Capítulo 3 La cena en la que dejó de sonreír
La cena en la que dejó de sonreír
A las seis y veinte de la tarde, Neriah Valen llevaba casi diez minutos frente al espejo de su dormitorio.
Sobre la cama descansaba un vestido negro que había comprado unos meses atrás. No era demasiado corto ni tenía un escote pronunciado. Era sencillo, elegante y, sobre todo, le gustaba.
Se lo había puesto con la intención de asistir a la cena de la empresa sintiéndose bonita, sin necesidad de impresionar a nadie.
Pero Ivo había entrado en la habitación, lo había observado y había hecho un comentario que consiguió cambiarlo todo.
—¿Vas a ir así?
Neriah había mirado su reflejo.
—¿Qué tiene de malo?
—Nada. Solo me parece un poco llamativo para una cena de trabajo.
—Es un vestido negro, Ivo.
—Ya lo sé, Neriah. No tienes que ponerte a la defensiva. Te estoy dando mi opinión.
Ella había bajado la mirada hacia la tela.
—¿Crees que debería cambiarme?
Ivo se había encogido de hombros.
—Haz lo que quieras. No voy a decirte cómo vestirte.
Aquella respuesta debería haberle permitido decidir libremente.
Sin embargo, cuando él salió de la habitación, Neriah se quedó mirando el vestido durante varios segundos antes de guardarlo en el armario.
Terminó poniéndose un vestido azul oscuro que llevaba tiempo sin utilizar.
No era feo. Tampoco le quedaba mal.
Simplemente, no era el que había elegido al principio.
Cuando salió del dormitorio, Ivo estaba terminando de colocarse el reloj.
—Así estás mejor —comentó.
Neriah sonrió.
—¿Sí?
—Claro. Te ves elegante.
Él se acercó para darle un beso en la mejilla y tomó las llaves del automóvil.
Neriah correspondió al beso, aunque una parte de ella permaneció junto al armario, contemplando el vestido que había decidido no ponerse.
No entendía por qué una decisión tan pequeña podía dejarle aquella sensación de derrota.
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La cena se celebraría en uno de los salones privados de un hotel del centro. La empresa había organizado el encuentro para presentar los avances del proyecto de expansión y reunir a los responsables de diferentes departamentos.
Neriah conocía bien aquella clase de eventos. Había participado en suficientes reuniones y actividades corporativas para saber cómo comportarse, cuándo intervenir y cómo mantener una conversación profesional.
Lo que nunca había aprendido era a dejar de pensar en la opinión de Ivo cuando estaban en público.
Durante el trayecto, él habló de la presentación que debía realizar uno de los directivos.
Neriah escuchó, respondió cuando correspondía y observó las luces de la ciudad a través de la ventanilla.
—¿Estás bien? —preguntó Ivo.
—Sí.
—Estás muy callada.
—Estoy pensando en el proyecto. Mañana quiero revisar unas cifras antes de entregar el informe.
Ivo soltó una pequeña risa.
—¿También vas a trabajar durante la cena?
—No. Solo lo estaba pensando.
—Relájate un poco, Neriah. Siempre estás preocupándote por algo.
Ella dejó de mirar por la ventana.
—Está bien.
No volvió a hablar del proyecto.
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El salón estaba iluminado por lámparas cálidas. Sobre las mesas había arreglos florales discretos y copas cuidadosamente colocadas junto a los platos. Varios empleados conversaban mientras el personal del hotel terminaba de preparar el servicio.
Neriah entró junto a Ivo, procurando mantener una expresión agradable.
Saludó a sus compañeros, intercambió algunas palabras con el equipo de administración y aceptó una copa de agua antes de dirigirse a la mesa asignada.
Fue entonces cuando una mujer de cabello castaño y mirada vivaz se acercó a ella.
—Tú debes de ser Neriah.
—Sí. ¿Nos conocemos?
—Todavía no. Soy Sienna Vale, del departamento de expansión. He oído hablar de ti.
Neriah sonrió con educación.
—Espero que cosas buenas.
—Me han dicho que eres muy paciente y que sabes resolver problemas sin perder los nervios.
—Intento hacer bien mi trabajo.
Sienna ladeó ligeramente la cabeza.
—Eso está muy bien. Aunque espero que también haya personas que tengan paciencia contigo.
La frase tomó a Neriah por sorpresa.
—¿Cómo dices?
—Que quienes siempre están pendientes de los demás también merecen que alguien se preocupe por ellos.
Sienna lo dijo con naturalidad, sin una intención evidente de incomodarla. Después la invitó a sentarse y comenzó a hablar de la organización del evento.
Neriah la siguió en la conversación, pero aquella frase se quedó rondando en su cabeza.
También merezco que alguien se preocupe por mí.
No recordaba la última vez que había pensado en sus necesidades sin sentir que debía justificarlas.
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Cuando Cassian Rooke llegó al salón, varias personas se levantaron para saludarlo.
El director ejecutivo vestía un traje oscuro y llevaba una carpeta bajo el brazo. Saludó a los presentes con cortesía y se detuvo brevemente junto a la mesa donde se encontraba Neriah.
—Buenas noches.
—Buenas noches, señor Rooke —respondió ella.
—¿Cómo va la propuesta del plan piloto?
Neriah enderezó ligeramente la espalda.
—Estoy trabajando en los indicadores. Espero tener una primera versión mañana por la tarde.
—Bien. Quiero que el equipo pueda evaluar los resultados con claridad antes de decidir si ampliamos la estrategia.
—Estoy de acuerdo. Creo que sería un error invertir demasiado antes de comprobar qué está funcionando.
Cassian la observó con interés.
—¿Qué indicador considera más importante?
Neriah dudó apenas un segundo.
—El tiempo de resolución, aunque no lo mediría de manera aislada. También necesitamos saber cuántas veces un cliente tiene que repetir su solicitud y si recibe información coherente de los diferentes departamentos. Podemos responder rápido y, aun así, ofrecer una mala experiencia si no resolvemos el problema real.
Cassian asintió lentamente.
—Es una buena observación.
Neriah sintió una pequeña satisfacción.
No era la primera vez que alguien reconocía su trabajo, pero sí llevaba tiempo sin experimentar aquella tranquilidad al hablar de una idea.
—Gracias.
—Espero ver el informe mañana.
—Lo tendrá.
Cassian se despidió y continuó hacia otra mesa.
Neriah bajó la mirada hacia su copa de agua, intentando disimular la sonrisa que había aparecido en sus labios.
—Veo que el señor Rooke está bastante interesado en tu proyecto —comentó Ivo, que acababa de regresar.
—Es normal. Es su empresa y necesita revisar los resultados.
—Claro. Solo digo que has tenido bastante tiempo para hablar con él.
Neriah frunció ligeramente el ceño.
—Me preguntó por el plan piloto.
—No tienes que explicármelo todo.
Ella sintió que la sonrisa se le borraba.
—No estaba explicando nada. Solo te estaba respondiendo.
Ivo se acomodó la chaqueta.
—Neriah, por favor. Estamos en una cena de trabajo. No quiero que empecemos con una discusión por una tontería.
Ella cerró la boca.
No habían discutido. Ni siquiera había levantado la voz.
Pero, una vez más, terminó sintiéndose responsable de evitar un conflicto que todavía no existía.
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La cena comenzó poco después.
Los camareros sirvieron los primeros platos mientras los directivos conversaban sobre los resultados trimestrales y los planes de expansión.
Neriah escuchaba con atención. Cuando uno de los invitados preguntó cómo podría la empresa mejorar la fidelización de sus clientes, ella recordó algunos datos que había revisado durante la preparación del proyecto.
—Creo que podríamos empezar por analizar las razones por las que algunos clientes no vuelven —comentó—. A veces nos concentramos en atraer nuevos usuarios y olvidamos que las personas que ya conocen nuestros servicios pueden ofrecernos información muy valiosa.
Uno de los directivos se volvió hacia ella.
—¿Qué tipo de información?
Neriah comenzó a explicar su propuesta.
Antes de que terminara, Ivo intervino.
—Neriah siempre tiene una respuesta para todo. Si la dejamos, nos presenta el informe completo durante la cena.
Algunas personas rieron.
Ivo también sonrió, como si hubiera hecho un comentario inocente.
Neriah intentó acompañarlos con una sonrisa pequeña, pero sintió que se le calentaban las mejillas.
No le molestaba que hicieran bromas. Le molestaba que su entusiasmo se convirtiera en algo de lo que debía avergonzarse.
Cassian dejó los cubiertos sobre el plato.
—Tener una respuesta no es un problema cuando la pregunta es pertinente.
La conversación se interrumpió brevemente.
Ivo volvió la cabeza hacia él.
—Por supuesto. Solo estaba bromeando.
—Lo entiendo —respondió Cassian con serenidad—. Pero conviene escuchar la propuesta antes de descartarla.
Neriah no supo qué hacer con las manos.
Cassian no había levantado la voz ni humillado a Ivo. Simplemente había devuelto la conversación al punto del que nunca debió desviarse.
—Continúe, Neriah —añadió.
Ella respiró profundamente y terminó de explicar su idea.
Esta vez nadie la interrumpió.
Cuando acabó, uno de los directivos le pidió que incluyera aquella observación en el informe de seguimiento. Neriah tomó nota y agradeció la sugerencia.
Por fuera, parecía tranquila.
Por dentro, una pregunta comenzaba a tomar forma.
¿Por qué me resulta tan extraño que alguien me permita terminar una frase?
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Durante el segundo plato, Ivo recibió una llamada y salió del salón.
Neriah aprovechó para beber agua y observar el ambiente. Se sentía cansada, aunque no sabía si era por el trabajo o por el esfuerzo de vigilar constantemente sus propias reacciones.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Sienna desde el asiento contiguo.
Neriah volvió la cabeza.
—Sí. ¿Por qué?
—Te he visto muy callada después de la presentación.
—Solo estoy un poco cansada.
Sienna no pareció convencida, pero no la presionó.
—A veces las cenas de trabajo son más agotadoras que el trabajo mismo.
Neriah soltó una risa suave.
—Eso es verdad.
—Y no tienes que entretener a todo el mundo. Puedes disfrutar de tu comida sin preocuparte por mantener una conversación constante.
Aquello le hizo gracia.
—Creo que necesitaba escuchar eso.
Sienna sonrió y comenzó a contarle una anécdota sobre un evento que había salido mal meses atrás. Neriah terminó riéndose de verdad, con una espontaneidad que llevaba tiempo sin sentir.
Cuando Ivo regresó, la encontró sonriendo.
—¿De qué se ríen?
—Sienna estaba contándome una historia de un evento.
—Ah.
Ivo tomó asiento y miró el plato de Neriah.
—¿No vas a comer más?
—Sí. Estoy comiendo.
—Parece que apenas has tocado la comida.
Neriah miró el plato.
Había comido con normalidad.
—Todavía no he terminado.
—Está bien. No te pongas nerviosa.
Ella bajó los ojos.
La risa que había compartido con Sienna desapareció poco a poco.
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A mitad de la cena, Neriah pidió permiso para ir al baño.
Caminó por el pasillo sin prisa, entró en uno de los cubículos y cerró la puerta. Se sentó sobre la tapa del inodoro y sacó el teléfono del bolso.
Abrió la conversación con Mirelle.
Durante unos segundos no escribió nada.
No quería parecer exagerada. Tampoco quería que su amiga pensara que estaba buscando problemas donde no los había.
Finalmente, escribió:
Neriah: ¿Podemos vernos mañana?
Mirelle respondió poco después.
Mirelle: Claro. ¿Pasó algo?
Neriah apretó el teléfono entre las manos.
Neriah: No sé cómo explicarlo. Estoy cansada de sentir que todo lo que hago puede estar mal.
La respuesta llegó enseguida.
Mirelle: No tienes que explicármelo perfectamente. Solo dime cómo te sientes.
Neriah notó que se le llenaban los ojos de lágrimas.
Neriah: Siento que estoy desapareciendo un poquito cada día.
Se quedó mirando aquella frase.
Era la primera vez que la escribía.
La primera vez que permitía que el pensamiento existiera fuera de su cabeza.
Mirelle: Mañana hablamos. Estoy aquí, ¿sí? No tienes que cargar con todo tú sola.
Neriah respiró hondo y se secó las lágrimas antes de que llegaran a caer.
No quería regresar al salón con los ojos enrojecidos.
Se lavó las manos, se acomodó el cabello y observó su rostro en el espejo.
—Puedes hacerlo —se dijo en voz baja.
Pero no estaba segura de a qué se refería.
A volver a la mesa.
A terminar la cena.
O a continuar fingiendo que no había nada que le doliera.
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Cuando regresó al salón, encontró un vaso de agua junto a su plato.
No recordaba haberlo pedido.
Se sentó y miró alrededor. Cassian conversaba con uno de los directivos, aparentemente concentrado en la discusión sobre los presupuestos.
No podía saber si él había notado su ausencia o si simplemente alguien había colocado el vaso allí.
No quiso inventar una historia a partir de un gesto tan pequeño.
Tomó el agua y bebió lentamente.
Durante el resto de la cena, intentó participar en las conversaciones cuando le apetecía y guardar silencio cuando no tenía nada que añadir.
No fue fácil.
Cada vez que Ivo la miraba, se preguntaba si estaba haciendo algo incorrecto.
Pero, por primera vez, comenzó a reconocer el esfuerzo que le suponía comportarse con naturalidad a su lado.
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El viaje de regreso transcurrió en silencio durante varios minutos.
Neriah observaba las luces de la ciudad mientras Ivo conducía.
—Estuviste muy callada durante la cena —dijo él finalmente.
Ella giró la cabeza.
—Estaba escuchando.
—Antes eras más sociable.
Neriah sintió una presión en el pecho.
—No creo que haya cambiado tanto.
—No sé. Últimamente estás diferente.
Ella quiso preguntarle si alguna vez se había detenido a pensar por qué.
Quiso decirle que estaba cansada de revisar sus palabras, de sentir que debía justificar cada decisión y de no saber cuándo una conversación normal se convertiría en una discusión.
Pero el miedo a que él se enfadara volvió a detenerla.
—Quizá estoy cansada por el trabajo —respondió.
Ivo asintió.
—Pues intenta descansar. No puedes estar siempre dándole vueltas a todo.
Neriah volvió a mirar por la ventana.
No respondió.
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Al llegar al apartamento, Ivo dejó las llaves sobre la mesa y se quitó la chaqueta.
—¿Puedes prepararme algo de comer? No he quedado satisfecho con la cena.
Neriah lo miró, sorprendida.
—¿Ahora?
—Algo sencillo. Un sándwich, por ejemplo.
Ella tenía los pies doloridos y la cabeza llena de pensamientos. Lo único que quería era ducharse y acostarse.
Por un instante, estuvo a punto de decir que no.
Abrió la boca.
Pero Ivo ya estaba mirando el teléfono.
—Si estás muy cansada, no importa —añadió—. Me preparo cualquier cosa.
No había gritos en su voz. Ni siquiera una exigencia directa.
Sin embargo, Neriah sintió la presión conocida de tener que demostrar que era una buena compañera.
—Está bien. Te lo preparo.
Fue a la cocina.
Mientras cortaba el pan, se preguntó por qué le resultaba tan difícil permitir que Ivo se preparara su propia cena.
No porque cocinar fuera una obligación injusta. Ella también preparaba comida para sí misma y, en ocasiones, disfrutaba haciéndolo para los dos.
El problema era que no había decidido hacerlo libremente.
Lo hacía porque temía lo que significaría negarse.
Cuando terminó, dejó el plato sobre la mesa.
Ivo le dio las gracias sin apartar los ojos de la pantalla.
—¿Quieres un poco? —preguntó.
—No, gracias.
Neriah se dirigió al dormitorio.
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Se quitó el vestido azul, lo colgó en el armario y se puso una camiseta cómoda.
Después se sentó frente al espejo de su tocador.
Había imaginado aquella cena como una oportunidad para sentirse segura, conversar con sus compañeros y disfrutar de una noche diferente.
En cambio, había terminado repasando cada palabra que pronunció, cada sonrisa y cada silencio.
Se preguntó cuándo había comenzado a vivir de aquella manera.
No encontró una fecha concreta.
Quizá había empezado con una concesión pequeña. Después otra. Y otra más.
Quizá había confundido ceder con amar, comprender con callar y mantener la paz con estar bien.
Tomó el teléfono y abrió de nuevo la conversación con Mirelle.
Escribió:
Neriah: Mañana necesito hablar contigo de verdad.
Mirelle: Claro que sí. Estoy aquí.
Neriah dejó el teléfono sobre el tocador y se miró por última vez.
No sabía qué haría con lo que estaba descubriendo. No estaba preparada para tomar una decisión definitiva sobre su relación.
Todavía amaba a Ivo.
Pero empezaba a comprender que amar a alguien no debería exigirle que viviera constantemente preocupada por dejar de gustarle.
Se llevó una mano al pecho y respiró lentamente.
Quizá había pasado demasiado tiempo intentando ser suficiente para los demás.
Quizá había llegado el momento de preguntarse qué necesitaba ella.
No para elegir a otro hombre.
No para demostrarle nada a Ivo.
Sino porque también merecía vivir en paz consigo misma.
Aquella noche, Neriah se acostó sin encontrar todas las respuestas.
Pero por primera vez se permitió reconocer la pregunta que llevaba meses evitando.
¿Y si, para conservar aquella relación, estaba perdiendo algo que nunca debería haber tenido que sacrificar?
Fin del capítulo 2.
