Capítulo 2 La mujer del espejo
La mujer del espejo
Neriah Valen había aprendido a despertarse en silencio.
No porque Ivo Bellamy tuviera el sueño ligero, ni porque el apartamento fuera demasiado pequeño para hacer ruido. Se despertaba así porque, con el paso de los años, había desarrollado la costumbre de medir cada movimiento antes de hacerlo.
Abrir los ojos sin suspirar demasiado fuerte. Apartar las sábanas con cuidado. Levantarse de la cama sin mover el colchón. Caminar hasta el baño procurando no encender la luz del dormitorio.
Pequeñas precauciones que, por separado, parecían insignificantes.
Juntas, sin embargo, se habían convertido en una forma de vivir.
Aquella mañana, Neriah permaneció unos segundos sentada en el borde de la cama, contemplando la luz pálida que se filtraba por las cortinas. A su lado, Ivo dormía de espaldas, con una mano extendida sobre la almohada que ella había ocupado durante la noche.
Lo observó con una ternura que todavía existía, aunque cada vez le costaba más encontrarla entre el cansancio y las preguntas que no se atrevía a formular.
Habían tenido buenos momentos. Muchos.
Ivo había sido el hombre que le llevaba café cuando estudiaba hasta tarde, el que recordaba cómo le gustaba la pizza, el que una vez condujo durante casi una hora porque ella había mencionado que quería ver el mar al atardecer.
No todo había sido dolor.
Quizá por eso resultaba tan difícil explicar lo que estaba pasando.
¿Cómo se le decía a alguien que todavía lo quería que, últimamente, estar a su lado se parecía demasiado a desaparecer?
Neriah se levantó y entró al baño. Encendió la luz y se detuvo frente al espejo.
Tenía el cabello desordenado, los ojos ligeramente hinchados y una expresión que no supo identificar. No parecía triste exactamente. Tampoco estaba enojada.
Parecía cansada.
Se acercó un poco más al espejo.
—Buenos días —murmuró para sí misma.
La mujer reflejada no respondió, por supuesto.
Neriah soltó una risa pequeña, sin humor, y abrió el grifo. Mientras se lavaba la cara, intentó recordar cuándo había sido la última vez que se había sentido verdaderamente ligera.
No feliz por algo que Ivo hubiera hecho. No tranquila porque él estuviera de buen humor. No satisfecha porque hubiese logrado evitar una discusión.
Ligera.
Libre de esa necesidad constante de comprobar si había dicho algo incorrecto, si su expresión había sido malinterpretada o si alguna de sus decisiones podía convertirse en un problema.
No encontró una respuesta.
Y aquella ausencia le produjo un miedo extraño.
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Cuando salió del baño, Ivo ya estaba despierto.
—¿Qué hora es? —preguntó él, todavía acostado.
—Las siete menos cuarto.
—¿Y por qué no me despertaste?
Neriah miró el reloj de la mesita.
—Pensé que necesitabas dormir un poco más. Anoche terminaste tarde con el informe.
Ivo se incorporó y se pasó una mano por el cabello.
—Sí, pero sabes que tengo una reunión temprano. Si me despierto tarde, después ando corriendo por toda la casa.
—Lo siento. Puedo prepararte el café mientras te duchas.
—No hace falta que te pongas así. Solo te pregunté.
Neriah bajó la mirada.
No se había puesto de ninguna manera en particular. Había respondido una pregunta. Sin embargo, ya estaba disculpándose por algo que no había considerado un error hasta que él lo señaló.
—Está bien —dijo—. Voy a preparar el desayuno.
Se dirigió a la cocina y comenzó a organizar las cosas sobre la encimera. Puso agua a calentar, sacó el café y colocó dos rebanadas de pan en la tostadora.
Mientras esperaba, revisó mentalmente las tareas del día.
Tenía que terminar una propuesta para un cliente importante de la empresa, revisar unas cifras de presupuesto y preparar varias ideas para una reunión que tendría por la tarde. Llevaba días trabajando en aquel proyecto y, por primera vez en mucho tiempo, estaba orgullosa de lo que había hecho.
Quería presentarlo personalmente.
Quería hablar de sus ideas sin sentir que debía suavizar cada frase para que nadie se sintiera incómodo.
Quería demostrar que era capaz de algo más que organizar reuniones, corregir documentos y resolver problemas que otros dejaban para el último minuto.
Cuando Ivo apareció en la cocina, ella estaba sirviendo el café.
—¿Qué vas a ponerte hoy? —preguntó él.
—La blusa blanca y el pantalón negro. Tengo la reunión del proyecto.
Ivo miró la blusa que estaba sobre una silla.
—¿Esa?
—Sí. ¿Por qué?
Él se encogió de hombros.
—Por nada. Solo que la última vez que te la pusiste, tu jefe te pidió que te quedaras después de la reunión para revisar unas cosas.
Neriah se quedó inmóvil durante un instante.
—Fue para revisar el presupuesto, Ivo.
—Ya lo sé. No he dicho lo contrario.
Él tomó su taza y bebió un sorbo.
—Simplemente digo que, si puedes ir más discreta, mejor. En el trabajo hay gente que confunde las cosas.
La explicación llegó envuelta en un tono razonable. No hubo gritos ni una acusación directa. Ivo ni siquiera parecía enfadado.
Eso era lo que hacía tan difícil discutir con él.
Neriah miró la blusa.
Era una prenda sencilla, de mangas largas y cuello cerrado. Nunca había pensado que tuviera nada de especial. Sin embargo, de pronto sintió la necesidad de defenderla, de explicar que no había elegido aquella ropa para llamar la atención de nadie.
—Es una blusa normal —dijo.
Ivo levantó la mirada.
—¿Y cuándo he dicho que no lo sea?
Ella abrió la boca, pero no encontró una respuesta que no pudiera convertirse en otro problema.
—No importa —murmuró.
—Neriah, últimamente te tomas todo como si estuviera atacándote.
La frase cayó entre los dos con una naturalidad inquietante.
Él continuó desayunando. Ella se quedó mirando su taza.
Al final, cambió la blusa por otra de color gris.
No porque estuviera convencida de que Ivo tenía razón.
La cambió porque no quería comenzar el día discutiendo.
Y porque, en algún momento que no lograba identificar, había empezado a considerar que la tranquilidad de su relación era una responsabilidad exclusivamente suya.
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La oficina de Bellamy & Rooke ocupaba varios pisos de un edificio moderno en el centro financiero de la ciudad. Desde los ventanales de la sala principal se veían las avenidas llenas de vehículos, los edificios de cristal y las personas que caminaban deprisa, como si todas tuvieran un lugar al que llegar antes de que el mundo se acabara.
Neriah siempre había disfrutado de aquel movimiento.
Le gustaba trabajar en proyectos que exigían creatividad, encontrar soluciones y descubrir que una idea suya podía convertirse en algo concreto. No necesitaba ser el centro de atención. Bastaba con sentir que su trabajo tenía valor.
Dejó el bolso junto a su escritorio y encendió el ordenador.
—Buenos días, Neriah.
Levantó la cabeza.
Sienna Vale estaba de pie al otro lado de su escritorio, sosteniendo una carpeta contra el pecho. Era una mujer de sonrisa fácil y mirada observadora, de esas personas que parecían notar las cosas sin necesidad de hacer preguntas.
—Buenos días —respondió Neriah—. ¿Necesitas algo?
—La presentación de expansión. Cassian quiere revisarla antes de la reunión de esta tarde.
Neriah abrió inmediatamente el documento.
—Ya está casi lista. Solo me falta confirmar una cifra del presupuesto.
—Perfecto. ¿La preparaste tú?
—Sí, aunque Ivo revisó la parte financiera.
—Entonces tendremos que asegurarnos de que no te haya quitado demasiado crédito.
Neriah soltó una pequeña carcajada.
—No creo que haga eso.
Sienna la observó durante un segundo, pero no insistió.
—Te espero en la sala de reuniones dentro de veinte minutos.
Cuando se quedó sola, Neriah volvió a mirar el documento.
En la portada aparecía su nombre junto al de Ivo. No era algo extraño; ambos habían colaborado en el proyecto. Aun así, al recordar las horas que había invertido en analizar las necesidades de los clientes, comparar alternativas y preparar las propuestas, sintió una punzada de frustración.
Había trabajado mucho.
Quería que se notara.
Se acomodó en la silla y empezó a revisar las últimas diapositivas.
Durante los siguientes minutos, volvió a ser la Neriah que conocía. La que se concentraba tanto en una tarea que olvidaba mirar el teléfono. La que llenaba los márgenes de sus notas con ideas nuevas. La que disfrutaba encontrando una solución que parecía imposible al principio.
Entonces llegó un mensaje de Ivo.
Ivo: ¿Ya llegaste?
Neriah: Sí. Estoy revisando la presentación.
Ivo: Recuerda que hoy debemos estar alineados. No quiero que empieces a proponer cosas que no hemos hablado.
Ella leyó el mensaje dos veces.
Habían hablado del proyecto durante días. Él conocía sus propuestas, había recibido los documentos y había aprobado las cifras que ella le enviara.
Neriah comenzó a escribir una respuesta.
No voy a proponer nada que no tenga sentido.
Borró la frase.
Escribió otra.
Claro. Presentaremos lo que acordamos.
La envió y dejó el teléfono boca abajo.
Por alguna razón, aquella respuesta le dejó un sabor amargo.
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La sala de reuniones tenía una mesa larga, una pantalla enorme y una pared de cristal desde la que se podía contemplar la ciudad. Cuando Neriah entró, Sienna organizaba los documentos mientras dos empleados comprobaban la conexión del proyector.
Ivo ya estaba allí.
Se acercó a ella y le dio un beso breve en la mejilla.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Estás seria.
Neriah se obligó a sonreír.
—Estoy concentrada.
—Pues intenta relajarte. No hace falta que te pongas nerviosa por una presentación.
Ella estuvo a punto de responder que no estaba nerviosa. En cambio, acomodó sus documentos y se sentó.
Unos minutos después, la puerta se abrió.
Cassian Rooke entró acompañado de dos directivos.
Neriah lo había visto varias veces en la oficina, aunque nunca había conversado con él más allá de los saludos profesionales. Era un hombre de treinta y tres años, de presencia sobria y movimientos tranquilos. No parecía necesitar levantar la voz para que los demás le prestaran atención.
Como director ejecutivo de la empresa, estaba acostumbrado a escuchar informes, cifras y promesas. Sin embargo, tenía una manera particular de observar a las personas, como si no se limitara a oír lo que decían, sino que también prestara atención a lo que evitaban decir.
—Buenos días —saludó, tomando asiento—. Empecemos.
La presentación transcurrió sin problemas al principio.
Ivo explicó las proyecciones financieras y habló de los posibles beneficios de ampliar los servicios de la empresa. Neriah pasó las diapositivas cuando correspondía, añadió algunos datos y tomó notas de las preguntas de los directivos.
Hasta que Cassian se detuvo en una de las propuestas.
—Aquí sugieren invertir en una experiencia más personalizada para los clientes —dijo, señalando la pantalla—. ¿Cuál es la razón principal para priorizar esa estrategia?
Ivo se inclinó ligeramente hacia delante.
—Consideramos que es una buena forma de diferenciarnos de la competencia.
Cassian asintió, pero no apartó la mirada de la pantalla.
—Eso es cierto en términos generales. Sin embargo, quiero saber qué problema específico estamos resolviendo.
Hubo un breve silencio.
Neriah conocía la respuesta. Había sido una de las primeras cosas que anotó cuando comenzó a trabajar en el proyecto.
Miró a Ivo, esperando que él la mencionara.
Él pasó a la siguiente página.
Neriah sintió que el momento se escapaba. Podía quedarse callada, como había hecho en otras ocasiones, y permitir que la reunión continuara. Nadie la culparía por no intervenir.
Pero había trabajado demasiado para dejar que su propia idea desapareciera de aquella manera.
—Si me permite, creo que el problema principal es que estamos tratando a todos los clientes como si buscaran exactamente lo mismo —dijo.
Las miradas se volvieron hacia ella.
Neriah sintió que el pulso se le aceleraba, pero mantuvo las manos sobre la mesa.
—Los datos que revisamos muestran que muchos clientes no se quejan del servicio en sí, sino de la falta de seguimiento. Reciben una buena atención al principio, pero después tienen que repetir sus necesidades cada vez que hablan con un departamento distinto. Si queremos diferenciarnos, no basta con ofrecer más opciones. Tenemos que conseguir que la experiencia sea coherente desde el primer contacto hasta la resolución de cualquier problema.
Cassian la escuchó sin interrumpirla.
—¿Y cómo propone hacerlo?
Neriah abrió sus documentos.
—Con un sistema de seguimiento más claro y una comunicación interna mejor coordinada. No necesitamos comenzar con una inversión enorme. Podemos probarlo con un grupo reducido de clientes, medir los resultados y ajustar el proceso antes de ampliarlo.
Explicó los pasos, los indicadores que proponía utilizar y las dificultades que podrían surgir durante la implementación.
A medida que hablaba, su nerviosismo disminuyó.
Las palabras comenzaron a salir con mayor naturalidad. Por unos minutos dejó de preguntarse si estaba hablando demasiado, si alguien pensaría que quería destacar o si su intervención molestaría a Ivo.
Solo habló de lo que sabía.
Cuando terminó, Cassian cerró la carpeta que tenía delante.
—Esa es una propuesta concreta —dijo—. Me interesa que desarrolle el plan piloto y presente una versión con los indicadores de seguimiento.
Neriah parpadeó, sorprendida.
—Por supuesto.
—Quiero que lo prepare usted, Neriah. Con el apoyo del equipo, naturalmente, pero necesito que la propuesta conserve la lógica que acaba de explicar.
—De acuerdo. Gracias.
Cassian asintió y pasó al siguiente punto de la reunión.
No hubo un elogio exagerado ni una conversación especial. Para él, quizá solo había sido una buena intervención profesional.
Para Neriah, en cambio, significó algo que no esperaba.
Alguien había escuchado su idea hasta el final.
Y nadie le había pedido que se disculpara por tenerla.
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Cuando la reunión terminó, los asistentes comenzaron a recoger sus documentos.
Neriah guardó el ordenador en su funda y trató de contener la sonrisa que amenazaba con aparecer. Se sentía orgullosa de sí misma, aunque una parte de ella todavía esperaba que Ivo hiciera algún comentario que le quitara importancia a lo ocurrido.
No tuvo que esperar demasiado.
—Podrías haberme avisado de que ibas a desarrollar tanto esa parte —dijo él mientras caminaban hacia la puerta.
Neriah se volvió hacia él.
—Pero esa era mi propuesta. La habíamos incluido en el documento.
—Sí, pero no hacía falta extenderse tanto. Podrías haberlo resumido.
—Cassian me hizo una pregunta.
—Y yo estaba respondiendo.
Neriah sintió cómo la alegría se encogía dentro de su pecho.
—No quería interrumpirte. Solo expliqué los datos que había preparado.
Ivo suspiró.
—No estoy diciendo que lo hayas hecho mal. De hecho, estuvo bien. Pero tienes que aprender a medir tus intervenciones. A veces parece que necesitas demostrar que sabes más que los demás.
La frase le dolió más de lo que quería admitir.
—No estaba intentando demostrar nada.
—Entonces no te pongas a la defensiva. Te estoy dando un consejo.
Ivo le dio un beso en la frente antes de alejarse para responder una llamada.
Neriah permaneció quieta en el pasillo, sosteniendo la funda de su ordenador contra el pecho.
Había recibido una oportunidad para desarrollar una propuesta importante. Debería sentirse feliz.
En cambio, estaba repasando cada una de las frases que había pronunciado durante la reunión, preguntándose si de verdad había hablado demasiado.
Era increíble lo rápido que podía pasar de sentirse capaz a dudar de sí misma.
Sacó el teléfono y abrió la conversación con Mirelle, su mejor amiga.
Escribió:
Hoy creo que hice algo bien en el trabajo.
Se quedó mirando la pantalla.
Luego añadió:
Pero no sé por qué ahora siento que quizá hice demasiado.
Mirelle tardó unos minutos en responder.
Mirelle: ¿Hiciste algo malo o alguien te hizo sentir que lo hiciste?
Neriah leyó el mensaje y apretó los labios.
No respondió.
Todavía no sabía cómo explicar aquella diferencia.
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A la hora del almuerzo, Neriah salió a una pequeña cafetería situada a dos calles de la oficina. Necesitaba despejarse antes de volver a trabajar en el plan piloto.
Pidió un café con leche y se sentó junto a la ventana.
Sacó una libreta que llevaba meses guardada en el fondo del bolso. La había comprado para escribir ideas, pensamientos y pequeñas historias. Antes solía escribir en ella durante los descansos, especialmente cuando algo le despertaba curiosidad.
Últimamente, apenas la utilizaba.
Abrió una página en blanco y sostuvo el bolígrafo entre los dedos.
No sabía qué escribir.
Al final, trazó una sola pregunta en el centro de la hoja.
¿Cuándo fue la última vez que hice algo porque yo quería hacerlo?
Se quedó contemplando las palabras.
Pensó en la blusa que había cambiado aquella mañana. En las conversaciones que modificaba antes de pronunciarlas. En las veces que había cancelado planes porque Ivo estaba cansado o porque una salida podía terminar en una discusión.
También recordó que había dejado de escuchar cierta música porque a él le parecía repetitiva. Que había abandonado las clases de baile porque los horarios no coincidían con los suyos. Que había dejado de hablar de algunos sueños porque él siempre encontraba una razón práctica por la que no funcionarían.
Ninguna de esas cosas, por separado, parecía una tragedia.
Podía explicarlas todas.
El trabajo. El dinero. La convivencia. Las responsabilidades. Las diferencias normales de una pareja.
Pero cuando las reunió en su cabeza, sintió algo parecido a estar contemplando una habitación de la que habían retirado los muebles poco a poco. Al principio, el espacio parecía más ordenado. Después, un día, una descubría que ya no quedaba casi nada.
Neriah cerró la libreta.
No quería sacar conclusiones precipitadas sobre su relación. Tampoco quería convertir a Ivo en un villano solo porque ella estuviera pasando por una etapa difícil.
Lo amaba.
Esa era la parte que volvía todo tan confuso.
Lo amaba y, aun así, algo dentro de ella estaba pidiendo atención.
Quizá no necesitaba tomar una decisión aquel mismo día. Quizá ni siquiera estaba preparada para ponerle nombre a lo que sentía.
Pero sí podía reconocer una cosa.
No se encontraba bien.
Y llevaba demasiado tiempo fingiendo que sí.
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Por la tarde, Neriah se dedicó al plan piloto que Cassian le había encargado.
Trabajó con una concentración que no experimentaba desde hacía meses. Organizó los indicadores, revisó las cifras y creó un esquema de seguimiento que pudiera aplicarse sin interrumpir las operaciones habituales.
A las cinco y veinte, cuando estaba revisando la última página, una sombra apareció junto a su escritorio.
Levantó la mirada.
Cassian sostenía una carpeta delgada.
—¿Tiene un momento?
Neriah se enderezó en la silla.
—Sí, por supuesto.
—Quería saber si podrá tener una primera versión mañana. No necesita estar perfecta. Prefiero revisar una propuesta que todavía admita cambios a recibir un documento impecable que no podamos aplicar.
—Puedo tenerla lista mañana por la tarde.
—Bien.
Cassian miró la pantalla, donde aparecía el esquema del proyecto.
—¿Ya empezó con los indicadores?
—Sí. Estoy intentando que sean fáciles de medir y que nos permitan identificar dónde se producen los retrasos en la atención.
Él se acercó lo suficiente para revisar el documento, sin invadir su espacio.
—¿Qué haría si los resultados muestran que el problema no está en el seguimiento, sino en la coordinación entre departamentos?
Neriah pensó unos segundos.
—Separaría las dos variables. Si las medimos juntas, podríamos confundir la causa con el resultado. Necesitamos saber si el cliente recibe tarde una respuesta porque nadie hace seguimiento o porque el departamento responsable no recibe la información a tiempo.
Cassian la miró.
—Exactamente.
La aprobación fue breve, casi casual.
Sin embargo, Neriah sintió que algo se acomodaba dentro de ella.
No porque Cassian fuera especialmente amable ni porque su opinión tuviera que determinar su valor. Lo que le sorprendía era que él hubiera hecho una pregunta para escuchar su respuesta, no para demostrarle que estaba equivocada.
—Tiene buen criterio —añadió él—. No lo pierda por intentar complacer a todo el mundo.
Neriah levantó los ojos.
Por un instante, la frase pareció atravesar la superficie de la conversación profesional y alcanzar un lugar que ella mantenía cuidadosamente cerrado.
Cassian no podía conocer su vida personal. No sabía lo que había ocurrido aquella mañana ni cuántas veces había cambiado de opinión para evitar una discusión.
Quizá solo se refería al trabajo.
Aun así, ella no supo qué responder.
—Lo tendré en cuenta —dijo finalmente.
—Eso espero.
Cassian recogió la carpeta.
—Nos vemos mañana, Neriah.
—Hasta mañana.
Lo observó alejarse por el pasillo y después volvió a mirar su pantalla.
No quería atribuirle un significado especial a aquella conversación. Cassian era su jefe, y su relación debía mantenerse dentro de los límites profesionales.
Pero sus palabras permanecieron con ella mucho después de que él desapareciera de su vista.
No lo pierda por intentar complacer a todo el mundo.
Neriah se preguntó cuándo había empezado a perderlo.
Y, más importante aún, si todavía podía recuperarlo.
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Cuando llegó a casa, Ivo estaba sentado en el sofá con el ordenador sobre las piernas.
—Llegaste tarde —comentó sin apartar la mirada de la pantalla.
Neriah dejó el bolso en la entrada.
—Estaba terminando el plan piloto.
—¿Qué plan piloto?
—El de la propuesta que presentamos esta mañana. Cassian quiere que prepare una versión más desarrollada.
Ivo cerró el ordenador lentamente.
—¿Te pidió que lo hicieras a ti?
—Sí.
—¿Y cuándo se supone que vas a terminarlo?
—Mañana por la tarde, si todo sale bien.
Ivo se recostó contra el sofá.
—Espero que no te estés cargando de trabajo innecesario. Después terminas agotada y estás de mal humor en casa.
Neriah sintió que el cansancio le pesaba en los hombros.
—Es una oportunidad importante para mí.
—No he dicho que no lo sea.
Él volvió a abrir el ordenador.
—Solo digo que tienes que aprender a organizarte. No puedes dedicarle toda tu energía al trabajo y luego pretender que tengamos tiempo para nosotros.
Ella se quedó de pie, sin saber qué contestar.
Quería decirle que también tenía derecho a sentirse orgullosa de su trabajo. Que llevaba meses esperando una oportunidad como aquella. Que no estaba pidiendo permiso para abandonar la relación ni para dejar de compartir su vida con él.
Solo quería que pudiera alegrarse por ella sin convertir su entusiasmo en un problema.
Pero las palabras se le quedaron atascadas.
—Voy a cambiarme —dijo.
En el dormitorio, se quitó los zapatos y se sentó en el borde de la cama. Escuchó a Ivo hablar por teléfono desde la sala. Su voz sonaba relajada, incluso alegre.
Neriah intentó recordar la última vez que ella se había sentido así de tranquila después de expresar algo que quería.
No encontró el recuerdo.
Se cambió de ropa y volvió a la cocina para preparar algo de cenar. Mientras cortaba las verduras, sintió que los ojos comenzaban a arderle.
No lloró.
Se había acostumbrado a esperar hasta estar sola.
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Más tarde, cuando Ivo se quedó dormido, Neriah entró al baño y cerró la puerta.
Se sentó en el borde de la bañera, con el teléfono entre las manos. Abrió la conversación con Mirelle y escribió un mensaje.
¿Alguna vez has sentido que estás dejando de ser tú misma sin darte cuenta?
Lo leyó varias veces antes de enviarlo.
La respuesta llegó poco después.
Mirelle: Sí. Y sé lo difícil que es reconocerlo cuando todavía quieres a la persona con la que estás.
Neriah sintió que se le cerraba la garganta.
Neriah: No sé qué me pasa. No es que todo esté mal. Hay cosas buenas. Pero últimamente pienso demasiado antes de hablar, de vestirme, de hacer cualquier cosa. Me siento culpable incluso cuando no he hecho nada.
Mirelle respondió casi de inmediato.
Mirelle: ¿Te sientes libre de ser tú cuando estás con él?
Neriah miró la pantalla.
Quiso contestar que sí. Quiso escribir que todas las parejas tenían problemas, que Ivo no era una mala persona y que ella seguramente estaba exagerando porque llevaba semanas durmiendo mal.
En lugar de eso, escribió:
Neriah: No lo sé.
Tres palabras.
Solo tres.
Pero fueron las más honestas que había pronunciado en mucho tiempo.
Mirelle le envió un corazón y después añadió:
Mirelle: No tienes que resolverlo todo esta noche. Pero no ignores lo que estás sintiendo solo porque no sabes cómo explicarlo. Mañana nos vemos, ¿sí?
Neriah respiró profundamente.
Neriah: Sí. Gracias.
Dejó el teléfono sobre sus piernas y se cubrió el rostro con las manos.
Las lágrimas llegaron sin hacer ruido.
No lloraba porque hubiera ocurrido algo extraordinario. No había una gran traición, una maleta en la puerta ni una despedida dramática.
Lloraba porque estaba cansada de sentirse pequeña.
Cansada de medir sus palabras.
Cansada de preguntarse si pedir un poco de comprensión era pedir demasiado.
Y porque, en el fondo, comenzaba a sospechar que el problema no era que hubiera dejado de saber cómo amar a Ivo.
El problema era que, mientras intentaba conservar aquel amor, había dejado de tratarse a sí misma con el mismo cuidado.
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Antes de acostarse, Neriah se detuvo una vez más frente al espejo.
Se observó durante un largo momento.
Recordó a la mujer que había sido antes de compartir su vida con Ivo. Una mujer que bailaba mientras cocinaba, que compraba libros aunque no tuviera tiempo de leerlos inmediatamente, que se emocionaba al hablar de sus planes y que no necesitaba ensayar una conversación en su cabeza antes de pronunciarla.
No era perfecta. También había tenido miedos, inseguridades y días en los que dudaba de sí misma.
Pero había algo distinto.
Antes, sus dudas no ocupaban todo el espacio.
Apoyó los dedos sobre el borde del lavabo.
—¿Dónde estás? —susurró.
La pregunta le pareció absurda en cuanto salió de sus labios.
Sin embargo, no la retiró.
Porque no estaba preguntando por una mujer que hubiera desaparecido físicamente. Estaba preguntando por todas las partes de sí misma que había ido dejando atrás para evitar conflictos, para mantener la paz, para ser la novia comprensiva, paciente y fácil de amar.
No sabía cómo recuperarlas.
No sabía si su relación podía cambiar ni si Ivo sería capaz de escucharla sin sentirse atacado.
Tampoco sabía qué lugar ocuparía Cassian Rooke en su vida, más allá de ser el hombre que había reconocido su capacidad profesional durante una reunión.
No quería que otro hombre decidiera su futuro.
No quería sustituir una dependencia por otra.
Lo que quería, aunque todavía no se atreviera a decirlo en voz alta, era volver a sentirse dueña de sus propias decisiones.
Neriah apagó la luz del baño.
En la oscuridad del dormitorio, se acostó junto a Ivo y cerró los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo, no intentó convencerse de que todo estaba bien.
Se permitió reconocer que algo dolía.
Y, aunque todavía no sabía qué haría con aquella verdad, comprendió que ignorarla ya no sería tan sencillo.
Al día siguiente tendría trabajo, una propuesta que terminar y una conversación pendiente con Mirelle.
No eran grandes decisiones.
No eran promesas de una vida nueva.
Pero quizá no necesitaba empezar por algo extraordinario.
Quizá el comienzo consistía en una cosa mucho más pequeña: dejar de mentirse cuando se preguntaba cómo estaba.
Neriah respiró lentamente.
Y en algún lugar dentro de ella, bajo el cansancio, el miedo y todas las palabras que había aprendido a tragarse, una voz pequeña volvió a hacerse escuchar.
Todavía estoy aquí.
Fin del capítulo 1.
