Capítulo 4 La mujer que había dejado de escuchar

La mujer que había dejado de escuchar

Neriah despertó antes de que sonara la alarma.

Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo del dormitorio. Ivo dormía a su lado, con la respiración tranquila y una mano debajo de la almohada.

La noche anterior había tardado mucho en conciliar el sueño.

No había dejado de pensar en la cena, en la conversación con Sienna y en la pregunta que había escrito en su teléfono.

¿Por qué me resulta tan difícil ser yo misma?

La pregunta la acompañó hasta la mañana.

Se incorporó con cuidado y tomó el teléfono de la mesita. Eran las seis y diez. Todavía tenía tiempo para ducharse, desayunar y llegar a la oficina sin prisas.

Sin embargo, en lugar de levantarse inmediatamente, abrió la aplicación de notas y escribió una lista.

Cosas que había dejado de hacer.

Mirar escaparates sin sentir que perdía el tiempo.

Escuchar música mientras cocinaba.

Aceptar invitaciones de sus amigas sin tener que comprobar primero si Ivo tenía planes.

Hablar de sus sueños sin prepararse para escuchar por qué no funcionarían.

Vestirse con algo que le gustara sin preguntarse cómo reaccionaría él.

La lista continuó creciendo.

Cuando terminó, sintió una tristeza que no se parecía exactamente al dolor de una discusión. Era más silenciosa, más profunda.

Estaba mirando un inventario de pequeñas renuncias que había aceptado sin darse cuenta.

Neriah dejó el teléfono sobre la cama.

No podía culpar a una sola conversación ni a una sola persona por todo lo que sentía. Algunas decisiones habían sido suyas. En ocasiones había callado porque le parecía más fácil. Otras veces había aceptado explicaciones que no la convencían porque quería creer que todo podía mejorar.

Reconocerlo no significaba que mereciera sentirse así.

Significaba que necesitaba empezar a escucharse.

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En la cocina, Ivo ya estaba preparando café.

—Buenos días —dijo Neriah.

—Buenos días.

Ella sacó dos tazas del armario y se sentó a la mesa.

Durante unos minutos desayunaron en silencio. Neriah sabía que debía hablar con él. No quería seguir acumulando pensamientos hasta que cualquier comentario terminara convirtiéndose en una discusión.

—Quería hablar contigo de algo —dijo finalmente.

Ivo levantó la mirada.

—¿De qué?

Neriah entrelazó los dedos sobre la mesa.

—Últimamente no me he sentido bien.

—¿Estás enferma?

—No exactamente. Me refiero a cómo me he estado sintiendo con nosotros.

Ivo dejó la taza.

—¿Qué pasa con nosotros?

Ella respiró profundamente.

—Siento que tengo que pensar demasiado antes de decirte algunas cosas. A veces cambio de opinión porque temo que te moleste. Y cuando intento explicarte algo, termino sintiendo que estoy haciendo una acusación, aunque no sea mi intención.

Ivo la observó en silencio.

Durante un instante, Neriah creyó que la escucharía hasta el final.

—¿Estás diciendo que yo te hago sentir así? —preguntó él.

La pregunta la tomó desprevenida.

—No estoy intentando culparte. Quiero que podamos hablar de cómo nos sentimos sin que se convierta en una discusión.

—Pero estás hablando de nuestra relación como si yo fuera el problema.

—No he dicho eso.

—Entonces no entiendo qué quieres que haga.

Neriah sintió que comenzaba a perder el hilo de sus propias palabras.

—Solo quiero poder decirte que algo me preocupa sin que pienses inmediatamente que te estoy atacando.

Ivo se levantó para llevar su taza al fregadero.

—No tengo tiempo para discutir ahora, Neriah. Tengo una reunión importante.

Ella lo observó de espaldas.

—No quería discutir.

—Pues parece que eso es lo que estamos haciendo.

Ivo recogió su chaqueta y se dirigió a la entrada.

Antes de salir, se volvió hacia ella.

—Últimamente estás demasiado sensible. Deberías descansar más y dejar de darle tantas vueltas a las cosas.

La puerta se cerró poco después.

Neriah permaneció sentada.

Había ensayado aquella conversación mentalmente durante buena parte de la noche. Había elegido las palabras con cuidado, había intentado no utilizar acusaciones y había comenzado hablando de sus propios sentimientos.

Aun así, había terminado dudando de si tenía derecho a expresarlos.

Miró la taza de café que seguía sobre la mesa.

Por primera vez, empezó a preguntarse si estaba esperando de Ivo algo que él no estaba dispuesto a ofrecerle: una conversación en la que sus sentimientos pudieran existir sin tener que defenderlos.

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Mirelle la esperaba en una cafetería tranquila, a pocas calles de la oficina.

Cuando Neriah llegó, su amiga se levantó para saludarla y la abrazó brevemente.

—Ven, siéntate. Pedí un café para ti, pero si quieres otra cosa, lo cambiamos.

—El café está bien. Gracias.

Mirelle la observó mientras se acomodaba en la silla.

—Cuéntame.

Neriah intentó comenzar por la cena, pero las palabras se le amontonaron. Terminó hablándole de la mañana, de la conversación con Ivo y de todas las cosas que había escrito en el teléfono.

Mirelle la escuchó sin interrumpirla.

—No sé si estoy exagerando —confesó Neriah—. Él también tiene cosas buenas. Hemos vivido momentos muy bonitos. No quiero fingir que todo ha sido malo.

—No tienes que hacerlo —respondió Mirelle—. Puedes reconocer lo bueno sin negar lo que te está haciendo daño.

Neriah bajó la mirada hacia su taza.

—A veces siento que ya no sé cómo comportarme con él. Si estoy callada, me pregunta qué me pasa. Si hablo, dice que me pongo a la defensiva. Si hago algo por mi cuenta, siento que debo explicárselo.

Mirelle apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—¿Y qué haces tú cuando te sientes así?

—Intento evitar problemas.

—¿Y quién se ocupa de ti mientras intentas evitar los problemas de todos?

La pregunta le recordó la conversación con Cassian durante la primera reunión.

Neriah sintió un nudo en la garganta.

—No lo sé.

Mirelle asintió con suavidad.

—Neriah, yo no voy a decirte que termines tu relación. Esa decisión te corresponde a ti. Tampoco voy a decirte que Ivo nunca te ha querido, porque no puedo saberlo. Pero sí quiero que entiendas algo: no tienes que abandonar partes de ti misma para demostrar que amas a alguien.

Los ojos de Neriah comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Tengo miedo de quedarme sola.

Mirelle le tomó la mano por encima de la mesa.

—Lo sé. Pero también estás sola cuando no puedes contarle a la persona que amas cómo te sientes por miedo a su reacción.

Neriah apretó los labios.

Aquella frase le dolió porque había algo verdadero en ella.

—No sé por dónde empezar —susurró.

—Por algo pequeño. Algo que sea tuyo y que no tengas que justificar.

Mirelle sacó su teléfono y abrió una página.

—Mira. Hay clases de salsa para principiantes los sábados por la mañana. Siempre decías que querías aprender.

Neriah soltó una risa incrédula.

—Hace años que no bailo.

—Precisamente por eso.

—Soy malísima.

—Es una clase para principiantes. Se supone que vas a aprender, no a presentarte en un concurso internacional.

Neriah terminó riéndose.

La risa fue breve, pero se sintió diferente. No tuvo que comprobar si alguien la aprobaba ni explicar por qué le hacía gracia.

—¿Y si hago el ridículo? —preguntó.

—Lo hacemos juntas.

Mirelle reservó dos plazas y le mostró la confirmación.

Sábado, 10:00 a. m. — Salsa para principiantes.

Neriah observó la pantalla.

Era una actividad sencilla. No cambiaba su relación, no resolvía sus problemas ni garantizaba que volviera a sentirse bien.

Pero era algo que había elegido porque quería hacerlo.

Y eso ya significaba mucho.

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Mientras Neriah regresaba a la oficina, Cassian Rooke revisaba los informes de la cena con Sienna Vale.

Sobre la mesa tenía varias notas relacionadas con el plan piloto. Había marcado algunas observaciones de Neriah y añadido preguntas que quería discutir con ella cuando presentara la primera versión.

—La propuesta tiene potencial —comentó Sienna—. Si conseguimos medir bien los tiempos de respuesta, podríamos detectar problemas que llevamos meses intentando resolver.

Cassian asintió.

—Quiero que el plan sea aplicable. No tiene sentido presentar un documento elegante si después nadie puede utilizarlo.

Sienna revisó una de las páginas.

—Neriah parece muy capaz.

—Lo es.

—También parece que piensa demasiado antes de hablar.

Cassian levantó la mirada.

—¿A qué te refieres?

—A que anoche tenía una idea clara, pero cada vez que Ivo intervenía, ella parecía dudar de lo que acababa de decir.

Cassian permaneció pensativo.

Recordaba la cena. Recordaba cómo Neriah había explicado sus argumentos y cómo su expresión había cambiado después de la broma de Ivo.

Pero no conocía su relación. No sabía qué ocurría entre ellos cuando nadie los observaba.

—No podemos sacar conclusiones sobre una pareja por una cena —dijo finalmente—. No sabemos qué sucede en su vida privada.

—No he dicho que lo sepamos.

—Entonces dejemos que Neriah nos muestre lo que puede hacer profesionalmente. Su trabajo debe hablar por ella.

Sienna sonrió.

—Eso es exactamente lo que quería escuchar.

Cassian volvió a sus documentos.

No tenía intención de intervenir en la vida personal de una empleada ni de convertir una impresión en una certeza. Lo que sí sabía era que Neriah había demostrado criterio y que merecía la oportunidad de desarrollar su propuesta.

Y eso era suficiente por el momento.

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Esa tarde, Neriah dedicó varias horas al plan piloto.

Organizó las métricas, revisó las cifras y preparó una tabla que permitiera comparar los resultados antes y después de implementar los cambios. Cuando tuvo una primera versión lista, se la envió a Cassian.

La respuesta llegó veinte minutos después.

Cassian: He revisado el documento. La estructura es clara. Mañana podemos discutir dos ajustes, pero la dirección es correcta.

Neriah leyó el mensaje y sonrió.

Neriah: Gracias. Revisaré los datos antes de la reunión.

Cassian: No necesita disculparse por cada pregunta ni justificar cada decisión. Si hay algo que deba corregirse, lo revisaremos. Ese es el propósito del trabajo.

Neriah se quedó mirando la pantalla.

No había escrito ninguna disculpa, pero entendió lo que él quería decir.

Guardó el teléfono y volvió al documento.

No quería idealizar a Cassian. Apenas lo conocía fuera del trabajo y sabía que una conversación agradable no era suficiente para construir una relación. Además, su prioridad no debía ser buscar en otro hombre lo que sentía que le faltaba en casa.

Sin embargo, aquella interacción le recordó que existían otras formas de comunicarse.

Una pregunta no tenía por qué convertirse en una acusación.

Un desacuerdo no tenía por qué terminar en una lucha para decidir quién tenía razón.

Y una corrección profesional no significaba que ella fuera incapaz.

Quizá podía empezar a llevar esas diferencias a su propia vida, incluso si todavía no sabía qué hacer con ellas.

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Esa noche, cuando Neriah llegó al apartamento, Ivo estaba en la sala.

—¿Cómo te fue hoy? —preguntó.

—Bien. Terminé la primera versión del plan piloto.

—¿Cassian la revisó?

—Sí. Dijo que la estructura está clara y que mañana veremos algunos ajustes.

Ivo dejó el teléfono sobre la mesa.

—Me alegro. Pero ten cuidado con cargarte de responsabilidades que después no puedas manejar.

Neriah respiró lentamente.

La respuesta automática habría sido decir que sí, que tenía razón, que intentaría organizarse mejor.

En cambio, se quedó unos segundos en silencio y después habló.

—Puedo manejarlo. Si en algún momento necesito ayuda, la pediré.

Ivo la miró con sorpresa.

—Solo te estoy aconsejando.

—Lo sé. Y agradezco que te preocupes. Pero también necesito que confíes en mi capacidad para decidir cuánto trabajo puedo asumir.

Él frunció el ceño.

—No sé por qué ahora todo lo que digo te molesta.

Neriah sintió el impulso de retractarse.

Podía decirle que no era eso, que lo había entendido mal, que estaba cansada y que no quería discutir.

Las palabras estuvieron a punto de salir.

Pero se detuvo.

—No quiero discutir contigo, Ivo. Quiero que podamos hablar sin que cada diferencia termine convirtiéndose en un problema. Si algo me preocupa, necesito poder decírtelo sin sentir que te estoy atacando.

Ivo la observó durante unos segundos.

—Estás actuando de una manera muy distinta últimamente.

Neriah sostuvo su mirada.

—Quizá estoy cambiando.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Ivo no respondió inmediatamente. Después recogió el teléfono y volvió a mirar la pantalla.

—Haz lo que creas que tienes que hacer.

Neriah sintió una punzada de tristeza. Había esperado que él intentara comprenderla, que le hiciera alguna pregunta o que, por una vez, no interpretara sus palabras como un rechazo.

No obtuvo nada de eso.

Sin embargo, tampoco se disculpó por haber hablado.

Se dirigió al dormitorio y dejó el bolso sobre la silla.

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Antes de acostarse, abrió la confirmación de la clase de salsa.

Sábado, diez de la mañana.

Durante un instante pensó en cancelarla. Podía decirle a Mirelle que tenía demasiado trabajo, que estaba cansada o que prefería descansar.

Todas eran excusas posibles.

Pero no quería volver a renunciar a algo que le hacía ilusión antes siquiera de intentarlo.

Escribió a su amiga:

Neriah: Sigo confirmada para el sábado. Pero te advierto que no recuerdo ni un solo paso de baile.

Mirelle: Perfecto. Yo tampoco. Vamos a hacer el ridículo juntas.

Neriah se rio y dejó el teléfono sobre la mesita.

Después abrió la libreta que había guardado en el bolso y escribió una frase en la primera página disponible.

No tengo que resolver toda mi vida hoy. Solo tengo que dejar de ignorar lo que siento.

La leyó una vez.

Luego cerró la libreta.

Todavía amaba a Ivo. Todavía tenía miedo de lo que podría ocurrir si empezaba a establecer límites. Y todavía no sabía si su relación podía cambiar.

Pero había comenzado a distinguir entre conservar la paz y guardar silencio por miedo.

También había comprendido que Cassian no tenía que convertirse en una promesa de amor para que ella pudiera reconocer su propio valor.

Su vida no podía depender de que un hombre la escuchara.

Necesitaba aprender a escucharse ella misma.

Se acostó y apagó la lámpara.

Por primera vez en mucho tiempo, el sábado tenía algo que esperaba con ilusión.

No era una cita romántica ni una gran aventura.

Era una clase de baile con su mejor amiga.

Un pequeño espacio para hacer algo que le gustaba.

Y, aunque todavía no lo sabía, a veces el comienzo de una nueva vida no es una despedida ni una gran decisión.

A veces, es simplemente el instante en que una mujer deja de pedir perdón por querer escucharse.

Fin del capítulo 3.

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