestia deformada por el odio.
Él la ve como una hembra que no se quebrará, incluso en cadenas.
Ese primer contacto no es romántico todavía, sino un choque de fuerzas salvajes. Lo que nace entre ellos es tensión, rabia y atracción envenenada.
Embarazada de los Gemelos Genios del Alfa
Paraíso Cruel - Un Romance Mafioso
Llamar por accidente a tu jefe...
Y dejarle un mensaje de voz subido de tono cuando estás, eh... «pensando» en él.
Trabajar como la asistente personal de Ruslan Oryolov es un trabajo infernal.
Después de un largo día satisfaciendo cada capricho del multimillonario, necesito liberar estrés.
Así que, cuando llego a casa esa noche, eso es exactamente lo que hago.
El problema es que mis pensamientos siguen estancados en el imbécil de mi jefe que me está arruinando la vida.
No pasa nada; porque de todos los muchos pecados de Ruslan, ser guapísimo podría ser el más peligroso.
Esta noche, fantasear con él es justo lo que necesito para llevarme al límite.
Pero cuando bajo la mirada hacia mi teléfono, aplastado a mi lado,
Ahí está.
Un mensaje de voz de 7 minutos y 32 segundos...
Enviado a Ruslan Oryolov.
Entro en pánico y lanzo mi teléfono al otro lado de la habitación.
Pero no hay forma de deshacer el daño causado por mi muy sonoro orgasmo.
Entonces, ¿qué puedo hacer?
Mi plan era simplemente evitarlo y actuar como si nunca hubiera pasado.
Además, nadie tan ocupado revisa sus mensajes de voz, ¿verdad?
Pero cuando programa una reunión a solas conmigo de exactamente 7 minutos y 32 segundos,
Una cosa es segura:
Lo.
Escuchó.
Todo.
Contrato Evans
A ella le dará la oportunidad de terminar sus estudios y evitar la muerte de su padre y a él la posibilidad de encontrar con quién resolver el asunto de contraer nupcias.
De las decisiones que ellos tomen va a depender si el contrato se cumple o termine antes de tiempo.
Sobornando la Venganza del Multimillonario
Su vida es perfecta hasta que su castillo de cristal se derrumba. Su esposo admite haber sido infiel con nada menos que su propia hermana, y hay un hijo en camino. Liesl decide que la mejor manera de sanar su corazón destrozado es destruyendo lo único que él valora más que cualquier otra cosa: su carrera.
Isaias Machado es un multimillonario de primera generación estadounidense; él conoce el valor del trabajo duro y de hacer lo necesario para sobrevivir. Toda su vida ha estado orientada al momento en que pueda arrebatar la compañía McGrath de las manos de los hombres corruptos que una vez dejaron a su familia sin hogar.
Cuando Liesl McGrath se acerca al multimillonario para sobornarlo con información destinada a arruinar a su exmarido, Isaias Machado está ansioso por tomar todo lo que los McGrath valoran, incluyendo a Liesl.
Una historia de amor, venganza y sanación necesita comenzar en algún lugar, y el dolor de Liesl es el catalizador para la montaña rusa más salvaje de su vida. Que comience el soborno.
Mi Alfa prohibido
En un mundo donde las uniones entre hombres lobo y magos están estrictamente prohibidas y severamente condenadas, Alana, una joven bruja huérfana sin magia, se ve envuelta en una situación no deseada. Su tía egoísta la presiona para que se case con un mago al que no ama y cuyas intenciones son cuestionables. El destino de Alana da un vuelco cuando se adentra en un peligroso bosque y, en un momento de peligro, es salvada por un lobo misterioso y extraordinariamente atractivo llamado Sedrik. Es el alfa de su manada y no espera cruzarse en el camino de Alana de forma tan abrupta.
Santos del Diablo - Darkness
Después de regresar a casa tras su tiempo en la Marina, llega al club de los Cajuns y encuentra a su Luz en el sofá. Justo cuando la encuentra, se entera de que ella está fuera de su alcance. Es la hija del presidente de un club de motociclistas hermano. Ella está prohibida.
Camille ha pasado la mayor parte de su vida sin encajar. Tiene un grupo de amigos muy unido, pero no mucho más. Ha pasado la mayor parte de sus años de secundaria viviendo en el Shack, el más grande de los clubes de los Santos del Diablo. Una noche en la que no podía dormir, conoció a un hombre que no vio a una rara, sino a una mujer hermosa.
Al mudarse a Luisiana, descubre que él es mayor de lo que pensaba. Tiene que mantenerse alejada del único hombre que desea. ¿Qué pasa cuando no pueden mantenerse alejados? ¿Cuando ambos quieren lo que está prohibido?
Darkness se sentó en el sofá junto a ella.
—Nunca supe tu nombre.
—Camille. —Sonrió y cerró el libro en el marcador—. Y tú eres Darkness.
—Lo soy. —Incapaz de contenerse, extendió la mano y tocó suavemente su mejilla—. Eres tan bonita como recuerdo.
Ella se sonrojó bajo su mirada, pero nunca apartó la vista. Darkness se inclinó y presionó sus labios contra los de ella. Mantuvo el beso ligero, temiendo que si no lo hacía, iría demasiado lejos.












